19 de abril de 2012

SIERVO, AMIGO Y PASTOR


 
Siervo, amigo y pastor

Por el Rev. Martín N. Añorga

Escribir este artículo es una difícil tarea. Se trata de hablar de uno de mis mejores amigos, un sacerdote a quien he querido entrañablemente y con quien he compartido bellas experiencias de la vida, mi hermano de luchas y esperanzas, Monseñor Agustín A. Román, sacerdote eminente de la Iglesia Católica, Obispo Auxiliar Emérito, pastor de pastores, servidor incansable de la comunidad cristiana y de la sociedad en general, líder respetado en muchos ámbitos del mundo por su defensa heroica de los derechos humanos y hombre de recia y profunda espiritualidad.

Yo recuerdo de manera muy particular al padre Román en su desempeño como capellán del Hospital Mercy durante los años 1967 al 1973. Fue a finales del año 1968 cuando me ingresaron por Emergencias en el Hospital Mercy. Unos dieciocho días, muchos de los cuales pasé en la Unidad de Cuidados Intensivos, estuve recluido en el recinto hospitalario. Muchas cosas he olvidado de esos días; pero algo que ha quedado permanentemente grabado en mi memoria era la visita diaria, casi al amanecer, del hoy mi gran amigo Monseñor Román.

Sus palabras de consuelo y de ánimo me fortalecieron en la dura travesía que me tocó andar. Cada día, después que el pastor de almas que era Monseñor Román me visitaba, se dirigía al vestíbulo donde velaban por mi salud mi esposa, mis hijos pequeños y algunos feligreses de la Iglesia que entonces pastoreaba. Los reunía y los llevaba a todos a la Capilla para organizar un servicio de oración. Andando los años he oído extraordinarios testimonios sobre el ministerio pastoral del entonces joven sacerdote, que cumplió sus 40 años de edad siendo capellán del Hospital. "Lo veía entrar a mi habitación y sentía que era un ángel que me enviaba el Señor", he escuchado decir a muchos.

La vida de Agustín A. Román ha sido extraordinaria. Fue ordenado como sacerdote en Cuba el 5 de julio de 1959, siendo asignado a la Diócesis de Matanzas, en cuya jurisdicción ejerció ministerio pastoral en las parroquias de Coliseo-Lagunillas y Pedro Betancourt, al tiempo en que se desempeñaba como Director Espiritual de la Juventud Católica. El nació en el pequeño y simpático pueblo de San Antonio de los Baños y sabía desempeñarse con noble habilidad en comunidades campesinas.

Poco tiempo pudo el soñador sacerdote desempeñar sus labores eclesiales en Cuba. El 17 de septiembre del año 1961 fue abruptamente expulsado de la Isla en el barco Covadonga, junto a otros 130 sacerdotes, entre los que se encontraba el Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de La Habana, Eduardo Tomás Boza Masvidal. Sin documentos de identificación y sin ni siquiera un pasaporte, se convirtió en un personaje propio de una novela de Virgil Gheorghio. Durante los años 1962 al 1966 fue el Director Espiritual y Profesor del Instituto de Humanidades en Temuco, Chile, al tiempo en que prestaba servicios pastorales en una parroquia de la comunidad.

Tal como lo contaba Román, llegó a la Arquidiócesis del Gran Miami en el año 1966, siendo recibido en la vieja parroquia de San Juan Bosco por otro santo hombre de Dios, el Padre Emilio Vallina. Allí, ambos héroes de la fe recibieron a miles de cubanos que llegaban como refugiados de la Isla encadenada por el comunismo, sin recursos, sufriendo la agonía del desamparo. En San Juan Bosco hallaron el camino de la esperanza y lograron superar la inseguridad del destierro.

Posteriormente fue enviado a la Catedral Saint Mary, donde hizo labor pastoral entre los hispanos de la comunidad circundante a la Catedral, y finalmente fue asignado a concretar el proyecto de la construcción física y espiritual de la Ermita de la Caridad, obra a la que dedicara consecutivamente 40 años de su vida sacerdotal. La Ermita es hoy día un Santuario al que acuden personas de todos los puntos cardinales de Estados Unidos y de muchos países del mundo. Sin acudir a fortunas ajenas, dependiendo de la sencilla generosidad del pueblo, se llegó a levantar el símbolo religioso más visitado de todo el sur de la Florida.

Increíblemente, Monseñor Román, inmerso en la demandante obra de la Ermita, halló tiempo para ejercer un extraordinario ministerio cristiano de proyección cívica participando como conciliador en los conflictos relacionados con presos cubanos en las cárceles de Oakdale y Atlanta en los atareados días del éxodo del Mariel. Varios viajes, a veces intempestivos, tuvo que realizar el consagrado sacerdote a escenas en las que se produjeron altercados entre los presos y sus guardianes que derivaron en sucesos de violencia. Las autoridades norteamericanas depositaban toda su confianza en los esfuerzos de Monseñor Román, y a la vez los encarcelados por delitos supuestamente cometidos en Cuba y no en los Estados Unidos, reclamaban respeto para sus derechos y exigían una comparecencia judicial en la que se aclararan sus casos respectivos. Entre ambos polos el pastor sereno y audaz alcanzó objetivos que algún día la historia se encargará de reseñar.

