24 de febrero de 2011

Creyente y dichosa: la Cuba que necesitamos
  
Por Mons. Agustín A. Román, Obispo Auxiliar Emérito


Gracias. Esta es la primera palabra que viene a mi mente al comenzar a poner en orden y por escrito los pensamientos que he estado contemplando en las últimas semanas, durante mi reciente internamiento en el Hospital Mercy. Doy gracias a Dios, porque la enfermedad es siempre ocasión para ver la manifestación de su misericordia y sentir su compañía. Doy gracias también a todos los que han orado por mi salud, a los que han puesto su conocimiento y su esfuerzo en tratar de ayudarme y a todos los que se han preocupado por mí. No los podría mencionar nombre por nombre, pero a todos alcanza mi agradecimiento y todos están en mis plegarias.

A la persona que posee el regalo de la fe no le resulta difícil hallar consuelo aún en medio de las situaciones más difíciles, y para aquel que puede ver la mano del Creador en las maravillas de la Creación, la hermosura de la Naturaleza sirve siempre de bendito lenitivo. Así, desde mi lecho de enfermo, he podido una vez más contemplar la belleza del mar y me ha confortado el saber que esas aguas que besan el litoral de Miami son las mismas que igualmente besan a Cuba; que si bien no podemos ver la Isla por más que escudriñemos el horizonte, sabemos, sin embargo que Cuba está ahí.

Si pensamos que ese mar nos separa de la patria, nos sentiremos abrumados por la distancia. Pero, si nos damos cuenta de que ese mar nos une a ella, se nos puede convertir en una invitación al reencuentro en libertad que nuestro pueblo merece.

Para poder surcarlo, para una travesía exitosa, es imprescindible una buena brújula. Esta observación ha sido el centro de mis meditaciones de estos días, las que me atrevo ahora a compartir con ustedes.

24 DE FEBRERO

El 24 de febrero es una de las fechas que más cálidamente toca los corazones cubanos. Marca el comienzo, en 1895, del esfuerzo final por la independencia de Cuba, el que coronaría, al fin, con la victoria, muchos años de cruentas tribulaciones. Marcó también, en 1996, uno de los más notables empeños de la lucha cívica no violenta dentro de la isla: la frustrada reunión unitaria de Concilio Cubano. En ese mismo año, 1996, la dura tragedia del derribamiento de las avionetas de Hermanos al Rescate, algo que aún nos conmueve, pues el dolor del asesinato de los cuatro jóvenes que ese día dieron su vida por sus hermanos, y la admiración por su heroísmo, no se borran de nuestra memoria. Más recientemente, el año pasado, sumamos tristemente a estas conmemoraciones el sacrificio, en la víspera del 24 de febrero, del prisionero político Orlando Zapata Tamayo, muerto en huelga de hambre como último recurso ante la indiferencia de una dictadura sorda a los justos reclamos de la nación que sojuzga.

Algo tiene que haber fomentado y sostenido el espíritu nacional, para que en un día del calendario podamos hallar tantos ejemplos de patriotismo y tan alta capacidad de entrega, manifestados a través del tiempo en distintas generaciones de cubanos.

Más aún, al arribar a este 24 de febrero, el de 2011, vemos la concurrencia en este año de otros hitos históricos que nos confirman en la apreciación de las virtudes que anteriormente mencionaba: el patriotismo y la capacidad de entrega. Este año estaremos observando el cincuentenario, entre otros, de importantes acontecimientos, como lo fueron la fundación de la U.C.E. (Unión de Cubanos en el Exilio) por Monseñor Eduardo Boza Masvidal, la acción de Playa Girón, la expulsión de Cuba de 130 sacerdotes y un obispo, la llegada al exilio de la imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre y su multitudinario recibimiento en Miami en una misa que desde entonces se ha convertido en una de las más entrañables tradiciones del destierro.

La constancia y la firmeza del compromiso del pueblo cubano con el destino de la nación es fácilmente comprobable, pues. Basta simplemente con mirar al calendario y contemplar la riqueza de sus efemérides.

¿De dónde salió todo esto? ¿Qué ha sostenido esa constancia y esa fidelidad en un pueblo que han querido caracterizar como frívolo y despreocupado los que no han sabido mirar más allá de su buen humor y su amor a la música?

