6 de septiembre de 2014

Plegaria humilde a la Virgen de la Caridad

 
Plegaria a la Virgen de La Caridad

Patrona de lo cubano,
Madre de la Caridá,
hoy en tu fiesta he venío
un ratico a conversá
pa contarte mucha cosa
que me tienen agobiá
y decirte que te quiero
como ante o quizá má.

Hoy no puedo arrodillarme,
te tengo que hablar sentá
poque tengo la do pierna
que se quieren reventá
por la cola de la vianda,
la medicina y er pan.

Pa podé hablá contigo
he tenido que dejá
los frijoles en remojo
y la ropa almidoná.
Pero no importa, me siento
tan felí aquí a tu lao
qu’e etaría toa la via
contemplándote na má.

Virgencita, etoy mu trite,
poque ante, en ete día
te podía hacé un altá
y convidá lo vecino
po la noche a la velá.
Ahora tengo que salí
econdía del solá
y meteme aquí en tu iglesia
mirando p’a allá y p’acá.

¿Qué pasa aquí con tu pueblo
Virgen de la Caridá?
¿Se habrán olvidao de ti,
que vinite po la má
a salvá a tré cubano
negro y blanco mezclao,
pa demotrarle que era
la Madre má güena y santa
qu’ello pudieron soñá?

No, Señora, ello te quieren
pero no pueden hablá,
y cuando puedan ¡ay Madre!
¡Cuánta cosa te dirán!
Porqu’en er fondo del arma
toos te aman de verdá,
y toos saben que tú ere
la que nos pué ayudá.

Mira, la iglesia etá llena,
too lo banco ocupao,
losojo etán mojao
de tanto y tanto llorá
y el corazón apretao.

Tiéndono tu mano, Madre,
y ayúdano aguantá
tó lo que no venga d´arriba,
si e qu’aun qu’aun va a durá má
eta horrible pesadilla
de esclavitú y mardá,
pa que pronto, ar depertá
en tu Cuba verdadera
too podamo cantá
a toa vó y sin temó
l’alabanza de tu gloria,
y gozá con libertá
el reinado de tu amó.

Poesía anónima enviada desde Cuba.
Publicada en el Anuario de la Iglesia Católica Cuba-Diáspora de 1972.

5 de septiembre de 2014

Mensaje del Papa Francisco a los cubanos

   
Al Excmo. Mons. Dionisio Guillermo García Ibáñez
Arzobispo metropolitano de Santiago de Cuba

Presidente de la Conferencia de Obispos católicos de Cuba


Vaticano, 8 de septiembre de 2014

Querido Hermano:

Hace pocos días, la Venerada Imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre fue colocada en los Jardines Vaticanos. Su presencia constituye un recuerdo evocador del afecto y la vitalidad de la Iglesia que peregrina en esas luminosas tierras del Caribe, que desde hace más de cuatro siglos, se dirige a la Madre de Dios con ese hermoso título. Desde las montañas de El Cobre, y ahora desde la Sede de Pedro, esa pequeña y bendita figura de María, engrandece el alma de quienes la invocan con devoción, pues Ella nos conduce a Jesús, su divino Hijo.

Hoy que se celebra con fervor la fiesta de María Santísima, la Virgen Mambisa, me uno a todos los cubanos, que ponen sus ojos en su Inmaculado Corazón, para pedirle favores, encomendarle a sus seres queridos e imitarla en su humildad y entrega a Cristo, de quien fue la primera y mejor de sus discípulos.

Cada vez que leo la Escritura Santa, en los pasajes en que se habla de Nuestra Señora, me llaman la atención tres verbos. Quisiera detenerme en ellos, con el propósito de invitar a los pastores y fieles de Cuba a ponerlos en práctica.
 
