25 de septiembre de 2011

EL DOLOR DEL DESTIERRO




EL  DOLOR DEL DESTIERRO

 
Aunque la separacion ha sido larga hasta alli he llegado a cada amanecer.
...si yo no he salido tan lejos!

Por: Maria Teresa Villaverde Trujillo
ashiningworld@cox.net

 Autor: Agustin Tamargo  


...Los destierros -así se llamaba bellamente antes a lo que ahora se llama exilio- son siempre dolorosos. Desterrarse es perder la tierra propia, flotar en suelo extraño, dejar de respirar el aire que se respiró  desde el nacer. Una experiencia trágica, que sólo conoce el que la padece,  un modo de orfandad. La siente la planta trasplantada aunque no lo puede  decir, la siente el tigre en su jaula del zoológico. Ambos, la planta y el  tigre, siguen viviendo, pero esa ya no es vida, porque en ese existir falta el hálito de la autenticidad. Cuando el desterrado no es una planta  ni una bestia sino un hombre la tortura es peor, agónica, indefinible.  Porque el suelo que no puede tocarse con las manos se lleva dentro del  pecho y entonces ya no es un suelo sino dolor.
El desterrado verdadero no  vive, sobrevive, aferrado a una esperanza que le da vueltas y más vueltas  dentro de la cabeza. A un republicano español exilado en Buenos Aires le preguntó al regreso un periodista de Madrid: ¿Y cuántos años hace que  usted se fue de aquí? Y el exilado respondió: ¿Irme, hijo? ¡Pero si yo  nunca me he ido!
Los hijos levantiscos de los españoles que somos los  cubanos [como yo que soy hija de asturiano, -dice María Teresa y ahora también comprendo yo], entendimos muy bien a aquel español. Lo entendimos entonces y lo  entendemos mejor hoy, cuando nosotros ingresamos en esa trágica familia de  los perseguidos por sus ideas, por sus lealtades y por su amor. La  patria que deja el emigrante es una, la patria de la que arrojan por la fuerza al desterrado es otra. Aquel puede volver, este  no. Y en ese no poder volver, en ese dar con la cabeza todos los días  contra el muro de la nostalgia, el desterrado busca un consuelo, y lo  halla. Ese consuelo es el mundo de recuerdos y añoranzas que  llena su hálito vital, es el embellecimiento mental de todo lo que vivió, o leyó, o presenció.
Cuando la memoria no le basta, el desterrado busca  libros, películas, discos, cartas, todo tipo de documento que pueda  ponerle delante la tierra natal a la que no le permiten volver. Es un modo  de resurrección, una reconstrucción mental de lo que en su día fue  natural. Una manera de no morir.
Los que llevamos en el  destierro muchos, muchos años, ahora es que entendemos lo que habrán sufrido los desterrados cubanos del siglo XIX en el que Cuba estaba convertida de tierra de todos en feudo de pocos, de ámbito histórico en  que se oían muchas voces en sombrío cautiverio en el que se oía la voz de  uno solo, tal como sucede hoy. El destierro actual es más largo  que todos los anteriores y es, desde luego, el peor porque ha sido  impuesto por el hermano contra el hermano. Tan largo ha sido que se juntan en el los hijos de por lo menos tres generaciones. La del treinta, la del  cincuenta y la del ochenta, para simplificarlas. Unos añoran unas cosas,  otros cosas distintas, a veces las contrarias.
El desterrado viejo conoció las persecuciones pero conoció también la pluralidad de la libertad verdadera, la civilizada madurez del que sabe que la razón no la  tiene nunca uno solo sino que la tienen entre todos. El desterrado nuevo no conoció nunca la libertad, sino la opresión, no vio nunca la  justicia sino una igualdad de nombre bajo la que se ocultaban las más  miserables desigualdades y privilegios. El desterrado viejo sabe  que la patria tiene que estar siempre por encima de los hombres y los  partidos, y guarda devoción a figuras, instituciones, leyes y costumbres  que estaban más allá de las diferencias políticas temporales. El  desterrado nuevo, a quien se le ha ocultado cuanto existía antes de nacer él, cree lo que le han enseñado, que todo es bueno o malo, y que bueno es  el que manda y malo el que no se deja mandar.
Esa atmósfera de  falsificación, ese turbio clima que consiste en rechazar lo que no se conoce,  en menos palabras: esa ignorancia de lo que Cuba fue antes del primero de enero de 1959 es el fantasma que más me asusta a mí de nuestro futuro. Es  la execrable manigua que yo creo que hay que chapear todos los días para que el campo quede limpio y fértil para ese mañana cercano en que  tendremos que recomenzar la siembra.
Sí. Los destierros, mundo temporal, hijos de otro mundo permanente, son siempre escuelas donde se  aprende pero también se sufre. El de los cubanos no ha de durar ya mucho, creo yo. Y los que nunca hemos perdido la fe en Cuba, no en sus riquezas materiales sino en sus hombres verdaderos, mantenemos en alto el  gallardete de la fe. 
Una nueva Cuba va a nacer otra vez de  las cenizas de la Cuba vieja cuyos detritus deja por todas partes el  castrismo. Más golpeada, más asustada, más miedosa. Pero más madura también. Porque solo el dolor y la pócima amarga de la verdad son los que  hacen adultos a los hombres. Y el destierro al final es eso: una  escuela.

Una escuela donde todos volvimos a nacer pero crecimos en forma distinta.
-Maria Teresa Villaverde Trujillo-
Septiembre 24, 2011


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1 comentario:

  1. Anónimo9/25/2011

    Cuanta verdad, se encierra en esa descripción que hace Agustín Tamargo de lo que es el destierro, yo solo puedo repetir sin haberlo experimentado, lo que un día dijera:José Martí, "Nunca son más bellas las playas del destierro que cuando se les dice adiós".
    Gladys Gutiérrez

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