12 de septiembre de 2014

Los cambios que pide Francisco

José Luis Restán,
director editorial de la Cadena Cope, Madrid  

Hace unos días, durante su homilía en la misa matutina en la capilla de la casa Santa Marta, el Papa Francisco hablaba de la novedad que significa siempre el Evangelio, y pedía no tener miedo de cambiar las cosas según la ley del Evangelio. “La Iglesia nos pide, a todos nosotros, algunos cambios. Nos pide que dejemos de lado las estructuras caducas: ¡no sirven! Y que tomemos odres nuevos, los del Evangelio”.

En realidad Francisco estaba describiendo un dinamismo que ha estado siempre presente durante veinte siglos de historia de la Iglesia: ésta debe cambiar continuamente para ser fiel a su origen, debe purificarse de las gangas y adherencias de la historia para que reaparezca siempre el rostro de su Señor ante el mundo. En vísperas de la apertura del V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús, podemos evocar la gran epopeya de la reformadora del Carmelo para ilustrar todo esto, pero habría ejemplos para no acabar.

Lo curioso es que estas palabras del Papa hayan sembrado, a diestro y siniestro, inquietud e irritación en unos casos, y un sospechoso entusiasmo en otros. La inquietud y el enfado provienen de quienes esperan tras cada esquina una confirmación de que Francisco es un Papa de ruptura, dispuesto a malbaratar la Tradición de la Iglesia. Mientras, en otra orilla, se produce un entusiasmo fundado exactamente en la misma presunción, según la cual estaríamos en la antesala de una suerte de revolución, la que algunos llevan años pergeñando en sus sueños y en sus publicaciones. El asunto es serio, pero a veces es mejor esbozar una mueca irónica: a unos y otros habría que pedirles más atención a lo que hace y dice realmente un Papa forjado en el manantial de San Ignacio de Loyola, que suplica como Teresa de Jesús la gracia de morir en la Iglesia, que insiste en que ésta no es una ONG sino la presencia de la salvación de Cristo en la historia, y que se refiere a los mártires como la garantía de una fe que no se adapta a las modas de los tiempos y que acepta recorrer el necesario camino de la cruz. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Dejar de lado estructuras caducas no es, desde luego, un principio revolucionario en la vida de la Iglesia, sino un principio genético de su desarrollo en la historia, por decirlo con palabras que quizás hubiesen gustado al beato John Henry Newman. Pero si hay alguien que ha sostenido y explicado ese principio genialmente en los últimos tiempos, ese ha sido Benedicto XVI. Cuando todavía era un joven y prometedor teólogo, Joseph Ratzinger respondió a la pregunta sobre qué aspecto tendría la Iglesia en el año 2000. A los enfadados y a los interesadamente entusiasmados con la homilía de Francisco, les vendría bien releer estos pasajes escritos en la década de los 60 del pasado siglo.

“…De la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho; se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio… Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad… Conocerá también nuevas formas ministeriales y ordenará sacerdotes a cristianos probados que sigan ejerciendo su profesión: en muchas comunidades más pequeñas y en grupos sociales homogéneos la pastoral se ejercerá normalmente de este modo. Junto a estas formas seguirá siendo indispensable el sacerdote dedicado por entero al ejercicio del ministerio como hasta ahora. Pero en estos cambios que se pueden suponer, la Iglesia encontrará de nuevo y con toda la determinación lo que es esencial para ella, lo que siempre ha sido su centro: la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, la ayuda del Espíritu que durará hasta el fin. El proceso de la cristalización y la clarificación le costará también muchas fuerzas preciosas. La hará pobre, la convertirá en una Iglesia de los pequeños. El proceso resultará aún más difícil porque habrá que eliminar tanto la estrechez de miras sectaria como el voluntarismo envalentonado. Se puede prever que todo esto requerirá tiempo”.

Ya en 1977, el cardenal Ratzinger volvía sobre este tema en su diálogo con Peter Seewald titulado “La sal de la tierra”, al afirmar que “en el cristianismo siempre nos hallamos ante un nuevo comienzo” y prevé que surgirán de la libertad del Espíritu “nuevas culturas de la fe”, que a su vez darán pie a nuevas estructuras. Así ha sido y así será mientras la Iglesia peregrine por este mundo. Si recordáramos que la Iglesia sólo es de Dios, que la guía a través de hombres que Él elige, nos ahorraríamos irritaciones destructivas y pretensiones de llevar el agua a nuestro Molino.

También hace pocos días, en su catequesis de los miércoles, Francisco hablaba de la Iglesia con su acento más original para decir que no se llega a ser cristianos por uno mismo ni tampoco en un laboratorio, sino que somos engendrados y alimentados en la fe en el seno de ese gran cuerpo que es la Iglesia, que es verdaderamente madre. Una madre que “sabe defender a sus propios hijos de los peligros que derivan de la presencia de Satanás en el mundo, para llevarlos al encuentro con Jesús”, exhortándolos también a la vigilancia contra el engaño y la seducción del maligno. Y no lo digo yo, es el Papa quien dice llanamente que no seamos ingenuos, porque desde luego anda suelto.
Reproducido de ecclesia.org

11 de septiembre de 2014

Iglesia en Cuba pide reformas "más profundas y oportunas"

Iglesia católica en Cuba
pide “reformas mas profundas y oportunas”
 
La Iglesia Católica de Cuba ha criticado las reformas emprendidas por el Gobierno de la isla al considerar que no han logrado "reactivar" la economía y aunque reconoce que se ha producido algunos cambios aboga porque sean "más profundas y oportunas".
 
En su Plan Pastoral para el periodo 2014-2020, la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba (COCC) señala que estos cambios, relacionados con la eliminación de subsidios y la reestructuración de los empleos, son insuficientes.
 
Muchos cubanos "aspiran a un modelo de Estado menos burocrático y más participativo, menos paternalista y más promotor, menos autoritario y más democrático".
 
Aunque reconocen que la sociedad "ha recibido con agrado algunos cambios", la Iglesia ha percibido "la urgencia en muchos ciudadanos para que se realicen reformas más profundas y oportunas" que permitan solucionar "problemas acuciantes generadores de agobio, incertidumbre y desgaste", como el transporte, el vestido y la alimentación.
 
