22 de julio de 2010


El renacer de la Santa Rusia

Rafael M. Mañueco, corresponsal en Moscú
Julio, 2010
Efe

Junto a sus predecesores, Mijaíl Gorbachov y Borís Yeltsin, el ex presidente ruso y actual primer ministro, Vladímir Putin, son también artífices del renacer de la Iglesia Ortodoxa rusa, iniciado hace 20 años tras décadas de ostracismo y persecución comunista.

Los ortodoxos lograron con Putin que el Estado les dispensara un trato de favor, lo que ha provocado airadas protestas de los representantes de otras confesiones. Pero Putin no ha querido quedarse en lo ya conseguido. Desde que dejó el Kremlin para ocupar la Casa Blanca (sede del Gobierno ruso), el primer ministro ha intensificado aún más su acción patrocinadora de la fe.


Putin acude a misa con motivo de todas las grandes celebraciones religiosas. Se propone en breve reintegrar a los popes los últimos flecos que aún quedan del patrimonio eclesiástico expoliado por los bolcheviques tras la revolución de 1917.

Las devoluciones más inminentes serán las catedrales del Kremlin, supeditadas todavía a la Dirección de Museos de la Presidencia, y el cementerio moscovita de personajes ilustres de Novodévichi.

La unidad entre todas las Iglesias Ortodoxas rusas, entre el Patriarcado de Moscú y los obispados en el extranjero, también es en parte mérito del jefe del Gobierno ruso, quien cree que «la fe ortodoxa es el pilar espiritual del mundo ruso».

La escisión se produjo en 1927, cuando la Iglesia Ortodoxa en el Exterior rompió con el Patriarcado de Moscú por firmar una declaración de lealtad al régimen comunista. La firma del acta de reconciliación entre todos los ortodoxos tuvo lugar hace tres años en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú en presencia de Putin.

Signo de identidal nacional
Konstantín von Eggert, miembro del consejo de redacción de la revista «Pro et Contra», editada por el centro Carnegie de Moscú, estima que la razón principal que ha empujado al primer ministro ruso a promover la fe ortodoxa es que «constituye uno de los signos de identidad nacional más evidentes». «También el hecho de que los ortodoxos han sido siempre leales al Estado, incluso en la época soviética, y su proverbial conservadurismo, que marca una diferencia con el catolicismo y el protestantismo occidental».

Von Eggert admite que «hay sectores dentro de la Iglesia Ortodoxa que ven las ideas surgidas en Europa y Estados Unidos, incluidos los valores democráticos, como una amenaza para Rusia». «Creen necesario aislar el país a esa influencia y Putin comparte en cierta medida tal punto de vista». «Los ortodoxos no nos hemos acostumbrado todavía a funcionar en democracia», señala el experto ruso.

Y es que, según afirman algunos medios de comunicación, el consejero espiritual de Putin es el archimandrita Tijon Shevnukov, ultraconservador y abad del monasterio Srétenski, situado junto a la sede del antiguo KGB. Shevnukov, a quien se le ha visto varias veces acompañar al primer ministro en sus viajes, comparaba hace dos años en un documental a la Rusia de hoy con Bizancio y sostenía que, al igual que sucedió entonces, «Occidente profesa un odio visceral hacia Bizancio y sus herederos, que continúa todavía en la actualidad».

El jefe del Departamento de Relaciones Exteriores del Patriarcado, el metropolita (arzobispo) Hilarión de Volokolamsk, sostiene que «los cristianos ortodoxos somos solidarios con los católicos ante la actual ola de laicismo que azota Europa». El prelado pone como ejemplo la decisión del Tribunal de Estrasburgo de prohibir el crucifijo en las escuelas italianas y advierte que el viejo continente «está perdiendo peligrosamente su identidad cristiana».

Según su parecer, «debemos contrarrestar juntos esa tendencia autodestructiva». En efecto, católicos y ortodoxos comparten el mismo punto de vista sobre la eutanasia, el aborto, el matrimonio homosexual, el sacerdocio femenino y otras cuestiones. Lo que les separa es la disputa por los templos que los católicos ucranianos —los uniatos— recuperaron por la fuerza a los ortodoxos tras la desintegración de la URSS, y el envío de misioneros a zonas que el Patriarcado de Moscú considera de su influencia. Estas discrepancias son las que han impedido que ningún Papa haya podido hasta ahora viajar a Rusia.

Von Eggert explica que los ortodoxos están en ascenso mientras católicos y protestantes atraviesan un momento difícil. ¿La causa? «El intento de modernizarse a costa de perder signos de identidad esenciales y sin que encima ello haya dado ningún resultado positivo». «Los ortodoxos no irán por ese camino», asegura.

Al no existir en Rusia la partida de bautismo, los datos sobre el número de creyentes de cada confesión se elabora a partir de encuestas. Las más recientes realizadas por el Instituto de Sociología de la Academia de Ciencias eleva a 98,5 millones el número de ortodoxos, sobre una población total de 141,9 millones de habitantes, es decir el 69,4%. De ellos, unos 60 millones se consideran practicantes.

Hay además 20,8 millones de musulmanes (14,7%), menos de millón y medio de budistas (1%), 700.000 católicos (0,5%): El judaísmo cuenta con 420.000 fieles mientras el resto de las religiones tienen una representación ínfima. La mayor parte del 14,1% restante (unos 20 millones) son ateos o agnósticos.

En 1991, tras la caída del comunismo, el porcentaje de creyentes de todas las confesiones no superaba el 25% y en 1999 se elevó hasta el 40%. El verdadero restablecimiento de la fe, sobre todo de la ortodoxa, se produjo durante el mandato de Putin.

Foto: Google
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