24 de junio de 2010


El "San Juan" camagüeyano


Evocando la celebración sanjuanera de nuestro Camagüey, recogemos hoy en este blog tan principeño una estampa costumbrista de aquellas fiestas. Su autor, un puertorriqueño tan camagüeyano como los tinajones: Juan B. Castrillón, el popular “Don Pancho”, a cuyo dinamismo y gestiones mucho tenemos que agradecer los camagüeyanos. Fue él, precisamente, quien se encargó de animar -¡y vaya lo bien que lo hizo- los últimos sanjuanes de nuestra historia republicana. [adg]


Mucho antes de la época del “Indio Bravo”, la Villa de Puerto Príncipe celebraba los carnavales, organizados por colonos y ganaderos, los que después de vender el ganado y las cosechas asaltaban la población para gastar las monedas de oro de sus ganancias. Pudiéramos decir que ésa fue la primera etapa de los carnavales camagüeyanos, porque los camagüeyanos, hasta el año 1958 tuvieron tres etapas distintas de carnavales y entre ellas incluso se registraron paréntesis de ausencia sanjuanera.

En su segunda etapa, establecida la paz, como en otros tiempos lejanos y después que se fundara Ia República en el 1902, el Carnaval o los “Sanjuanes” tuvieron un verdadero sabor de leyenda: las volantas, los coches, el cloretilo en los salones, el almagre en las calles… La serpentina y los confetis llenaban las aceras, hasta el punto en que era necesario tener al cuerpo de bomberos sobre aviso para apagar las candelas que producían las colillas de los cigarrillos sobre el colchón de serpentinas.

Después de esa segunda época en las Fiestas del San Juan, llegó la tercera etapa, del 1950 al 1958. Los camagüeyanos saben que fueron ellos los primeros en Cuba en coronar Reinas en las calles, en las aceras y en cada cuadra. Todos querían disfrutar de la casi locura del San Juan, de los bellísimos adornos de las calles, las enramadas, la iluminación y las sorpresas que guardaban los fiesteros para llenar más de emoción el evento.

Y era así como aparecían calles enteras con adornos y alegorías de países amigos. Entre esas calles, justo es decir que se destacaban Joaquín Agüero, de Ia Vigia; Finlay, Santa Rita, Santa Rosa, Maximiliano Ramos, (Horca), y muchas más que discutían los Premios que ofrecían los Bandos del San Juan camagüeyano.

Manos de mujeres confeccionaban farolitos, guirnaldas y cuadros pintados a mano. Cada cual se esmeraba en presentar lo mejor y lo más vistoso. Los Comités de Festejos en las cuadras y calles, escogían a la muchacha que por su belleza y simpatía mereciera ser Reina, y a sus Damas de Honor, para ser coronada en una noche de esplendor y alegría, con música, fuegos artificiales, ponche y bocaditos. Se bailaba hasta la madrugada en aquellas calles engalanadas. El pueblo se volcaba en las calles para aplaudir el arte y buen gusto de los que habían organizado la fiesta y disfrutar con ella.

Recordando algunas cosas de las coronaciones, nos viene a la mente la noche en que fuimos a coronar a una Reina Infantil en una calle al final de la simpática barriada de “La Vigía”… Habíamos coronado en ese sector de la ciudad ocho Reinas, y a las doce de la noche nos faltaban la Reina Infantil y sus Damas, niñas de más de 4 años de edad.

Para demostrar que la popularidad de los carnavales camagüeyanos abarcaba a todas las esferas sociales, diremos que cuando llegamos frente al lugar de la coronación, la Reina y su Corte se encontraban dormidas y sentadas sobre cajas de madera forradas con papel crepé… El trono era de cartón y pegado a la pared de tablas de Ia casa, y el piso de tierra del portal había sido regado con agua para aplacar el polvo. Son detalles que dan a conocer la pobreza del lugar y de la familia.

La madre de la pequeña Reina nos entregó la abrillantada corona, que era un pedazo de cartón cortado con tijeras y formando un arco. Cuando la orquesta repitió la fanfarria para el momento de su coronación, las niñas despertaron sorprendidas y algunas de ellas llorando. El gran público que nos acompañaba rompió en aplausos y la humilde familia nos obsequió con una bebida color rosado, en vasos de cartón. La tomamos y saboreamos con alegría y agradecimiento como si se hubiera tratado del mejor licor del mundo.

Es imposible olvidar aquellos rostros llenos de humildad y alegría, y cuando nos despedimos de aquel lugar llevábamos en el alma la convicción de que dejábamos en el seno de aquella humilde familia la contentura más grande de su vida.

Juan B. Castrillón, "Don Pancho", 1968
Foto y texto: revista "El Camagüeyano", Miami,
Junio 1985

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