31 de octubre de 2015

Un dulce para los días de muertos


 
Huesos de santos

Esta receta   tradicional se vende en las pastelerías de España durante estos días de Todos los Santos y Fieles Difuntos.   

Ingredientes (6 personas)
1 yema de huevo
2 cdas. de anís

Para el mazapán
150 g de almendra molida
200 g de azúcar
100 ml de agua
azúcar glas

Para el dulce de yema
4 yemas de huevo
100 g de azúcar
50 ml de agua

Para hacer el almíbar del dulce de yema, pon en un cazo el azúcar con el agua y cocínalo hasta que coja consistencia. Bate las yemas en un bol. Añade el almíbar muy poco a poco mientras sigues batiendo enérgicamente hasta que quede como una crema. Deja enfriar.

Para hacer el almíbar del mazapán, pon en un cazo el azúcar con el agua y cocínalo hasta que coja consistencia. Pon la almendra en un bol. Añade el almíbar muy poco a poco mientras sigues mezclando hasta que se enfríe y quede una masa consistente.

Amasa el mazapán con las manos. Estira la masa con un rodillo sobre una superficie limpia cubierta con azúcar glas. Pon en uno de los bordes una línea de dulce de yema, enrolla hasta cubrir la crema de forma que quede un cilindro y córtalo. Repite la operación hasta terminar con toda la masa. Corta los rollitos en trozos de 3-4 centímetros aproximadamente.

Moja los huesos de santo con un poco de anís y píntalos con yema de huevo batida.

Hornea en el grill durante 1-2 minutos, hasta que cojan color. 

Los celtas y su noche de los muertos

 
Cuando los norteamericanos aún vestían con plumas, la Europa céltica ya celebraba la noche de los muertos

Mucho antes de que llegaran los colonizadores británicos a suelo norteamericano, en tierras asturianas se ahuecaban nabos para rellenar de carbón e iluminar los caminos en la noche de los muertos, el 31 de octubre.

Mucho antes de que niños disfrazados de zombies pidieran golosinas casa por casa al ritmo del ‘trick or treat’, en el norte peninsular y en todas las tierras con ancestros célticos se llenaban vasijas con agua y dulces alrededor de las casas para ayudar a las almas a encontrar su descanso y el camino al sol.

Mucho antes de que los americanos industrializaran el cutre-género cinematográfico halloweenesco y comercializaran la fecha,  en Asturias y Galicia la noche del 31 de octubre era común la narración de historias y leyendas sobre las andanzas de bruxas, curuxas y la "Güestia" o Santa Compaña.  

Pero no solo en Galicia o Asturias se celebraba entonces la noche de los muertos. La procesión de las ánimas era una tradición muy extendida en Extremadura y Castilla y León en el XIX. Ánimas vestidas de negro o blanco que recorrían las calles del pueblo pidiendo dinero casa por casa (¿les suena?) y que solía terminar en el cementerio.  

Los faroles de calabaza pueden parecer una original tradición estadounidense pero no es más que una adaptación de viejos hábitos célticos. En Andalucía, sin ir más lejos, existe todavía la costumbre de hacer farolillos con melones huecos la noche de difuntos. Se ahuecan y se modelan con ojos (¿les suena?) para después colgarlos en el dintel de las puertas y asustar con ello a los malos espíritus.

 Ningún historiador tiene ya dudas sobre el origen celta de la fiesta de “Halloween”. Hace más de 3000 años, a finales de su octubre, cuando el verano estaba más que rematado, los celtas celebraban el fin de las cosechas. Durante la noche de Samhain, el 31 de octubre, los espíritus de los muertos volvían también para reconocer el mundo de los mortales. Para ello el pueblo celta (y por ende los celtíberos) se preparaban en toda una serie de rituales que mezclaban la fiesta, la comida y el culto a sus muertos.

Con la ocupación romana la fiesta se mantuvo, haciendo suyas las tradiciones e incorporando únicamente a sus dioses.  