El primero es alegrarse. Fue la primera palabra que el arcángel Gabriel dirigió a la Virgen: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). La vida del que ha descubierto a Jesús se llena de un gozo interior tan grande, que nada ni nadie puede robárselo. Cristo da a los suyos la fuerza necesaria para no estar tristes ni agobiarse. pensando que los problemas no tienen solución. Apoyado en esta verdad, el cristiano no duda que aquello que se hace con amor, engendra una serena alegría, hermana de esa esperanza que rompe la barrera del miedo y abre las puertas a un futuro prometedor. «Yo soy la Virgen de la Caridad», fue lo que leyeron los tres Juanes en la tablilla que flotaba en la Bahía de Nipe. Qué lindo sería si todo cubano, especialmente la gente joven, pudiera decir lo mismo: « Yo soy un hombre de la Caridad»: vivo para amar de veras, y así no quedar atrapado en la espiral nociva del ojo por ojo, diente por diente. Qué alegría siente el que ama auténticamente, con hechos diarios, y no es de los que abunda en palabras vacías, que se lleva el viento.

El segundo verbo es levantarse. Con Jesús en su seno, dice san Lucas que María se levantó y con prontitud fue a servir a su prima Isabel, que en su ancianidad iba a ser madre (cf. Lc 1,39-45). Ella cumplió la voluntad de Dios poniéndose a disposición de quien lo necesitaba. No pensó en sí misma, se sobrepuso a las contrariedades y se dio a los demás. La victoria es de aquellos que se levantan una y otra vez, sin desanimarse. Si imitamos a María, no podemos quedarnos de brazos caídos, lamentándonos solamente, o tal vez escurriendo el bulto para que otros hagan lo que es responsabilidad propia. No se trata de grandes cosas, sino de hacerlo todo con ternura y misericordia. María siempre estuvo con su pueblo en favor de los pequeños. Ella conoció la soledad, la pobreza y el exilio, y aprendió a crear fraternidad y hacer de cualquier lugar en donde germine el bien la propia casa. A Ella le suplicamos que nos dé un alma de pobre que no tenga soberbia, un corazón puro que vea a Dios en el rostro de los desfavorecidos, una paciencia fuerte que no se arredre ante las dificultades de la vida.

El tercer verbo es perseverar. María, que había experimentado la bondad de Dios, proclamó las grandezas que él había hecho con Ella (cf. Lc 1,46-55). Ella no confió en sus propias fuerzas, sino en Dios, cuyo amor no tiene fin. Por eso permaneció junto a su Hijo, al que todos habían abandonado; rezó sin desfallecer junto a los apóstoles y demás discípulos, para que no perdieran el ánimo (cf. Hch 1,14). También nosotros estamos llamados a permanecer en el amor de Dios y a permanecer amando a los demás. En este mundo, en el que se desechan los valores imperecederos y todo es mudable, en donde triunfa el usar y tirar, en el que parece que se tiene miedo a los compromisos de por vida, la Virgen nos alienta a ser hombres y mujeres constantes en el buen obrar, que mantienen su palabra, que son siempre fieles. Y esto porque confiamos en Dios y ponemos en Él el centro de nuestra vida y la de aquellos a quieres queremos.


Tener alegría y compartirla con los que nos rodean levantar el corazón y no sucumbir ante las adversidades, permanecer en el camino del bien, ayudando infatigablemente a los que están oprimidos por penas y aflicciones: he aquí las lecciones importantes que nos enseña la Virgen de la Caridad del Cobre, útiles para el hoy y el mañana. En sus maternas manos pongo a los pastores, comunidades religiosas y fieles de Cuba, para que Ella aliente su compromiso evangelizador y su voluntad de hacer del amor, el cimiento de la sociedad. Así no faltará alegría para vivir, ánimo para servir y perseverancia en las buenas obras.

A los hijos de la Iglesia en Cuba les pido, por favor, que recen por mí pues lo necesito.

Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide siempre.
Fraternalmente,
 
Francisco

La primera maestra cubana


Baldomera Fuentes Segura
la primera maestra cubana

Marlene María Pérez Mateo

El magisterio y la pedagogía cubana datan de hace tanto que resulta difícil acotar en el tiempo  cuándo empezó todo y quiénes fueron sus pioneros (en este caso pioneras). Baste decir que el promotor e iniciador de la educación pública en Estados Unidos fue un cubano y que resulta casi imposible encontrar un prócer de la independencia de la isla para el cual la enseñanza fuere un hecho ajeno.

Quisiera en estas letras ir un poco mas allá en alas de la historia, tanto así quisiera hablar en estas líneas sobre la primera mujer que nos enseño a pintarla.

