12 de marzo de 2011

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Mario el relojero
- Estampas cotidianas del hoy insular -

-  Frank Correa

LA HABANA, Cuba, marzo (www.cubanet.org) – La reciente muerte de Mario el relojero, personaje  famoso de Jaimanitas, fue más sentida por sus clientes que por su familia, compuesta por  dos sobrinos que ahora se disputan su vivienda.

Mario, además de reparar relojes, recogía listas de bolita y el día de su fallecimiento acertaron varias  personas, que corrieron al velorio a ver si podían cobrar sus premios. Como la bolita está prohibida,  perseguida y sancionada en Cuba, nadie se aventuró a preguntar abiertamente quién era el  banquero de Mario. Se mantuvieron en silencio junto al féretro, atentos a cualquier señal.

Una de las ganadoras fue  Mercedes,  que  acertaba  un candado por primera vez en la vida y le correspondían  nueve mil pesos (360 dólares),  pero casi se  infarta  al enterarse de la muerte del relojero,  ocurrida  a la hora que anunciaban por una emisora de Miami los números ganadores. Mercedes, en su silla de ruedas veló al muerto hasta que se lo llevaron al cementerio, esperando una señal que nunca llegó.

La bolita es un juego arraigado en Cuba, que no ha podido ser eliminado ni con el Código Penal, ni con  la cárcel. Ahora  se ha enredado más la pita con la apertura de dos nuevos tiros de la bola; uno por  la  tarde y otro no muy verificado por la mañana, que unido al histórico tiro de la noche,  convierten las  posibilidades de ganar en un rompecabezas. Ya no es atinar un número entre cien, siguiendo una fecha de nacimiento o el significado de un sueño; o  ganar una  de  las  cuatro mil combinaciones de candados, sino que el acierto pertenezca al  tiro específico.

Hoy por hoy, la posibilidad para que  banqueros y recogedores de listas se metan en el bolsillo más dinero se ha multiplicado por tres, y  la estafa por casualidad, como la desgracia sucedida a  Mario, está en el orden del día.

Los jugadores ahora deben estar avispados  junto al radio de onda corta a la hora de los tiros, o perseguir por el pueblo el  único ejemplar de  El Nuevo Herald que  circula clandestinamente, para comprobar  la veracidad de los números premiados.

Al velorio también  asistieron  personas que, en el momento de la tragedia,  tenían  relojes en reparación, pero del  taller de Mario ya no quedaba ni la lámpara.

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