2 de
febrero:
Fiesta
de las Candelas
Esta festividad
tiene su origen en la celebración litúrgica de la fiesta de la purificación y
la presentación del Niño Dios en el templo.
En tiempo de
Jesús, la ley prescribía en el Levítico que toda mujer debía presentarse en el
templo para purificarse a los cuarenta días que hubiese dado a luz. Si el hijo
nacido era varón, debía ser circuncidado a los ocho días y la madre debería
permanecer en su casa durante treinta y tres días más, purificándose a través
del recogimiento y la oración.
Ya que se
cumpliera la fecha, acudía en compañía de su esposo a las puertas del templo
para llevar una ofrenda: un cordero y una paloma o tórtola. Con respecto al
niño, todo primogénito debía ser consagrado al Señor, en recuerdo de los
primogénitos de Egipto que había salvado Dios. Lo mismo pasaba con los animales
primogénitos.
José y María llevaron a Jesús al templo de Jerusalén.
Como eran pobres, llevaron dos palomas blancas. Al entrar al templo, el anciano
Simeón, movido por el Espíritu Santo, tomó en brazos a Jesús y lo bendijo
diciendo que Él sería la luz que iluminaría a los gentiles.
El día 2 de
febrero de cada año (40 días después de la celebración de la Navidad) la Iglesia recuerda esta presentación del Niño
Jesús en el templo. También ese día, se recuerdan las palabras de Simeón,
llevando candelas (velas) que simbolizan a Jesús como luz de todos los
hombres. De aquí viene el nombre de la “Fiesta de las candelas” o el “Día de la
Candelaria”.
La Virgen de la Candelaria
Es una de las
muchas advocaciones de la Virgen María. Tuvo su origen en Tenerife, una de las
islas Canarias. Según la tradición, la Virgen se le apareció en 1392 a dos
indios guanches que pastoreaban su rebaño, quienes, al llegar a la boca de un
barranco, notaron que el ganado no avanzaba, como si algo impidiera seguir
adelante. Para ver qué era lo que pasaba, uno de los pastores avanzó y vio en
lo alto de una peña una imagen de madera como de un metro de alto de una mujer.
Traía una vela en la mano izquierda y cargaba a un niño en el brazo derecho. El
niño llevaba en sus manos un pajarito de oro.
Los indios, como
tenían prohibido hablar con mujeres que estuvieran solas, le hicieron señas
para que se apartara del camino. Como no les hacía caso, uno de los indios tomó
una piedra para lanzársela, pero el brazo se le paralizó. Su compañero tomó la
imagen e intentó romperla, pero en el intento, se cortó sus propios dedos.
Los indios corrieron a avisar al rey, quien de inmediato fue con todos sus guardias al lugar del acontecimiento. Tomaron la figura y la llevaron a la casa del rey. Los encargados de llevársela fueron los pastores que la encontraron, quienes al instante de tomarla en sus manos, quedaron curados del brazo uno y de los dedos, el otro. Ante este milagro, el rey ordenó que todo el pueblo honrara a aquella figura de mujer, a quien le llamaron “La Extranjera”.
Años después, los
españoles conquistaron la isla de Lanzarote y soñaban con conquistar la isla de
Tenerife. En uno de sus intentos de conquista, apresaron a un niño guanche y lo
llevaron a Lanzarote. Ahí lo bautizaron con el nombre de Antón, lo catequizaron
y un tiempo después, lo llevaron de regreso a su isla natal de Tenerife.
Antón fue a la casa del rey a contarle todo lo que le había sucedido y el rey le dio permiso de ver a ” La Extranjera”. Cuando Antón la vio, se puso de rodillas y les dijo a todos que hicieran lo mismo. Les explicó que aquella Señora era la representación de la Virgen María cuando llevaba a Jesús a presentar al templo. Le explicó que la Virgen María era la Madre del Dios y de todos los hombres y que era una gran suerte tener ese gran tesoro.
Antón le pidió al
Rey permiso para buscar un lugar en el que todos la pudieran venerar. El Rey
accedió y llevaron la imagen a la cueva de Achbinico, un templo subterráneo,
que parecía una Iglesia natural. Antón cuidó por un tiempo de la Basílica.
Alrededor de 1530, encargaron el Santuario a los padres dominicos que se les conocía
como “Los frailes de la Virgen”.En noviembre de 1826, una tormenta terrible
azotó a la isla de Tenerife, llegando al Santuario de la Virgen y las aguas se
llevaron la Imagen. Se hizo todo por tratar de recuperarla, pero no fue posible
encontrarla. Los padres dominicos acordaron mandar a hacer una imagen nueva.
Así lo hicieron y en la festividad del día 2 de Febrero de 1830, bendijeron la
nueva imagen de Nuestra Señora de la Candelaria. Desde el año 1599 se nombró a
la Virgen de la Candelaria patrona de todo el archipiélago canario.
Historia de las velas
Hace 30.000 años se utilizaba
un tipo de vela que consistía en verter aceite o grasa sobre una piedra
ahuecada a tal fin, y con fibras como mecha se conseguía una vela primitiva. Se
cree que fue la iluminación que se utilizó cuando se hicieron los famosos
dibujos prehistóricos en las cavernas de España y Francia.