Su nombre: Baldomera Fuentes Segura, santiaguera de pura cepa y cubana hasta no mas. Nacida un 17 de marzo de 1809 y fallecida un 15 del mismo mes 68 años después. Artista por excelencia, especializada en el tema del retrato personal y familiar, en el formato de la miniatura tanto en la pintura sobre madera como en la escultura, específicamente en el marfil.

Baldomera es la primera mujer en Cuba en ejercer como plantilla oficial como Maestra de Dibujo en el Colegio Nuestra Señora del  Carmen en su ciudad natal, en 1854. A ella también cabe la primicia de fundar en la isla la primera Academia de Dibujo en el citado año, en la accesoria de su casa familiar ubicada en la calle San Gerónimo #74. Tenia en dicho recinto las materias de religión, literatura, escritura, bordado, dibujo, costura y aritmética como parte del plan docente. En 1857 se tituló como Maestra en Educación Primaria, dedicándose a dirigir la Escuela de niños de San Vicente.

Las obras de Baldomera se conservaron durante mucho tiempo en el Museo Bacardí.

Marlene María Pérez Mateo
Marzo 31, 2014 

4 de septiembre de 2014

El 4 de septiembre en la Historia de Cuba


EL 4 DE SEPTIEMBRE EN LA HISTORIA DE CUBA
 
(La fecha de hoy en nuestros archivos)

-Al renunciar y abandonar la Presidencia el General Machado, habiendo aceptado antes la renuncia de todos los secretarios del Despacho, con la excepción del General Alberto Herrera, secretario de la Guerra, la Presidencia de la República quedó automáticamente a cargo de éste, de acuerdo con lo dispuesto en la Constitución.

La presidencia del General Herrera no fue aceptada por los revolucionarios, y en conferencias celebradas por los sectores que habían tomado parte en la mediación, se convino en que el Dr. Carlos Manuel de Céspedes y Quesada asumiese la Presidencia provisional de la República.

Los esfuerzos realizados para asegurar la transmisión legal de la Presidencia de la República, respondían al propósito de evitar que Cuba quedase sin gobierno y, según los términos del Tratado de Relaciones Permanentes en Cuba y los Estados Unidos (Enmienda Platt), se produjese de manera automática un nuevo caso de gobierno provisional de Cuba por los Estados Unidos.

Elevado a la Presidencia de la República el Dr. Céspedes en medio de las conmociones producidas por la caída del Gobierno de Machado, el reconocimiento de su Gobierno por el de los Estados Unidos era una cuestión muy importante. Quedó resuelta favorablemente al siguiente día, 13 de agosto, por una declaración del Presidente Franklyn D. Roosevelt, en la cual manifestó que la transmisión del poder de Machado a Herrera y a Céspedes se había efectuado con arreglo a las disposiciones constitucionales y que, por tal razón, el Dr. Céspedes ocupaba legítimamente la Presidencia de Cuba y no necesitaba ser reconocido.

Las demás naciones extranjeras procedieron de acuerdo con el mismo criterio que los Estados Unidos, de manera que el Dr. Céspedes no tuvo ninguna dificultad de orden internacional al asumir la Presidencia.

Los grupos revolucionarios que no habían aceptado la mediación, no se manifestaron conformes con la Presidencia del Dr. Céspedes ni con que éste actuase de acuerdo con la Constitución de 1928. También se oponían a que el Congreso, que de hecho había quedado disuelto, continuase, existiendo legalmente y a que continuasen en sus puestos los demás funcionarios electivos -gobernadores, consejeros, alcaldes, concejales y miembros de Juntas de Educación-, así como los altos funcionarios de la Administración y ciertos jefes y oficiales del Ejército.

En medio de las dificultades que creaba al Gobierno la situación anómala en que se encontraba, el Presidente Céspedes dictó varios decretos el 24 de agosto, por los cuales declaró nula la Constitución de 1928 y puso en vigor la de 1901, disolvió el Congreso y los demás organismos electivos de la República, y llevó a la práctica otras medidas importantes.

Las disposiciones dictadas por Céspedes que acaban de mencionarse, aunque dieron a su Gobierno un carácter revolucionario, no bastaron a satisfacer las miras de varias agrupaciones revolucionarias oposicionistas, las cuales siguieron considerando el Gobierno como obra de la mediación y no de la mayoría de la revolución misma, sin fuerza ni autoridad para satisfacer las aspiraciones de ésta.