Con la gran hambruna irlandesa de 1845 dos millones de irlandeses cruzaron el charco. Con su hambre viajaron también sus viejas tradiciones célticas. No fue hasta 1921 cuando se popularizó la fiesta en territorio norteamericano camuflándola con sus modas y manías.

 

Mitos y leyendas en días de muertos

La Santa Compaña

En la Galicia rural de hace años, en las noches de otoño la familia pasaba más horas reunida en torno a la lareira o estufa. Y como no había ni televisión, ni radio, ni revistas, era el momento de disfrutar de la tradición oral. De esa manera los abuelos y las abuelas comenzaban a contar al resto de la familia sus recuerdos, sus experiencias y lo que les habían contado a ellos sus antepasados. Y entre esas historias estaba siempre presente, de una u otra manera, la Santa Compaña.   

Es una comitiva de almas en pena que vaga por las zonas boscosas de Galicia. En las noches particularmente brumosas de noviembre, en que los bosques se cubren de niebla, es cuando su presencia, como una comitiva de luces titilantes, se hace patente.

Y aunque es invisible para los vivos, su presencia se siente por el olor a cera, un ligero viento y el temor que manifiestan los animales domésticos de la casa. Aunque también hay personas con dones especiales que pueden verla: son fundamentalmente los niños que por un error del cura, al ser bautizados, recibieron el óleo de difuntos.

Su presencia no sólo se limita a Galicia. En Asturias se conoce con el nombre de La Güestia. En León existe la hueste de ánimas mientras que en Zamora es la estadea, una mujer que vaga por los caminos y cementerios.

La popularidad de la Santa Compaña y su identificación con Galicia es tal que muchos creadores de diversas ramas artísticas dedicaron sus temas a esta fantasmal aparición. La película “El liguero mágico” (1980) de Mariano Ozores cuenta, con su particular visión, la leyenda de la Santa Compaña. Pero quizás sea “El bosque animado” (1987)   de José Luis Cuerda, la película que recoge la mejor escena de la Santa Compaña.  

29 de octubre de 2015

Los olvidados de Karagandá

 
Los olvidados de Karaganda

Luciano Álvarez,
El País. Madrid

El 31 de mayo de 2015 un pequeño grupo de españoles se encontraron en una aldea de la provincia de Karagandá, exrepública soviética de Kazajistán: Spassk, un lugar de triste recuerdo que está en el centro del Archipiélago Gulag, acrónimo de Glávnoe Upravlenie Lagueréi, o Dirección General de los Campos, con el que se designa al sistema soviético de trabajo esclavo en todas sus formas y variedades.

Ese día se inauguró un austero monolito en memoria de los españoles que por allí pasaron y los que allí quedaron enterrados. Se sumaba a otros, erigidos por muchos países a los que pertenecían los 66.000 prisioneros de guerra, presos políticos y comunes que allí sufrieron el cautiverio y la esclavitud.

Grupo heterogéneo, si lo hay, el de estos españoles: hijos de miembros de la División Azul -españoles que lucharon junto a los nazis- y de republicanos y “niños de la guerra”, enviados a la Unión Soviética entre 1937 y 1938 por el gobierno de la República. José María Bañuelos, de 87 años, uno de aquellos niños, fue el único superviviente en condiciones físicas de afrontar el viaje. La trivialidad del motivo que lo llevó al infierno no es muy diferente a la de centenares de miles: “La necesidad hizo que robara un mono (un overol) y 200 gramos de pan. Me descubrieron y fui condenado a ocho años de trabajos forzados”.

Con esa ceremonia se cumplía una etapa más en la recuperación de la memoria histórica de unos 350 españoles que pasaron por el Gulag, una cifra pequeña, casi insignificante, entre los dieciocho millones de seres humanos que lo sufrieron, pero que representa, de por sí, el conjunto de las infamias del totalitarismo soviético, en su etapa más dura.

