22 de junio de 2010

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Un periodista a los altares
(Conclusión)

Regresa paralítico a Linares y ocupa una habitación del tercero en su casa familiar, desde la que contempla el cielo azul y la noche estrellada, a más de seguir, como Bécquer, el vuelo fugaz de las golondrinas; y, a corta distancia, por un ventanal de la cercana Iglesia parroquial divisaba al fondo el Sagrario, y adoraba, con el alma arrodillada, el Misterio eucarístico.

Era esa la veta mística de donde manaba su alegría de vivir. Mas su secreto era otro. Oigámosle: «Desde los 22 años he tenido el dolor sobre la carne, minuto a minuto. De noche incluso seguían unas terribles pesadillas, en las que el punto de partida era siempre algún dolor del organismo». Y aclara en otra parte su pensamiento: «Todos somos enfermos, con nuestras obras de almendro en flor o momentos de caída de las hojas; pero también un Dios rutilante brilla siempre al fondo de todos los sucesos. Sobre un sillón de ruedas, con medicinas o en silencio, yo también siento su actividad vivificante. Es lo que importa».

¿Cómo no evocar aquí lo de Varón de dolores, de Isaías sobre Cristo, y la Llama de amor viva, de San Juan de la Cruz, su vecino de Baeza?

Volvamos al sillón de ruedas, que da título a su primer libro, para decir que el sillón era una Cátedra desde la que Lozano Garrido impartió altas lecciones de sabiduría de la Cruz. Él mismo manifestó ese propósito en su libro Reportajes desde la cumbre, transido de profunda espiritualidad: «Lo que busco es dar acceso al hombre de hoy de la vitalidad, frescura y atracción del Sermón de la Montaña, valiéndome de ese cuarto poder que es la noticia».

La noticia. Lolo era de los que creían que si San Pablo volviera al mundo sería hoy, sin duda, periodista. Él lo fue, a la vez, frustrado y galardonado porque, sin titulación profesional ni en plantilla de ninguna redacción, actuó siempre como periodista, de la cabeza a los pies. No tanto por sus artículos de años en las revistas locales, Cruzada y Cruz de guía, y en el Diario de Jaén, más sus colaboraciones en el semanario Vida Nueva y otras revistas nacionales, cuanto por sus Diarios íntimos, que recogían los latidos de la sociedad y de la Iglesia y que dieron cuerpo después a los nueve libros que no puedo reseñar aquí. Prologados por firmas de renombre, reeditados muchos de ellos, con eco en la prensa nacional, incluido ABC, obtuvo premios importantes, o fue finalista en doce concursos periodísticos.

Si se exprimieran sus libros como un limón, brotaría de todos ellos un chorro de esperanza.

Posdata: si yo fuera Papa —no hay peligro—, canonizaría también a dos personas vivas todavía: a su hermana Lucía, que le dio su vida entera, y al sacerdote don Rafael Higueras, que le acompañó en vida y ha dedicado la suya a su Causa de beatificación.

Antonio Montero Moreno
Colaboración, Ramón H. Ramos
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