19 de junio de 2010


Un periodista a los altares

Antonio Montero Moreno

No están hoy muy de moda, que digamos, los viejos valores del idealismo, el heroísmo, el sacrificio por las grandes causas y, menos aún, el fracaso y la muerte con la frente en alto.


Invito, no obstante, a quienes quieran acompañarme, a conocer de cerca la fascinante figura de Manuel Lozano Garrido, Lolo por más señas, quien ha sido beatificado este sábado por el Cardenal Amato, Delegado pontificio, en Linares, su pueblo natal. Lo haré de la mano amiga de sus acreditados biógrafos, Andrés Molina Prieto y Juan Rubio Fernández, sin pagarles derechos de autor.

Acudo al Evangelio para dividir la historia de Lolo, como la de Jesús, en Vida oculta y Vida pública. La oculta abarcará su infancia, adolescencia y primera juventud, mientras que, paradójicamente, en la pública —la mitad de sus días—vivirá enclaustrado entre cuatro paredes, de la cama al carrito, con billete de vuelta. Digo paradójicamente porque en esas condiciones desplegaría Lolo su intensa producción literaria, con nueve libros, unos quinientos artículos y cartas muy numerosas, de alguna de las cuales fui destinatario.

Vivió nuestro héroe cincuenta y un años en la franja central del siglo XX (1920-1971), quinto de siete hermanos, en una familia acomodada, unida y creyente. Cursó Primaria con los Padres escolapios y recibió una educación esmerada, entre los ejemplos de casa y las enseñanzas del colegio. Se le recordaría siempre como un chico dócil, alegre, avispado y creativo, con atisbos de líder. Tal era el rostro feliz de la familia; pero con el reverso triste de cuatro muertes muy cercanas.

Durante sus estudios de bachillerato en el Instituto público de Linares, en los primeros años 30, viviendo aún su abuelo y su madre, Lolo se abrió a una cordial relación de amistad con sus compañeros y profesores. De él recuerda su amigo de infancia, Juan Sánchez Caballero, que «era fuerte, ancho y poco pensador, hasta que le llegó la enfermedad… Un estudiante normal, aficionado a la lectura, que seguía con interés los programas de radio y en el fútbol era el mejor extremo izquierdo de su clase».

Vivió durante esos años Lozano Garrido una experiencia interior, tan alegre como profunda, por su entrada en el grupo juvenil de la Acción Católica, fundado allí por un cura insigne, don Emilio Bellón. Este y otros encontraron en aquel muchacho un campo bien abonado, por su buen natural, educación esmerada, fibra religiosa y grandeza de alma; candidato ideal para el seguimiento de Cristo y la llamada a la santidad. Los y las jóvenes de la Acción Católica española vivían por entonces su momento cenital, paralelo, ¡quién lo dijera!, a la Segunda República y a su visceral obsesión contra la Iglesia. Todos vibraban con la hermosa estrofa de su himno: «Llevar almas de joven a Cristo, / inyectar en los pechos la fe, / ser apóstol o mártir acaso / mis banderas me enseñan a ser.»

A sus 16 años estalla la Guerra Civil y, desde julio del 36 a febrero del 38, Lolo permanece con cuatro hermanos en su casa familiar —zona republicana—, adonde acuden secretamente sus amigos a llorar y rezar por los fusilados y a recibir la Eucaristía, que Lolo llevará después a los enfermos de fuera. De enero a abril del 38 es apresado con los mayores y permanecerá en la cárcel ese trimestre, de apoyo y alegría a los reclusos, que no lo olvidarían nunca. Cumple 18 años y es destinado al frente de Motril en la Alpujarra granadina. Duras carencias de los soldados, buen compañerismo, rezo y oración silenciosa en aquellas gélidas serranías; y destino final en el Servicio de Transmisiones, en una cueva húmeda, donde sintió los primeros dolores de rodilla, presagio de tantos sufrimientos.

Fin de la guerra, vuelta a Linares, dispersión de los hermanos, termina el bachillerato; y, ante todo, asume con energía la renovación del Centro de Acción Católica. Publica en 1940 su primer artículo en la revista Cruzada y empieza a sentir el gusanillo de escribir. En enero de 1942, de nuevo a la mili, ahora en un Cuartel de Intendencia de Madrid, donde enseguida se dan la mano la milicia y la enfermedad. El cuerpo se agarrota y los dolores arrecian. Trasladado al hospital de Carabanchel, consuela a los enfermos más graves que él. Mientras, sus seis meses de exploración y tratamientos tropiezan con los dolores rebeldes; hasta que el 20 de mayo de 1943 es declarado oficialmente inútil. Final de la vida oculta.

(Continuará en la próxima edición)

Antonio Montero Moreno

ABC, Sevilla
Foto: Google
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