5 de abril de 2012

LA PASIÓN



La Pasión


REFLEXIONES 
SOBRE “LA PASION DE CRISTO” DE MEL GIBSON
                                                                     
Por Carlos Cabezas

Cuando vi el film de Mel Gibson sobre “La Pasión de Cristo”, descubrí que había descorrido la cortina del tiempo y el espacio para penetrar de lleno en el mundo de mi infancia. Ante mí, inmóvil y enigmático, estaba el Vía Crucis de mi parroquia habanera de Ntra. Sra. del Pilar.

Las caídas de Jesús camino al Calvario, su anterior flagelación y coronación de espinas, junto al dolor y sufrimiento que materializa el protagonista de la película hasta el último momento de la crucifixión en el Gólgota; no eran nuevos. Ya los había visto.

Con el paso de los años comencé a experimentar un proceso iconoclasta, donde mi fe no necesitaba del estímulo sensitivo que lograban los valores estéticos de las estaciones del Vía Crucis. Podía cerrar los ojos en el momento de oración haciendo una composición de lugar, por la que me incorporaba a la escena. Así, en la meditación, yo era Jesús, también Juan o María, el centurión o Pilatos, y hasta Anás o Caifás.

Uno por uno, todos los personajes de la historia evangélica, adquirían vida en mi interior. ¿Qué buscaba con ello? Dar respuesta a lo ocurrido y saber, ¿cómo habría reaccionado en tal situación?

En el cine, junto a Grethel mi hija, casi siempre fui Jesús. No dejaron de dolerme los azotes, muchos y repetitivos, quizás exagerados pero reales en más o menor escala, era una brutal flagelación. Sentado en el teatro, tuve tiempo de trasladarme por el lateral de mi vieja parroquia hasta la imagen del Cristo de la Humildad y Paciencia, coronado de espinas y cubierto por un manto rojo. Observé sus ojos y palpé sus manos atadas que agarraban una palmera. Alcé la vista y lo que la pantalla cinematográfica mostraba era la misma imagen que no movía a la humildad y paciencia, sino a la ira que tuve que contener.

Gibson exageró o vio la sangre y las heridas que muchos mirando nunca vimos. El film rompe con el romanticismo de la pasión y muerte del Señor que hablaba al espíritu pero no a los sentidos, mostrando que la sangre fue tan real como el dolor y el sufrimiento de Dios hecho hombre con el cuerpo deshecho, desgarrado una y otra vez. ¿Acaso no era éste el bíblico “varón de dolores” que no parecía un ser humano?

Acostumbrado a la cruz que llevo en mi pecho, casi olvido que la de Cristo no resplandecía por el oro, estaba bañada en sangre. Sangre y piel en conjugación violenta presenta la cinta. Un Jesús que cae más veces que en los Sinópticos y en Juan, pero que apartando el dramatismo teatral, cayó más de una vez. Su rostro chocó con el suelo, la cruz se le vino encima. Demasiados efectos para trasmitir el mensaje, quizás Gibson quiere convencer por cansancio, pensaría que somos incrédulos.

Girando a la derecha me acercaba al gran crucifijo pegado a la pared. Allí oraba brevemente antes de arrodillarme frente al sagrario de mi parroquia. Mi paso por la cruz era ligero, aprendí en los años post conciliares, que después del viernes hubo un domingo. Sabía que María Magdalena -al amanecer del domingo-, buscó en la tumba al que estaba vivo. El film no ahonda en la resurrección, la presenta tan fugaz como mis pasos por la cruz. Pero las secuencias de flash back tratan de complementar parte de la historia. Así vislumbramos que antes del calvario hubo un sacrificio incruento, el de la última cena.
  
“Elí, Elí, ¿lema sabactani?” (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”), gritó el protagonista. Ya deshecho y agonizante Cristo no podría articular palabras porque estaba muriéndose de asfixia. Gibson no entra en ningún estudio exegético y copia literalmente el Evangelio. El primer verso del Salmo 22 puesto en boca de Jesús moribundo, era un mensaje para el mundo judío: el que moría era el justo que sintió el abandono de Dios.

