31 de diciembre de 2014

Música desde Viena para comenzar el Año Nuevo


 
Música desde Viena para comenzar el año
 
El primer Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena ocurrió durante el capítulo más oscuro de la historia de Austria y de la propia orquesta. En medio del barbarismo, la dictadura y la guerra y al mismo tiempo de las constantes preocupaciones en cuanto a las vidas sus miembros y familias, la Filarmónica envió una señal ambivalente: un concierto de profundo orgullo nacional dedicado a composiciones de Johann Strauss (hijo), mientras que el beneficio de las entradas al concierto debió ser cedido íntegramente a la campaña nacional socialista de los simpatizantes alemanes.  Ese primer concierto tuvo lugar el 31 de diciembre de 1939. 
Dos años después, el 1 de enero de 1941, la Filarmónica de Viena volvió a presentar otra audición dedicada  a Johann Strauss. En medio de aquella guerra devastadora y estando Austria invadida y dominada por Alemania, el concierto fue considerado como una nueva demostración del orgullo vienés, aunque los beneficios económicos fueran otra vez utilizados para la propaganda alemana. 
 
Estos primeros conciertos, al igual que los subsiguientes hasta el final de la guerra, fueron dirigidos por Clemens Krauss, un austriaco con amplio reconocimiento musical. En 1946, los Aliados, triunfadores de la contienda, le impusieron una prohibición de dos años, al cabo de los cuales volvió a dirigir los conciertos anuales hasta el año 1954.

A partir de 1954, la dirección la asumió el primer violín de la orquesta, que se mantuvo en el puesto durante 24 años y que en 1958 introdujo la tradición de acabar el concierto con El Danubio Azul y la Marcha Radetzky. Tras su retirada, en 1979, tomó su lugar el entonces director de la Ópera Estatal de Viena, Lorin Maazel, pero a partir de 1987 se decidió que cada año dirigiera el concierto un director invitado distinto.

Este “Concierto de Año Nuevo” que ya cuenta con una audiencia mundial gracias a la televisión,  tiene lugar cada año en la mañana del 1 de enero  en la  Sala Dorada de la Musikverein  de Viena.  Es trasmitido a lo largo del mundo para una audiencia potencial estimada en 1.000 millones de personas en 54 países. Cada año, el mismo programa se interpreta también el 30 de diciembre como un "ensayo general" y el 31 de diciembre como "Concierto de San Silvestre". 

La música es, en su mayor parte, de la familia Strauss. En 1991, por primera vez en la historia del concierto, se tocó una obra de Mozart,   la obertura de Las Bodas de Fígaro, como homenaje al compositor al conmemorarse ese año el bicentenario de su fallecimiento. Del mismo modo, en 2013,  año del bicentenario del nacimiento de Wagner  y Verdi,   se tocaron sendas obras de ambos compositores.

El concierto siempre termina con la felicitación colectiva al público por parte de los músicos a través del director de orquesta. Un quiebro en la tradición en tiempos recientes fue durante la edición de 2005, dirigida por Lorin Maazel, cuando el programa terminó con el vals  Danubio Azul como una señal de respeto por las víctimas del terremoto y el consecuente ras de mar del Océano Índico en los días finales de 2004.    

Las flores que decoran la sala de conciertos del  son un regalo anual de la ciudad de San Remo, Liguria, Italia. 

 El "Concierto de San Silvestre”, con el mismo programa del de Año Nuevo, se celebra desde el 31 de diciembre de 1952, y el ensayo general,o "preaudición" desde el 30 de diciembre de 1962, entonces como un concierto privado para miembros de las Fuerzas Armadas de Austria, y desde 1998 con parte del aforo a la venta para el público.
Debido a la gran demanda de localidades, las entradas se adjudican por un sorteo. Desde el día 2 hasta el 23 de enero de cada año, los interesados presentan su solicitud en la página web de la Filarmónica de Viena, especificando si desea asistir al concierto de Año Nuevo (1 de enero), al de San Silvestre (31 de diciembre) o al Ensayo General (30 de diciembre), todos con los mismos intérpretes y programa. Se puede solicitar para los tres, pero en peticiones separadas. Una vez concluido el periodo de solicitud se realiza el sorteo y se comunica a los agraciados el resultado. Los precios de las localidades para el concierto de 2014 oscilaban entre los 30 y los 940 euros para el concierto de Año Nuevo, y entre 130 y 380 para el ensayo general.

A partir de 1959 el concierto se transmitió en directo por televisión, a través de una emisora local  y ya después por Eurovisión a toda Europa y gran parte del mundo. Desde hace varios años el concierto está siendo   retransmitido para Estados Unidos por ABC y PBS.  En la edición de 2013 fueron 81 los países a los que fue trasmitido: se trata del concierto más visto en televisión de todo el año.

Fuentes: http://web.archive.org/web/20130522101532/http://www.wienerphilharmoniker.at/index.php?setlanguage=en&cccpage=newyearsconcert
Wikipedia.org

 

30 de diciembre de 2014

Contra los yankees vivíamos mejor...


CONTRA LOS YANKEES VIVÍAMOS MEJOR….

Carlos Alberto Montaner

La frase fue famosa en España: “Contra Franco vivíamos mejor”. La escuché y leí mil veces durante la transición española hacia la democracia. Me imagino que Raúl Castro debe haberla adaptado a la circunstancia cubana en medio de una mezcla de enojo y melancolía.

Son las consecuencias inesperadas de las victorias. El presidente Obama, en efecto, capituló, como deseaba La Habana. Se acogió, sin exigir contrapartidas, a la política del abrazo (engagement) y renunció a las medidas de “contención” (containment) hacia Cuba, típicas de la Guerra Fría.