"Sectores amplios de población padecen pobreza material, producto de salarios que no alcanzan para sostener dignamente a la familia", precisan.
 
En el documento, los obispos señalan que muchos cubanos "aspiran a un modelo de Estado menos burocrático y más participativo, menos paternalista y más promotor, menos autoritario y más democrático".
 
Refiere que algunos ciudadanos apuestan por un modelo de nación basado en una "sociedad inclusiva, abierta al pluralismo, con instituciones que permitan procesar desacuerdos, en el que los ciudadanos y sus representantes cultiven la cultura del diálogo, del respeto al que disiente o piensa diferente".
 
La COCC se lamenta de que un cierto número de libertades en los medios de comunicación "se encuentra restringido", aunque reconoce que la existencia de "espacios incipientes de debate y discusión en torno al proyectos de país".
 
Considera "preocupante y poco constructivo" que se produzcan con frecuencia detenciones y hechos violentos "contra quienes se manifiestan divergentes con la ideología del único partido gobernante (el comunista)".
 
Los obispos también critican "el aislamiento" que sufre la población cubana por parte de Estados Unidos, en alusión al embargo económico, financiero y comercial que aplica el Gobierno de Washington contra la isla desde hace más de medio siglo.
 
En ese sentido, afirman que esa política "contribuye a acrecentar las dificultades de los más débiles; y se inclina porque en la relación entre los dos países se favorezca una política inclusiva mediante el respeto a las diferencias y el diálogo". En Cuba, un 60 % de la población (11,1 millones) se considera católica en referencia a la cifras de bautizados, pero la participación en la misa dominical no llega al 2 %.
 
El Plan Pastoral cita que actualmente hay en el país 305 parroquias, 357 sacerdotes, y 776 religiosos, y que el 62 % de las casas de misión surgidas para suplir la falta de templos se ubican en zonas rurales.
 
La Iglesia Católica cubana, que mantenía con el Estado una relación tensa marcada por altibajos desde el triunfo de la Revolución, abrió en 2010 un inédito diálogo con el gobierno de Raúl Castro, que propició la excarcelación de decenas de presos políticos y marcó una nueva etapa de distensión entre ambos.
 
El documento señala que "nuestro país vive un momento nuevo respecto a su situación demográfica; en los últimos años ha aparecido el fenómeno del decreciemiento y el envejeciemiento de la población. El decrecimeiento poblacional aunque apenas perceptible, es resultado de una tasa de natalidad baja y de una migración creciente hacia el exterior". Y añade: "Al no haber correspondencia entre el proyecto social de país y el proyecto personal se genera la frustación; este es uno de los factores que potencian el deseo de emigrar, sobre todo, entre los jóvenes".
 
En el aspecto económico, el plan pastoral resalta que muchos sectores de la población "padecen pobreza material, producto de salarios que no alcanzan para sostener dignamente a la familia".
 
Agencias/Martinoticias

Nunca lo olvidaremos


Plan Pastoral de la Iglesia Católica de Cuba 2014-2020

Por el camino de Emaús
Conferencia de Obispos Católicos de Cuba
 
Plan Pastoral de la Iglesia Católica en Cuba
2014-2020

Nuestro plan pastoral quiere animar el espíritu y la acción de la Iglesia en Cuba desde septiembre del 2014 hasta el año 2020. Y este sueño pastoral –que pretende ser fuego que avive, brisa que refresque y nube que guíe- se ha gestado al calor y como fruto de la celebración de los cuatrocientos años  del hallazgo y presencia de la imagen de la Virgen de la Caridad en tierra cubana.  En su redacción ha estado presente el magisterio de los Obispos latinoamericamos reunidos en Aparecida, las palabras del Papa Benedicto XVI en su visita a nuestro país, el ánimo que los Obispos cubanos nos ofrecen desde el documento “La Esperanza no defrauda”, y los gestos y palabras del Papa Francisco que nos invitan a compartir con todos la alegría del Evangelio desde una iglesia tierna y misericordiosa….

El texto completo del plan se puede descargar en PDF:

Reflexión


Había una vez cuatro individuos que se llamaban
Todo el mundo - Alguien - Cada uno - y Nadie....

Había un importante trabajo que hacer,
y se pidió a Todo el mundo hacerlo.

Todo el mundo estaba seguro que Alguien lo iba hacer.
Cada uno podía haberlo hecho, pero en realidad no lo hizo. 

Alguien se enojó porque el trabajo era de Todo el mundo.
Todo el mundo pensó que Cada uno podía hacerlo
Nadie no dudaba que Alguien lo haría. 

Al fin de cuentas, Todo el mundo hizo reproches a Cada uno
porque Nadie había hecho lo que Alguien podía hacer.

MORALEJA

Si se quiere hacer reproches a Todo el mundo,
sería muy bueno que Cada uno

haga lo que se debe hacer, sin tener la esperanza
que Alguien lo hará en su lugar,
porque la experiencia muestra que
cuando se espera a Alguien,
¡generalmente no se encuentra a Nadie!

CONCLUSIÓN 
Se transfiere ese mensaje a Todo el mundo con el fin que Cada uno pueda enviarlo a Alguien sin olvidar a Nadie...

Circula libremente por Internet sin nombre de autor.
Remitido por Joe Noda.

 

10 de septiembre de 2014


¿Dónde colocar los restos de Félix Varela?
 
La polémica sobre donde colocar los restos de Félix Varela, regresa ante la esperada beatificación del sacerdote, filósofo, profesor universitario, escritor y forjador de generaciones de cubanos, en base a testimonios de sus milagros.

El clero cubano no está de acuerdo con que los restos del también paladín independentista, descansen en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. La iglesia  insiste que los restos de uno de los suyos descansen en la Catedral, donde fue primeramente expuesto.