Escuché en el catecismo que los judíos mataron a Cristo. Cuando fui catequista enseñé lo que aprendí, pronto fui corregido por mi párroco: “...cada vez que negamos a Dios, somos uno más de esa muchedumbre que pidió que soltaran a Barrabás”. En el film el personaje de Barrabás es más que repugnante. También fueron repugnantes Anás y Caifás que dominaron a un grupo del Sanedrín e instigaron para condenar a Jesús. Los que gritaron fueron cobardes, pero Poncio Pilatos fue el más cobarde de todos.

Para Anás y Caifás, presentados con mucha riqueza, Jesús era un peligro: iba contra la Ley y no podía ser el Mesías de ninguna manera. Gibson no indaga en el peligro económico que Cristo representaba para estos que vivían del Templo y tenían montado un negocio jugoso.

Pilatos aparece convencido de que Jesús es inocente. Entabla un diálogo con él y le pregunta si es rey. Decidido a soltarlo se acobardó cuando el Sumo Sacerdote dijo: “...se proclamó rey y no tenemos más rey que el César”. Fue lo suficiente para que se lavara las manos, pero no pudo lavar su conciencia. Lo condenó a muerte y una muerte de cruz, castigo para los ladrones y lo peor de la sociedad, con ello pretendieron humillarlo y desvirtuar el verdadero móvil religioso del hecho, dándole una connotación política: se proclamó rey.

La gran carencia del film es no presentar que todo esto ocurrió porque Jesús se convirtió en el enemigo número uno del pueblo. Tanto los fariseos, saduceos y zelotes (los tres grupos más importantes de la Palestina de aquella época), quedaron insatisfechos con el Mesías, porque éste no satisfizo ninguna de sus demandas.

El mensaje de Jesús de Nazaret fue radical, con él todos quedaron inquietos en sus corazones, porque Cristo era un signo de contradicción por fidelidad a la Buena Nueva que predicó. Para seguirlo había que convertirse, lograr la metanoia, no solamente cambiando de actitud sino también de mentalidad, y eso no es fácil, cuesta mucho. Ahí radica el rechazo colectivo del cual fue objeto. Quienes lo mataron tuvieron nombres propios no genéricos. Tan judío eran los sacerdotes y el pueblo como Jesús, María y los apóstoles. Tan romano fue Pilatos como el centurión que dijo: “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.

Si dejamos a un lado efectos sensacionalistas como el cuervo que le arranca un ojo al “mal ladrón”; la corte de Herodes formada por homosexuales escandalosos y corruptos, lo cual deja un sabor de homofobia; y el abuso en la personificación del diablo, por medio de una mujer que parece y no parece de un género específico; podríamos decir, que si hay efectos y trucos de poca calidad, sin embargo otros convencen, como el de Jesús aplastando la cabeza de la serpiente.

Antes de que quitaran el altar de la Dolorosa en mi parroquia del Pilar, veía su rostro triste, tan triste que sus bellos ojos reflejaban un dolor punzante como el de su corazón traspasado. Cuando la volví a ver en la pantalla la reconocí, pero ya no era la imagen de mis recuerdos. Era una actriz que penetró en su papel con discreción arrolladora. Ella, junto a María Magdalena y Juan (el discípulo amado), estuvieron a los pies de la cruz , siendo testigos presenciales. Muchos otros brillaron por su ausencia, entre ellos Pedro, quien negó tres veces a su maestro antes de que el gallo cantara.

Ante la excesiva violencia del film, busqué en Isaías 53 la respuesta y hallé los sufrimientos del siervo de Dios:

“...No tenía belleza ni esplendor,
su aspecto no tenía nada atrayente;
los hombres lo despreciaban y lo rechazaban.
Era un hombre lleno de dolor,
acostumbrado al sufrimiento.
Como a alguien que no merece ser visto,
lo despreciamos, no lo tuvimos en cuenta.
Y sin embargo él estaba cargando con nuestros sufrimientos,
estaba soportando nuestros propios dolores.
Nosotros pensamos que Dios lo había herido,
que lo había castigado y humillado.
Pero fue traspasado a causa de nuestra rebeldía,
fue atormentado a causa de nuestras propias maldades;
el castigo que sufrió nos trajo la paz,
por sus heridas alcanzamos la salud...
...Fue maltratado, pero se sometió humildemente,
y ni siquiera abrió la boca;
lo llevaron como cordero al matadero,
y él se quedó callado, sin abrir la boca...”

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