12 de mayo de 2011

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Una reina española
para la “Pérfida Albión”


Por Antonio Hualde
El Imparcial, Madrid

Londres se engalanó estos días con motivo de la boda del príncipe Guillermo y Kate Middleton. Como maestros de ceremonias, los ingleses no tienen precio. Otra cosa es su gusto a la hora del diseño de souvenirs conmemorativos, tan horrorosos como inútiles. Pero si usted es español y anda estos días por la capital británica, los suyo sería que se diese una vuelta por Elephant and Castle, un encantador barrio donde vivieron Charles Chaplin o Michael Caine, y cuyo origen bien puede deberse a una de las mujeres más notables de la historia europea. Española, y reina además: Catalina de Aragón.

Siempre se habla de ella en su calidad de esposa de Enrique VIII, aunque este hecho acaeció de forma accidental. Como tantas otras princesas de la época, formó parte de un acuerdo matrimonial entre casas reales, siendo pieza clave de un eventual acercamiento entre España e Inglaterra. Acercamiento que cristalizó en su boda con Arturo Tudor, Príncipe de Gales. 

Hay que decir que la llegada de Catalina a Plymouth causó honda impresión. Rubia y de tez pálida, su aspecto parecía más inglés que español, fruto quizá de la herencia genética de su bisabuela, Catalina de Lancaster. Preguntada por cómo debían dirigirse a ella, respondió- -dicen- “Infanta de Castilla”. De ahí al “Elephant and Castle” hay solo un paso. Tortuoso, pero paso, a fin de cuentas.

El caso es que hasta el propio Tomás Moro, que se burlaba del séquito real hispano, dejó escrito: “¡Ah, pero la dama! Creed en mi palabra, encantó el corazón de todos. Posee todas las cualidades que constituyen la belleza de una jovencita encantadora. En todas partes recibe las mayores alabanzas”. 

No fue el único en quedar vivamente impresionado. Arturo, -el prometido de 15 años-, se prendó al instante de aquella jovencita un año mayor que él, hasta el punto de enviar un mensaje a los Reyes Católicos en el que manifestaba “no haber sentido mayor alegría en la vida que cuando contempló el dulce rostro de su esposa”. Y añadió que “ninguna mujer en el mundo podría resultarle más agradable”. Por desgracia, aquello duró apenas diez meses, pues Arturo moriría de peste en la primavera siguiente. 

Su hermano heredó título, esposa y derecho a corona, consumado en su entronización como Enrique VIII. Al menos inicialmente, la relación entre ambos fue bastante buena. Ello se debió en gran medida a la prudencia y saber estar de una Catalina que siempre fue muy querida por el pueblo inglés, aunque sus problemas en engendrar un heredero varón hicieron que su marido se plantease otras opciones. Una de las cuales le vino de un baile en palacio, donde la hermana de una de sus amantes, María Bolena, ejecutó en su presencia una compleja danza.

Parece que aquello causó honda impresión en la corte, rey incluido. Enrique empezó a perseguir a aquella recién llegada, de nombre Ana Bolena, aunque sin mucho éxito. Y es que Ana tenía otros planes. Rechazó a Enrique como amante, pero dijo que le aceptaría como marido. Y éste, a caballo entre el deseo de tener un heredero varón y la pasión por Ana Bolena, rompió su matrimonio con Catalina y se casó con su nueva conquista. 

Con ello provocó el cisma de la Iglesia en Inglaterra, amén de un considerable terremoto político. Pero sería el principio del fin. Ana nunca obtuvo la consideración que sí seguía teniendo Catalina, pese a los numerosos desplantes a que fue sometida. La primera acabó ejecutada, fruto de su propia ambición y del nuevo capricho del rey por Juana Seymour. La segunda murió entre el respeto de los “suyos”, tanto de aquí como de allá. Shakespeare la definió como “reina de todas las reinas e ideal de feminidad”. Una gran dama.

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