2 de mayo de 2011

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LA FUERZA
QUE DERRIBÓ EL MURO

Por Alfonso Ussía
La Razón. Madrid

«El mundo cambió gracias a él. Fue el Papa Juan Pablo II el que derribó el muro». Quien esto dijo aún vive, y se llama Mihail Gorbachov, el comunista pragmático –hoy pragmático pero no comunista–, que tuvo el coraje de no detener la fuerza de la libertad de un hombre que mantuvo en pie a la Iglesia perseguida en su Polonia pisoteada y terminó siendo el padre, desde la silla de Pedro, de todos los hombres de buena voluntad. 

El Papa profundamente creyente, el Papa viajero, el Papa de la humildad y el perdón, el Papa amigo, el Papa reconciliador, el Papa valiente, el deportista, el abnegado, el doliente que sufrió el atentado, el árbol firme que murió de pie, el de la voz angustiada que llegaba a todos los rincones del mundo, el defensor de los desprotegidos, los desheredados, los enfermos y los jóvenes. El que más avanzó en la Justicia Social, en los derechos humanos, en los caminos que llevan hacia Dios. El enamorado de la Virgen, el conocedor profundo de San Juan de la Cruz y Santa Teresa, el que se metió en el alma de España por su realidad evangelizadora.

«Fue el Papa Juan Pablo II el que derribó el muro». El que con más integridad denunció la injusticia, las diferencias sociales, la realidad de la miseria, el egoísmo de los poderosos, la impotencia de los necesitados, y el permanente acoso en los países desarrollados al derecho a la vida de los inocentes. El Papa repudiado por el estalinismo, el leninismo, el nazismo y la estúpida Izquierda que no ha sabido ver en él ni en sus ejemplos el rumbo de sus reivindicaciones. El Papa orante, que quebraba sus rodillas horas y horas cada día pidiendo la ayuda de su Mejor Amigo para no decepcionarlo. 

No me tengo por un beatorro. Pero este hombre me llegó al alma y al sentimiento desde el principio de su Papado. Estábamos en el siglo XXI cuando todas las gentes, pocos minutos después de «retornar a la Casa de Su Señor» –tan bien servido y amado–, se unieron en una exigencia que jamás se había oído, con la fuerza de la voz, en la Plaza de San Pedro. «¡Santo súbito!». Se le iba la vida y rogó que no cerraran las ventanas de su aposento, humilde como el de un cartujo, con toda la Iglesia detrás. Oía el canto de un coro de jóvenes. Sonrió de cariño. Los jóvenes lo amaron en los cinco continentes. «Estábamos de rodillas en torno al lecho de Juan Pablo II. El Papa yacía en penumbras». 

El Obispo Dziwisz se levantó y encendió la luz de la habitación. «Vencedor de la muerte, has abierto a los creyentes el Reino de los Cielos». Se durmió rezando, como siempre hizo. «Quiero todo lo que Tú quieres, lo quiero porque Tú lo quieres, lo quiero como y cuando Tú lo quieres». Se apagó su vida, pero no su alma. Este Papa, este hombre, es mucho más que la luz.

A él, y por eso es odiado por los que odian la libertad, se debe la tarea casi imposible de derribar el muro que separaba la libertad de la cárcel. Sin pretenderlo, dejó sin argumentos a los enemigos de la libertad. Murió pobre, rodeado de grandezas, en un lecho estrecho y duro, con una mesilla a su lado, hacia la que miraba para ver a su Cristo Crucificado y a la Madre de sus esperanzas. 

El domingo, el Papa Benedicto XVI, su sucesor en la silla de Pedro, [procedíó] a su beatificación. Millones de personas en todo el mundo [han seguido] la ceremonia. Roma es hoy una reunión de jóvenes agradecidos. Esa fuerza para seguir, esa fuerza para querer, esa fuerza para mantener el inmenso árbol de la libertad; esa fuerza para convencernos de que Dios está a nuestro lado. La fuerza de un hombre, de una mano, que derribó el muro. ¿Lo odiáis? Él os quiere.

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