27 de mayo de 2010


«¡Hundan al Bismarck!»

Fue el acorazado más grande, más poderoso, más veloz y más bello de su tiempo. Su reinado fue corto, pero dejó la más indeleble huella que nave alguna haya dejado en la Historia. Los hombres que lo tripularon lo adoraban. Los que lo hundieron lo temían.

Los acorazados Bismarck y Tirpitz fueron la piedra angular sobre la que Hitler pretendió construir su gigantesco Plan Z. Un plan que debía dar a Alemania la superioridad naval sobre Gran Bretaña en 1945. El Bismarck fue botado al agua el 14 de febrero de 1939 por la nieta del canciller Von Bismarck ante la complacida mirada de Adolf Hitler y el gobierno alemán en pleno. Una obra maestra de la ingeniería naval a la que no escatimaron elogios adversarios como sir John Tovey, el almirante que lo destruyó o sir Winston Churchill, el premier británico que, al enterarse del hundimiento del Hood y de la estrepitosa huida del averiado Prince of Gales, dio ante el Parlamento la famosa orden «¡Hundan al Bismarck!»

El Bismarck no tenía los mayores cañones, pero sí los más modernos, y era el acorazado mejor blindado. Todo lo cual le convertía en la nave de batalla más poderosa del mundo. El Bismarck devolvió a Alemania la superioridad cualitativa frente a las construcciones británicas tan ampliamente demostrada en la Primera Guerra Mundial.

El 9 de mayo de 1941, en la que ha pasado a la Historia como la batalla de Islandia, los cañones del Bismarck hundieron al Hood inglés y pusieron en fuga al Prince of Gales. Fue un triunfo total que causó estupor en la Gran Bretaña. Mientras, el Bismarck lograba escapar de las numerosas naves enemigas que le seguían. No por mucho tiempo, sin embargo. El 25 de mayo, descubierto su emplazamiento por los radares, fue acosado nuevamente. Dos torpedos lo alcanzaron y uno de ellos destruyó el mecanismo de los timones.

Aquella fue una noche de pesadilla para los marinos germanos. Los destructores británicos se lanzaron contra el acorazado alemán. No consiguieron dañarlo, pero toda la tripulación pasó la noche en vela combatiendo contra los esquivos destructores. A la mañana siguiente, los marinos del Bismarck estaban agotados y esperaban el fin ya sin esperanza ninguna.

Incapaz de controlar el rumbo y de descentrarse de las salvas enemigas, el Bismarck recibió un diluvio de acero y fuego que destrozó sus superestructuras e inutilizó sus cañones uno a uno. Sin embargo, sus máquinas continuaban intactas aunque inservibles sin dirección. La resistencia del Bismarck ante el infierno desatado fue formidable y despertó la admiración de los que lo cañonearon sin cesar.

Tras sufrir durante 2 horas aquel terrible castigo y sin capacidad alguna de respuesta ya, se ordenó abrir los grifos de fondo y explosionar las cargas de autodestrucción para hundir la nave e impedir su captura. El Bismarck ya no disparaba, y su cubierta se hallaba llena de heridos y muertos, pero eso no importó a los británicos que continuaron machacando la nave hasta el final. A pesar de todo, tuvieron que ser sus propios marinos los que lo hundieran.

Se ordenó el abandono de la nave. Más de 800 hombres consiguieron ganar la cubierta y saltar al frío mar mientras el Bismarck se hundía con muchos otros aún vivos, atrapados en sus entrañas de acero. Entonces, los náufragos pudieron ver algo que los estremeció. El capitán Lindemann corrió por el castillo, trepó por la cubierta venciendo la cada vez más acusada escora de la nave y, abrazándose al mástil del torrotito, se irguió saludando al puente mientras la nave se hundía con él. Cuando tenía 13 años le había comentado a su hermano que su mayor ilusión era hacerse marino y hundirse con su nave. Era el 27 de mayo de 1941.

En las frías aguas del Atlántico Norte quedaban más de 800 hombres flotando en las encrespadas aguas, empapados de petróleo, muchos de ellos heridos por la metralla o abrasados por el fuego. Tras una hora de incertidumbre, dos naves inglesas se acercaron para recogerlos.

Cuando tan sólo 85 náufragos habían conseguido subir a bordo de uno de los barcos y 25 al otro, de repente las naves pusieron sus máquinas en marcha y se alejaron del lugar dejando a más de 700 hombres sobre las aguas. Se alegó después que se les había avisado de la próxima presencia de un submarino alemán.

Los hombres quedaron sobre el mar solos. Uno tras otro fueron sucumbiendo al frío y murieron congelados. De una tripulación de más de 2.200 hombres sólo habían sobrevivido 115. De ellos, 110 prisioneros.


Hace pocos años una expedición dirigida por el doctor Ballard, el famoso descubridor del Titanic, consiguió encontrar al Bismarck a más de 3.000 metros de profundidad.

Sobre el Bismarck y su hundimiento se realizó en 1960 un filme inglés que llevó por título la propia exclamación de Churchill: «¡Hundan al Bismarck!»

Fuente: http://www.historialago.com
Foto: Google
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