No consolidado aun suficientemente en el poder, el Dr. Céspedes incurrió en el error de ausentarse de la capital con el propósito de visitar la zona de Sagua, azotada por un fuerte ciclón en los primeros días de septiembre

La falta de unidad que existía en los sectores revolucionarios, en el Ejército se manifestaba también. Muchos jefes y oficiales eran mal vistos por los grupos revolucionarios, por considerárseles compenetrados con el Gobierno de Machado y responsables de muchas de las faltas imputadas a éste. Otros se inclinaban a éste o aquél de los sectores revolucionarios; y finalmente, algunos habían perdido el respeto y el aprecio de sus compañeros y sus subordinados por diversas causas.

En medio del malestar que creaba esta situación, cierto número de oficiales jóvenes entendió que era necesario efectuar una depuración entre los jefes y los oficiales de las Fuerzas Armadas y empezó a planear un movimiento en tal sentido. Por otra parte, entre las clases y los alistados del Ejército comenzó a agitarse la idea y a tomar cuerpo el propósito de reclamar ciertas reivindicaciones que estimaban de justicia.

La opinión de que el Gobierno del Dr. Céspedes significaba la frustración de la renovación revolucionaria a que aspiraban los grupos inconformes con la mediación, llevó a éstos a ver con simpatía los movimientos que surgían entre la oficialidad joven y las clases y los alistados de las Fuerzas Armadas. Por tal motivo, trataron de unirse a los mismos, a fin de contar con la fuerza necesaria para derrocar el Gobierno de Céspedes y sustituirlo por otro genuinamente revolucionario, sin nexo con la mediación.

El movimiento de la oficialidad joven no llegó a producirse, pero el de las clases y los alistados tomó gran fuerza y entró en acción en la noche del 4 de septiembre.

Representantes del Directorio Estudiantil, la Unión Revolucionaria, el ABC Radical, Pro Ley y justicia y algunas otras agrupaciones, se reunieron apresuradamente en el Campamento de Columbia con el grupo de sargentos que habían asumido la representación de las clases y los alistados del Ejército. Entre dichos sargentos se destacó como la personalidad más vigorosa y jefe reconocido de los mismos, el sargento Fulgencio Batista, llegándose al acuerdo, en la citada noche, de constituir la Agrupación Revolucionaria de Cuba, exigirle la renuncia al Presidente Céspedes y confiar el Poder Ejecutivo a un grupo de cinco personas (la Pentarquía), con un programa de renovación revolucionaria muy amplio.

Los acuerdos y las resoluciones tomados en el Campamento de Columbia, apoyados por la mayor parte de las Fuerzas Armadas, constituyeron el paso inicial de la llamada "Revolución de Septiembre", en el orden militar. En el orden civil, representaron el comienzo de la "Revolución Auténtica".

Transmitida la noticia de los hechos que ocurrían en Columbia al Presidente Céspedes, éste regresó rápidamente a la capital. En horas de la mañana, hallándose ya Céspedes en el Palacio Presidencial, se presentó en el mismo un numeroso grupo de los elementos revolucionarios oposicionistas a su Gobierno, al frente de los cuales se hallaban los Dres. Ramón Grau San Martín, Guillermo Portela, José M. Irisarri y los Sres. Sergio Carbó y Porfirio Franca, que habían sido designados para integrar el nuevo Ejecutivo.

Las Fuerzas Armadas, inclusive las de Policía, apoyaban el nuevo movimiento revolucionario, de manera que el Dr. Céspedes se hallaba sin fuerzas para resistir. Intimado a que renunciase la Presidencia, se negó a acceder, pero en vista de que carecía de medios para mantenerse en el ejercicio de su alto cargo, abandonó el Palacio y se retiró a su hogar, quedando la jefatura del Estado en manos de la mencionada Pentarquía.
 
El movimiento iniciado por las clases y los alistados que culminó en la revolución del 4 de Septiembre, alcanzó inmediatamente en lo militar resultados que fueron más allá de lo intentado y lo previsto por sus iniciadores.
Fue el primero, que las Fuerzas Armadas quedasen, de hecho, bajo la jefatura provisional de las clases de las mismas, con el sargento Fulgencio Batista reconocido como jefe superior.

