24 de diciembre de 2014

La Nochebuena



La Nochebuena

Rev Martin N. Añorga

La tradición de celebrar la víspera de las grandes fechas de la Iglesia es muy propia de los pueblos iberoamericanos. Una de estas celebraciones, probablemente la más popular de todas, es la Nochebuena, que precisamente mañana disfrutaremos como un  bullicioso preludio al gran día de la Navidad.

La Nochebuena es una fiesta que se adapta a la cultura de los países en los que se celebra. Hoy recordamos nuestras reuniones familiares cubanas. Una verdadera Nochebuena congregaba  usualmente a quince o veinte personas, y a veces más, que de una forma u otra compartían lazos familiares.  El plato estelar de la noche era el lechón asado, con su guarnición de arroz blanco, frijoles negros, ensalada y vianda frita. No faltaban los turrones españoles de todos los sabores ni los tradicionales buñuelos, y por supuesto, la música y la más plena alegría. Incidentalmente recordemos que a nadie se le ocurría ir a un restaurante a celebrar Nochebuena, Esta era una fiesta comprometida con el hogar y la familia.

Una de las “hazañas” del comunismo ha sido la de deteriorar la vieja y añorada Nochebuena, y no porque no haya carne que comer ni dulces que disfrutar, sino porque las familias se han fragmentado debido a ausencias dolorosas y también por grietas ideológicas que nos han separado hasta los términos de un penoso distanciamiento.

En Cuba, los que todavía celebran la Nochebuena, dependen de la ayuda humanitaria de familiares y amigos en el exilio; pero no hay para ellos una abundancia capaz de atenuar los sentimientos de nostalgia, tristeza y frustración que reina en nuestras dispersas familias de hoy.

La Nochebuena también se ha exiliado y donde haya un núcleo de cubanos siempre es una celebración obligada. Son simpáticos los incidentes que se asocian a nuestras Nochebuenas del destierro. Los más viejos siempre pensamos que cada Nochebuena es la última y nos despedimos solemnemente de aquellos con quienes nos reunimos. Mi querida suegra estuvo veintidós años repitiendo el mismo estribillo, hasta que finalmente tuvo razón.  Yo, como cualquier otro compatriota, siempre extraño en nuestra mesa a los seres humanos que han partido, de los que cada año el número aumenta. Lo curioso de una noche como ésta es que a pesar de los momentos tristemente emotivos, siempre reanudamos la alegría y el feliz sentimiento de comunión amorosa con familiares y amigos.

Antes, ya casi no, el lema común era que la próxima Nochebuena la celebraríamos en Cuba. Esa esperanza nos estimulaba para la brega en una tierra que, siendo noblemente acogedora, no es la nuestra. Han pasado 56 años de noche, y aunque debiéramos confiar en la cercanía del amanecer, lo que ya vamos sintiendo es una aplastante resignación. Sé que Cuba volverá a ser libre; pero será para otros. Un medio siglo de ausencia no se repone. Yo, por supuesto, me alegro de que los cubanos de las generaciones nuevas recuperen la Isla cautiva, la vistan de limpio, la decoren con  dedicación y plenamente la sirvan con patriótica abnegación. Para ellos serán las próximas Nochebuenas, quizás no como las de antes, porque el pasado nunca regresa; pero, al menos, enmarcadas en libertad y adornadas de esperanza.

Algo positivo del destierro es que nos ha expuesto a una interesante variedad cultural que antes desconocíamos. En Miami hay Nochebuenas puertorriqueñas, venezolanas, colombianas y de cuánto sitio se nos ocurra pensar. Recuerdo que hace algunos años eran parte de mi congregación un par de familias que procedían de una aldea del centro de la península española. Nos invitaron a que les visitáramos y cuál fue nuestra sorpresa al ver que frente a la casa un grupo de muchachos armaban una hoguera entre aclamaciones y risas. Nos explicaron que en el pueblo de dónde venían era una tradición prender una hoguera en las plazoletas de las iglesias al anochecer de la Nochebuena. Naturalmente, en Miami tal tradición fue clausurada por la policía.

En varias oportunidades hemos participado de las posadas mexicanas. Se trata de un recorrido por diferentes hogares por grupos que cantan villancicos, y reparten golosinas, disfrutando de convite tras convite. Es una costumbre relacionada con la triste experiencia de José y María, los que no hallaron posada para que el niño naciera bajo el amparo de un techo. Hoy día, al estilo mexicano, las puertas se nos abren en el más genuino espíritu navideño.

En un hogar venezolano descubrimos que el héroe de la Navidad no es ni Santa Claus ni Papá Noel, sino el niñito Jesús. Por cierto, nos invitaron a participar de juegos de salón animados con una ronda de golosinas variadas.

En la iglesia que por cerca de treinta años pastoreé en Miami, todos los años publicábamos una lista de las personas que vivían solas, con la petición de que las familias de la Iglesia escogieran a uno o más invitados.  La experiencia fue tal que hasta hoy dura esa preciosa tradición.

La Navidad es una vivencia universal. Al principio del exilio los norteamericanos nos miraban con asombro cuando trajinábamos en la preparación de la Nochebuena. A comienzos de la década de los 60’s vivíamos en una barriada donde residían varias familias anglosajonas. Un año se nos ocurrió invitar a nuestra Nochebuena a unos vecinos de habla inglesa, y se quedaron encantados con la celebración. Creo que a partir de esa ocasión no se perdieron otra fiesta. Una tarde de un veinticinco de diciembre, fuimos invitados a la casa de unos vecinos norteamericanos y descubrimos en la mesa varias pastillas de turrones cortadas en trocitos, y aunque sea para no creerlo, también un exquisito pernil de puerco engalanado con rueditas de plátanos verdes fritos. ¡Es que la Nochebuena es contagiosa!. 

Algo que lamentablemente suele ocurrir en Nochebuena es la pérdida del sentido del límite. El exceso de comidas afecta a personas con problemas de salud y el exceso de consumo de bebidas alcohólicas crea situaciones conflictivas y llenas de peligro. Recuerdo que en los primeros años de mi adolescencia me enseñaron en la iglesia a la que asistía un lema que siempre me ha protegido. Es bien simple: “sé temperante de lo bueno y abstinente de lo malo”.

La enseñanza es clara: celebremos la Nochebuena con una diversión controlada y mientras disfrutamos de nuestra felicidad, hagamos felices a los demás, recordando siempre que el invitado de honor, a quien de ninguna manera debe desairarse, es  el niño Jesús.

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