Monseñor Suárez Polcari, canciller de la Arquidióces de La Habana expone:  “El Padre. Varela pertenece por derecho irrenunciable a la Iglesia de la que fue humilde, fervoroso y obedientísimo ministro […] Debió ser enterrado en la Catedral, en la que tantas veces había resonado su sabia y evangélica palabra y desde la que podía sentir el Seminario [próximo] en que enseñó con tanta gloria, o en el Cementerio cubierto por tierra bendecida.”

Monseñor Suárez, agrega sobre la polémica de 1911, que finalizó con que los restos del educador de generaciones descansaran en la Universidad: “Con dolor pienso que al menos la indiferencia hacia lo cubano en una buena parte del clero [español] que trabajó en Cuba durante la primera mitad del siglo XX propició lo ocurrido con los restos del P. Varela y, después, una especie de negligencia en la gestión de introducir su causa de santidad hasta su iniciación en la penúltima década del siglo”.

El Papa Francisco autorizó a la Congregación para la Causa de los Santos que promulgara el decreto por el que se reconocen las “virtudes heroicas al sacerdote cubano nacido en La Habana el 20 de noviembre de 1788 y fallecido en San Agustín el 25 de febrero de 1853. Este decreto papal es un primer paso a la beatificación.

Varela fue fundador y creador del periódico El Habanero, reconocido como tribuna del independentismo y de la formación de una conciencia nacional en la Isla. Fue profesor de Filosofía en el Seminario de San Carlos y autor de un proyecto antiesclavista presentado en las Cortes Españolas en 1823, que le valiera la pena de muerte y el destierro perpetuo. En febrero de 1853, a los 64 años, fallecía en el exilio, negado a aceptar condiciones de arrepentimientos políticos para retornar a Cuba.

Los restos del primero de nuestros independentistas fueron llevados a Cuba en 1911 y depositados en el cenotafio del Aula Magna de la Universidad de La Habana. En la inscripción en latín, traducida al castellano, se lee: «Aquí descansa Félix Varela, sacerdote sin tacha, eximio filósofo, egregio educador de la juventud, progenitor y defensor de la libertad cubana, quien viviendo honró a la Patria y quien muerto sus conciudadanos honran en esta alma universidad en el día 19 de noviembre de 1911. La juventud estudiantil en memoria de tan grande hombre».

Ahora, con la inminente beatificación de Félix Varela, la Iglesia cubana pide que sus restos descansen en  la Catedral de La Habana.

SACERDOTE Y SANTO

Por Mons. Antonio Rodríguez Díaz
Canciller de la Arquidiócesis de La Habana

En Cuba ponían el énfasis en los aspectos políticos, filosóficos, científicos, literarios y educativos de la vida de este hombre a quien nuestro Martí llamo “patriota entero”. Varios factores contribuyeron a que la condición sacerdotal de Varela fuera desconocida. Junto a la educación impartida en nuestro país entre 1962 y 1998, hay que responsabilizar también a la propia Iglesia, la cual tuvo una cuota no menor de culpa en lo tocante a la vida del padre Varela.

Este silencio muchas veces voluntariamente directo, correspondió al clero opuesto a la independencia de Cuba durante toda la segunda mitad del siglo XIX, cuyo influjo duró hasta bien entrado el siglo XX cubano. Al no destacar la figura de Varela no se resaltaba su sacerdocio. Los que lo conocieron en vida estaban convencidos de que se hallaban ante un santo, ante un hombre que inspiraba admiración más por su vida santa, que por su inteligencia o sus labores políticas. Después de muerto, los que hemos leído los diversos aspectos de su vida sacerdotal, nos percatamos de que estamos ante un santo.

Existe un dato muy significativo respecto a lo anterior, que es la inscripción en latín del cenotafio de la urna que guarda sus restos en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. A continuación la transcribo no solo porque apoya lo anteriormente expuesto, sino, además por la hermosa síntesis de la vida del padre Varela:

"Aquí descansa Félix Varela. Sacerdote sin tacha, Eximio Filósofo, Egregio Educador de la Juventud, Progenitor y defensor de la Libertad Cubana. Quien viviendo honró a la Patria y a quien muerto sus conciudadanos Honran en esta Alma Universidad en el Día 19 de Noviembre del Año 1911. La juventud estudiantil en memoria de tan gran hombre.”

Dije que lo expresado en esta inscripción es muy significativo, porque ella es la expresión de los que la redactaron. Estos no fueron obispos, tampoco sacerdotes, ni siquiera laicos católicos fervientes. La redacción de la inscripción proviene del ambiente profesoral y estudiantil de la Universidad de La Habana de principios del siglo XX caracterizado, en general, por su distanciamiento de la Iglesia católica y hasta por su anticlericalismo.

Los redactores ponen en primer lugar su condición de sacerdote, y, no solo se limitaron a esto sino que la califican de “sin tacha”, esto es inmaculado, sin mancha. El dato dice mucho. En él quiero fundamentarme para explicar que la primera y gran vocación de toda su vida fue la sacerdotal, desde que ingresó en el Seminario San Carlos y San Ambrosio en 1801 hasta que murió en San Agustín de la Florida el 18 de febrero de 1853.

A los trece años, respondió a su abuelo materno, que esperaba del adolescente un futuro militar, como él y su propio padre: “Mi vocación no es matar hombres, sino salvar almas”.

Su etapa de profesor científico, periodista, renovador de la enseñanza, animador de actividades culturales, político (elegido diputado a Cortes) en La Habana estuvieron injertadas en su ser sacerdotal, y articuladas desde este. Ahí encuentran su inspiración y su luz. Después, en su vida en los Estados Unidos llegarían algunas a desaparecer, y otras a disminuir; sin embargo, el sacerdocio siempre quedó; pero además, bien vivido, heroicamente vivido, santamente vivido “hasta el último aliento”; así, dicho literalmente; hasta el último aliento vivió –contando los diez años de seminarista–, como sacerdote, 51 años de los 64 años de su vida.

Fue ordenado sacerdote el 21 de diciembre de 1811 en la Catedral de La Habana. Murió haciendo profesión de fe en la presencia real y verdadera de Jesucristo en el Sacramento de la Eucaristía, y en la Iglesia católica. No existe ningún escrito, ni alguna referencia de algún dicho del padre Varela contra la Iglesia, ni queja alguna hacia ella, aun cuando sabemos que esta no siempre lo trató con justicia.