El segundo, que los oficiales y jefes de las Fuerzas Armadas se negasen a cooperar en el movimiento y quedasen, también de hecho, sin el mando de las mismas.

El tercero, que la anómala situación que hubo de crearse, se resolviese en firme con un cambio completo en la organización y en el mando de las Fuerzas Armadas. La jefatura superior de las mismas se confirió por la Pentarquía al sargento Fulgencio Batista, elevado al grado de Coronel, único en la nueva organización. Todos los demás mandos y la oficialidad, de teniente coronel abajo, se confiaron a clases y alistados ascendidos a sus nuevos cargos.
Esta reorganización y transformación de las Fuerzas Armadas, se llevó a efecto con gran rapidez y un mínimo de dificultades porque los nuevos oficiales y los nuevos jefes contaban con la confianza de la tropa. Gracias a esto, la unidad y la disciplina del Ejército quedaron prontamente restablecidas.

Mientras en las Fuerzas Armadas "la Revolución de Septiembre" se llevaba a efecto inicialmente en la forma ya dicha, la Pentarquía tropezaba con insuperables dificultades para desempeñar sus funciones ejecutivas, en medio de las nuevas agitaciones internas y de las complicaciones internacionales creadas por la sustitución del Presidente Céspedes.

Las circunstancias del momento exigían decisiones rápidas y firmes del Ejecutivo, imposibles de tomar debiendo ser discutidas por cinco personas, con igualdad de facultades, cada una con sus opiniones propias, en medio de la confusión y de la agitación reinantes. La novedad de la nueva organización del Ejecutivo fue mal vista, por entenderse que se inspiraba en radicalismos exóticos, y contribuyó a la desconfianza que inspiró a muchos sectores de la opinión el nuevo gobierno.

La actitud del de los Estados Unidos, que enviaron inmediatamente varios buques de guerra a la Habana y a otros puertos de la Isla y que negaron su reconocimiento al nuevo Ejecutivo colegiado, contribuyó grandemente a que la Pentarquía no pudiese consolidarse.

Dos de los cinco pentarcas, el Dr. Guillermo Portela y el Sr. Porfirio Franca, comenzaron a manifestar vacilaciones, y cinco días después de constituida, el 10 de septiembre, la Pentarquía quedó disuelta. Fue sustituida por la Presidencia unipersonal de la República, al frente de la cual quedó el Dr. Ramón Grau San Martín, apoyado principalmente por el Directorio Estudiantil y sostenido por las Fuerzas Armadas.

Del libro "Historia Elemental de Cuba", del Dr. Ramiro Guerra. www.guije.com
FOTO: Batista, Coronel Juan Blas Hernández y el Presidente Grau en La Habana, Octubre 1933: latinamericanstudies.org / eichikawa.com

3 de septiembre de 2014

Es la guerra santa, idiotas

Es la guerra santa, idiotas

Arturo Pérez Reverte

Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».

Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».

Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».

A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.  

Reproducido del blog www.perezreverte.com  

 

La Virgen de la Caridad, Patrona de Cuba

La Virgen de la Caridad, Patrona de Cuba
 Rogelio Zelada

La fuerte discusión familiar había sido agria y repleta de descalificaciones. Faltó flexibilidad, comprensión y entendimiento y el resultado fue una ruptura dolorosa e innecesaria. El hijo se fue de la casa herido y el padre se abrazó a una autoridad que él creía le daba la razón, y lo dejó marchar. La separación fue demasiado larga y los años no sanaron la ausencia. Pero, desde zonas distantes de la Isla, los dos suplicaban a la Virgen de la Caridad que lograra el reencuentro…

Esta historia se guarda entre los relatos del Santuario Basílica del Cobre. Se cuenta que el que se había marchado peregrinó ante la Virgen del Cobre para pedirle su mediación y el perdón de su padre, y que éste, que pedía por lo mismo, se encontró con él mientras subían, cada uno por su lado, las escaleras que ascienden al camerín de la Patrona de los cubanos.

