5 de agosto de 2009

Cuentos de Calleja



Muchos de los que hoy oyen la frase «Tienes más cuentos que Calleja» se preguntarán quién fue ese señor tan cuentista o cuentero.

Yo sí conocí los Cuentos de Calleja. No sé si porque mis padres se llevaron a Cuba la costumbre de leerlos, (como se llevaron también la costumbre de leer el «Diario de la Marina»), el caso es que en mi casa los había por docenas y que su lectura ocupó buena parte de mi niñez.

Ya ni recuerdo si mis padres los compraban o si venían como oferta de alguna marca de chocolate. Pequeños, con un formato de tal vez 6x4”, compartían mis ocios con los juegos a la rueda o a las muñecas, y ayudaban de un modo excelente a emplear el tiempo en aquella época en que no contábamos con televisión y, sobre todo, a abrir la cultura a narraciones infantiles, fábulas y cuentos de buenos escritores

Desde hace semanas me vienen dando vueltas en la cabeza los cuentos de Calleja. Su recuerdo me ha motivado a buscar algo sobre esos libritos ya tan borrosos en mi memoria. No es poco lo que aparece sobre ellos y sobre el creador de aquella colección en la enciclopedia virtual que tan a mano nos facilita la Internet. Comparto algunas cosas que acabo de leer, por si alguien aquí los conoció también.

Saturnino Calleja nació en 1853 en las cercanías de Burgos, por esas tierras donde hoy vive el Chino’e la Vigía. En 1879 fundó en Madrid la Editorial Calleja que, -ahora me entero-, llegó a ser la más popular en España, Hispanoamérica y Filipinas.

Fue un éxito logrado por don Saturnino a base de publicar grandes tiradas de libros que por su precio reducido estuvieron al alcance de familias de escasos recursos, y los que a veces distribuía gratuitamente en las escuelas rurales de España. Eran tiempos en los que en España se decía de un pobre que «pasaba más hambre que un maestro de escuela», frase que también se repitió en Cuba en los tiempos del gobierno de Machado.

Por ello es tan encomiable la labor desarrollada por Calleja a través de su casa editorial. A más de publicar libros pedagógicos e instructivos, de Matemáticas, de Historia Universal o Sagrada, escritos especialmente para niños, así como libros clásicos de la literatura española o traducciones de la literatura universal, tales sus varias ediciones de “El Quijote” y la primera edición de “Platero y yo”, lo más popular de la Editorial fue su prolija colección de cuentos minúsculos, tan baratos, que estaban al alcance de cualquier niño. Al alcance de sus bolsillos y de sus mentes. Los coleccionaban con interés y así se iban aficionando a la lectura.

Estos libritos, con su letra pequeña y sus ilustraciones en blanco y negro condicionadas por el necesario bajo costo de su producción y las limitaciones de la industria impresora, desgranaron en sus escasas páginas lo más encantador de la literatura fantasiosa. Cada uno de ellos nos podía ofrecer un cuento de Andersen, de los hermanos Grimm, o alguno de aquellos con los que Sherezada entretuvo al sultán durante mil y una noches.

No todos eran tan conocidos o excepcionales. Los había también con menos pretensiones que reflejaban costumbres y ambientes típicamente españoles. Fueron muchos y hoy desconocidos los autores de ese tipo de narraciones, escritores anónimos y asalariados que firmaban simplemente con iniciales, aunque algunos de ellos en realidad fueran después escritores famosos. Hasta el mismo Calleja escribió varios de ellos, pero los archivos de la colección se perdieron durante la Guerra Civil española de 1936.

Hay otra frase que a menudo repetimos cuando oímos el final feliz de una historia de amor, y de la cual no sabemos su origen. Pues bien: era la frase final de muchos de esos cuentecitos de Calleja: «Fueron felices y comieron perdices, y si tú no comiste fue porque no quisiste», que a veces trocaba su segunda parte por «y a mí no me dieron porque no quisieron».

Se dice que los Cuentos de Calleja fueron lectura preferida de los niños españoles y de Hispanoamérica durante las primeras décadas del siglo pasado. Bueno, no tan atrás en el tiempo pero bastante cerca, yo también tuve la suerte de disfrutarlos.

Ana Dolores García ©2008
Ilustración: web

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