Se comprometió, además, a restaurar totalmente las relaciones, pese a que el Senado posiblemente no apruebe la designación de ningún embajador. Lo aseguró, amenazante, el senador Lindsey Graham. También tramitará el fin del embargo ante un Congreso republicano que probablemente ni siquiera acepte discutir la medida, como ya anunció el speaker John Boehner. Será una cadena de frustraciones.

El equívoco está fundado en lo que en inglés llaman wishful thinking o juicio basado en ilusiones. El sorpresivo anuncio de Obama y Raúl Castro era el inicio de un largo, complejo y deseado proceso de deshielo, y casi todos los factores afectados dieron por hecho que la reconciliación ya se había producido y, en consecuencia, la transición hacia la democracia había comenzado. La percepción ha sido de final de partida, no de comienzo.

Pura confusión. Los curas en La Habana, literalmente, echaron a volar las campanas de los templos anunciando la buena nueva, como hacían en tiempos de la colonia cuando se retiraban los piratas.

Miles de cubanos desempolvaron las banderitas y algunos se abrazaban en las calles llenos de felicidad. Para ellos, mágicamente, la miseria llegaba a su fin. La prosperidad estaba a la vuelta de la esquina.

Las cabezas más representativas de la oposición democrática, esperanzadas, se reunieron en la casa de Yoani Sánchez y, muy civilizadamente, fueron capaces de ponerse de acuerdo y demandar espacios para esa magullada sociedad civil que el país va pariendo trabajosamente al margen del corset totalitario impuesto por el Partido Comunista.

Las Damas de Blanco, flores en mano, como suelen hacer, recorrieron algunas calles cercanas a la parroquia donde se congregan pidiendo libertad. Esta vez no las aporrearon. Hubiera sido una flagrante contradicción con el espíritu de apertura subrepticiamente instalado en el país.

Los representantes ante la OEA de los países latinoamericanos, reunidos en Washington, le dieron la bienvenida a la nueva etapa, pese a las objeciones de Bolivia, Venezuela y Nicaragua, secretamente impulsados por Cuba, que deseaban incluir una mención del embargo, moción rechazada por el resto de los países. Canadá, a cambio, se abstuvo de mencionar el tema de los Derechos Humanos, que hubiera sido como mentar la soga en la casa del ahorcado.

Raúl Castro, muy preocupado, despachó a su hija Mariela al extranjero, embajadora oficiosa del régimen, a explicar que el comunismo era el destino permanente de los cubanos, algo así como una enfermedad incurable y crónica. Nadie debía confundir el cambio de Washington con la postura inconmovible de La Habana. En la Cuba de Mariela Castro se podía cambiar de sexo, pero no de sistema. Ese –el sistema– ya había sido elegido por los cubanos hasta el fin de los tiempos.

El mismo Raúl Castro, como si fuera un mantra, lo repitió en la Asamblea Nacional del Poder Popular, un coro afinado de sicofantes que hace las veces de Parlamento. Reiteró que no había más dios que el colectivismo ni más profeta que Fidel Castro, y así sería para siempre. Al final, fieramente, gritó “patria o muerte”. Todos lo aplaudieron disciplinadamente, incluidos los cinco espías liberados.

¿Por qué tantas muestras de adhesión incondicional a una vieja y desacreditada dictadura, próxima a iniciar su 57 aniversario? Precisamente, porque Raúl no ignora el peso de las autoprofecías que, a fuerza de repetición, acaban por cumplirse. Misterios del caprichoso mundillo de las percepciones.

Especialmente en un país en el que casi nadie cree en los presupuestos teóricos del sistema. Todos saben que el marxismo leninismo fracasó rotundamente y la nación se está cayendo a pedazos. Nadie desconoce que las reformas de Raúl, los cacareados “lineamientos”, ni han dado ni darán resultados.

A estas alturas, la mayor parte de los cubanos, como los soviéticos en la etapa final de Mijail Gorbachov, están convencidos de que el sistema no es reformable y hay que reemplazarlo.

En ese desesperado punto de la historia, Obama, por las razones equivocadas, toca la trompeta y todos piensan que es una señal de los cielos y que ha llegado la hora. Menos Raúl, Mariela y el resto de la sagrada familia, que, desesperados, salen a desmentirlo, pero nadie los cree. La percepción es más poderosa.

Periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas.
© Firmas Press
Reproducido de El Nuevo Herald

29 de diciembre de 2014

La Cuba que ya cuenta el cambio (II)


La Cuba que ya cuenta el cambio
( II )
Amelia Castilla

Wendy Guerra (La Habana, 1970) vive en el barrio de Miramar, una de las antaño zonas residenciales de la ciudad. Su casa ocupa la última planta de un edificio de tres pisos de aspecto destartalado al que se accede tras franquear una verja de seguridad. El interior, decorado en estilo minimalista con sofá blanco y mecedora de Charles Eames, resulta totalmente acogedor y extraño en una ciudad donde los edificios parecen a punto de derrumbarse y el asfalto como si no se hubiera tocado desde que Fidel entró en La Habana en 1959. Todo en la cocina es órganico, y el zumo que ofrece al visitante, natural.

Se hizo tremendamente popular gracias a la televisión, donde presentaba programas, pero hace años que fue silenciada por el régimen. La gente acostumbrada a verla en pantalla le pregunta por la calle si se ha marchado a vivir fuera de Cuba, a lo que ella responde que vive en el inxilio. Triunfa fuera pero sus novelas no se publican en la isla. Sin embargo, ella decidió permanecer en una sociedad desgastada y dividida: "Es bueno quedarse con lo malo de lo bueno. Aquí llevo una vida esforzada pero legítima. Soy coherente con las herramientas que todo el mundo usa; uso las bibliotecas y voy a los hoteles para entrar en Internet. No podría vivir aquí como un extranjero. No soy una activista política, sino una escritora", cuenta a velocidad de vértigo.