Algunos han pensado que al padre Varela, cuando vivió los primeros años de su ministerio sacerdotal en La Habana, como profesor del Seminario y entregado a otras actividades, no se le puede ver como sacerdote. Esto es falso, y solo puede ser afirmado por personas que no conocen lo que es el ministerio sacerdotal.

El padre Varela no fue párroco, ni sacerdote asignado en una parroquia, como colaborador de esta. Su trabajo como profesor del Seminario –como el de los sacerdotes profesores de universidades, seminarios y colegios de ayer y hoy–, no significa que no ejerciera el ministerio sacerdotal en la celebración frecuente de la Santa Misa, de los Sacramentos y en la predicación. Además, a diferencia del presente, el número de sacerdotes en La Habana de aquel tiempo era cuantioso. Prácticamente sobraban con respecto a una población pequeña.

Cuando llegó a Estados Unidos en la diócesis de Nueva York solo existían el obispo y nueve sacerdotes más. Allí cayó como pan caliente; y ¡qué buen pan!: Varela fue el décimo sacerdote.

En la Iglesia norteamericana ejerció como párroco, vicario general de la diócesis (primero después del obispo), consultor en los Sínodos de Baltimore; trabajó con los inmigrantes irlandeses, con los pobres, en polémicas dialogantes con los protestantes, defendiendo la fe católica. A los protestantes los llamaba con expresión respetuosa y delicada: “nuestros hermanos que disienten”.

Monseñor Carlos Manuel de Céspedes en su biografía del padre Varela, titulada “Pasión por Cuba y por la Iglesia” llama a los caritativos gestos del presbítero en Nueva York “florecillas”. Así sabemos de cuando, ante un fuerte frío neoyorquino, se quita el abrigo para regalarlo a una pobre mujer que tiritaba en la calle; o da la última cuchara de plata, perteneciente a un juego de cubiertos, regalo de sus alumnos habaneros; o despliega sus habilidades para convencer a los guardias del puerto, a fin de que lo dejasen pasar a los barcos para poder atender y asistir espiritualmente a los tripulantes que se hallaban en cuarentena debido a la epidemia que adolecían, a riesgo incluso de su salud corporal y de su vida.

Quiero concluir este artículo subrayando ahora la santidad de la vida del padre Varela. Deseo insistir en la inscripción del cenotafio del Aula Magna de la Universidad de La Habana: “Sacerdote sin tacha”. Me valdré para ello, del testimonio de un antiguo laico, alumno suyo en el Seminario de La Habana, Lorenzo de Allo, quien lo visitó en San Agustín de la Florida el 25 de diciembre de 1852, casi dos meses antes de que el santo sacerdote muriera. Desde 1850 el padre Félix Varela se había trasladado de Nueva York a San Agustín, pues el clima neoyorquino no le sentaba. El asma y la artritis aguda que padecía le impedían continuar viviendo en un clima tan poco benigno para su quebrantada salud.

En San Agustín había vivido Félix Varela durante su niñez, cuando el abuelo fue destinado, como militar que era, a esa ciudad, en aquella época territorio español dependiente de Cuba, pues su colonización fue dirigida desde La Habana; también su evangelización. Ahora Varela, enfermo y viejo, volvía en busca de mejor clima. Desde hacía años, ya San Agustín pertenecía a los Estados Unidos.

Copio íntegramente la carta del señor Lorenzo de Allo, dirigida al padre Francisco Ruiz, no solo por su valor testimonial, sino, además, por su expresión conmovedora, a la cual le sobran mis comentarios. El texto habla por sí mismo:

“Muy respetable amigo y señor:

«Hoy he llegado a esta ciudad y uno de mis primeros deseos fue visitar a nuestro amigo y virtuoso maestro el señor Varela, a las diez de la mañana me dirigí a la iglesia de San Agustín. Se comenzaba en ella una misa cantada, y calculé que él oficiaría en ella; pero no fue así. Concluida la misa me dirigí hacia el patio de la iglesia, donde hallé una negra quien me guió a la morada de nuestro maestro.

A los pocos pasos hallé un cuarto pequeño de madera del tamaño igual o algo mayor que la celda de los colegiales. En esa celda no había más que una mesa con mantel, una chimenea, dos sillas de madera, un sofá ordinario, con asiento de colchón. No vi cama, ni libros, ni mapas ni avíos de escribir, ni nada más que lo dicho. Solo había en las paredes dos cuadros de santos, y una mala campanilla sobre la tabla de la chimenea. Sobre el sofá estaba acostado un hombre, viejo, flaco, venerable, de mirada mística y anunciadora de ciencia. Ese hombre era el padre Varela.

Le dije quién era y le pedí besarle la mano. Por lo pronto no me conoció; pero luego me recordó perfectamente, me preguntó por Vd., por Casal, por Bermúdez, por Luz, y por casi todos los colegiales y catedráticos de su tiempo y por algunos estudiantes seculares. Me causó admiración que, al cabo de 31 años pudiera conservar ideas tan frescas aun de las cosas más insignificantes.

”Cuando entré en su cuarto se hallaba el padre extendido sobre el sofá, manteniéndose con cierta inclinación por medio de tres almohadones. A instancias mías conservó la misma posición. Dijo que así debía estar constantemente, que tenía tres o cuatro enfermedades, que no podía leer ni escribir, no solo por razón de sus males, sino porque tampoco veía las letras, y que vivía en aquel cuarto porque se lo había destinado el padre Aubril, sacerdote francés y cura de la parroquia, quien lo tenía recogido y sin cuya bondad habría ya perecido.

Cuando me hablaba del Colegio, y de sus amigos y discípulos mostraba tal admiración que no parecía estar enfermo. Al pintarme su estado, había tanta conformidad en su fisonomía, palabras y ademanes que cualquiera lo hubiera creído un hombre muy dichoso.