Hablar de Agustín A. Román no es fácil hacerlo en apretadas líneas. No podemos ignorar, sin embargo, su extraordinario interés en las relaciones ecuménicas. El ha sido el promotor de la creación del Grupo de Trabajo de Guías Espirituales en el Exilio. Sus brazos están permanentemente abiertos para recibir a hermanos y amigos de otras vertientes. Para él, todos los que aman a Dios y se saben redimidos por la sangre de Cristo eran sus hermanos verdaderos.

Si se me preguntara cuál ha sido el don más significativo en la vida y el ministerio de Agustín Román, sin vacilaciones usaría una sola palabra: su humildad. El sencillo sacerdote era un hombre ilustrado, poseedor de varios títulos académicos, orador convincente, consejero y orientador de alta calidad y con muy abundantes frutos, organizador y trabajador incansable; pero sin salirse jamás de la preciada ruta que le marcara como ejemplo San Francisco de Asís.

Monseñor Román y el que escribe estas palabras somos prácticamente de la misma edad. Unos dieciséis meses he sido "más viejo" que él. A menudo le recordaba que siendo yo mayor, debía obedecerme, y le rogaba que atenuara su ritmo de vida, que no asumiera tantas responsabilidades como las que atendía y que se diera un tiempo para cuidarse a sí mismo. Su réplica era siempre la misma: "Dios me llamó para que le sirviera, y quiero morir sirviéndole". Su deseo fue complacido por el cielo: murió en su automóvil, "con las botas puestas", rumbo a una clase que impartía semanalmente a determinados miembros de su congregación.

Uno de los grandes honores que me ha dispensado Dios es el de permitirme una cercana y fraterna amistad con este extraordinario servidor suyo. Puedo definirlo como un líder de proporciones gigantescas, al tiempo en que lo he visto comportarse como un siervo humilde y dedicado. Sabía mezclar su investidura con los polvos de los caminos cotidianos y amó a Dios de tal manera que lo amaba en las manos empobrecidas de los necesitados, en las rodillas que alababan a Dios y en las abrumadoras demandas que se ve precisado a satisfacer.

Creo que en Miami -y en otros muchos lugares- le debemos mucho. Yo, por lo menos, tengo deudas impagables de gratitud para con este profeta de Dios que transformó con su trabajo y su mensaje a vidas incontables.

Recientemente, estando aún vivo, aunque aquejado de varias enfermedades, pudo ver su nombre identificando el tramo de la avenida que sirve de pórtico al santuario de la Ermita. Los que crean que poniéndole a una importante calle el nombre del Obispo Román lo han honrado, quizás estén en lo cierto. Pero de una cosa yo estoy seguro. La que de veras se ha honrado con esa designación ha sido la ciudad de Miami. No me parece que en el país tengamos a muchas ciudades que hayan disfrutado del ministerio de un sacerdote de la personalidad y estatura espiritual que fuera este hombre de Dios.

Monseñor Román recibió decenas, por no decir centenares, de placas y diplomas, proclamaciones de numerosas ciudades, cuadros y fotografías emblemáticas, y en fin, tantos honores que no habría pared lo suficientemente amplia para exhibirlos, pero en su modestísima oficina solamente estaba la imagen de su amada virgencita y una foto preciosa del mar sobre cuyas orillas se recuesta el edificio de la Ermita.

Agustín Aleido Román, sin despreciar las bondades que los demás le dispensaban, se asía solamente de este lema bíblico: "¡Ay de mí si no evangelizo!"

Precisamente esa fue su misión, y en realizarla gastó, hasta el último aliento de su valiosa vida.

Hoy lo recuerdo con una lágrima fraterna y le digo con orgullo que pronto volveremos a encontrarnos, y ya para nunca más separarnos, disfrutando de la gloria en los cielos de Dios.
Recibido de Rogelio Zelada

2 comentarios:

  1. Anónimo4/21/2012

    Que maravillosa carta hacia un Sacerdote de la talla de Monseñor Agustin Roman es muy verdadera esta carta no creo que exista otro Agustin Roman con todo mi respecto hacia todos los sacerdotes del mundo pero esa carta ya nuestro Mons Agustin Roman la esta leyendo en el cielo sus buenas obras jamas seran olvidada y su dolor de que lo hayan votado de nuestra patria sera eterna para Monseñor AgustinRoman que ya esta feliz en el cielo junto a Nuestro Señor Jesucristo.

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