Cuando sale de la isla y se reencuentra con sus compatriotas siente una enorme alegría. "Son mis hermanos", aclara. "No entiendo que desde el exilio se nos siga atacando. Los intelectuales están llenos de prejuicios, pero ya es hora de declarar el alto el fuego. No podemos seguir repitiendo las historias de nuestros padres".

Graduada en Dirección de Cine en el Instituto Superior de Arte y alumna de García Márquez en su taller de guiones, como escritora se mueve en el territorio de los diarios, y su novela Todos se van, un relato autobiográfico de cómo vivió la diáspora de todos sus amigos y conocidos una hija de la Revolución, se lee como una de las críticas más devastadoras del comunismo, escrita desde la visión de una niña.

 Como escritora siente que desarrolla una carrera personal que no pudieron hacer los padres de su generación porque ellos nunca pensaron en tener algo suyo en primera persona del singular. "De niños no pudimos elegir, fuimos educados en el marxismo con la idea de que nada de lo que teníamos era nuestro, todo pertenecía al Estado y yo me rebelé contra eso". Los días en Cuba se parecen mucho, pero, en ese adagio de lo mismo, Guerra saca los temas que pueblan sus libros. Ahora vive dedicada a recibir a los amigos que se fueron y que regresan a la isla a despedirse de sus padres enfermos o directamente a enterrarlos. Y no hablamos de una figura literaria. "Está desapareciendo una generación, viejos comunistas que apoyaron a Castro y gente que, en algunos casos, se enfrentó con sus hijos cuando decidieron marcharse". Quizás escriba sobre ese enorme drama en alguno de sus diarios. "Hay muchos infiernos; el socialismo nos ha hecho muy insolidarios".

A caballo entre dos generaciones y entre dos países emerge la figura de Pedro Juan Gutiérrez. Consiguió un filón contando con desgarro su vida erótica, pero sufrió la censura y los insultos. "Cuando se publicó en octubre de 1998 Trilogía sucia de La Habana en mi país, me echaron a la calle de la revista donde trabajaba y se corrió un muro de silencio a mi alrededor. Yo saqué fuerzas y me dije a mí mismo: pues, en primer lugar, no me voy a ir a Miami ni a ningún lado, aquí me quedo porque este es mi país y voy a aguantar el chaparrón".

Desde que empezó a redactarla su objetivo fue hacer literatura pero nada de entretenimiento. "Quería escribir sobre mi vida y sobre la gente que me rodea en Centro Habana. Era una etapa de mucha hambre, miseria, degradación. Yo trabajaba como periodista en una revista oficial y, claro, no podía escribir nada fuerte. No me dejaban. Creo que todos esos libros (cinco títulos) del Ciclo de Centro Habana son una especie de venganza. Cuando escribí el primer cuento de la trilogía me dije: 'Ahora yo soy responsable de todo'. Y escribí a full. Sin importarme lo que pasaría después", cuenta vía correo electrónico desde Canarias, donde vive parte del año. La trilogía se ha publicado en una veintena de idiomas.

No soporta que lo etiqueten como el Bukowski cubano. "Mis personajes son mucho más vitales, variados, decididos, alegres y sexuales que los borrachitos retorcidos, grises, repetitivos y aburridos de Bukowski. Mis personajes tienen la vitalidad del trópico, la testosterona (y los óvulos efervescentes) y la gracia del Caribe. Son mis vecinos, la gente que me rodea. La gente que te vas a encontrar si paseas un poquito por Centro Habana ahora mismo y los que te seguirás encontrando dentro de 20 o 30 años". Ha terminado una novela titulada Fabián y el caos que se desarrolla en Matanzas en los años sesenta y setenta del siglo pasado, con un Pedro Juan adolescente y joven y uno de sus amigos de esa época.

Se muestra cauto con los cambios anunciados. "Estoy de acuerdo en que sean lentos, graduales, bien pensados y sobre todo que los mediten bien para que puedan seguir adelante, abriendo la sociedad a la modernidad. Fueron muchas décadas de mucha cerrazón, de muchas prohibiciones, y eso genera un caldo de cultivo nefasto, sobre todo entre los jóvenes". A su juicio, lo principal en este momento sería "activar la economía y los derechos individuales y el acceso a la modernidad en todos los sentidos. No podemos seguir viviendo en un coto cerrado. No tiene sentido y es anacrónico”.

10 libros para entender la Cuba de hoy

Narrativa

Trilogía sucia de La Habana, Pedro Juan Gutiérrez. Anagrama.1988
Todos se van, Wendy Guerra. Bruguera, 2006. Reeditado este año por Anagrama.
La fiesta vigilada, Antonio José Ponte. Anagrama 2007
Carbono 14, una novela de culto, José Enrique Lage. Ediciones Altazor, 2010
Hablando de fantasmas y mucho más, Esther Díaz Llanillo. Editorial Letras Cubanas, 2011

Ensayo

El mapa de sal, un postcomunista en el paisaje global, Iván de la Nuez. Mondadori, 2001. Reeditado por Periférica en 2010.
Tumbas sin sosiego, Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano, Rafael Rojas. Anagrama, 2006
Fantasía Roja. Los intelectuales de izquierdas y la Revolución cubana, Iván de la Nuez, Debate 2006.
Rojo sceituna, un viaje a la sombra del comunismo. Ronaldo Menéndez. Páginas de Espuma, 2014
El viaje más largo, en busca de una cubanía extraviada. Leonardo Padura, Nuevos Emprendimientos Editoriales, 2014

El País, Madrid
Reproducido de eltimbeke.com

28 de diciembre de 2014

La Cuba que ya cuenta el cambio


La Cuba que ya cuenta el cambio ( I )

 Amelia Castilla
 
Cuba todavía sigue siendo un país con dos monedas, como la nueva generación literaria, separada en dos territorios físicos. Los nietos de la revolución fueron educados como pioneros en el marxismo-leninismo, en el seno de familias que apoyaron a Fidel Castro, pero esa primera generación anticapitalista se cansó de escuchar discursos utópicos que poco aportaban sobre la vida cotidiana. Unos se fugaron de esta isla del Caribe, hartos de persecuciones en busca del porvenir, pero otros decidieron quedarse y esquivar la censura desde el corazón de La Habana, en el marco de lo que algunos teóricos califican como poscomunismo dentro del comunismo.
 