LA FE CRISTIANA Y LA CULTURA DEL CRISTIANISMO

La razón y la esencia del fruto hay que buscarlas en la raíz. Al llegar Cristóbal Colón a la isla que él llamó Juana, ésta se abrió al mundo a la luz del evangelio de Cristo, un proceso de magnitud no vista hasta entonces, en el cual las sombras, que, lamentablemente, las hubo; no opacan la brillantez de esa luz. Un proceso que no hay que confundir con otros que marchaban paralelamente a veces, y a veces convergían, como la conquista y la colonización, y que fue el que incorporó a estos algún soplo de piedad en multitud de ocasiones. Las pocas voces que, dentro de las limitaciones de los conceptos entonces imperantes, clamaban por la justicia, eran las de hombres de fe intrépida, como Fray Bartolomé de las Casas y otros.

Esa fe intrépida, la de los misioneros, fue el cimiento de Cuba y lo único inmutable en su evolución política… española primero, criolla después, por último independiente; pero afincada siempre en su identidad como nación esencialmente cristiana, con las variaciones propias de la integración paulatina en ella de otras razas, culturas y tradiciones, pero, sin dejar por ello de ser parte incuestionable del mundo occidental; si no químicamente pura en la fe de Cristo, sí fundamentalmente cristiana.

Esa fe la encontraron en sus hogares los primeros “españoles de ultramar” nacidos en Cuba. Esa fe se cubanizó definitivamente al aparecer en la bahía de Nipe la imagen morena de la Virgen de la Caridad del Cobre en el siglo XVII y, siendo la misma fe proclamada milenio y medio antes por el Señor Jesús en tierras de Israel, asumió los tonos propios de un pueblo que iba gestando su identidad. Esa fe dirigió la acción socio-pastoral de hombres de Dios como los obispos Espada y Valdés y forjó las conciencias de otros que, a su vez, forjarían lo mejor de la cubanidad: los presbíteros José Agustín Caballero y Félix Varela y Morales.

Tan determinante fue la fe cristiana en la formación y desarrollo del alma de la nación cubana, que fue ella la que le dio cuerpo y espíritu al pensamiento de patriotas insignes a los que no podemos ubicar dentro de la práctica religiosa, pero fácilmente identificables como productos de la fe y la cultura cristianas: Agramonte, Céspedes, Martí, Maceo, Gómez… la luz del evangelio brillaba en sus palabras y en sus motivaciones y así lo proclamaron ellos mismos en más de una ocasión.

Discretamente, esa luz siguió brillando en medio de las incomprensiones y tropiezos de los primeros tiempos de la República y con mayor vigor después. Vienen a mi mente, entre otros, nombres como los del padre Pastor González y los doctores Andrés Valdespino y José Ignacio Lasaga, prominentes intelectuales católicos, que trataron siempre de hacer un aporte honesto y positivo al enriquecimiento institucional de la nación en los difíciles campos del civismo y la política.

Esta verdad evidente, la de la impronta de la fe y cultura cristianas en el alma nacional y en las luchas de los cubanos por la libertad y la justicia social, fue rubricada con sangre, como nunca antes en nuestra historia, inmediatamente después de la instauración de la dictadura marxistoide que todavía hoy desangra y somete a la mayor de las Antillas.

Después de los fusilamientos de los primeros meses posteriores al triunfo revolucionario -crímenes impulsados por la más brutal revancha política- la orgía de sangre continuó y entonces las víctimas fueron, cada vez más notablemente, jóvenes que habían creído en las promesas de democracia y equidad ciudadana que repetían sin recato, antes y después de tomar el poder, y falseando sus verdaderas intenciones, los dirigentes del movimiento insurreccional, particularmente su máximo líder.

Eran jóvenes que, en su mayoría, habían luchado contra el gobierno anterior con gran pureza de ideales, que provenían de todas las clases sociales del país y que, al sentirse traicionados por la realidad comunista de la nueva dirigencia, se habían volcado con mayor fervor aún en la lucha por impedir que el incipiente totalitarismo sumiera a Cuba en un mal mayor que todos los que hasta entonces había padecido.

Eran jóvenes que, a pesar de la sordera de muchos en aquellos tiempos de violencia extrema, estremecieron para siempre la conciencia nacional al enfrentar los pelotones de fusilamiento con un grito que resumía el motivo de sus luchas y sus aspiraciones patrias, y era, a la vez el testamento de sus vidas para el futuro de la nación. A las puertas de la muerte, cuando es más sincero el hombre, aquellos jóvenes gritaban ¡Viva Cristo Rey!... ¡Viva Cristo Rey!

Me parece que haríamos bien los cubanos de hoy en recordar esto, para poder pensarlo y para poder vivirlo, pues está claro que una Cuba donde Cristo reinara era, en términos generales, el ideal de los forjadores de la nación, de los que la hicieron independiente y de muchos de los que, de entonces a nuestros días, lo dieron todo por ella. 

Reproducido del Diario de las Américas, Miami
 

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