SEMBLANZA
DE FIDEL CASTRO
(9ª Entrega y final)
Por José Ignacio Rasco
A MODO DE CONCLUSIÓN
El hecho de que Castro sea un bribón
sagaz, con todas las buenas y malas capacidades que posee, es un índice de que
hizo lo que quería, es decir establecer un país comunista. Lo que hizo en Cuba
fue, pues, lo que más ambicionó. Pudiera haber sido un gran reformador
constructivo si hubiera querido.
Si en esto de la comunización los siguieron tantos -unos por tontos, otros por
vivos- es porque sucumbieron ante el hechizante brujo de tribu que fue este
gran actor y autor de teatro que se propuso llevar a Cuba hacia el escenario
comunista internacional.
Los viejos socialistas, marxistas, o
comunistas cubanos, como quiera llamárseles, jugaron con Castro y Castro con
ellos. En definitiva eran dos mitades de la misma cosa. Ambos hicieron bien su
papel en busca de un poder absoluto, totalitario.
Castro más hábil y carismático, se
impuso con recursos nacionales e internacionales. Se aprovechó de la guerra
fría para dar rienda suelta a su ancestral odio al «imperialismo yanqui», no
obstante la ayuda que los vecinos del Norte le prestaron cuando decidieron
alejarse del corrupto régimen de Fulgencio Batista.
Y los tontos útiles, o
inútiles, se plegaron a la manipulación castrista que tan pronto se presentaba
como humanista, tercermundista, antiimperialista o en otros términos. El hijo
de Birán manipulaba esos conceptos políticos y los enrojecía a su capricho.
Esto es esencial para entender el complejo y difícil crucigrama cubano.
Muchos biógrafos y autores al escribir
sobre Castro tratan de esconder todavía su manipulación traidora y su credo
marxista, encandilados por la indiscutible personalidad de quien rompió con los
signos que marcaban la geopolítica y la historia de Cuba. No parece que la
historia lo absolverá como adujo en su discurso famoso en el juicio por el
ataque al Moncada.
Acaso ningún hombre en toda la historia cubana pudo haber
hecho tanto por su país, ya que contaba con un pueblo totalmente fascinado con
su personalidad y estaba consciente de las reformas democráticas que se
anhelaban. Lejos de eso Castro torció el rumbo hacia la izquierda socialistoide de un modo alocado y
deletéreo fusionando la revolución con su propio absurdo modo de ser.
LOS RASGOS CARACTERÍSTICOS DEL
PERSONAJE
¿Cuál es la personalidad psicológica
de nuestro personaje? ¿Cuál es su patrón de conducta más permanente?
Para describir el carácter y el
temperamento de esta figura singular acudiremos al testimonio de algunos buenos
conocedores del personaje y de la psicología humana.
Al principio de la Revolución, en el
año 1960, el Dr. Rubén Darío Rumbaut -brillante médico psiquiatra- trazó la silueta
sociopática de Castro con «muchos
fuertes rasgos paranoides» lo que lo lleva siempre a necesitar enemigos, «que
cuando no los tiene los crea».
«Parece cumplir -dice Rumbaut- lo que
en psicología se llama «profecía autorrealizada»: anuncia sin más pruebas que
determinado sector es su enemigo e inmediatamente empieza a funcionar sobre esa
suposición, atacando y ofendiendo a su pretenso rival… anuncia triunfalmente al
mundo que su «profecía» había estado correcta, que aquel había sido siempre su
enemigo, sin percatarse de que él mismo es quien se ha convertido en tal».
«El lenguaje de Castro -añade- gira
alrededor de esos conceptos y de esa actitud ante la sociedad. Sus palabras
favoritas son: enemigo, conjura,
campaña, ataque, agresión, lucha, muerte, maniobra traición.»
Y para corroborar su aserto, Rumbaut
brinda una lista de nombres de los agredidos (ya en 1960): el Directorio
Revolucionario, su invitado de honor José Figueres, el Presidente Urrutia, el
Embajador de España Lojendio, la Iglesia Católica, la Masonería, los
norteamericanos…..
Otro estudio acucioso sobre la
psicopatología de Castro se lo debemos al eminente psiquiatra, Dr. Humberto
Nágera, quien en su «Anatomía de un tirano» acusa también a Castro de «desorden
paranoico» y lo retrata de este modo:
«Altamente dotado, en verdad
extraordinariamente dotado, personalidad de gran desorden narcisista y
megalomaniático con rasgos psicopáticos. Debe enfatizarse que su narcisimo y
megalomanía son de proporciones gigantescas… un ser humano extraordinariamente
inteligente, con una notable habilidad política así como para manipular grandes
masas de gente. Lo que recuerda a Hitler y Mussolini».