”Vd. no puede figurarse las impresiones que yo experimentaba, viendo y oyendo a nuestro maestro, ni las alusiones que hacía en mi interior al mundo de los libros y al mundo de los hombres. No me parecía posible que un hombre de tanto saber y de tantas virtudes estuviera reducido a vivir en un país extranjero y a ser alimentado por la piedad de un hombre que también es de otra tierra. ¿No es verdad que es cosa extraña que entre tantos discípulos como ha tenido Varela, entre los cuales hay muchos que son ricos no haya uno siquiera que le tienda una mano caritativa?

Varela no puede vivir mucho tiempo. ¿No podrían sus discípulos, al menos los que tienen fortuna, asignarle una corta mesada, por los pocos meses que le quedan de vida? ¿No podrían siquiera hacerle una corta suscripción? –¡Ay!, el alma se parte al ver un santo perecer sin amparo–. Nunca he sentido tanto como hoy mi pobreza. El conde de Santovenia, don José Fresneda, don Anastasio Carrillo, don Marcelino de Allo, don Francisco Hevia y otros discípulos y amigos de nuestro padre, bien podían hacer corto sacrificio en su obsequio ¡Cuál obra más meritoria del aplauso de Dios y de los hombres!


Varela conserva sus cabellos, su dentadura, y no ha perdido sus modales y sus movimientos cubanos, su fisonomía no toma la expresión inglesa sino cuando habla inglés, idioma que posee lo mismo que el suyo. Todo el mundo lo celebra y lo ama, pero nadie, sino el padre Aubril, le tiende una mano amiga. ¡Cuán incompresible es este montón de tierra que se llama mundo!

Varela moribundo sobre un jergón habla a mi alma más que Sócrates tomando la cicuta o Mario descansando sobre los escombros de Cartago. Cuando existieron Sócrates y Mario, reinaba el paganismo y esos hombres debieron sus desgracias a la calumnia o a los excesos, mas Varela no se encuentra en ese caso. Hoy alumbra al mundo la religión santa de Jesucristo, la calumnia ha respetado a Varela; y en vez de excesos su vida presenta una serie no interrumpida de virtudes. Y Varela, sin embargo, se encuentra en una situación más infeliz que la de aquellos desgraciados. ¡Cuánto he lamentado su situación! Me costó trabajo no prorrumpir en llanto al verlo y al oírlo.

Nosotros como un deber, por el buen nombre, y hasta para librarnos del epíteto de ingratos, estamos obligados a dirigir una mirada piadosa al hombre benéfico que fue
nuestro maestro, y que tanto nos ama. Ese hombre me dijo, entre otras cosas, que había tenido el mayor gusto hablando conmigo, porque durante nuestra conversación se había creído en La Habana, de donde hacía muchos años que nadie le escribía y de donde no había recibido ninguna noticia´. Me dijo también: ‘antes solía recibir algunos elencos de los exámenes que había en las clases, y tenía un placer singular en leerlos, pero hace muchos años que no tengo ni aun ese gusto'.

¡Pobre sacerdote! Su vida es padecer y vegetar. Sus palabras son de paz, de amor, de religión; si se imprimieran, ensancharían el campo de la ciencia y de la moral. Su cabeza nada ha perdido; pero su talento gigante solo serviría para hacerle más horrible su situación, si no fueran más gigantes su religión y sus virtudes.

Atrévome, señor Ruiz a hacerle a Ud. dos indicaciones a favor de nuestro amigo y maestro:

1. Formar una suscripción entre unos pocos de sus discípulos para asignarle una mesada o hacerle un presente pecuniario; 2. y que Ud. ni yo sonemos para nada, sino que el obsequio aparezca como obra espontánea de los hombres que socorran al abandonado padre Varela. Creo muy recomendable esta segunda indicación para evitar que padezca su delicadeza al saber que damos este paso y hará que la espontaneidad del servicio sea a sus ojos más satisfactorio. Puede Ud. enseñar esta carta a los discípulos suyos que antes he mencionado. Él los recordó con amor y con gusto, lo mismo que a otros de sus discípulos y amigos, lo que estoy persuadido de que no le será desagradable, pues sé que lo estiman y quieren.

Perdone usted, padre Ruiz, si me he extendido demasiado en esta carta, y sírvame de excusa el interés que me inspira nuestro muy amado maestro.

Páselo Ud. bien y ordene en cuanto crea útil a su apasionado amigo y seguro servidor q.b.s.m.

(Fdo.) Lorenzo de Allo”.

Conclusión: Hace casi treinta años en el valioso programa de televisión Escriba y Lea, apareció el padre Varela, como personaje histórico para descubrir; uno de los panelistas, al identificarlo, y hacer, como es habitual, su sintética reseña biográfica dijo: “A pesar de ser sacerdote…”  Daba a entender que el sacerdocio constituye un impedimento para ser patriota, científico, renovador de la enseñanza en Cuba, como fue el padre Varela, quien nunca vio contradicción entre su ser de sacerdote y las actividades civiles que realizó.

La visión presentada en el panel, de un modo prejuiciado, daba a entender lo que el santo sacerdote jamás vio, como tampoco lo vieron sus contemporáneos, ni las generaciones posteriores antes de 1961, porque el panelista no tuvo en cuenta que la historia del cristianismo se hallaba preñada de muchos sacerdotes que en otros lugares y en otros tiempos se habían desenvuelto en diversos ámbitos de la vida, de modo similar al padre Varela. Desde su ser sacerdotal, sin contradicción con él, y mucho menos llevando como un peso su sacerdocio, Varela sirvió a Cuba por medio de las múltiples formas como la historia pone de relieve.

El padre Félix Varela Morales es el cubano más completo. No encuentro, por más que busco, a alguien que lo supere o lo iguale en la Historia de Cuba. Es santo, y esto no se puede decir de otros admirables y ejemplares cubanos que conforman el panteón nacional.

Por otra parte, muchos en la Iglesia han cometido un error desde hace más de 34 años; hemos querido resaltar la figura histórica de Varela, a partir de su indiscutible contribución al bienestar de Cuba, como si esto fuera lo que diese el permiso para poder decir que Varela era sacerdote.

