22 de noviembre de 2010


UN CUBANO EN LA CORTE DEL PRESIDENTE MADERO

* El cubano, a espaldas del señor Presidente, le llamaba Pancho: en este caso, la confianza era signo de admiración. Pocas horas antes de morir, en lo que fuera probablemente el último documento que firmara en vida, Francisco I. Madero buscó una fotografía suya, preservada en bonito marco, la despegó del cristal y escribió de puño y letra: “A mi hospitalario y fino amigo Manuel Márquez Sterling, en prueba de mi estimación y agradecimiento”.

El presidente Madero, tan dado a los detalles, necesitaba agradecer la valentía y entereza de ese diplomático cubano que se jugaba su vida en defensa de la suya y que se negaba a dejarlo solo, por más que él se lo suplicara. Madero le entregó el recuerdo de propia mano. “Guárdelo en memoria de esta noche desolada”, le dijo y comenzó a ordenar las sillas.

La situación, en verdad, llevaba sin escapatoria a una celada de jaque mate. Manuel Márquez Sterling y Loret de Mola así debió entenderlo: era un notable ajedrecista. Por esos vaivenes de la Latinoamérica de entonces, el cubano había sido campeón de ajedrez de México entre 1895 y 1901. Fue el latino mejor ubicado en el Torneo de París (1900), que ganara el intratable alemán Emanuel Lasker. Sin embargo, Márquez Sterling aún confiaba en una variante arriesgada que podría salvarlo de un final inmerecido: el buque Cuba los esperaba en Veracruz para llevar hasta La Habana al presidente, familiares y cercanos colaboradores. A la mañana siguiente debían viajar al puerto, única esperanza. Madero alineó tres sillas y se las ofreció de cama al embajador, con cierta pena.

Márquez Sterling comentó al vicepresidente José María Pino Suárez la honda tristeza del presidente, pero fue el gallardo general Felipe Ángeles quién mejor entendió lo que pasaba: “A Don Pancho lo truenan”.

José María y Manuel eran buenos amigos: los dos adoraban el ajedrez y la literatura. El mexicano ya había publicado un par de poemarios líricos, de versos quizás un tanto torpes pero sin duda honrados, y el cubano había encontrado en el periodismo una forma moderna de confesar sus obsesiones. Tenía pulso de novelista. Quién quita que esa “noche desolada” hayan conversado sobre el cubanito José Raúl Capablanca, un niño prodigio que un año antes había derrotado a Frank J. Marshall, el temible campeón de Estados Unidos (tercer puesto en aquel Torneo de París, 1900). “Le ganó a Marshall comiendo helados”.

Manuel Márquez Sterling durmió en su cama de sillas, sin zapatos.

En su libro Los últimos días del Presidente Madero, el cubano escribe: “Tomar el sombrero, tranquilamente, y despedirme, hasta la vista, abandonándolos a la bayoneta del centinela, hubiera sido impropio de mi situación, de mi nombre de cubano, de mi raza caballeresca. Amparar con la bandera de mi patria al presidente a quien, un mes antes, había presentado solemnemente mis credenciales, era cumplir con el honor de nuestro escudo”.

Lo demás, ya es historia. La familia de Madero logró embarcar hacia La Habana, desde Veracruz. El bondadoso Márquez Sterling también volvió a su isla y llegaría a ser presidente de Cuba. Alguna vez le escuché decir al poeta José Lezama Lima que había sido nuestro mejor mandatario, el más digno, porque sólo ejerció su poder… durante seis horas. En su escritorio, puso aquella vieja foto de Madero. ¿Qué hago yo aquí?, le habrá preguntado al retrato. Esa misma noche, ordenó las sillas de su despacho y regresó a casa con Pancho en el bolsillo. Murió en La Habana, a los 62 años. Una calle de México lleva su nombre

Recogido de lavozdeCubalibre.com

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