La vela
se inventó independientemente en distintas culturas. Los egipcios y los
cretenses las tenían en el 3.000 AC. Los portavelas del 1.600 AC
encontrados en Egipto atestiguan el uso de velas en esa cultura y en la tumba
del siglo II AC del primer emperador de la dinastía Qin, Qui Shi Huang,
fueron encontradas velas de grasa de ballena.
Los romanos hacían velas con mechas. Para las mechas, usaban
un rollo de papiro tratado para retrasar el consumo. La sumersión repetida de
la mecha en el sebo o la cera derretida formaba el cuerpo de la vela. En el siglo IV Constantino, el primer
emperador cristiano, usaba velas en el servicio de Pascua. También se dedicaba un día especial para bendecir las velas y distribuirlas entre los
fieles –el 2 de febrero, Día de la Candelaria.
A partir del siglo XV, se empezaron a emplear moldes
de madera, aparentemente en París, por lo que las velas se volvieron más accesibles
y menos caras. En ese propio siglo, de 1488 data la fábrica de velas más antigua que
aún existe en Dublín.
Pero
incluso hacia el siglo XVII las
velas de sebo más caras exigían que, cada media hora, se despabilara el extremo
carbonizado de la mecha o pabilo, sin extinguir la llama. Esta difícil tarea ya
no tuvo objeto a partir de finales de ese siglo, cuando se propagó el uso de
las velas de cera de abeja, que se evaporan parcialmente. La cera era tres
veces más cara que el sebo, pero las velas fabricadas con ella ardían con una
llama más viva.
Se cuenta que durante el invierno de 1765, en una de las grandes mansiones británicas, sus habitantes consumieron más de 50 Kg de velas de cera en
un mes. En este siglo se fabricaron por primera vez velas con una cera obtenida
a partir del aceite de ballena.
En 1831 se desarrolló un proceso que
permitía refinar el sebo. El resultado fue un producto llamado estearina (éster
formado por el ácido esteárico y la glicerina). La estearina es más dura y arde
por más tiempo que el sebo no refinado. Este proceso dio lugar a velas que
ya casi no ahumaban ni tenían olor a rancio. En 1850 se logró el avance más importante: la parafina, sustancia
derivada del petróleo, se refinó e hizo posible la elaboración de velas a base
de petróleo. La parafina, que arde con limpieza y sin olor
desagradable, combinada con las estearinas dio como resultado velas más
duras, que no se doblaban como las tradicionales velas de sebo.
Fue a fines del siglo XIX que se desarrollaron máquinas de
moldeo que podrían producir grandes números de velas a precios accesibles.
Supersticiones
del uso de las velas
A través de tiempo, se fueron creando diversas
supersticiones con el uso de las velas. Por ejemplo, en Alemania era común creer
que cuando
la llama de una vela se dividía
y se partía, era presagio de
alguna muerte en la casa. También era creencia generalizada que una vela que soltara una chispa al aire,
significaría que pronto iba a llegar una
carta para quien estuviera sentado enfrente o más cerca de ella.
Había tres ocasiones principales en las que se encendían velas: En el nacimiento, para asegurar que los malos espíritus se mantuviesen alejados del recién nacido y en Roma esto ponía al niño bajo la protección personal de la diosa Vesta. En el matrimonio, para impedir que "El mal de ojo" arruinara el futuro de la pareja, y en la muerte pues eran una salvaguardia de que ningún demonio se atrevería entonces a robar el alma del fallecido.
Otros
consideraban muy importante que cuando
se encendiera una vela fuera con un cerillo de madera, para que la
magia fuera completa y cuando se apagara fuera con la punta de los dedos
mojados o con una campanita para sofocar la flama. Nunca debía soplarse, ya que
de lo contrario la magia sería nula.
Fuentes:
Catholicnet y http://www.prodanix.com.uy/velaweb/historia.htm
Las velas a los santos
Muchos
católicos suelen encender una velita de cera ante una imagen de Jesús, María u
otro santo. Esa velita representa un recuerdo de la oración hecha por el
cristiano y suele quedarse encendida varios días, de acuerdo con su tamaño.
Hoy,
muchos templos han reemplazado la vela de cera con luces eléctricas que imitan
el fuego de la velita. A muchos no les gusta y se resisten al concepto. Y es
que hay algo muy especial en la acción ritual de encender una vela. Sin embargo, hay que recordar que lo importante es la
oración y no la velita.
Hoy
se enciende la vela eléctrica. En tiempos pasados la vela de cera, pero en el
primer milenio cristiano se encendía una lámpara de aceite de olivo. Según la
historia, pasaron varios siglos antes de que la Iglesia aceptara la vela de
cera en lugar de la de aceite.
Los
cristianos del siglo XII se negaban a aceptar lo que hoy consideramos
tradicional, la vela de cera. Hay que
aceptar que nuestras tradiciones cambian al correr del tiempo.
No
importa si quemamos aceite, cera o electricidad. Lo que importa es la
oración.
©Fray
Gilberto Cavazos, OFM.
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