No, el sacerdote Varela, por la manera como vivió su sacerdocio es santo, porque vivió las virtudes de la Fe cristiana, la Esperanza, la Caridad, la Justicia, la Fortaleza, la Castidad, la Humildad y el dominio de sí mismo en todos los ámbitos de su vida personal, social y eclesial; no son los grandes aportes a la patria los que determinan en primer lugar su santidad. Indudablemente, estos constituyen una extensión de la santidad del sacerdote, y no por las actividades bien realizadas, sino porque las hizo santamente. Cosa difícil. El padre Varela también se santificó en estas actividades, porque las podía haber hecho mal, regular o bien, como las han hecho otros, pero él las hizo santamente.

Así vivió la política santamente, sin partidismos excluyentes de personas que poseían proyectos diferentes al suyo, y sin renunciar al propio. Lo mismo habría que decir del magisterio, de la reforma de la enseñanza (hasta comprender con humildad lo que un discípulo –Escobedo–, le indicaba); obedeciendo a sus obispos sin afanes por hacer carreras dentro de la Iglesia (no aspiró a ser obispo); sin quejas hirientes, cuando no lo nombraron como tal; sirviendo humildemente con su brillante inteligencia; discutiendo respetuosamente con los protestantes norteamericanos. En fin, viviendo sin reclamar derechos, y mucho menos honores; ayudando a los pobres desde el desprendimiento heroico de dinero y bienes materiales; viviendo y muriendo pobremente y agradecido de todos, con fe cristiana no profesional, sino con visión vital; sin pedir nada a cambio por todo lo mucho que había dado a la Iglesia. Desde la fe en Dios, sirvió a Cuba; y esta fe fue la luz de todo lo bueno que hizo.

Con su vida santa, Varela demostró que la política, la ciencia, la polémica, el periodismo, no son malos y sucios, sino cuando se viven con malas intenciones, y cuando se realizan sin prudencia y sin justicia, cuando se realizan sin ética. El santo cubano las realizó, no solo bien, sino santamente. Por eso, nunca tan merecido el epíteto nacido en el ambiente anticlerical de la universidad nacional de principios del siglo XX: Sacerdote sin tacha.

El escrito de Mons. Antonio Rodríguez Díaz ha sido reproducido de “Palabra Nueva”, Revista de la Arquidiócesis de La Habana, Febrero de 2012. Introducción de Reinaldo Emilio Cosano Allén desde Cuba, reproducida de Cubanet.
Enviado por Blanca DePriest.
Ilustración: Estatua del P. Félix Varela, Ermita Santuario de La Caridad, Miami, Fl.  

9 de septiembre de 2014

Vaticano declara Solemnidad el día de la celebración de Santa María de la Caridad del Cobre.

Vaticano declara "Solemnidad"
el Día de la Virgen de la Caridad del Cobre

LA HABANA, 06 Sep. 14 / 08:04 pm (ACI).- Otra buena noticia ha recibido la Iglesia en Cuba,  pues a la reciente entronización de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre en los Jardines Vaticanos y a la carta del Papa Francisco, se ha sumado el anuncio de que a partir de este año el día de la Virgen Patrona de Cuba será celebrado como Solemnidad.

El anuncio fue hecho por la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en una notificación enviada al Presidente de la Conferencia Episcopal de Cuba (CEC), Mons. Dionisio García Ibáñez.

En ese sentido, el Obispo de Cienfuegos, Mons. Domingo Oropesa, expresó la alegría de la Iglesia  en Cuba en su mensaje a los fieles con ocasión de la ahora solemnidad, cuyo día es el 8 de septiembre.

“Podemos decir que este año 2014, y en torno a la Fiesta de la Virgen de la Caridad del Cobre estamos con varios estrenos, de maravillosos estrenos. Pues estrenamos celebrar a la Virgen Patrona de Cuba como solemnidad; estrenamos textos litúrgicos y de la Palabra de Dios para las misas del próximo día 8; estrenamos el primer mensaje de un Papa en toda la historia dirigido a todos nosotros por la Virgencita de la Caridad; y hace unos días se ha estrenado la presencia de una imagen de la Virgen en los Jardines Vaticanos”, expresó en el texto difundido en el sitio web de la Conferencia Episcopal Cubana (CEC).

“Ciertamente que este 8 de septiembre de 2014 está adornado de gestos, textos, imágenes y mensajes llenos de sencillez y de amor como fue y es la Virgen Santísima. Celebrar como Solemnidad a la Virgen de la Caridad  cada 8 de septiembre es algo muy importante, y ha supuesto pasar la Fiesta del nacimiento de la Virgen al día siguiente. Así lo ha aprobado la Iglesia Católica. La solemnidad en el culto católico es el mayor grado de celebración”, añadió.

Por ser el máximo grado, las celebraciones de las solemnidades se inician en las primeras vísperas del día anterior. Incluso cuentan con lecturas propias tomadas del Leccionario Dominical y sus Misas poseen oraciones propias para cada una de ellas.

En ese sentido, Mons. Oropesa explicó que “en cuanto a los textos aprobados para la celebración de la Misa   podemos ver que se nos muestra a la Virgen como Madre y Patrona nuestra, como la que nos acoge con amor materno desde el Calvario, como nuestra abogada intercediendo por nosotros, como la que nos acompaña en nuestros pasos hacia la patria celeste, como la que nos anima a dar testimonio del Evangelio, de su Hijo Jesucristo, en el mundo... Son unos textos sencillos aprobados casi cien años después de que el Papa Benedicto XV, en 1915, la declarara Patrona de Cuba”.

El Santuario de Nuestra Señora de la Caridad se encuentra a unos 16 kilómetros al oeste de Santiago de Cuba, en la villa de El Cobre. Según la tradición, en una mañana de 1612, dos indígenas de apellido Hoyos y un esclavo negro de diez años de edad salieron de Barajagua a la bahía de Nipe a buscar sal, pero una terrible tormenta destruyó sus planes quedando postergados a algunos días después.

Cuando por fin pudieron embarcarse en una canoa y dirigirse a las salinas de la costa, descubrieron sobre las olas un objeto blanco que flotaba, que para gran sorpresa era una imagen de la Virgen María colocada sobre una tabla.

