11 de marzo de 2011


PEQUEÑO VIAJE A LA MEMORIA

- Por Miriam Celaya

Recientemente, en un comentario a un post muy polémico, un amigo, lector habitual de nuestro blog, sostenía que el fenómeno migratorio de Mariel se desencadenó debido al hecho de que “dos cubanos lanzaron un ómnibus contra una embajada en La Habana”. En efecto, el suceso público y visible fue esa acción, pero de cualquier manera, en mi opinión, su criterio aludiendo a un intervalo tan crítico como controvertido de la historia cubana de los últimos 50 años, tiende a simplificar un hecho marcado por profundas connotaciones políticas cuyo colofón fue el éxodo de un cuarto de millón de cubanos.

Es por ello que decidí  dedicar un post especial al tema, sin pretender agotar las numerosas complejidades que encierra. Resulta que para entonces yo tenía 20 años y los sucesos de referencia marcaron un hito determinante en mi vida, razón por la cual están nítidamente grabados en mi memoria. El éxodo de Mariel fue en realidad el remate de una secuencia de circunstancias que se habían iniciado con las conversaciones entre el gobierno de la Isla y un grupo de cubanos de la emigración, convenidas durante la administración de James Carter a finales de los 70’, las que condujeron a la apertura de los viajes de cubanos residentes en Estados Unidos a Cuba –bautizados popularmente como “Viajes de la Comunidad” –  en virtud de los cuales se reencontraron familiares de ambos lados del Estrecho de La Florida, largamente separados debido a la política de demonización que hasta ese momento el gobierno cubano había mantenido contra los emigrados.

Es posible que una parte de mis lectores no coincida conmigo, pero me atrevo a asegurar que, al aceptar dichas conversaciones, F. Castro no calculó el costo político que le traerían. Por primera vez en 20 años el gobierno se contradecía, y los que hasta entonces habían sido gusanos, apátridas, pro-imperialistas o traidores –epítetos con los cuales los revolucionarios debían calificar a los emigrados– volvían renacidos, revalorados y rebautizados como “nuestros hermanos de la comunidad cubana en el exterior”, por obra y gracia del discurso del propio líder de la revolución. Automáticamente, sin que mediara lógica ni explicación alguna, dejaba de estar censurado mantener relaciones con los familiares que habían salido del país. Más aún, estaba bendecido el rencuentro y podíamos volver a recibirlos jubilosos en nuestras casas. Muchos comenzamos a descubrir que habíamos sido estafados y se hizo evidente que la descalificación a la emigración había sido una hábil manipulación política del gobierno.

Los vínculos familiares, que deberían ser –y de hecho son,– lo más  natural del mundo, para los cubanos adquirieron connotaciones especiales debido no solo a que la ruptura entre los que se iban y los que quedaban en Cuba muchas veces había marcado antagonismos irreconciliables, sino también debido a que en esta orilla, durante dos décadas, el poder había tejido su hegemonía ideológica basándose en el rechazo a ciertos valores considerados como “decadentes” y “representativos de una sociedad caduca y deshumanizada”, que ahora retornaban bajo la forma de bienes de consumo traídos como regalos de los emigrados para sus empobrecidos parientes de la Isla. De golpe, los cubanos de acá comprobaban que sus parientes “del norte”, sin comunismo, sin marchas, sin trabajos voluntarios, sin consignas y sin discursos, eran más prósperos, tenían más confort y más posibilidades de éxito profesional y personal. El Hombre Nuevo, con sus feos pantalones de caki y sus rígidas botas cañeras, se tambaleó primero y sucumbió después ante los encantos de la sociedad de consumo. Los jeans y las zapatillas deportivas, expresiones máximas del “diversionismo ideológico” –doctrina que pendía como una guillotina sobre la cabeza de cualquier joven de la Isla–, fueron más fuertes que los manuales de marxismo-leninismo con que atiborraban nuestras cabezas en las escuelas, y la fe en el sistema sufrió su primera gran fisura.

