23 de septiembre de 2010

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COMO SE DESTRUYE UNA REPUBLICA EN UNAS CUANTAS LECCIONES

- Por Manuel Márquez-Sterling
- Segunda Parte -

No solamente son las ballenas los únicos mamíferos que desarrollan un deseo colectivo de suicidarse. Naciones enteras, culturas, y hasta civilizaciones también lo hacen.

Profundamente preocupados por el peligroso estado de violencia que reinaba a lo largo de todo el país, por los días de junio de 1957, cinco líderes de la oposición, entre los que se destacaban Carlos Márquez-Sterling y Emilio “Millo” Ochoa, dieron a la publicidad, a nombre de sus partidos y organizaciones cívicas un manifiesto a la nación. En este documento estos líderes insistían que la salida a la crisis nacional era a través de elecciones nacionales, que había que mantener las instituciones democráticas en pie, que ellos proponían unir sus fuerzas políticas para retar al gobierno en las urnas, y que confiaban que tendrían el apoyo de todas las clases cubanas.

Sus predicciones, que no se siguieron, resultaron ser escalofriantemente verdaderas. Así dijeron “Los Cinco”. «Nos interesa que este gobierno abandone el poder por la voluntad mayoritaria del pueblo y que instale un sistema de democracia plena que proteja celosamente la vida humana… Cuba gana con la legitimidad del Poder, con la entrega incruenta del gobierno al pueblo victorioso, porque de no lograrse esos objetivos cardinales, la patria se perderá en la violencia implacable, en la dictadura totalitaria y en el revanchismo obcecado y sangriento».

El “Manifiesto de los Cinco” iba mayormente dirigido a las clases políticas, profesionales, cívicas y empresariales de Cuba. El documento fue muy bien recibido por la nación y publicado por todos los periódicos y revistas menos por “Bohemia,” revista ésta que tanto tuvo que hacer en la destrucción de la república.

Mientras esto sucedía, en Santiago de Cuba, como relata Tom Gjelten en su libro sobre la Casa Bacardí, quince líderes de negocios y de instituciones cívicas, culturales y religiosas, se habían reunido en el “Caney Country Club” para tener una cena tranquila. Al respecto se habían traído a Santiago a Jules Dubois, periodista del Chicago Tribune. Entre los asistentes estaban sus organizadores Daniel Bacardí y Pepin Bosch.

Al tomar sus asientos Dubois notó que a la cabecera de la mesa había un asiento vacío con una tarjeta de “Reservado.” Entonces un prominente exportador local de café se puso de pie para ofrecer un brindis diciendo: «Uno de nuestros compatriotas que había pensado asistir a la cena ha tenido que envíar sus disculpas, porque él está comprometido con una importante misión por Cuba: su nombre es Fidel Castro».

Ante tal espectáculo Dubois se quedó boquiabierto. Estos hombres alrededor de la mesa eran miembros de las clases altas, líderes en los negocios, en la religión, en fin parte de la “intelligentsia” cubana, y allí se hallaban ofreciéndole un tributo formal al barbudo de la Sierra Maestra.” (“Bacardí: The Long Fight for Cuba,” pp. 193-194, NY, 2008).

Increíblemente, la mayoría de estos respetables hombres de la sociedad cubana, que sabían a la perfección del pasado sórdido de matonerías, de gansterías, y de sospechadas conexiones con el comunismo de Castro en la Universidad, le rendían pleitesía y con seguridad, también pensaban hacer una fuerte contribución monetaria a su causa revolucionaria.

Esos distinguidos caballeros de Santiago le daban la callada por respuesta al “Manifiesto de los Cinco” entre los que figuraban, como hemos dicho, dos cubanos, Carlos Márquez-Sterling y “Millo” Ochoa, opositores de Batista, y los dos con una larga y limpia hoja de servicios prestados a su patria. Pero el odio hacia Batista y los deseos de venganzas, algunos por razones personales les llevaba a entregarse a la causa de un bandido.

No, no, no, estimado lector. Cuba no se perdió porque el pueblo se enamoró de Fidel. Cuba se perdió porque sus clases pensantes le metieron a Fidel por los ojos al pueblo de Cuba. Con su prestigio y su pujanza económica respaldaron al gangster y esto, por los que tanto tenían que perder, era avalarlo y decir tácitamente, que se podía tener confianza en él. Los pueblos necesitan directrices, caminos por donde seguir y estos se los señalan sus líderes. Las clases pensantes de Cuba, y las económicas, sin importarle las consecuencias que una revolución pudiera tener en las peligrosas circunstancias en que el mundo vivía, se lanzaron a apoyar a un tipo que venía de la más repelente alcantarilla universitaria.

Y esas clases pensantes sabían muy bien quien era Fidel Castro, como veremos en lecciones futuras. No, en Cuba, no hubo engaño. Ni hubo revolución traicionada ni tampoco «todos nos equivocamos». Lo que si hubo es todo un pueblo traicionado por sus clases pensantes. Lo que sí debió haber habido y apoyado por ellos fue un poderoso movimiento constitucional-electoral de todos los partidos unidos que hubieran aceptado el reto de Batista en las urnas, y no haberlas rechazado, como esas clases decían, coreando al bandido de la Sierra, que no aceptarían elecciones, «ni aunque estas fueran honradas».

Cuando Pinochet en Chile llamó a un referendo/plesbicito, el pueblo chileno y sus clases pensantes en masa lo aceptaron. Cuando después vinieron las elecciones, el pueblo chileno unido las aceptó y acudió a votar, y no se puso a proferir las mentecatadas inmaduras políticamente, de «ni aunque esas elecciones fueran honradas».

El pueblo chileno acudió a su cita con el destino y miremos hoy lo que es Chile: la estrella y la única esperanza de ese continente descarriado y lleno de neototalitaristas y de bandidos que se ríen de la voluntad popular. ¿Se puede usted imaginar, lector, si los cubanos hubieran seguido el mensaje de los “Cinco” lo que hoy sería Cuba? ¿No le gustaría a usted lector tener la máquina del tiempo y echar atrás el último medio siglo y haber cogido el camino que los llamados “Cinco” preconizaban? ¿Qué requería esto? ¿Sentarse a establecer condiciones para las elecciones con los delegados del gobierno? Los chilenos lo hicieron y hoy tienen a su patria. ¿Y nosotros? Ahí están blanqueadas por el paso de los años los miserables esqueletos de nuestras ballenas.

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