En la tabla venía una inscripción que decía: "Yo soy la Virgen de la Caridad". Tomaron la imagen y la llevaron al altar mayor de la iglesia parroquial de Barajagua, donde un hombre de fe llamado Marías de Olivera ofreció dedicarse a su servicio.

La imagen de la Virgen de la Caridad es pequeña y su rostro es redondo. En el brazo izquierdo sostiene al Niño Jesús, quien lleva en una mano un globo terráqueo. Esta imagen fue coronada por San Juan Pablo II el 24 de agosto de 1998 durante su visita pastoral a Santiago de Cuba, en el marco de su viaje a la isla.

Esta advocación ha jugado un gran papel en la formación de la nación e identidad cubana, es por ello que antes que se cumpliera el 400° aniversario de su hallazgo, los obispos cubanos elaboraron un programa de preparación de tres años que culminó en 2012.

A esta preparación invitaron “a todos los cubanos, porque la Virgen de la Caridad es nuestra, seamos creyentes o no creyentes, católicos o protestantes, o tengamos una devoción popular que pueda ser más o menos sincrética”.

“También nos dirigimos a nuestros hermanos cubanos que viven fuera de Cuba, porque la Virgen de la Caridad es símbolo de la Patria, es vínculo de unidad de nuestras familias, de nuestro pueblo y, ante todo, porque es la Madre de Jesucristo, el Hijo de Dios, Salvador de todos los hombres”, señalaron.

En su mensaje, los obispos afirmaron que "la Santísima Virgen quiso quedarse entre nosotros bajo el título de ‘Caridad’ que significa amor, y, ante su presencia materna los cubanos tomamos conciencia de la fraternidad que debe reinar entre nosotros, que nos mueve a la comprensión, el perdón, la justicia, la solidaridad, la tolerancia, el amor entre los cubanos, sin hacer distinciones. Así, únicamente, se podrá alcanzar un futuro mejor para nuestras familias y para nuestra Patria".

Celebración de la festividad de María de la Caridad del Cobre en Miami

 
 
Santa Eucaristía celebrada el 8 de septiembre de 2014 en conmemoración de la Festividad de Ntra. Sra. María de la Caridad del Cobre en el stadio Bank United Center, Miami FL.

No ha probado con cianuro... General?


¿No ha probado con cianuro… General?
Yoani Sánchez

Ya se han puesto en vigor por la Aduana General de la República [Cuba] las nuevas restricciones para la importación no comercial. La medida me ha hecho recordar un viejo chiste que circulaba en los años noventa y que aún sigue vigente. En aquella historia humorística, un periodista extranjero entrevistaba a Fidel Castro y éste enumeraba todos los obstáculos que habíamos sorteado. "El pueblo cubano ha sobrevivido al colapso del transporte, la crisis alimentaria y los cortes eléctricos", decía con orgullo el delirante político. El reportero lo interrumpía y preguntaba: "¿Y no ha probado con cianuro, Comandante?"

Han pasado casi dos décadas y se nos siguen imponiendo límites y prohibiciones incompatibles con el desarrollo y con la vida. Como si en este laboratorio social se quiera probar cuánto le pueden quitar a los conejillos de Indias –que somos nosotros– para que sigamos respirando, aplaudiendo, aceptando. El nuevo experimento viene no con forma de jeringuilla, sino a través de las normas aduaneras que rigen el equipaje de cada viajero. Medidas que se tomaron sin antes haber permitido la importación comercial que favorezca al sector privado. Como si en la cerrada caja de cristal donde estamos atrapados, nos estuvieran cortando el oxígeno... para mirar desde el otro lado del vidrio cuánto aguantamos.
 
¿No ha probado con cianuro, Comandante? Me resuena en la cabeza mientras leo el “el libro verde” con los nuevos precios y límites para importar desde una máquina de afeitar hasta pañales desechables. Las cobayas, sin embargo, no nos hemos quedado tranquilas y calladas, como tantas veces anteriores. La gente se queja, y con razón, de la asfixia que estas restricciones representan para el trabajo por cuenta propia y la economía doméstica. Todos están molestos. Los que reciben paquetería desde el extranjero y los que no, porque algo de esos cubitos de sopa concentrada o de la crema contra los dolores de reuma terminaba llegando a sus manos a través del mercado ilegal o de la solidaridad de un amigo.

No es que los cubanos tengamos una genética particular para acumular cosas y echemos –por pura neurosis– en nuestras maletas desde el papel sanitario y pasta dental hasta bombillos  incandescentes. La razón no es un cromosoma alterado, sino un sistema que no ha sabido mantener un suministro estable y de calidad de casi ningún producto... como no sea los enlatados de ideología y la insípida papilla del culto a la personalidad. Mientras los estantes de las tiendas estén vacíos o con mercancía de pésima factura y precios estratosféricos, tendremos que traer de afuera lo que no hay aquí. Una ley de importación comercial era lo que necesitábamos y no que la cuchilla de las restricciones aduaneras cayera con más fuerza sobre nosotros.

Las medidas que han entrado en vigor evidencian aún más el divorcio entre la clase gobernante cubana y la realidad del pueblo. ¡Cómo se ve que en sus mansiones no faltan los recursos, los alimentos ni los productos importados! Ellos, claro está, no necesitan traerlos en sus bolsos de viaje. Para abastecerse echan mano del Ministerio de Comercio Exterior, de los containers oficiales que atracan en nuestros puertos y de una red de traslado que les lleva desde el cloro para las piscinas hasta los quesos franceses a la puerta de sus propias casas. A ellos las normas aduaneras no los afectan, porque sus lujos no pagan exceso de equipaje, ni son evaluados como misceláneas, menaje de casa o alimentos. Ellos viven al margen de la ley y nos miran encerrados en el grueso cristal del laboratorio que construyeron para nosotros.
 
¿No ha probado con cianuro... General? Quizás sería más rápido e indoloro.

