14 de mayo de 2010

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Cuba, un limosnero belicoso y manipulador

Nicolás Pérez Díaz-Argüelles
El Nuevo Herald

En 1964, cuando el ministro del Azúcar Orlando Borrero, viejo amigo y confidente de Ernesto Guevara, se atrevió a sugerir delicadamente que quizás no fuera posible producir una zafra de 10 millones de toneladas de azúcar, fue acusado de cobardía y destituido de su cargo.

Por aquellos días se vivía en Cuba un ambiente de euforia y alucinación. A cualquier teléfono oficial que llamaras se escuchaba al final de la línea una voz de timbre chillón que te gritaba: ``Los diez millones van, ¿dígame?''. Una orquesta popular identificada con el castrismo fue bautizada con el nombre de Los Van Van. Se estableció de Oriente a Occidente una batalla más importante para la supervivencia de la revolución cubana que la del Uvero en 1957 o la de la toma del tren blindado en Santa Clara en 1958. Pero el esfuerzo fue inútil porque por supuesto, los Diez Millones no fueron.

Toda la fuerza económica de un país se colocó en función del capricho del líder de la revolución y no se logró el objetivo. Tanto nadar para morir a orillas de la playa. ¿Cómo solucionaron el entuerto? Más fácil que hacer plátanos a puñetazos, destituyendo al ministro del Azúcar Francisco Padrón por ``incumplimiento de planes''. Planes que proyectó, organizó y dirigió Fidel Castro, no Francisco Padrón.

Y es que en Cuba de 1959 a la fecha siempre los culpables de los fracasos es el totí o los hombres, jamás el sistema marxista leninista. Siempre pagan la culpa los errores humanos, que es lo efímero; jamás la ideología o la máxima instancia de poder, que es lo eterno. Y la insoportable acumulación de descalabros no hace reaccionar al castrismo. En el 2010, a 40 años luz de la zafra de los diez millones, se vuelve a repetir el drama caribeño al producirse la peor zafra de los últimos 105 años y de nuevo se destituye al ministro del Azúcar, Luis Manuel Avila, acusado esta vez, por la trituradora oficial, con una gran falta de imaginación, de ``errores y deficiencias''.

Patético. El sello nacional de los países lo marcan determinadas características autóctonas. El de Suiza es su habilidad para el secreto bancario y la relojería. El de China, su inmenso capital humano y la paciencia de sus habitantes. El de Arabia Saudita y Dubai, la cantidad de reservas de petróleo que guardan en sus subsuelos. Cuba se destaca por su capacidad para manipular a sus amigos, tratar de que les compren lástima y vivir de ellos como un parásito.

En 1959, con un marketing impresionante, la revolución parecía a distancia algo hermoso. Y entonces La Habana reinventó el mito de David frente a Goliat. Según sus dirigentes, la revolución era tratada injustamente por las grandes potencias capitalistas. Abusaban de ella. Tergiversaban sus intenciones. Ponían palabras en su boca que ella jamás había pronunciado. La acusaban de invadir territorios que ni casualmente había pisado un guerrillero castrista. Y más que el arte político o ideológico o propagandístico, el principal que desarrolló Fidel Castro fue hacer con efectividad el papel de víctima. Y entonces el mito, en vez de exportar ideas o azúcar, comenzó a exportar lástima. Y a defenderse acusando, mientras sembraba la discordia en el mundo con pronunciamientos aparentemente inocentes.

Y un día por tanta desidia Cuba se convirtió en Estado Pordiosero, extendiendo una mano en actitud suplicante a todo aquél que quisiera darle una limosna por el amor de Dios, pero envuelta, eso sí, en un aura de dignidad nacional y principios revolucionarios.


Hay que aceptarlo, no se puede negar, era admirable la gracia con que Fidel Castro pedía óbolos a sus simpatizantes sin perder su arrogancia. Primero a la Unión Soviética, a la cual le sirvió como Frankenstein en Africa, América Latina y otros lugares del mundo durante la Guerra Fría. Cuando esa puerta se cerró, Castro dirigió sus ávidos ojos hacia el petróleo venezolano de Hugo Chávez y le negoció pelo a pelo su liderazgo latinoamericano, y a cambio, aceptó convertirse en una querida sin escrúpulos, mantenida por un ricachón grosero y con alma de patán.

Esa desvergüenza le importa al castrismo tres pitos. En Cuba no hay producción económica, el país no genera una gota de riqueza. Es un Estado Arete. Lo sostiene Hugo el golpista, y si el pueblo cubano vive en la miseria, eso carece de importancia porque a las diez de últimas los Castro y sus familias mantienen el tren de vida de un marajá de la India.

Y aquí estamos, y como no hay nada más peligroso que un limosnero frustrado y belicoso, sus fracasos los vuelca en contra de todo aquél que se opone al menor de sus designios. Y persigue a la disidencia, y deja morir a opositores en huelgas de hambre como si fuesen perros, y acorrala brutalmente a un grupo de indefensas mujeres vestidas de blanco, que todos los domingos, con gladiolos en la mano, marchan pacíficamente pidiendo la libertad de sus esposos y padres, presos de conciencia, que jamás han ejercido una gota de violencia contra el régimen que los oprime. Y es que hoy Raúl Castro se ha quitado la última hoja de parra, y tiene la vista fija no en resolver problemas económicos y sociales, ni en mejorar los índices de producción de Cuba, sino en morir en el poder, per secula seculorum, con sus despreciables botas militares puestas.
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