Durante la Segunda Guerra Mundial, había en la Unión soviética unos 4.500 españoles. Luiza Iordache, autora de “En el gulag” (RBA, 2014), una imponente investigación doctoral sobre este caso, los desglosa: 2.895 “niños de la guerra” evacuados durante la Guerra Civil y 1.338 maestros, educadores, padres que acompañaron a sus hijos y personas vinculadas al Partido Comunista.

También se encontraba un grupo de 190 alumnos que recibían instrucción aeronáutica en la 20ª Academia Militar de Kirovabad y 284 marinos de buques españoles a quienes sorprendió el fin de la guerra civil (1º de abril de 1939) en puertos soviéticos. Buena parte de estos últimos “exiliados circunstanciales” tuvieron la pretensión de salir inmediatamente, ya para regresar a España, ya para emigrar a otros países donde tenían familiares. Algunos pocos lo lograron durante el período del pacto germano soviético (agosto de 1939-junio de 1941), paradójicamente; luego ya no fue posible. El simple acercamiento a una legación extranjera, una palabra fuera de lugar, una queja, equivalían a un arresto por “espionaje” o “enemigo del pueblo”, interrogatorios, torturas, “confesiones” y penas de ocho a quince años en el Gulag.

Durante la guerra, otros españoles fueron internados en los campos: los prisioneros de guerra tomados a la división Azul. Pero también los llamados “desertores planificados” de la división, republicanos que se habían enrolado en ella con el objetivo de pasarse al ejército rojo en la primera ocasión, sufrieron el inesperado destino de los campos. El mismo camino trágico tuvo un grupo de republicanos que se encontraban en Berlín en 1945. Exiliados originalmente en Francia, estaban allí como mano de obra forzada. Durante la caída de la capital del Reich, eufóricos, ocuparon la abandonada embajada española, enarbolaron la bandera republicana y se pusieron en contacto con los soviéticos. Lejos de recibir en Moscú el re- cibimiento triunfal que esperaban, fueron duramente interrogados y enviados a los campos. La paranoia estalinista no dejaba resquicios para la duda.

Mientras, en el Gulag, las divisiones que les habían llevado a matarse entre ellos se abolían: “...divisionarios, republicanos, falangistas; todos nos llevábamos bien, éramos españoles, nos uníamos para sobrevivir, respetábamos la ideología del otro, aunque en esas circunstancias no era lo más importante.” Así lo recuerda José María Bañuelos.

En Karagandá, “los internados civiles y los prisioneros de guerra se hallaban separados entre sí, lo que no impidió que se establecieran contactos entre ellos e incluso que hubiera relaciones sentimentales e hijos entre presos y presas de distintos confinamientos.” (Pilar Bonet, El País, 31 de mayo 2015).

A partir de 1946, los prisioneros de otras nacionalidades fueron liberados y gracias a ellos la Federación Española de Deportados e Internados Políticos (Fedip) supo de aquellos compatriotas. Su secretario general, Josep Ester i Borrás, veterano de la Guerra Civil, miembro de la resistencia francesa y sobreviviente del campo alemán de Mauthausenen, encabezó la campaña para la liberación mientras los comunistas españoles movilizaban todos sus recursos para negar los hechos, agraviar a la Fedip y sostener que en la URSS solo había españoles felices y algunos fascistas y traidores encarcelados.

Luego de la muerte de Stalin el régimen de Franco hizo su propia jugada para liberar a los prisioneros de la división Azul. Así, el 2 de abril de 1954, en medio de un enorme despliegue propagandístico, llegó a Barcelona el ‘Semíramis’ con 248 miembros de la División Azul a bordo; disimulados entre ellos también llegaron 38 republicanos.
Mientras, los demás sobrevivientes trataban de rehacer sus vidas sin cejar en sus deseos de salir del paraíso, la experiencia de Karagandá fue cayendo en los olvidos de la Historia hasta que comenzó a recuperar la luz merced a la tenacidad de historiadores como Luiza Iordache, a las memorias que algunos sobrevivientes escribieron y la pasión de sus hijos por vindicar sus vidas.