8 de septiembre de 2014

Santa María de la Caridad del Cobre

SANTA MARÍA 
DE LA CARIDAD DEL COBRE

Ana Dolores García

Dos indios y un negrito esclavo. María, Madre de Cristo, no podía ser menos que su divino Hijo para escoger a sus amigos. Y los escogió humildes, sencillos, de entre esos que se quemaban la vida al sol sacándole sal al mar.

Se dice que fue alrededor del año 1612 según la palabra de Juan Moreno, un negro esclavo de 85 años que confesaba haber tenido diez cuando, siendo uno de aquellos tres buscadores de sal, encontraron una imagen flotando sobre las aguas de la cubana bahía de Nipe. Era la pequeña imagen de una Virgen que podía no tener nada de extraordinaria, porque quizá fuera sólo resto del naufragio de algún bergantín. Flotaba sobre una tabla, pero imagen y tabla se conservaban secas a merced de las olas.

Fue Rodrigo de Hoyos, uno de los indios, quien supo leer las letras de la tabla: "Yo soy la Virgen de la Caridad". Y como el hallazgo fue más importante que seguir cribando sal, llenos de contento se regresaron enseguida al Hato de Barajagua.

Allí tuvo Santa María de la Caridad su primer altar cubano, hecho de rústicas tablas en una ermita pequeña con techo de guano. No estuvo a su gusto y, ante el asombro de todos, desapareció tres veces con su divino Hijo en brazos, volviendo siempre mojada.  La interpretación fue sencilla y entonces la llevaron en procesión hasta Santiago del Prado, bien al sur de Barajagua.

La colocaron en el altar mayor de la parroquia del pueblo pero, misteriosamente, la imagen desapareció de nuevo. Se dejó encontrar por una niña llamada Apolonia, que subía a la montaña donde trabajaba su madre en las minas de cobre. María de la Caridad, la Madre de Dios, quería ser también madre de los cubanos y velar por todos, y por ello decidió quedarse entre las montañas.

Desde entonces se convirtió en Nuestra Señora de la Caridad del Cobre y lleva ya con nosotros más de cuatrocientos años. Cuatro siglos para consolarnos y llenarnos de esperanza y compartir nuestra historia. Ya no está sólo en el Cobre, porque tiene también un altar en el corazón de cada cubano y más de ochenta altares en iglesias y capillas. No sólo en Cuba, sino varias decenas más de altares por el mundo.

Los esclavos creyeron en ella, la llamaron Ochún y la veneraron a su modo. Así la siguen venerando hoy en día no sólo sus descendientes de piel sepia y oscura, sino también no pocos hijos de aquellos mambises blancos a los que acompañó a la manigua y se hizo una de ellos. La Ochún del sincretismo, la Mambisa, la Cachita del cariño, María de la Caridad... no importa cómo la llamemos los cubanos, porque es la Madre de todos como ella siempre ha querido.

Hasta su altar en el Cobre llegaron un día Calixto García y sus hombres, apenas guardados los fusiles de la guerra en el propio 1898, para ofrecerle y agradecerle el triunfo y la independencia. Fue el primer acto oficial de Cuba libre.  Treinta años antes, en 1868, Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, había subido hasta el Santuario a pedir su ayuda  para el triunfo de la causa libertaria.

Hasta Roma llegó también el clamor de los mambises, ya en la República, que la querían Patrona de Cuba. Benedicto XV atendió el clamor y la procamó como tal en 1916.

Veinte años después, fray Valentín Subizarreta, obispo primado de Santiago de Cuba, la proclamó Reina y Señora de nuestro pueblo.

En 1954 se colocó una imagen suya en el Pico Turquino, la montaña más alta de nuestra Patria. Allí estuvo hasta 1960 en que desapareció, pero esta vez muy probablemente no por propia voluntad.

Las peregrinaciones al Cobre nunca han cesado y Santa María de la Caridad también ha peregrinado para visitar a su pueblo. Lo hizo en 1951 para saludar el entonces próximo cincuentenario de la República (1952). 
 
Tampoco podía permanecer ajena a los acontecimientos que se produjeron en 1959. Nuestra joven nación se debatía entre confiadas esperanzas y temidos presagios, entre triunfalismo y sangre. Para orientar confusión y recelos, aclarar conceptos y definir la posición de la Iglesia cubana, se celebró en La Habana un Congreso Católico Nacional.  La imagen de María de la Caridad recorrió Cuba ese año motivando la veneración y el cariño en todos los pueblos que visitaba a su paso hasta La Habana. Allí congregó a más de un millón de cubanos en el acto culminación del Congreso. Se dice que fue entonces cuando Fidel Castro se enfrentó por primera vez con su mayor enemiga: la fe del pueblo. Fe que ha sobrevivido a pesar de los muchos esfuerzos que han sido hechos por destruirla. 

María de la Caridad del Cobre cumplió recientemente cuatrocientos años con nosotros y los ha celebrado a lo grande, llegando de nuevo a su pueblo, peregrinando por cuanta ciudad, poblado o caserío se levantan en territorio cubano. No fue la imagen aparecida en el mar de Nipe, sino una réplica, la que veneraban los mambises en una vieja iglesia de Santiago de Cuba y de la que se despedían cuando marchaban a la manigua.

También los cubanos de la diáspora le hemos hecho su santuario. En él, levantado en Miami, donde se encuentra la mayoría de los cubanos que viven fuera de Cuba, la hemos colocado delante de un mural que refleja toda nuestra historia y a las figuras de nuestros próceres. Como tantos otros cubanos, tuvo que salir de Cuba exiliada a través de una Embajada. Es también una réplica de la imagen original y nos acompaña desde 1961. La Caridad del Cobre también anda por los altares del mundo. En Madrid, en Sevilla, en Navelgas, en Nueva York... donde quiera que haya una comunidad de cubanos, su imagen está entre ellos, querida y venerada.

Juan Pablo II la visitó en su Santuario de El Cobre en 1998 y le colocó corona de reina. Y otro Papa, Benedicto XVI, hace apenas unos años se postró ante su imagen y le ofreció una rosa de las que no se marchitan, no porque sea de metal, sino porque representa el amor filial que todos profesamos a nuestra Madre en los cielos, la Madre de Dios.