13 de enero de 2012

POETA POR CUENTA PROPIA

Poeta por cuenta propia
 Víctor Manuel Domínguez

 La Habana, Cuba, enero, www.cubanet.org -  Para este nuevo año, Vladimiro Llerena se ha propuesto ser un hombre de éxito. Amante del Haiku japonés (poema de tres versos no rimados), el pan con lechón, Rita Hayworth en versión de afiche y la cerveza Tínima, inauguró el culto a la nostalgia en medio del bullicio de un solar.

 Aunque no sólo de pan con lechón vive el hombre, ni tampoco de versos, el título de profesor, la guerra o su estancia en la cárcel, lo han sacado del «cuarto revuelto y brutal» donde vive según su expresión favorita.

Cansado de alabar la piel dorada, las muchas perfecciones de una cubana que estaba de servicio en Angola, en vez de cantarle a su bazo, al páncreas y a los epiplones, le disparó un balazo que por poco la mata.

Pero ese tipo de recuerdos ya no le importan a nadie en medio de tanta incertidumbre y falta de sensibilidad, dice, mientras le saca punta a un mocho de lápiz para escribir un Haiku sobre la situación en Cuba.

Sentado en un ángulo cercano al lavadero colectivo, el poeta y luchador habanero Vladimiro Llerena se dedica a vender décimas para el mal humor, sonetos contra el desencanto y poemas de versos libres para quienes se quejan por falta de libertad. También vende flores y libros.

Si sus clientes están enamorados y no correspondidos, los sorprende con el Poema del Renunciamiento, de José Ángel Buesa. Si se muestran deseosos por abandonar el país, les ofrece a precio módico “La isla en peso”, de Virgilio Piñera.

La cuestión es mantenerlos entretenidos, lejos de la violencia y del reguetón, del desespero que causan la premura y la espera. «Eso de que la poesía no tiene vela en este entierro de la revolución, es un cuento», afirma. Puntualizando a continuación: «Desde luego, primero tienen que llenarse la barriga para luego soñar».

«Los poemas no sustituyen un congrí con bistec, un ensalada de estación, y mucho menos un lomo ahumado, pero calman las ansias», expresa Vladimiro, después de recitar “Carne de tu Nombre”, de Fayad Jamis, ante la mirada conmiserativa de una muchacha  que alinea entre sus buenos clientes.

«El oficio de recitador, como la prostitución, es de los más viejos del mundo. Pero mientras el mío reconforta el alma, el otro destruye y humilla al cuerpo», sentencia Vladimiro.

«Nada como cultivar el espíritu frente a la ruralización de La Habana», dice, mientras señala a un grupo de vendedores que tocan a cada puerta del solar ofreciendo leche en polvo, maní, frijoles, tomates, cebollas, ajos y malanga guagüí.

Vladimiro Llerena es poeta por cuenta propia. Y como tal, está de acuerdo en que se abran todos los mecanismos que permitan dar de comer al cuerpo, pero también exige un mínimo espacio para alimentar el alma. Por eso sueña con que un día se autorice legalmente su perfil profesional para la microempresa, ya que si cartománticos y santeros están autorizados a profetizar el futuro, los poemas hablan del presente y su realidad.

No es que pretenda brindar la poesía como bálsamo para curar las llagas del socialismo cubano. Pero algo conseguirá remediar vendiéndola barata en medio de tanta ruina y tan inútil expectación.

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