Y continúa el Dr. Nágera:
«… Posee serios desajustes en la
formación de su super ego lo que
implica que es altamente corruptible, es decir, sus creencias éticas no son
estables y frecuentemente cambian para acomodarse a sus deseos… lo que lo
convierte en un individuo extraordinariamente peligroso».5
Y el ilustre psiquiatra comprueba su
diagnóstico con la osadía de Castro al llevar al mundo a una confrontación
nuclear cuando la crisis de los cohetes. Y recuerda cómo ha podido agraviar y
supervivir a nueve presidentes norteamericanos: Eisenhower, Kennedy, Johnson,
Nixon, Ford, Carter, Reagan. Busch, Clinton.
Nágera, Rumbaut y otros autores, han
destacado las actitudes violentas de Castro hacia su padre y la doble reacción
que proyecta ante la fuerza paterna y la humildad materna que provoca
anárquicamente irregulares patrones de conducta en un hogar de difíciles
relaciones. Su fría indiferencia ante la muerte de su padre Don Ángel Castro y
aun de su propia madre doña Lina Ruz. Su modo extraño de tratar a todas las
mujeres y su hipocresía para con sus propios compañeros de lucha.
El narcisismo de Fidel lo lleva a no
interesarse por nada ajeno. Sólo le importa y ama lo que concierne a su
persona. Esto explica el porqué casi todo el grupo original revolucionario de
los primeros tiempos desapareció misteriosamente (tal es el caso de Camilo) o
fue preso, fusilado, o escapó al exilio. «Alejandro» fue el seudónimo con que
el mismo se bautizara en su época clandestina, seudónimo que anuncia sus afanes
de guerrero y conquistador y posee un alto nivel de autoestima.
Por otra parte la megalomanía de
Castro lo hizo pensar que la Isla de Cuba le quedaba pequeña para sus
ambiciones políticas mundiales. De ahí su conocido afán de exportar la
revolución a cualquier esquina del planeta y para ello formar un ejército
descomunal para el tamaño del país y su población entonces (1959) de poco más
de seis millones. Con lo cual, superó con creces el militarismo batistiano,
asunto puntual de la oposición.
Según el psiquiatra Nágera el caudillo
criollo sintió una gran identificación con Primo de Rivera, Franco, Hitler y
Mussolini, pero también, paradójicamente, con José Martí y Antonio Guiteras, a
los cuales ha tratado de imitar parcial y maliciosamente.
En la obra del Dr. Julio Garcerán de
Vall, titulado «Perfil Psiquiátrico de Fidel Castro Ruz» su autor reitera los
rasgos patológicos en la psicología del líder cubano, acentuando la nota
paranoica que se revela en toda su actuación. En un serio recorrido por sus
aristas personales, Garcerán señala explícitamente los rasgos más notables del
carácter y del temperamento castrista: desconfianza, megalomanía, egoísmo, poca
afectividad, antisocial, desajuste social, intelectualidad, egocentrismo,
emotividad, ingratitud, hostilidad, irritabilidad teatral, posición defensiva
ante el mundo, complejo de superioridad, subestimación y negación de otros,
inseguridad, intimidación, astucia, suspicacia, orgullo, proyección de su
conducta en otros, racionalización, agresividad, causticidad, mitomanía.6
Aunque larga la lista del Dr. Garcerán
tampoco es exhaustiva. Y lo interesante es que el propio autor enriquece su
enumeración con hechos reales y anécdotas bien conocidas que avalan su juicio,
imposibles de relatar dada la brevedad de este trabajo.
El Dr. José Ignacio Lasaga, afamado
psicólogo, me señaló en cierta ocasión, que además de la tendencia paranoide,
tan visible en el perfil castrista, existían también rasgos esquizoides que lo
alejaban de las realidades más visibles y que los agrandaba con su tropical
imaginación.
Recuérdese el caso, bastante reciente, en que propuso a un grupo
de sus expertos ganaderos la necesidad de «inventar» una vaca doméstica,
concebida en un laboratorio genético, que resolviera, a nivel familiar, las
aspiraciones nutricias de la leche, el queso y la carne, ante la escasez que se
produjo en el país como consecuencia de su absurdo sistema económico.
Alguien de su equipo, con espíritu de sorna,
comentó, clandestinamente, al final de la insólita disertación del Comandante:
«Esto es increíble, Fidel no se ha dado cuenta que ya eso está inventado y es
la chiva…»
En los días iniciales de la
revolución, la megalomanía y el narcisismo se alentaban por el propio
Comandante en Jefe, al que todo el mundo, tirios y troyanos, le reconocían un
gran carisma, pero también lo consideraban un tanto chiflado. La sabiduría
popular sintetizaba de este modo su confusa personalidad: «es un loco que en
sus momentos lúcidos es comunista».
Sin embargo, todos los especialistas
coinciden que no es realmente lo que se dice un orate. De haber sido un
verdadero esquizofrénico- paranoide habría que exonerarlo de toda
responsabilidad ética en sus desafueros.
Sus rasgos neuróticos y psicopáticos
no constituyen un índice de verdadera demencia, sino una deformación de su
personalidad que contribuye a la hipérbole patológica de su pensar, decir y
actuar en un odioso juego de espejos, cóncavos y convexos, que desfiguran toda
realidad.
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