2 de julio de 2012

CRUZANDO MÉXICO EN LA BESTIA



Cruzando México en la Bestia


Angel Sastre
 larazon.es

 

Nadie parece escuchar los altavoces de la furgoneta que cruza las vías pidiendo el voto para un diputado priísta. El millar de inmigrantes hacinados en la estación de Arriaga, en Chiapas, se muestra más preocupados por saber cuándo partirá la Bestia, si el camino no estará cortado tras el paso del huracán Carlotta y sobre todo, si llegarán enteros al final del recorrido. A lomos de este monstruo de hierro, también conocido como el tren de la muerte o el tren del infierno, viajan miles de centroamericanos cada dos días, con el sueño de alcanzar la frontera con EE UU.

El devoramigrantes  cruza México de sur a norte. En el camino  muchos son robados, violados, secuestrados o asesinados. Y son muchos también los que creen que maquinistas y encargados de los cambios de vías están compinchados con las Maras y los narcos que los asaltan. Que ellos son los que bajan la velocidad del tren en determinados tramos o avisan de los horarios de salida de los convoyes de carga.
Cae la noche y Giovanni, un hondureño pelado de sonrisa picarona, nos invita a subir a su lado. «Dale, no tengas miedo esto es como viajar en primera», asegura. Cuando nos encaramamos al vagón de la cementera Cemex, observamos que tiene un techado plano, con barrotes en los laterales. «Llevo desde las dos del mediodía, cuando llegó el tren. Me monté y no he vuelto a bajarme. Incluso hago mis necesidades desde el techo. Aunque todavía no sé cuando echará a andar, no quiero perder el lugar», asegura, mientras acomoda los cartones para echar una cabezadita. «Hay que agarrarse a cualquier manivela, tuerca o saliente que encuentres. El tren aúlla y coge velocidad. Saltar o caerte es morir. Muchos migrantes han fallecido al quedarse dormidos. Otros pierden sus extremidades atrapados en las ruedas. No conviene montarse ebrio. Cuando estás parado no hay tanto riesgo». Antes de dormir nos cuenta su odisea. «Éramos tres cruzando el Arrozal, pero llegó un grupo de encapuchados con armas y nos quitaron todo. Por suerte a mi amigo le enviaron 700 pesos –40 euros– y aquí estamos», agrega.

Expuestos a las Maras

El Arrozal es una de las zonas más peligrosas de la frontera con México. Los centroamericanos pueden tardar hasta un mes en tramitar la visa en la aduana, así que muchos optan por aventurarse a cruzar el puesto fronterizo bordeándolo, atravesando el monte. Los inmigrantes quedan expuestos a las Maras –pandillas– y a los Zetas, que les esperan al otro lado dispuestos a robarlos, asesinarles o violarles. Cómo Giovanni, muchos prefieren viajar en la Bestia porque no hay controles. «Hicimos el mismo trayecto desde Arriaga en micro y la federal nos paraba, pero en el tren hacen la vista gorda y no nos deportan». A su lado, Nora Cerros, de Honduras, arropa a sus dos hijas Estefanía y Esmeralda, de seis y siete años. «Venía con mi marido desde Guatemala, pero cuando llegamos al albergue de la Misericordia el muy cobarde nos abandonó. Tenía miedo a subir al tren, salió, fue a la Comisaría y se entregó para ser deportado. Yo, pese a mis dos hijas y estar embarazada de gemelos, decidí seguir hasta DF», aclara angustiada.

A su lado sus hijas sonríen alegres. Son la atracción del vagón, mimadas por el resto de tripulantes. La más pequeña parece vivir todo esto como una pequeña aventura. «Cuando cruzamos El Arrozal mamá nos decía ‘‘al suelo’’, y nos tirábamos entre las matas», cuenta Estefanía.

Comienza un nuevo día y los inmigrantes continúan esperando. Otros muchos han llegado a la vía. A las 12, el sol se vuelve implacable. Como no queremos abandonar nuestra posición, la única opción es hidratarnos desde las alturas. No es complicado porque los «agüeros», vendedores de agua, te lanzan botellas por 10 pesos, medio euro. Si quieres un raspado, un trozo de hielo edulcorado, tienes que bajar. Por suerte la comida no es un problema. Doña Carmen prepara tranquila, en su esquina del vagón, tortillas rellenas de queso de Oaxaca acompañadas con un trozo de aguacate. La señora, de unos 70 años, convida a sus compañeros alegremente.
Tras 15 horas de espera, suenan dos silbidos largos y agónicos. Son las dos de la tarde cuando el tren de carga inicia su camino hacia Ixetepec. Se escuchan gritos de euforia aunque también hay rostros tristes; es lo que los psicólogos llaman el «Síndrome de Ulises», el estrés crónico y múltiple que sufren muchos emigrantes. Entramos en territorio de los Zetas, probablemente el cártel más sanguinario de los narcos de este país. Los que se dedican a subir a internet vídeos decapitando a sus víctimas, autores entre otras, de la masacre de San Fernando, donde asesinaron a 72 migrantes ilegales después de secuestrarlos.

