19 de marzo de 2014

El camino de san José



El camino de san José

Por Javier Leoz

Fue un camino de OÍDOS ABIERTOS a la voz del ángel (Mt 2,13ss). ¿Percibimos en nuestra vida cristiana las señales que Dios nos envía?

Fue un camino de VIGILANCIA ACTIVA. Yo dormía, pero mi corazón estaba vigilante (Cant 5,2).¿Dejamos para Dios los últimos minutos del día antes de descansar? ¿Tal vez ni los primeros ni los del final  de la jornada?

Fue un camino de VOLUNTAD DE DIOS. Sus ojos, siempre, mirando hacia el cielo. Su corazón, siempre, inclinado hacia Dios (Mt 1,24; 2,14). ¿Qué prevalece en nuestros senderos? ¿Nuestro criterio o la luz del cielo que ilumina nuestras oscuridades?

Fue un camino de ACOGIDA A CRISTO. Los suyos, los que esperaban a Jesús, no lo recibieron. José, por el contrario, abrió las manos para el Dios Humanado (Jn 1,11). ¿Sabemos acoger al Dios que viene a nuestro encuentro en la pequeñez de lo que nos rodea?

Fue un camino de OBEDIENCIA. Sin entender ni comprender demasiado se fió del anuncio del Ángel. Las apariencias engañan y, en José, pudo más el Misterio que lo que le atenazaba. ¿Nos fiamos demasiado de las formas en detrimento de nuestra fe?

Fue un camino de SILENCIO. Las grandes  decisiones se toman en la almohada de la serenidad. José, sin decir demasiado, con su vida lo dijo y lo hizo todo. ¿Somos proclives a las palabras con ruido o  a las obras con silencio?

Fue un camino de SENCILLEZ. Su vida, lejos de toda ostentación o riqueza, tenía el resorte de la sobriedad. Sólo así, José, supo vivir, sentir y proclamar a Dios como su riqueza. ¿Cómo nos tomamos nuestra vida? ¿Con aparatosidad o con lo esencial? ¿Rodeados de superficialidad o con profundidad?

Fue un camino de CONTEMPLACIÓN. Sólo, desde el mirar frente a frente a Dios, José supo salir victorioso de horas de dudas, combates e incertidumbre. Supo templar su alma con la voz del ángel y desde su intuición personal. ¿Dirigimos nuestras miradas a Dios en momentos decisivos o tan sólo en los instantes de abismo?

Fue un camino de NÓMADA. No tuvo miedo a dejar su pobre comodidad para proteger al que tenía que venir al mundo en portal de pobreza. Egipto, entre otras cosas, representa la hazaña de un José valiente y audaz en su afán de protector de Cristo. ¿Guardamos a Jesús antes que exponerlo a su aniquilación por los Herodes de los nuevos tiempos?

Fue un camino de FE. Como los profetas y los patriarcas, José, creyó. Y su fe fue una fe probada y consolidada. No se quedó en buenos gestos o en estériles palabras. Antepuso la voluntad de Dios a sus propios intereses. ¿Qué prevalece en nuestra vida? ¿La fe o la duda? ¿La comodidad o el testimonio de nuestra fe?

Fue un camino de PATERNIDAD. Vivió, con firme compromiso, su responsabilidad en el crecimiento humano y espiritual de Jesús. ¿Somos conscientes de que, el crecimiento del Reino de los Cielos en la tierra, depende también de lo que hacemos o no hacemos nosotros aquí y ahora?

Fue un camino de ORACIÓN. Ni una sola palabra dice el Evangelio sobre la vida espiritual de José. Pero, su trayectoria asentada en el Antiguo Testamento, nos hace pensar que su vida era vida de Dios, vida de Sagrada Escritura, vida contemplativa y cimentada en las promesas del Nacimiento del Salvador. ¿Es nuestra existencia una presencia en Dios y con Dios por la oración?

Fue un camino de REFERENCIA. Ante Jesús, el testimonio de José, fue un libro del cual aprendió las primeras lecciones de su vida. ¿Somos para los demás hojas que enseñen, indiquen o iluminen las sendas de la verdad, la justicia o la paz a los demás?

Fue un camino de ENSEÑANZA. Lo que creía lo ponía en práctica. Fue esposo, padre adoptivo, ciudadano del cielo en la tierra, consejero, maestro, rector del primer seminario de Nazaret, instructor, confidente, creyente y compañero de fe. ¿Enseñamos de palabra y de obra aquello que decimos tener en el corazón? ¿Está Dios en el centro del corazón de nuestra vida o, por el contrario, en la periferia de nuestro pensamiento?

Fue un camino de AUTORIDAD sin imposiciones. Aquello que creyó lo practicó y, ello, fue el mejor cayado para dirigir a Jesús y el mejor corazón para acoger y acompañar a María en su misión de ser Madre de Cristo. ¿Vencen nuestras palabras o convencen nuestros actos?

Reproducido de revistaecclesia.com

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