30 de marzo de 2010


En defensa de la verdad

Ante la campaña contra el Valle de los Caídos, desatada desde sectores comunistas y que propugnan la ruptura de la unidad de España, con datos inexactos cuando no tergiversados, es obligación de salir en defensa de la verdad para lo cual se hacen las puntualizaciones siguientes:

Es falso, como se afirmó recientemente en Televisión Española, en la serie «Memoria de España”, que en las obras hubieran intervenido veinte mil presos políticos».

Es cierto, como afirma Diego Méndez, en el libro citado, "que a lo largo de quince años, dos mil hombres (no quiere decir que todos a la vez, ni que todos fueran penados) aportaron su esfuerzo diario hasta dar cima a la obra".


Es falso que los presos que trabajaron en el Valle de los Caídos lo hicieran obligatoriamente.

Es cierto que todos y cada uno de los obreros penados se ofrecieron voluntariamente a las Empresas, por un lado, y, por otro, mediante instancia a la Dirección General de Prisiones. La razón era fácilmente compresible: Lo que comenzó siendo la manera de redimir tres días de la pena por uno trabajado, según Orden Ministerial de 7 de octubre de 1938, lo amplió el Patronato Central para la Redención de Penas por el Trabajo, en 1943, hasta la redención de seis días por cada uno trabajado. El Código Penal lo estableció más tarde en tres días redimidos por dos trabajados. Con lo cual, a los penados que trabajaban en el Valle, que se beneficiaban también de los múltiples indultos decretados por el Jefe del Estado, se les concedió la libertad provisional no más tarde de cinco años después de su condena. Así que en 1950 no quedó ni un solo penado “político” en el Valle. En esa fecha comenzaron a trabajar reclusos comunes que querían redimir penas por el trabajo.


Es falso que los trabajadores libres o penados sufrieran penalidades sin cuento, con un sistema de trabajo de campo de concentración.

Es cierto, como declaró Damián Rabal, cuyo padre y él mismo trabajaron como obreros libres, contratados por la empresa San Román, a Daniel Sueiro, autor de “El Valle de los Caídos. Los secretos de la cripta franquista”, que la cripta se comenzó a perforar a finales de 1941 con diez o doce obreros a los que pronto se sumaron trabajadores procedentes de Peguerinos, El Escorial y Guadarrama, y que los “penados” llegaron a finales de 1942.

Pronto se hicieron casas para los obreros, Iglesia, enfermería, economato y un campo de fútbol. Hay que resaltar que los penados cobraban un sueldo mínimo cifrado en siete pesetas, de la época, diarios, más la comida. Y que enseguida fueron subidos a diez pesetas diarias, más los pluses por trabajo a destajo, más o menos peligroso, etc. Gran parte de ellos llevaron allí a sus familias; allí hubo bodas y bautizos. Y allí quedaron la mayoría de ellos, trabajando como obreros libres tras obtener la remisión total de las penas, mientras sus hijos estudiaban en la Escuela organizada al efecto, escuela mixta, la única existente en la España de la época, siguiendo las enseñanzas de un maestro que redimía así su condena de muerte conmutada a treinta años.

No debían ser tantos los “penados”, por lo menos al principio, por cuanto Paco Rabal, miembro del PCE, reconoció que en la vivienda que le habían concedido a sus padres vivían la mayoría de ellos. Ambos hermanos coinciden en que las condiciones de vida era
«allí mucho más suave que en las prisiones. Todos (los obreros profesionales) procurábamos echar una mano (...) porque los presos no eran útiles para aquella clase de trabajo; se lesionaban, no sabían ni podían. Muchos iban solos a El Escorial o a Guadarrama, y no se fugaban, sino que volvían. Además podían tener allí a sus mujeres. Ellas iban allí y ya se quedaban...».

Según la prensa de la época, a finales de 1943 trabajaban en el Valle unos seiscientos obreros. La mayoría de ellos de dedicaban a construir la carretera actual.

Es falso que en la construcción de las instalaciones del Valle de los Caídos murieran “centenares, cuando no millares de presos políticos”, tal se afirma sin aportar prueba alguna.

Es cierto, como declaró a Daniel Sueiro el médico don Ángel Lausín, que llegó a Cuelgamuros el año cuarenta, para redimir pena, que
«como médico del Consejo de Obras del Monumento me ocupé de todos los obreros de las diversas empresas que trabajaban allí. Allí hubo accidentes, enfermos, partos, en fin, de todo. Pero para los heridos graves se organizaba el traslado en ambulancias... Los traían a la Clínica del Trabajo, que está en la calle de Reina Victoria... Hubo catorce muertos en todo el tiempo de la obra, porque yo he estado allí prácticamente todo el tiempo».

Don Ángel Lausín ganaba mucho dinero en el Valle, pero cuando la obra terminó le desaparecieron los ingresos del seguro de enfermedad de todos los trabajadores y del seguro de accidentes y sólo le quedó el sueldo de médico del Consejo de las Obras. Por ello pidió una plaza de médico, y se le concedió, en el Ambulatorio del Seguro de Enfermedad de San Blas, en Madrid, donde se jubiló.