El Granma, órgano oficial del Partido Comunista, se vocea por las calles, pero la decadencia del régimen admite variables diversas: escritores que publican fuera de Cuba y son silenciados dentro, narradores cuyos libros se editan en ambos territorios y una larga lista de apátridas que escriben en la distancia. En ambos casos, Cuba protagoniza muchos de sus relatos pero no se leen como retratos amables del régimen. Como sus antepasados, todos parecen tocados por esa enfermedad llamada insularidad, esa maldita circunstancia del agua por todas partes, y un fuerte sentido de la pertenencia. Algo que Leonardo Padura  resume sencillamente: "El problema de los cubanos es que ni huyendo de Cuba salimos de la isla".

La literatura ya ha contado los grandes cambios que se avecinan tras el anuncio del restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Los escritores jóvenes ya no tienen la visión de sus padres. A finales del siglo XX una literatura de indagación social y crítica comenzó a narrar el desencanto y la visión de la gente, basada también en el conocimiento de la vida al otro lado del Malecón, el paseo habanero que separa la tierra del mar y cuya esencia es ser frontera orgánica y espiritual del país. Mario Conde, el detective de ficción creado por Leonardo Padura que radiografía moralmente la vida en la isla del Caribe, lleva tiempo recorriendo el mundo y su novella "El hombre que amaba a los perros" un relato pormenorizado del asesinato de Trotski, se ha convertido en un éxito. Fue publicada por Tusquets en España.

Como algunos de sus colegas, Leonardo Padura,  (La Habana, 1955), uno de los narradores que mejor representan los nuevos tiempos de la dictadura comunista y la coyuntura actual, viaja por el mundo cuando lo desea. Durante medio siglo los cubanos no pudieron moverse de su país con libertad. La frontera estaba cerrada por ley y tan difícil era salir como volver, pero la política de cambio emprendida por Raúl Castro en enero de 2013 posibilitó las entradas y las salidas, aunque todavía quedan exiliados que algunos califican como de alta intensidad que no consiguen superar las trabas burocráticas (más bien políticas) para moverse por el país.
 
No es el caso de Ronaldo Menéndez (La Habana, 1970), que pertenece a la categoría de exiliado de baja intensidad. Vive en Madrid y abandonó su país hace dos décadas, pero no posee estatus de opositor y sus libros son críticos aunque no atacan personalmente a los hermanos Castro. "Entro y salgo con facilidad, lo que provoca resquemores con cierto sector intelectual del exilio de Estados Unidos. Personalmente me interesa mucho la política, pero no busco el enfrentamiento radical. Hace un año que falleció mi padre y pude despedirme de él, algo que no pueden hacer todos los que lo deseen". Este año ha publicado Rojo aceituna en España y es autor de una decena de libros, uno de los cuales, Amores desalmados, se publicó en Cuba en 2011. Rojo aceituna, un recorrido por los países comunistas desde Latinoamérica a Asia para ver lo que queda del rojo anunciado, se lee como un ácido libro de viajes.

Padura no vive bajo la amenaza de la censura. Dispone de nacionalidad española pero sigue viviendo en Cuba porque quiere permanecer cerca de sus "nostalgias y amores". Se define como "un escritor cubano que escribe sobre Cuba. La pertenencia me ató a mi país, al Malecón y a mi barrio. Un escritor es su cultura y su lengua", aseguraba Padura en una de sus visitas a Madrid.

En Cuba la moda no existe aunque en la marea callejera se impone el leggins de tonos fluorescentes. En el célebre mercado de libros de segunda mano, en la turística plaza de Armas, los iconos no se han renovado en los últimos setenta años pero algo ha cambiado. Los músicos callejeros recrean las canciones de Silvio Rodríguez y las fotos de Korda sobre el Ché Guevara comparten estantes de madera con algunos libros de Lezama Lima, títulos de Hemingway que recuerdan su paso por la isla junto con álbumes de la Revolución para niños que ya deben ser padres. De la nueva fotografía cubana no hay ni un rastro. Entre los libreros de los puestos de segunda mano, la obra de Leonardo Padura y Pedro Juan Gutiérrez recibe piropos. "Son los únicos escritores que hablan de la realidad del país", dice uno de ellos. Algunos de sus títulos se venden allí mismo. En cambio, si se les pregunta por alguno de los prohibidos o silenciados pasan en segundos de la cara de póquer a la inmediata reacción comercial. "Bueno, ahora no tengo aquí ese libro de Wendy Guerra  pero si lo desea se lo puedo conseguir…". Los cubanos cuentan que eso mismo pasaba hace años con Antes que anochezca,  la memorable biografía de Reinaldo Arenas que solo se pudo leer fuera del circuito official.

