13 de enero de 2011


¡Agua a las cuerdas!
Daghe l'aiga a le corde!

 Ana Dolores García

En el siglo I, durante el máximo esplendor del Imperio Romano, el emperador Nerón se entretenía a menudo en el “Ager Vaticanus”,  su retiro en las afueras de Roma, donde poseía una villa que incluía un circo o estadio deportivo con un obelisco en su centro.

Este obelisco había sido tallado en Egipto durante el reinado de Nebkaure Amenemhat II, casi dos mil años antes del nacimiento de Cristo, y se encontraba originalmente en el templo del sol en Heliópolis. Otros historiadores estiman que el Emperador de Roma, Octavio Augusto, lo había erigido en el Foro Juliano de Alejandría, Egipto.

El caso es que el emperador Calígula se lo llevó para Roma en el año 37 dC, y allí quedó como  símbolo de la campaña y conquista de Egipto por los romanos.


La tradición dice que al comienzo de los años 60 d.C., san Pedro fue martirizado junto a ese obelisco situado en el centro del circo que Nerón tenía para su disfrute en el “Ager Vaticanus” y que su cuerpo fue rescatado por miembros de la creciente comunidad cristiana de Roma quienes  lo enterraron en un cementerio cercano. Siglos más tarde, cuando el cristianismo fue permitido por el emperador Constantino (313 dC), sobre la tumba de Pedro se levantó una iglesia con su nombre.

El crecimiento del cristianismo  coincidió con el declive del Imperio.  Roma mermaba en poder y en dineros y los monumentos se desplomaban por abandono.  El obelisco, traído desde Egipto por Calígula como símbolo del  poderío romano y que se exhibía con orgullo en el circo de Nerón, corrió la misma suerte.

Sin embargo, Roma resurgió, pero lo hizo como una Roma diferente. En el siglo XVI de nuestra era ya sería una Roma completamente cristiana, en la que del pasado imperio quedaban solamente las ruinas de los circos, el recuerdo de las catacumbas y las historias de los mártires.  Aún de ese modo diferente, Roma, la Roma eterna, intentaba seguir siendo la capital del mundo y la naciente Iglesia establecia en ella a su máxima autoridad: el Papa, sucesor de Pedro, aquel pescador al que el propio Cristo llamó roca sobre la que se construiría su Iglesia y que sufrió el martirio junto al obelisco emplazado en la colina vaticana.

La Iglesia de las catacumbas se convirtió en la iglesia del Renacimiento. Los papas, además de guías de la fe tenían también poder temporal, hacían alianzas y guerras y poseían recursos suficientes para construir basílicas y hermosear Roma. A finales del siglo XVI se construía una nueva Iglesia de San Pedro en sustitución de la primitiva (la que conocemos actualmente), y el Papa Sixto V pensó que esta monumental basílica merecía que fuera precedida por una no menos monumental plaza, en cuyo centro estaría el obelisco junto al cual fue martirizado san Pedro.  


 Novecientos hombres ayudados por más de un centenar de caballos y enredados entre poleas y cuerdas trasladaron el obelisco hasta su nuevo emplazamiento y levantaron la inmensa columna: una espigada mole de granito  que pesaba 350 toneladas y poseía una longitud en piedra de 25 metros y una longitud en años de cuatro milenios. Mientras realizaban este extenuante trabajo debían permanecer en silencio y concentrados en su labor.

Y aquí comienza la historia que da nombre al título de este relato:

“El espectáculo atrajo a la muchedumbre que abarrotaba la plaza. Fue por ello que el Papa Sixto V decidió obligar a aquella multitud a que permaneciera en silencio bajo pena de muerte, para que así se pudieran oír las órdenes de los técnicos. Pero cuando los obreros empezaron a izar tan descomunal piedra de granito rosa, las sogas cedían debido a la presión y comenzaban a echar humo.

Entonces, de repente en toda la Piazza San Pietro resonó un gran grito: Daghe l'aiga a le corde! Era el marinero Bresca, de Liguria, capitán de una nave genovesa y conocedor de que las cuerdas de cáñamo se rompían si no se las enfríaba. Se arriesgó  y valientemente sin temor a ser ahorcado, alzó su voz para salvar este bloque pétreo labrado en Asuan…

¿Qué suerte corrió  aquel valiente marinero que gritó a todo pulmón?

Fue inmediatamente detenido y llevado ante el Papa. Pero Sixto V, en vez de castigarlo, le recompensó concediéndole el privilegio de poder izar la bandera vaticana en su barco. Además se le otorgó a él y a sus herederos el derecho a poder vender en exclusiva las palmas del Domingo de Ramos para la Santa Sede. 


 Desde entonces y hace ya más de 420 años, sus descendientes siguen teniendo esta prerrogativa papal, siendo ellos los que suministran las ramas de palmera el Domingo de Ramos. La gran hazaña aún es recordada en su pueblo natal, Bordighera,"

El obelisco, en realidad un simbolo pagano, fue rematado con una cruz, símbolo de la primacía de Cristo, Señor del Universo.

Idea tomada de un pps remitido por Juan G. Arrabal
Parte del texto utilizado de
http://elzo-meridianos.blogspot.com/2010/11/aqua-alle-funni-agua-las-cuerdas.html

3 comentarios:

  1. ¡Bravo! Interesante historia.

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  2. Imagino que es una historia desconocida por muchos, tal como lo fue para mí. Gracias por tu comentario, Maggie

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  3. Anónimo1/22/2011

    desconocida y fascinante historia,la union de tantos produce la fuerza en la roma eterna,

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