En 1980, la muerte del custodio cubano Pedro Ortiz Cabrera en los acontecimientos de la Embajada de Perú en La Habana, fue el pretexto perfecto que necesitaba Fidel Castro. El hecho ocurrió justo en el momento que el gobierno necesitaba a toda costa crear y alimentar una situación que le permitiera retraerse sobre sí mismo, reforzar el discurso patriótico y atrincherarse en la figura del enfrentamiento al enemigo externo. Era urgente inyectar una fuerte dosis de patrioterismo al pueblo y para ello había que empezar por bombardear el espíritu conciliatorio y amigable de Carter, creándole una crisis artificial; era impostergable ofrecer al mundo la imagen de una Cuba perversamente manipulada por el enemigo común de todos los pueblos que, con sus cantos de sirena, estimulaba a los delincuentes y hacía torcer el rumbo a los más “blandengues”, a “los tapaditos”, a los falsos revolucionarios. De ahí que, a raíz del hecho, se retirara la custodia de la sede diplomática de Perú en La Habana y se anunciara intencionalmente por los medios, a fin de que los “nuevos gusanos”, agrupados bajo el epíteto de “escoria” (que poco después serían a su vez “hermanos de la comunidad” y regresaron de visita a Cuba), pudieran acceder a ella.

No creo que el mismísimo Castro fuera capaz de imaginar la masividad que colmó en apenas 72 horas la Embajada de Perú, y mucho menos que, al abrirse la vía Mariel-Miami, se multiplicara exponencialmente el número de cubanos dispuestos a emigrar. Su sorpresa se tradujo en una indignación furibunda que parecía no tener límites. Sus discursos eran más agresivos, enconados y rabiosos que nunca antes, solo que ahora se dirigía contra muchos que hasta ese momento habían sido nuestros amigos queridos, nuestros vecinos de toda la vida o nuestros compañeros de estudios, por lo que el mensaje perdía legitimidad. El sueño revolucionario de una nutrida generación de jóvenes nacidos entre los 50’ y los 60’ se había roto, había terminado la edad de la inocencia y ya no volveríamos a ser los mismos.

Vinculados a todo el transcurso de conversaciones-visitas de emigrados-hechos de la Embajada de Perú-éxodo por Mariel, se produjeron simultáneamente otros fenómenos asociados que afectaron la psicología social al interior de Cuba, como fueron, por ejemplo, el que se conoció bajo el nombre de Proceso de Profundización de la Conciencia –purga que en 1980 expulsó de las filas de la UJC y del PCC a todos aquellos que no obedecían a las exigencias que dictaba el modelo comunista, fueran sospechosos de “diversionismo” o se cuestionaran el dogma–; los vergonzosos mítines de repudio, que pusieron de relieve públicamente la esencia fascista del régimen; y las llamadas Marchas del Pueblo Combatiente, creadas para demostrar la adhesión del pueblo a su gobierno.

Castro asimiló la enseñanza de aquellos acontecimientos y consiguió utilizarlos a su favor: quebró el proceso de acercamiento con un país que le resultaba más útil como enemigo, abrió una válvula de escape para aliviar tensiones al interior de Cuba mediante el éxodo de decenas de miles de cubanos y logró reforzar el terror en la población a partir de la poderosa maquinaria represiva disfrazada de “pueblo indignado”, entrenada para propinar golpizas a los indefensos que osaran manifestar el menor descontento o siquiera la intención de irse del país. Paralelamente, desde el exterior, se reforzó el apoyo de la URSS y del campo socialista y el gobierno cubano tuvo la posibilidad de mejorar en alguna medida las condiciones de vida de la población, con la creación ese mismo año del mercado paralelo que ampliaba sensiblemente la oferta de artículos de consumo, así como el surgimiento de los mercados agropecuarios no estatales, que elevaron también las posibilidades alimentarias. Nacían los breves años de la falsa bonanza socialista, justo poco antes del fin del sistema en Europa del Este.