En la calle del Obispo, con flamantes librerías, algunas de varios pisos, atendidas por un buen número de funcionarios, tampoco se localizan las últimas novedades. Bolaño o Volpi no existen. En las librerías no hay opciones bajo cuerda, pero en estantes móviles se pueden conseguir revistas culturales históricas como La Gaceta de Cuba o El Caimán Barbudo, entre otras. El escritor Reynaldo González, periodista y uno de los más prestigiosos ensayistas cubanos, perseguido durante casi una década por el régimen por ser homosexual, ve claros signos aperturistas. En su opinión, la mermada industria editorial local no permite muchos dispendios, pero funcionan distintas casas editoriales donde publican lo mismo escritores jóvenes que consagrados como Ana Lydia Vega, Jorge Enrique Lage —su obra Carbono 14.
 
Una novela de culto, publicada en 2010, hace honor a su nombre— y Mirta Yáñez, entre otros. También se editan libros que llevaban años guardados, como Hablando de fantasmas y mucho más, de Esther Llanillo, de 86 años, jubilada tras treinta años como bibliotecaria en la Universidad de La Habana. La narrativa fantástica se codea ya con la histórica, géneros casi marginados en el reino del realismo socialista. "El triunfo de la revolución tuvo tal consenso que arrasó todo. ¡Ojalá se hubiera producido un enfrentamiento ideológico! En los setenta la izquierda estalinista impuso su criterio y los que no estaban de acuerdo tuvieron que abandonar la plaza camino del exilio. Ahora nadie catequiza sobre cómo debe ser el arte, todo eso forma parte de la historia oficial que se convirtió en fracaso. Tampoco al otro lado, la voz del exilio es la misma, muchos tienen hijos que ya ni siquiera hablan español", cuenta Reynaldo González en su residencia habanera, en el barrio del Vedado, una mansión destartalada con un jardín tropical a la entrada que cuida personalmente.

El País, Madrid
Reproducido de eltimbeke.com

Todo tiene su explicación y su origen


Todo tiene su explicación y su origen

Usar ropa interior roja el día de Año Nuevo
En tiempos medievales existían muchas prohibiciones (sobre todo para la clase baja) y se relacionaba el color rojo con el demonio, la sangre y la brujería. Incluso llegó a prohibirse plantar productos de color rojo (tomates, pimientos...) y el vestirse con indumentaria de este color. El color rojo es símbolo de sangre y de vida, pero como estaba prohibido y la gente creía que el llevar un símbolo de vida traía buena suerte, en el momento en que el sol salía el primer día del año, optaron por llevar ropa de color rojo, que no estuviese a la vista... y la tradición llegó así a nosotros.

El aguinaldo
Es una especie de propina navideña y dicen que la tradición surgió con Rómulo, primer rey de Roma  quien el primer día del año recibió de sus ayudantes unas ramas cortadas de un árbol del bosque consagrado a una diosa. El hecho se convirtió en un rito que se celebraba cada primer día del año. Tradicionalmente se le daba en estas fechas a funcionarios públicos como basureros, carteros, sirvientes, etc... que recorrían las casas entregando tarjetitas pidiendo el aguinaldo y felicitando la Navidad. Fueron prohibidos en el siglo XIV, aunque luego se recuperaron y actualmente forma parte de muchas fiestas de pueblos.

La cesta de Navidad
La cesta de Navidad es la representación moderna del tradicional aguinaldo y tiene sus raíces en las canastillas que usaban los campesinos para entregar los aguinaldos. En otro tiempo casi obligado por las empresas en estas fechas, la importancia del personaje venía dada por la cantidad de cestas recibidas, ahora casi desaparecido la costumbre. La   imagen del jamón sobresaliendo de ella junto a las botellas de champán o cava se ha convertido en mucho menos frecuente.
abc.es

27 de diciembre de 2014

Fin de los delirios?

 

¿Fin de los delirios?


Por Jorge Edward*


Tuve las primeras noticias de la revolución cubana en la universidad de Princeton, en Estados Unidos del presidente Eisenhower y del vicepresidente Richard Nixon, cuando había terminado mis estudios en Chile y hacía un posgrado en asuntos internacionales. Había un profesor de origen cubano, casado con una norteamericana de fortuna, y por su mansión, alrededor de una piscina hollywoodiense, pasaban revolucionarios en ciernes, miembros del movimiento 26 de julio, exiliados diversos y opositores de todas las tendencias a la dictadura de Fulgencio Batista.

Algunos de esos personajes, el juez Manuel Urrutia, presidente de la república en los años iniciales del castrismo; Felipe Pazos, joven economista que después desempeñó cargos importantes, salieron pronto al exilio. Pero las simpatías por la revolución eran universales; los primeros exiliados, bautizados por Fidel como gusanos, salían de la isla y no eran bien acogidos en ninguna parte, con la improbable excepción de la península de La Florida. Pasaban a ser exiliados apestados. ¡Qué fácil es ser exiliado chileno, me dijo un intelectual cubano en los tiempos del pinochetismo, y qué difícil, qué porvenir oscuro, tiene el exilio del Comandante Castro, el de la gusanera!

Viajé en enero de 1968 a La Habana, invitado por las instituciones culturales de la revolución. Era entonces diplomático chileno de carrera y mi país había roto relaciones con Cuba en 1964. Pero el ministro del Gobierno demócrata cristiano de esos días me autorizó con gusto. Había partidarios militantes de la revolución castrista, pero también abundaban por todos lados los simpatizantes discretos y más o menos secretos. El generalizado espíritu antiyanqui facilitaba las extravagancias ideológicas de todo orden: desde gaullistas y franquistas hasta liberales y centristas mexicanos y sudamericanos.

Cuando regresé a Cuba a finales de 1970, como diplomático encargado de abrir la Embajada chilena, la situación era radicalmente diferente. Una parte influyente del Gobierno recién instalado de Salvador Allende pensaba que la panacea política y económica era Cuba: la respuesta frente a la dependencia y el subdesarrollo de nuestras democracias mediocres.

