29 de agosto de 2010


El domingo de la humildad.

-Tu humildad, Señor-

Es difícil, Señor, al seguirte cada día
no desear aquello que, Tú, me invitas a dejar.

Viniste pequeño, nos dijiste que en la pequeñez
residía la grandeza y el tesoro del amor.

Mas pasan los años y los siglos, Señor,
y los hombres nos empeñamos en ser grandes.

Altos, para alcanzar el cielo.
Ricos, para tenerlo todo.
Fuertes, para sentirnos invencibles.
Dueños, para tener siervos.
Pero la humildad, Señor,
nos cuesta recibirla, entenderla y comprenderla.

Preferimos la exaltación a la humillación.
Los primeros puestos, a los últimos.
El aplauso, a la crítica.
El reconocimiento, al silencio.
El homenaje, a la indiferencia.

¡Cuánto cuesta, Señor, vivir tu humildad!
Vivir sin meter demasiado ruido.
Abrazar la cruz sin decir demasiadas palabras.
Hablar de Ti, aunque nos cueste un llanto.
Proclamar tu bondad, frente a otros amores.

Ayúdame, Señor, a descender de las cumbres.
A sentirme a gusto siendo humano,
tu amigo, tu testigo…y tu hermano.

Hazme comprender mi humildad divina,
la que me hace tenerte como lo más magnánimo,
y la humildad humana,
la que me permite acercarme a los necesitados.

Y aunque cueste, Señor,
que sea un cristal –transparente y limpio-
a través del cual Tú entres en mi vida.

Javier Leoz, Betania.es
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