29 de julio de 2012

ISLA DE SILICONA


 
Isla de silicona


Yoani Sánchez


“Éstas me las implantó un doctor durante su turno de guardia”, me cuenta ella mientras se toca el busto con orgullo por sobre la blusa. Después se señala el trasero y hace un puchero “éste no me quedó tan bien porque el cirujano no tenía mucha práctica”. Cuando le pregunto dónde consiguió las prótesis de silicona que tan evidentemente se advierten en su cuerpo, me aclara que sólo lleva “cosas de marca” y por eso le pidió a su novio italiano que se las trajera. “La otra parte fue más fácil, tú sabes, pagarle a un doctor para que me hiciera la operación”.

Le confieso que no estoy muy al tanto del tema, que los quirófanos me dan miedo y hace años me acostumbré a la figura desgarbada que me devuelven los espejos. Pero aun así, le pido detalles y me confirma lo que ya intuía: la existencia de un entramado ilegal de cirugías plásticas que se realizan en los mismos centros hospitalarios que brindan atención gratuita.

La práctica se potenció a finales de los años noventa y al inicio las principales clientes eran jineteras cuyos novios extranjeros corrían con los gastos. Pero ahora se ha ido extendiendo también a personas de ambos sexos que cuentan con los recursos para alcanzar el cuerpo de sus sueños. Normalmente, ingresan con una falsa historia clínica, por algún padecimiento que en realidad no tienen y a pocas horas de salir del salón son enviados a casa para recuperarse.

En los registros de los hospitales no queda constancia de estas intervenciones quirúrgicas y una buena parte de los recursos empleados es comprado en el mercado negro por el propio personal médico. Nada debe salir mal, pues una reclamación haría estallar la red de implicados. La discreción es fundamental y el paciente rara vez recibe un seguimiento para saber si hubo reacciones adversas. “Todos somos adultos, así que cada uno se hace responsable de lo que suceda” le advirtió el doctor a mi amiga antes de que la anestesia le hiciera efecto.

A un precio que oscila entre 750 y  900 CUC, los implantes mamarios son los más demandados entre toda la amplia gama de injertos que se colocan y de operaciones clandestinas que se hacen. En sitios como Revolico.com se puede encontrar una gran variedad de tallas de implantes  y las marcas más comunes son Mentor y  Femme. A ese precio deberá sumársele “la mano de obra”, que va de los 500 a los 700 CUC, si se trata de especialistas reconocidos en esas faenas. Algunos principiantes también lo hacen por un poco menos, pero los resultados dejan mucho que desear.

Para un cirujano cubano, cuyo salario apenas si llega al equivalente de 30 CUC mensuales, realizar estas operaciones resulta sumamente tentador. Sin embargo, sabe que el peligro de ser descubierto y de que se le retire el derecho a ejercer la medicina es muy alto. Por eso se protegen en redes que casi siempre se extienden hasta la parte administrativa y directiva de los hospitales. Están involucrados desde camilleros y estetas hasta enfermeras y funcionarios de salud pública. Lo peor que puede ocurrir es que alguien muera en la mesa de cirugía; entonces habrá que inventarle alguna enfermedad crónica para justificar el deceso.

Hace unas semanas, la bloguera Rebeca Monzó destapó en un tweet uno de esos escándalos por cirugías ilegales. El escenario en este caso era el hospital Calixto García, pero bien podía haber sido en cualquier otro quirófano de la ciudad. Sin precisar aún los detalles de lo ocurrido, se habla de toda una sala clandestina dedicada a  pacientes extranjeros y cubanos que podían pagar por las intervenciones. El rumor popular dice que todo se descubrió cuando una turista recién operada tuvo un desangramiento en el aeropuerto a su salida de Cuba, pero eso podría ser pura mitología.

Es cierto, no obstante, que como el resto de nuestra realidad, la medicina también se está viviendo en dos planos, en dos dimensiones bien diferentes. Una la de los pacientes que no tienen recursos para regalar o pagar a los doctores y la otra la de los que pueden costearse una cirugía “así” y “ahora”. Poseer recursos materiales puede agilizar el tiempo y aumentar la calidad de cualquier tratamiento; hace aparecer a tiempo el hilo de sutura, las radiografías, los citostáticos.

Todo comienza regalando un jabón a la estomatóloga que nos repara la caries dental y llega hasta un salón esterilizado donde una extranjera se practica un aborto o una cubana se coloca un par de implantes mamarios.

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