2 de noviembre de 2014

Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre

Coplas de don Jorge Manrique
por la muerte de su padre
(1477)
Fragmentos
 
Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
 
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
  tan callando;
  cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
  da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
  fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
  y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
  por pasado.
  No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
  lo que espera,
mas que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
  por tal manera.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
  que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
  y consumir;
  allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
  y más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
  y los ricos.
Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
  sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
  sin errar.
Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
  y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos,
  descansamos.
Este mundo bueno fue
si bien usásemos de él
  como debemos,
porque, según nuestra fe,
es para ganar aquél
  que atendemos.
  Aun aquel Hijo de Dios
para subirnos al cielo
  descendió
a nacer acá entre nos,
y a vivir en este suelo
  do murió.
Ved de cuán poco valor
son las cosas tras que andamos
  y corremos,
que, en este mundo traidor,
aun primero que muramos
  las perdemos.
  De ellas deshace la edad,
de ellas casos desastrados
  que acaecen,
de ellas, por su calidad,
en los más altos estados
  desfallecen.
Decidme: La hermosura,
la gentil frescura y tez
  de la cara,
el color y la blancura,
cuando viene la vejez,
  ¿cuál se para?
  Las mañas y ligereza
de la fuerza corporal
  de juventud,
todo se torna graveza
cuando llega el arrabal
  de senectud.
Los placeres y dulzores
de esta vida trabajada
  que tenemos,
no son sino corredores,
y la muerte, la celada
  en que caemos.
  No mirando a nuestro daño,
corremos a rienda suelta
  sin parar;
desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta
  no hay lugar.
…..

Así, con tal entender,
todos sentidos humanos
  conservados,
cercado de su mujer
y de sus hijos y hermanos
  y criados,
  dio el alma a quien se la dio
(el cual la ponga en el cielo
  en su gloria),
que aunque la vida perdió,
dejónos harto consuelo
  su memoria.

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