Es falso que los penados “políticos” comenzaran a llegar al comienzo de las obras y continuaran hasta su terminación.

Sí es cierto lo declarado por el médico citado:


“De los presos políticos que estuvieron allí hasta el año cincuenta, y yo he estado allí, la mayoría eran excelentes personas, estaban cumpliendo una condena por cosas políticas y estaban ganando unas pesetas para mantener a sus familias. Una vez liberados, muchos se quedaban allí trabajando. Alrededor de los años cincuenta ya quitaron los establecimientos penales y sólo quedó el personal libre”.

El practicante, don Luis Orejas, condenado a nueve años, quedó en libertad poco después de su llegada al Valle, pero prefirió quedarse allí donde empezó ganando quinientas pesetas mensuales. Llevó a su mujer y allí nacieron sus cuatro hijos. Tras la inauguración del Valle logró una plaza de practicante en el servicio de urgencias de La Paz. Don Gonzalo de Córdoba, el maestro, había sido condenado a la última pena, conmutada por treinta años. Cobraba, al llegar al Valle, en mayo de 1944, mil cien pesetas mensuales. Don Gregorio Peces-Barba del Brío, padre de don Gregorio Peces-Barba, condenado a muerte por hechos reflejados en la Causa General, también le fue conmutada la pena de muerte en 1942, llega al Valle a comienzos de 1944 y en abril recibió la libertad condicional, con lo que pudo abandonar el Valle. Durante esos tres o cuatro meses le acompañaron su mujer y su hijo. El señor Peces-Barba declaró a Daniel Sueiro:

«Por mi parte, tampoco puedo decir que haya estado arrancando piedras, sería estúpido decir eso; no hubiera sido demasiado útil arrancando piedras. Yo estuve en el trabajo de las oficinas».

Así otros, cuyos nombres omitimos por no alargar esta nota.

Es falso que la construcción del Valle de los Caídos supusiera un dispendio que hizo peligrar las finanzas nacionales.

Sí es cierta la liquidación final del Interventor General de la Administración del Estado y del Consejo de la Obras, rendida en mayo de 1961. La liquidación revela que el coste de las obras se elevó a 1.159.505.687,73 pesetas, similar a la deuda actual de Radio Televisión Española y muy inferior a los déficit de todas las televisiones autonómicas. Por lo demás, no se invirtió en la obras ni un solo céntimo del Presupuesto Nacional. El dinero, según advierte el Decreto-Ley de 29 de agosto de 1957,


«A fin de que la erección del magno Monumento no represente una carga para la Hacienda Pública, sus obras han sido costeadas con una parte del importe de la suscripción nacional abierta durante la guerra y, por lo tanto, con la aportación voluntaria de todos los españoles que contribuyeron a ella».

Fueron 235.450.374,05 pesetas. El resto procedió de los recursos netos de los sorteos extraordinarios de la Lotería Nacional que se celebraban anualmente el día 5 de mayo, y que, hasta aquél momento se habían destinado a la construcción de la Ciudad Universitaria de Madrid. Según Diego Méndez a ello hay que sumar «millares de donativos particulares, algunos de ellos de procedencia verdaderamente ejemplar y emocionante».

Es falso que en la Basílica del Valle de los Caídos solamente estén enterrados los muertos del lado nacional o que Franco la construyó para que le sirviera de Mausoleo.

En el Valle de los Caídos están enterrados cuarenta mil españoles de uno y otro lado de las trincheras, por lo que constituye el monumento representativo de la reconciliación nacional. Allí se reza y se oficia por unos y otros, sin distinción de ideologías. Franco compró una tumba en el cementerio de El Pardo. Fue el gobierno de entonces, quien determinó que el enterramiento del Generalísimo fuera en el Valle, decisión ratificada por S.M. el Rey, quien pidió permiso al Abad de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos para enterrar allí a Franco.


Queremos terminar con palabras de un enemigo de Franco, detractor de la construcción del Valle de los Caídos, y padre de otro enemigo de Franco y así mismo detractor del monumento. Son palabras del citado don Gregorio Peces-Barba del Brío:

«... teníamos que ir inculcando a nuestros hijos, lo que teníamos que ir inculcando a las generaciones que pudieran sucedernos, es que en España no podía volver a repetirse aquélla tremenda catástrofe que supuso nuestra Guerra Civil. Por eso pienso que los vencidos de la guerra no hemos tenido nunca, no hemos tenido jamás deseos de venganza; no hemos querido ni hemos tenido presente más que el deseo de que entre las dos Españas no se siguiera ahondando. El ahondar entre las dos Españas no ha sido fruto de los vencidos. Yo quiero resaltar eso, que a los vencidos, que hemos hecho la Guerra Civil y somos supervivientes de la Guerra Civil, no se nos puede ni se nos debe tachar de revanchistas ni de marcados. Los que hemos hecho la Guerra Civil hemos sido desde el primer momento los más interesados en educar a nuestros hijos en el respeto y en el amor al prójimo; en educarles en el sentido de que su vida y su actividad y sus vivencias políticas vayan encaminadas a que de una vez para siempre vuelva a haber paz entre los españoles y aquello no vuelva a producirse”. Que así sea.

Fundación Francisco Franco
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