Me tocaron días difíciles, intensos, marcados por el fracaso monumental de la zafra de 10 millones de toneladas de azúcar que había prometido el Gobierno del Comandante Castro. No tardé mucho en entender que había un desfase completo entre la visión externa de Cuba y las realidades internas. En la noche de mi llegada conversé tres horas, entre las dos y las cinco de la madrugada, en las oficinas de la redacción del diario oficial, Granma, con Fidel Castro en persona, que mientras conversaba conmigo escogía las fotos suyas que debían publicarse en la primera plana del día siguiente, y que de repente, al pasar, con un gesto rápido, me advertía de que eso no era “culto de la personalidad”.

Al final de la mañana siguiente, un sábado, me visitaban en el bar de mi hotel escritores cubanos que había encontrado en mis viajes o que me conocían como lectores. Después del segundo daiquiri, con medias palabras, haciendo gestos, apuntando a los posibles micrófonos, me contaron una historia diferente, de sospechas, delaciones, censuras. Me hablaron de las UMAP, las unidades militares de ayuda a la producción, y de colegas suyos, acusados de vagancia, de homosexualidad, de delitos comparables, que habían pasado temporadas en esos infiernos.

Como venía de un país optimista e ingenuo, utopista y mal informado, donde algunos dirigentes pensaban que la alta inflación serviría para destruir el poder de la burguesía, decidí escribir mi testimonio. Ya sabía, a muy poco andar, que si un régimen parecido se instalaba en Chile, yo sería uno de los primeros en salir al exilio. Lo dije hace poco, en una conferencia pública, en Santiago de Chile, y un viejo amigo de izquierda se retiró de la sala, indignado. Es decir, el conflicto continúa, y después del restablecimiento de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, seguirá vivo, pero con una posibilidad de apertura y de evolución interna que son nuevas, que saludo con el optimismo mitigado, reservado, que las circunstancias permiten.

Cuando salí de la isla al cabo de sólo tres meses y medio, y cuando publiqué en España mi memoria del caso, Persona non grata, me dijeron que mi obsesión por la vigilancia policial cubana era una forma de paranoia. Y recibí en esos días una larga carta de Guillermo Cabrera Infante, exiliado cubano en Londres, y que me decía textualmente: “No hay delirio de persecución ahí donde la persecución es un delirio”.

Como pueden apreciar ustedes, el uso correcto del lenguaje es una virtud esencial. Ahora se ha producido la conjunción de tres personas adaptadas a la circunstancia: Raúl Castro, más racional, menos impulsivo que su hermano Fidel; Barack Obama, que desearía terminar con esta herencia postergada de la guerra fría; y el papa Francisco, que tiene una visión humanista latinoamericana. No es poco, pero no hay que esperar resultados rápidos. Pasaron los años del fidelismo, de la diplomacia impulsiva, de las carreras presidenciales para ir a rendirle pleitesía al Líder Máximo. Nada cambiará, nos asegura en la prensa la hija de Raúl, pero algo ya ha cambiado. La historia es lenta, pero no tiene regreso.

Publicado en El País, Madrid. (Reproducido de Cubanet)

*Jorge Edward, Premio Cervantes de Literatura, escritor, novelista, periodista y diplomático chileno, sus columnas de opinión se publican en El País, Le Monde y Corriere de la Sella. Fue embajador en Cuba del gobierno chileno de Salvador Allende. En el 2010 fue nombrado embajador de Chile en París, por Sebastián Piñera.

Todo tiene su explicación y su origen

 

Todo tiene su explicación y su origen

El roscón de Reyes
Antiguamente, desde mediados de diciembre a finales de marzo era el tiempo de las fiestas Saturnales (en honor de Saturno, dios de la agricultura), durante las cuales Roma celebraba la protección de este dios. Se elaboraban unas tortas redondas con higos, dátiles y miel que se repartían a todos, incluyendo los esclavos. En su interior se introducía una haba y al afortunado al que tocaba era nombrado «rey» y se le permitia casi todo. Hacia el año 1000, la Iglesia transformó la fiesta y la figura del «rey haba» recaía sobre el niño más pobre. Felipe V trajo a España esta tradición del rosco al final de las fiestas de Navidad, cubierto de frutas escarchadas con una o dos sorpresas escondida en su interior.

Los polvorones y mantecados
Los polvorones y mantecados, de tradición andaluza, tienen su origen en el siglo XVI, cuando la época de la matanza, ya que en su elaboración se utilizaba manteca de cerdo. Las ciudades más representativas donde se elabora este tipo de dulces son Antequera (Málaga) y Estepa (Sevilla) de donde se extendieron a otros lugares. En cuanto al polvorón es una especialidad de los mantecados y lleva almendra siendo su forma más alargada y está recubierto de azúcar.

Los canelones de san Esteban
La costumbre de los canelones de San Esteban se conserva en pocos lugares, pero antiguamente era muy corriente por Cataluña. Con la comida que sobraba por Nochebuena y Navidad, se preparaban los llamados «canelones de San Esteba», llamados así porque se comían el día de este santo (26 de diciembre).
abc.es

26 de diciembre de 2014

El lomo de la gitana, relato de Alfonso Usía

El lomo de la gitana

Alfonso Usía

El 24 de diciembre, frío y soleado, me presenté cumpliendo su orden en el despacho del capitán don Rafael Urréjola, un militar estricto y humano, un señor como la copa de un pino. Estaba enfadado con mi humilde ser. Se había enterado de que días antes, incumpliendo claramente con mi deber, le había traspasado mi servicio de guardia en el refuerzo de noche a otro soldado previo pago de quinientas pesetas. –Lo siento, pero lo que usted no hizo cuando le correspondía lo va a hacer esta noche. Hará guardia en la puerta principal en el segundo relevo. Desde las 11 de la noche a las 2 de la mañana del 25 de diciembre-. La Nochebuena en el puesto de guardia.