Al margen de este recuento, le recuerdo al amigo lector que me inspiró estas memorias, que las manifestaciones de aquellos años no fueron nunca explícitamente contra el gobierno, sino para emigrar. Es cierto que una emigración masiva, como fue la de entonces, es la expresión más palpable de la inconformidad de un pueblo con relación a su gobierno, pero ninguno de aquellos 200 mil cubanos pensó por un momento concentrar toda aquella masa crítica frente al Palacio de Gobierno para exigir los derechos y oportunidades que anhelaban, ninguno gritó “abajo la dictadura de los Castro”. Y es que no había –como no hay ahora– una voluntad política o cívica en el pueblo cubano capaz de cambiar el estado de cosas. Tal es nuestra idiosincrasia, nos guste o no, por lo que es preciso contribuir a crear conciencia cívica cuanto antes.

Coincido en que las condiciones actuales de este país pueden dar lugar a que cualquier suceso, por insignificante que parezca, desencadene una revuelta popular; no sé hasta qué punto llegaría a ser un alzamiento masivo. Estamos acercándonos a un verdadero callejón sin salida del que no nos sacarán siquiera las prestidigitaciones gubernamentales. Hoy Cuba necesita un milagro que yo, a pesar de todo, creo posible. Deseo, además, que ese milagro se produzca por la vía pacífica y que las nuevas generaciones, libres de la doctrina que ralentizó a sus antecesores (nosotros y nuestros padres), sean la fuerza renovadora de la Cuba futura. Es cierto que nadie puede predecir cuándo y cómo se producirán los cambios, pero si se desatan movidos por sentimientos de odio, revanchismo y violencia solo podríamos agravar el presente y comprometer peligrosamente nuestro futuro como nación.

Nuestro amigo lector puede considerarse un privilegiado que pudo vivir un proceso excepcional en su país, debido a que existían condiciones muy diferentes a las nuestras –no obstante nuestras similitudes culturales marcadas por la historia–: Francisco Franco, “Caudillo de España por la gracia de Dios”, que no había logrado extirpar los sentimientos republicanos en España pese al desenlace de la sangrienta Guerra Civil, murió mansamente en una cama de hospital, enfermo y de puro viejo, tal como seguramente morirá su homólogo antillano. Los españoles tuvieron la suerte de que Franco no fuera tan longevo como Castro. En España, al contrario de Cuba, en el momento de la desaparición del dictador había –como siempre hubo– propietarios, clases sociales con intereses bien definidos, oposición (incluyendo a los comunistas), sociedad civil y una emblemática figura, el Príncipe Juan Carlos –apoyado por el propio Franco para contrarrestar el espíritu republicano– con la inteligencia y la voluntad suficientes para impulsar la conducción firme hacia una transición pactada. Todo ello evitó un baño de sangre.

Lo nuestro es otra cosa. La política en Cuba históricamente la han decidido unos pocos grupos élites; el pueblo cubano, por naturaleza, siempre ha rechazado la política y se ha resignado (¿acomodado?) a que otros la hagan por él. Desde 1959 Castro se encargó de hacer desaparecer todo vestigio de civismo y de aplastar cualquier atisbo de pensamiento independiente; anuló la capacidad económica de la sociedad y redujo a los individuos a la condición de “masa”. Tuvo para ello a su favor la proverbial apatía política de los cubanos y un entusiasmo curiosamente infantil por los caudillos y las revueltas. Es así que casi toda manifestación popular de inconformidad en el último medio siglo se ha reducido a escapar del país (recordar, por ejemplo, el maleconazo y la crisis de los balseros en 1994) y no a pedir siquiera reformas o cambios políticos. Si solo unos miles de cubanos nos sintiéramos ciudadanos, no tendríamos hoy el dudoso mérito de cargar sobre nuestras espaldas y conciencias con una dictadura de más de medio siglo. Se acerca el fin de la dictadura cubana, eso no lo dudo, pero mucho me temo que el parto de la nueva nación va a ser lento y sumamente doloroso.

 Miriam Celaya, antropóloga de profesión escribe un blog desde Cuba. Sus artículos son siempre inteligentes y dignos de leerse. 

Colaboración de Gladys Gutiérrez.

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