La Virgen María, Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, se convirtió desde el hallazgo de su imagen en las aguas de la bahía de Nipe, a comienzos del siglo XVII, en el corazón de un pueblo que la acogió por madre misericordiosa. Una presencia que inundó de identidad y cubanía a un pueblo que comenzaba una andadura histórica  llena de grandes dificultades y tropiezos, y que ella acompañó siempre y en todo momento: cuando Cuba era española y cuando comenzó a dejar de serlo.

Desde su modesto santuario en la villa de Santiago del Prado, donde estaban las minas de cobre, en la región del Oriente cubano, acogió a peregrinos de toda raza y condición social, y escuchó plegarias, lamentos y expresiones de gratitud día a día, minuto a minuto, y su imagen acompañó en la manigua al Ejército Libertador de un pueblo que, desde el dolor y el sacrificio, quería estrenar el don de la libertad y la justicia.

Por eso era de lógica natural que, cuando la Iglesia otorgó a Cuba la novedad de un episcopado nativo, fuera Mons. Francisco de Paula Barnada y Aguilar, primer Arzobispo de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba, quien pidiera al Papa Pío X, el 25 de octubre de 1905 (solo tres años después de proclamada la República de Cuba) que declarara oficialmente a la Virgen de la Caridad como patrona de la joven nación; petición que se repitió, con la ayuda y el apoyo de Mons. Giuseppe Aversa, delegado apostólico de la Santa Sede, el 29 de agosto de 1906. La Sagrada Congregación de Ritos respondió el 21 de enero de 1907, pidiendo que según las normas dadas por el Papa Urbano VIII, la solicitud del obispo santiaguero debía ser “complementada por parte del clero y del pueblo, con cartas avaladas por los obispos del país, tanto de las arquidiócesis como de las sedes sufragáneas”.

La iglesia cubana comenzaba a surgir de sus cenizas después de un larga guerra de independencia, en los comienzos de una república penetrada por un fortísimo anticlericalismo. Una iglesia pobre en un país paupérrimo, necesitado de sacerdotes, educación, obras sociales y catequesis; donde todo parecía estar por hacer.

Mons. Bernada, como Arzobispo de Santiago de Cuba, era el custodio de la imagen de la Virgen y de su santuario, semiderruido por el colapso de una galería de las minas de cobre. Era un gran devoto de la Virgen Morena, cuya imagen bendita mandó colocar en su escudo episcopal, y un verdadero patriota, que encabezó con su firma el manifiesto que los 53 sacerdotes de la Isla enviaron en 1898 a León XIII para presentarle al Papa las ansias y el derecho a la lucha por la libertad del pueblo cubano.

No tuvo el obispo Barnada la dicha de obtener del Papa la declaración del patronazgo de la Virgen de la Caridad, pero su esfuerzo sembró el camino para qué el 24 de septiembre de 1915, los veteranos del Ejercito Libertador pidieran a Benedicto XV que declarara oficialmente a la Virgen de la Caridad como lo que de hecho había sido siempre para todos sus hijos: la celestial Patrona de Cuba. El Papa respondió esta vez positivamente, y firmó el documento el 10 de mayo de 1916, cuando la Arquidiócesis de Santiago de Cuba era dirigida por el salesiano Mons. Félix Ambrosio Guerra.

El próximo año del 2015 y el siguiente del 2016 celebraremos las dos grandes centenarios de este hecho histórico. Lo que inició la Iglesia y lo que finalmente obtuvo la gestión de los libertadores cubanos, los mambises, debe llenarnos de profunda gratitud y sano orgullo, porque tenemos una historia cuyo relato no puede escribirse sin la presencia profunda y compartida de la Santísima Virgen María de la Caridad del cobre, nuestra Patrona.

Director Asociado de la Oficina de Ministerios Laicos, rzelada@headom.org.
Nota del autor: Gran parte de la información ofrecida en este artículo proviene de la extraordinaria investigación del Dr. Guillermo Fernández Toledo “Los precursores del patronazgo de la Virgen de la Caridad”, publicada en la revista Verdad y Esperanza (Unión Católica de Prensa de Cuba), segunda época, año 3, no. 3, 2011, p.30/33.
“Palmas Amigas” lo ha reproducido  de “La Voz Católica”, Arquidiócesis de Miami, agosto del 2014.