26 de junio de 2011

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De Juana María a Reina Luisa

 Ninoska Pérez Castellón
Diario Las Américas


“¿Tú sabes lo que es no entregarle a una madre el cadáver de su hijo? 
Estoy dispuesta a lo que sea, a mi hijo Pedro Luis Boitel me lo asesinaron”-

Clara Abraham de Boitel

A veces pienso que al exilio cubano, con sus características novelescas, hay que ponerle nombre. Aunque en nuestro caso la realidad sobrepasa la ficción. El título radica entre dos madres cubanas: De Juana María GrosOlea hasta Reina Luisa Tamayo. Y ¿qué encierran esos 52 años? Demasiadas lágrimas derramadas por quienes han visto a sus hijos morir asesinados por el régimen de los hermanos Castro.

Conservo una foto de mi padre en Washington en el año 1959. Hasta la capital de los Estados Unidos habían viajado un grupo de cubanos para protestar y decirle al Departamento de Estado que ayudaran a poner fin al comunismo en Cuba. ¿Cuantas lágrimas se hubiesen ahorrado las madres cubanas?. Pero no era sólo en Washington, era en Nueva York, en Miami, donde quiera que hubiera cubanos, estrenando el destierro, había protestas. Los letreros eran siempre los mismos: “Paren los fusilamientos en Cuba”.

Y había que hacerlo aunque fuéramos pocos y los muchos en Cuba apoyaran la infamia vestida de revolución porque una mujer como Juana María Gros de Olea había perdido tres hijos en 48 horas. El 12 de enero de 1959, mientras Santiago de Cuba celebraba el triunfo de la revolución Juana María perdió dos de sus hijos en uno de los primeros crímenes de Raúl Castro: un fusilamiento masivo de 68 personas sin juicio, enterrados en una fosa común en la Loma de San Juan. Dos de las víctimas eran sus hijos, Juan Ignacio y Domingo. Al día siguiente, cuando aun sin haber sido notificada la familia, el tercer hijo de Juana María, Olegario se enteró del crimen estando en una cafetería de la calle Enramada, enloqueció y la emprendió con unos milicianos presentes. Lo mataron en plena calle. Y una madre perdió a sus tres hijos en dos días.

Y como a ella, a miles de madres les fusilaron sus hijos. Otras los vieron morir día a día durante décadas en las cárceles cubanas, y después vinieron las madres de las mujeres cubanas que vieron a sus hijas padecer largas condenas – porque ningún otro país ha tenido tantas mujeres presas cumpliendo largas condenas como Cuba. Después los vieron morir en huelgas de hambre, y brutales golpizas. También asfixiados en la rastra de la muerte por órdenes de Camilo Cienfuegos y las madres cubanas enloquecieron, como la madre de Cari Roque que padeció 16 años con su hija en prisión.

¿Y qué hizo el exilio? Alzar su digna voz, aunque otros callaran y apoyaran al régimen de Fidel Castro. Y el 1ro. de septiembre de 1975, cuando tuvo lugar la infame masacre de la prisión Boniato y las madres cubanas acudieron a la prensa para denunciar lo que había sucedido, les dieron la espalda porque como el film de Néstor Almendros, nadie escuchaba. Como nadie escuchó cuando otra madre lloró a un negro llamado Olegario Charlot Espileta que tras morir en una huelga de hambre, lo sacaron de su celda con palas por la magnitud de descomposición del cadáver.

Y el exilio siguió, porque era imposible callar crímenes, como el de jóvenes pulverizados en el aire por migs castristas, niños hundidos en el remolcador 13 de marzo, jóvenes fusilados en 72 horas sin haber cometido crimen alguno porque Fidel Castro quería dar lecciones ejemplarizantes.

Y este exilio digno, tantas veces satanizado nunca ha dejado de protestar, de denunciar, de ayudar. Tampoco nos hemos cansado. Bastaba con ver las lágrimas en los ojos de otra madre cubana, Blanca González o su valentía testificando ante el Congreso de los Estados Unidos pidiendo la libertad de su hijo Normando Hernández y de todos los presos políticos. Por eso cuando una madre desconocida, llamada Reina Luisa, comenzó a advertir en el año 2009 que su hijo estaba siendo golpeado y abusado en prisión, y tuvo la valentía de retratarse con la camiseta ensangrentada, sacada clandestinamente de la cárcel, le pedí a la directora de las páginas de opiniones del Miami Herald, Myriam Marques que publicara la foto que era no sólo un testimonio urgente, era una advertencia de lo que le esperaba a la familia Zapata Tamayo.

Aun así, no escucharon, porque pedían a gritos, cardenales, presidentes, inescrupulosos inversionistas, y hasta algunos que dentro de Cuba se llaman opositores, que le levantaran las sanciones al régimen de Raúl Castro. El final fue trágico y tuvo que morir Orlando Zapata Tamayo en una prolongada huelga de hambre en la que hasta el agua le negaron y Reina Luisa se convirtió en otra madre cubana a la que le asesinaron a su hijo.

Tampoco nos dimos por vencidos y la maravilla de los tiempos es que la denuncia de la muerte de Zapata recorrió el mundo y su imagen se convirtió en símbolo de resistencia. Hoy Reina Luisa se une a este exilio que es también una carrerea de relieve que lleva ya 5 décadas. Por eso al igual que ese héroe que se llama Antúnez que nos dice a diario desde el centro de Cuba, que ni se va ni se rinde, así decimos nosotros hoy aquí en esta capital del exilio cubano. Ni nos callamos, ni nos rendimos hasta que Cuba sea libre y sobre todas las cosas, hasta que prevalezca la justicia.

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