El campamento de Camposoto, CIR 16, tiene la garita principal en lo alto. Se accede por una carretera sinuosa que sale de San Fernando. En mis tiempos, se sucedían a ambos lados del camino viviendas de familias gitanas y alguna ventilla que otra. Una carretera vigilada en las cunetas por interminables manchas de chumberas y eucaliptos solitarios. A las 11, como era preceptivo, relevé al soldado de guardia del primer turno. Y me preparé, en la más absoluta soledad a pasar mi Nochebuena de centinela, consecuencia del merecido arresto que me había impuesto el capitán. Hacía un frío del carajo. Lo he escrito y lo repito. He estado en Moscú, en San Petersburgo y en Helsinki en pleno invierno. Pero no pasé en ninguno de los tres lugares el frío del invierno andaluz, que cuando se presenta entra en los huesos directamente.

Se acercaba la hora cumbre de la Nochebuena. Las 12 de la noche, el límite del día. Se oían villancicos que aumentaban mi melancolía. Y se acercó una sombra. La sombra tenía dueña, y llevaba un paquete. Le di el «alto», y obedeció a la advertencia. Era una mujer gitana de una venta próxima a Camposoto. –No te asustes, niño, que esto es para ti. Para que te acompañe en la Nochebuena tan triste que te ha tocado-. Y me entregó una bolsita, con un buen pedazo de caña de lomo y media botellita de jerez. –Para que pases mejor la Nochebuena, hijo, y muchas gracias por tu servicio-. Entonces me dio un beso. –Buenas noches, soldadito-.

La gitana, ya de vuelta, volvió a hacerse sombra hasta que desapareció. Me comí el lomo, y saltándome la norma, me bebí lentamente la media botella. Todo me supo y me sentó a gloria bendita. Nunca sabrá aquella mujer maravillosa el bien que me hizo. He pasado muchas nochebuenas desde aquella de mi soledad, y nunca he apreciado lo que he tenido como aquella noche gélida en la isla de San Fernando. Hoy es Nochebuena.

Esta noche, mientras nos reunimos, rezamos, cantamos y cenamos en familia, centenares de soldados hacen guardia en sus regimientos y unidades. Hoy, como todas las noches del año, los pilotos del Ejército del Aire vuelan por nuestro espacio aéreo para amparar nuestra alegría o nuestra nostalgia. Y los buques de la Armada, con sus tripulaciones alerta, navegan por nuestras costas. Hoy, miles de militares cumplen con su deber alejados de los suyos. Y hoy, en distintos lugares del mundo, en los más hostiles, militares españoles y guardias civiles defienden las libertades y los derechos de nuestra civilización.

Hoy, la Guardia Civil y la Policía no descansan. Más aún, trabajan para que la alegría no se enturbie y la gente sea feliz. Hoy, en Camposoto, ocupará un soldado la garita que yo ocupé de centinela solitario. Y es posible que esa mujer sin nombre, aquella gitana con la bondad enroscada en su alma, le lleve la caña de lomo y la media botella de jerez. No se trata de un cuento de Navidad. Es memoria de una noche que vivirá para siempre en lo que me queda de luz. Y una muestra de gratitud a los que nos guardan la felicidad familiar alejados de los suyos, que tanto los añoran y necesitan. Que el Niño Dios premie su lealtad a los españoles.

Remitido por María Teresa Trujillo

 

La Nochebuena que celebrábamos los cubanos

La Nochebuena
que celebrábamos los cubanos

Gladys Linares. CUBANET

LA HABANA, Cuba -Desde el pasado colonial, la Nochebuena y la Navidad son las fiestas tradicionales de la familia cubana, a pesar de las infructuosas artimañas creadas por la dictadura de los Castro para acabar con ella. Estas festividades de diciembre unen a la familia, pues son la ocasión perfecta para manifestar nuestro cariño hacia familiares y amigos.

Jorge Fernández Hevia (68 años) es uno de los miles de cubanos que no ha dejado perder la tradición. Él opina que, aunque no lo parezca, los más viejos transmiten la costumbre a los más jóvenes. Me cuenta que nació y creció en Párraga, un barrio marginal. Su familia era pobre, pero su abuela materna, que era cocinera en una casa de Miami, venía todos los años a pasar la Navidad con la familia y les traía regalos. Hasta que en 1960, los de Inmigración le advirtieron que si volvía a salir no la dejarían regresar, y ella decidió no alejarse definitivamente de su familia.

En Nochebuena nos reuníamos 17 o 18 parientes, entre abuelos, padres, tíos y primos. Se asaba un puerquito en el patio, con carbón y en púas”. Jorge recuerda la calzada de Bejucal adornada con guirnaldas de colores, y a pesar de que era estrecha y con árboles a todo lo largo, se llenaba de quioscos de chucherías como nueces, avellanas, uvas, manzanas, peras, turrones. “Una familia de por allí hacía unos buñuelos muy sabrosos que mi mamá compraba para la cena. Cenábamos sobre las 12 de la noche. El 25 nos ponían ropa nueva, comíamos la montería (la comida de la noche anterior) y por la tarde nos llevaban a ver vidrieras.

Se comía con vino, incluso los niños. Como era una fiesta familiar, los adultos se cuidaban mucho de emborracharse. Siempre había un plato dispuesto para quienes pasaban a saludar, que por lo general picaban algo y se iban a hacer otras visitas. Ahora la comida es casi racionada, no podemos invitar a nadie ni queda nada para la montería. Muchas veces hemos guardado el pollo de la cuota para ese día, aunque siempre he tratado de comprar un pedacito de puerco para comerlo con arroz, frijoles, yuca con mojo y ensalada. Pero este año no sé: esperé mucho y ya la libra de pernil está a 35 pesos”.