En nuestro vagón resuenan los gritos de Felipe. Con una camiseta atada en la cabeza a modo de turbante, dirige a un grupo de cuatro salvadoreños. Cuando se sienta a nuestro lado parece no tener miedo, pero a medida que el tren avanza, va mostrando sus temores. «Si el grupo es pequeño, no de narcos sino de cholos, el vagón debe unirse y dejarles ver que no les vamos a dejar subir», afirma levantando una estaca. Confiesa: «Soy  un coyote –una especie de guía que lleva inmigrantes hacia EE UU–, yo les acerco hasta el DF por mil dólares. Allí en Hidalgo, contratan a otro que les cruza a Houston. Otros 3.000 dólares. Hay que atravesar el desierto y pasar el puente tras pagar 400 dólares a los Zetas».

En busca de cobijo

Tras casi un día de viaje, llegamos a Ixtepec. El tren no proseguirá su camino al menos en 30 días debido al derrumbe de un puente en Medias Aguas, tras el reciente paso del huracán Carlotta. Hora de buscar cobijo. Los peregrinos caminan en masa hacia el albergue «Hermanos del Camino», un oasis donde los inmigrantes reciben asistencia sanitaria y descansan. El centro está a cargo del  sacerdote Alejandro Solalinde, uno de los mayores activistas y defensores de los Derechos Humanos en México.

Pero el padre no se encuentra en Oaxaca. Solalinde ha tenido que abandonar el país y refugiarse en un lugar secreto ante las constantes amenazas que recibió en meses anteriores por parte de narcotraficantes. Al frente continúa su discípulo, Alberto Donis Rodríguez. Este guatemalteco, también conocido como «Beto», llegó hace cuatro años al albergue tras ser robado por los federales. Allí recibió ayuda y quedó cautivado por el valor del sacerdote. Ahora se ha convertido en su brazo derecho. «Ya no tengo miedo. Si uno tiene miedo no puede contagiar de valor al resto de personas que llegan tras sufrir abusos, personas a las que pedimos que denuncien», exclama. Se calcula que unos 10.000 indocumentados centroamericanos que tratan de llegar a Estados Unidos son  secuestrados cada año. Muchos de ellos son capturados en grupos, bajados de los vagones de tren y confinados en casas de seguridad o en naves industriales. El rescate que se les exige fluctúa entre los 500 y los 3.000 dólares. La Comisión Nacional de Derechos Humanos calcula que la industria del secuestro obtuvo en ese corto espacio de tiempo más de 25 millones de dólares. Otros 1.300 son asesinados o mutilados en el intento por alcanzar la frontera.
En su ordenador, «Beto» nos muestra a policías federales a los que grabó en vídeo. Policías que detenían el tren para robar a los viajeros y «tocar» a las mujeres. «En otras ocasiones son los propios rancheros los que con sus machetes salen a robar y asesinar. Se han dado casos en los que los inmigrantes son asaltados por partida doble: primero la Policía y después los lugareños. Otras veces los tiran muertos a una laguna llena de lagartos». Beto detiene su relato para mirar por la ventana. Afuera, procedente también de Guatemala, Guadalupe, de 28 años, está sentada con la mirada perdida. Parece no importarle que la tormenta estallara hace casi dos horas.

Impunidad

  Guadalupe fue violada por policías federales cuando intentaba cruzar la frontera también por el Arrozal. «Íbamos en una ‘‘combi’’, primero los guías nos pidieron 1.500 pesos –86 euros– por pasar dos puestos fronterizos. Luego nos hicieron bajar y subir a otra ‘‘combi’’. El nuevo conductor nos pedía más dinero, conducía como un loco. Dos federales abandonaron su patrulla y se subieron a la furgoneta. Empezaron a golpear al conductor y a mi pareja, mientras nos pedían más plata. Uno de ellos me violó mientras su ayudante me agarraba. A mi marido le decían que no mirase atrás. El otro no me violó porque no podían dejar tanto tiempo sola la patrulla. Nos dijeron que nos bajáramos deprisa, ni pude agarrar mis zapatos. Anduve dos días descalza, hasta que llegue en muy mal estado al albergue. No era capaz de comer cuando recordaba. Al final, el padre me convenció para que los denunciase».

Desgraciadamente la historia de Guadalupe se repite todos los días. Impunidad, desprecio y un Gobierno que prefiere mirar hacia otro lado y dejar que los narcos y los policías corruptos se lucren a costa de los centroamericanos. Mientras, los motores de la Bestia volverán a rugir, en su techo miles de personas volverán a soñar con una vida mejor. Sólo algunos lo lograrán, otros quedarán en el camino.


«Te voy a arrancar la cabeza»

Tuve dudas sobre si abordar el tren o no. Tras diez horas esperando en el techo de la Bestia, ya tenía mi crónica, pero los centroamericanos me ofrecieron su protección. La Bestia comenzó su camino y mientras disparaba con mi cámara, un pandillero con el rostro tapado y con el torso descubierto me sacó fotos con el móvil. Aseguraba ser de la Mara 18, una pandilla del Salvador. «Te voy a arrancar la cabeza con una honda», me decía. Mis compañeros de viaje me tranquilizaban pero el joven seguía: «Envié tu foto, te están esperando en la siguiente parada». Me bajé con el tren en marcha, no debía de ir a más de 20 kilómetros por hora. En autobús fui a Ixtepec. Allí en el albergue, me reencontré con mis compañeros de aventuras. Nunca volví a ver al hombre de rostro cubierto.

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