Rafaela León Padrón (68 años), por su parte, me cuenta que nació en San Nicolás de Bari, en Güines, en la finca La Guadalupe, donde su familia tenía una pequeña parcela para el autoconsumo que les había dado el tío abuelo, dueño de la finca.

Hasta en el monte, celebrábamos la Nochebuena

Aunque estábamos en medio del monte, celebrábamos la Nochebuena. Las aves, el puerco, las viandas, los dulces criollos como buñuelos, dulce de naranja y de coco, todo salía de la finca, y los tíos de La Habana, que iban a pasarla allá con nosotros, llevaban todo tipos de chucherías como turrones, avellanas, nueces, castañas, uvas, manzanas, dátiles, higos. Y para mi abuela, turrón de yema, su preferido. Mis tíos tenían un negocio de pescadería en La Habana, y llevaban pescado para asar. Llevaban también vino dulce y vino tinto. Siempre sobraba comida. Antes se ponía, además del puerco, guineo y pavo. Algunas familias –como la nuestra- incluso un buen pargo. Hoy solo hay dos opciones: o el pollo de la cuota o un pedacito de puerco.

“En mi casa se criaban dos tipos de puerco: para asar, alimentados con palmiche, porque no tenían grasa y la masa era más sabrosa, y los de ceba. Estos se criaban con un sancocho de viandas, la leche que sobraba, y además caña y miel.

Nancy Martínez Valdés (77 años) nació en Pedroso e Infanta, en el Cerro. Su padre era trabajador de la construcción (granitero de la compañía Luis Mion). “En mi casa se compraba el lechón asado. Pero además, se asaban 4 o 5 guineos que ponían alrededor del lechón. Luis Mion era italiano, y daba un aguinaldo generoso, con el que hacíamos una buena cena: arroz, frijoles negros, congrí, una ensalada de tomates con lechuga americana y rabanitos, turrones de todo tipo (Alicante, Gijona, yema), membrillo con guayaba, dátiles, higos, vino tinto, vino dulce para los niños. Las manzanas se asaban y se acaramelaban. Al día siguiente, la montería. No había 25 sin ropa nueva, y vestidos de estreno nos llevaban a ver vidrieras.

“El puerco se vendía a 25 centavos la libra en pie en Diez de Octubre y Dolores (ya entonces nos habíamos mudado para Lawton). La calzada se llenaba de quioscos y se vendía de todo. La última vez que comí dátiles e higos fue en Alemania, porque aquí hace rato que no hay. Nuestros nietos no los conocen, ni a los albaricoques”.

Después de 1959, cenábamos a escondidas

Otra de mis entrevistadas, una señora que pidió no ser identificada, me contó: Antes, los jefes te daban el aguinaldo, que desapareció con las intervenciones. Después del 59 cenábamos a escondidas, hasta que vino el papa. Como a partir de entonces el gobierno dio el 25 feriado, nosotros nos cogimos el 24, porque aunque la Nochebuena no estaba prohibida por ley, sí lo estuvo tácitamente. Recuerdo que en 1960 yo tenía un bello arbolito de los EEUU, pero el gobierno comenzó una campaña por el arbolito hecho de matas cubanas, y los que ponían los norteamericanos eran mal vistos. Por lo tanto, tuve que comprar el cubano, que no me duró dos años, y luego ya no me atreví a poner el otro”.

Al pedirles que hicieran un cálculo del costo aproximado de una cena de Nochebuena en la actualidad, todos coincidieron en que hoy en día lo más importante es comprarlo todo con bastante tiempo de antelación, porque a medida que se acerca el 24 los precios se disparan, y no bajan sino hasta enero. A diferencia de como ocurría en el capitalismo, dicen algunos, cuando los comerciantes hacían rebajas para las festividades.

Por solo poner un ejemplo, para 4 personas sería: Libra y media de frijoles negros (a 18 pesos) más tres de arroz (a 5), equivalen a 27 más 15, 42 pesos. 6 libras de yuca (a 3 pesos) son 18 pesos. Para condimentos (ajo, cebolla, ají pimiento, comino, naranja agria) se necesitan unos 50 pesos. Un pernil pequeño, de unas 10 libras, puede costar 350 pesos (a 35 pesos la libra de carne para asar), y si es mayor, más caro (hay una carnicería estatal en 15 y Dolores donde el pernil está a 21 pesos la libra, pero según varios de mis entrevistados la realidad es que nunca hay. Algunos dicen que ya traen nombre y apellidos). Una ensalada de tomate (12 pesos) y lechuga (10 pesos por mazo) requiere 34 pesos. En total, alrededor de los 500 pesos, bastante más que el sueldo de un mes.

Hoy, una familia tiene tantos gastos que para Nochebuena compra si acaso lo imprescindible. Delicias como vinos, sidras o turrones son ahora meros recuerdos para muchos, o desconocidas para otros tantos. Solo en un turrón de cada tipo (Gijona, Alicante, yema y nata de nueces, por ejemplo) se gastarían más de 10 CUC. El vino de mesa más barato cuesta más de 4 CUC, con excepción de los dulces y moscatel de fabricación artesanal, que pueden costar entre 35 y 60 pesos cubanos. “No es que nos gusten mucho, pero al menos comemos con vino”, me dice un vecino.

En resumen, opinan mis entrevistados, antes la mesa de Nochebuena era alegre y bien provista. Gracias también a la ayuda de la Iglesia y el gobierno, que daban golosinas para los niños y cenas para los menos favorecidos (sin distinción de ideología o credo). Hoy, en cambio, muchos que ni siquiera se consideran pobres en comparación con la realidad actual, tienen que ajustarse a un presupuesto para poder cenar ese día.