17 de abril de 2017

LOS HUEVOS DE PASCUA

 
Los Huevos de Pascua
Ana Dolores García

Hace mas de tres milenios los chinos pintaban huevos de pato para celebrar la primavera. Por su parte, los pueblos mesopotámicos pintaron después huevos en honor de Ishtar, diosa de la fertilidad. Pasaron siglos, y los pueblos bárbaros de la Europa central pintaron huevos de colores y los consumían con la llegada de la primavera en un ritual pagano. Se puede comprobar en todas esas tradiciones de los pueblos antiguos una celebración del renacimiento de la vida con la llegada de la primavera.

Los judíos no pintaron huevos. Su Pascua, Pesaj, celebra primordialmente la liberación de la esclavitud en Egipto, no la llegada de la primavera o el renacer de la vida. Sin embargo el huevo cocido está presente en el simbolismo de la gran cena, el Séder del Pesaj, pues constituye uno de los alimentos que se comen esa tarde.  Eso sí, con otro significado, el del endurecimiento del corazón del faraón o la tenacidad del pueblo judío para logar salir de Egipto. Aunque también entre ellos modernamente ha evolucionado algo ese significado, y muchos judíos del Este de Europa y  en Estados Unidos, pintan y decoran huevos al tiempo del Passover, no ya como  celebración de un renacer sino que, por su forma redondeada, son representación de la continuidad del ciclo de la vida.  

La costumbre de los chinos, de los pueblos del Oriente Medio y de los paganos europeos, en su sentido de renovación,  persiste y se incorpora como tradición generalizada en la celebración de la Pascua cristiana. Precisamente el origen remoto de la palabra Pascua en inglés, Easter, lo encontramos en el nombre de la diosa de la fertilidad de los pueblos mesopotámicos, Ishtar.

Durante varios siglos, del IX al cercano XVIII, la Iglesia católica prohibió el consumo de huevos durante toda la cuaresma, al considerarlo un producto del reino animal cuyo consumo no era permitido durante ese tiempo de sacrificios y ayunos en preparación a la Pascua. Fue haciéndose costumbre el cocerlos, pintarlos y guardarlos para consumirlos el día de  Pascua de Resurrección. Fue fácil establecer el simbolismo: Cristo, al resucitar, nos gana la vida eterna, una vida nueva, y ello respalda la presencia  de los que desde entonces se llaman “Huevos de Pascua”.

Posteriormente se  ha incorporado otra figura a la tradición de los huevos de Pascua: el conejo, (en  su origen realmente una liebre). Su presencia, a mas de simbolismo, se basa principalmente en leyendas.

 Naturalmente que, sea conejo o liebre, es proverbial su facilidad de reproducción. Enlacemos ello con los huevos –de los que surge la vida de las aves- y con la primavera, cuando toda la naturaleza florece y revive tras un crudo invierno: justificadísima su presencia aunque esté enmarcada en leyendas.

Liebres y conejos eran comunes en las regiones del norte de Europa y ya desde antiguo se les consideraba un símbolo de la fertilidad. Fue así transformándose en la parte que hoy constituye Alemania o Germania, en el Osterhase, el conejo de Pascua. Una de las leyendas trata de explicar cómo surge: una mujer muy pobre que pasaba muchos apuros para poder alimentar a sus hijos, escondió en el jardín unos huevos decorados. Los niños los descubrieron y al ver un conejo que se encontraba cerca, creyeron que éste había puesto los huevos. Así surgió la tradición: los niños fabricaban un nido en los jardines de sus casas en espera de que un supuesto conejito de Pascua lo llenara de huevos, lo que siempre ocurría gracias a las buenas madres que decoraban y aportaban los huevos.  

No es esa la única leyenda, porque también se cree que el origen del Conejo de Pascua hay que encontrarlo en Sajonia, otra región de la Alemania actual. Sus habitantes honraban en la primavera a la diosa Eostre y la liebre era el animal símbolo de ella. Celtas y escandinavos igualmente consideraban altamente a la liebre por su gran capacidad de procreación.

En 1682 Georg Franck von Frankenau en un trabajo “Acerca de los huevos de Pascua” menciona que en la región de Alsacia, en la frontera entre Francia y Alemania, existía la tradición de una liebre que traía los huevos de Pascua.  

En México, las madres se encargan de guardar los cascarones de los huevos que se consumen durante la cuaresma. Los pintan y los rellenan de confetis el Sábado Santo y la coneja los esconderá para la Pascua. El Domingo de Resurrección, después de la Misa, todos los muchachos buscan los “cascarones” (ése es el nombre que dan a la tradición) que romperán luego sobre la cabeza del primero que se les acerque, cubriéndolo de confetis.

Hoy en día, los comerciantes han hecho todo un productivo negocio con la venta de huevos de Pascua, conejos de chocolate y preciosas cestas. Huevos plásticos rellenos de dulces, bombones o caramelos. Otros mas elegantes y costosos, hechos de chocolate y decorados primorosamente. Esos, por supuesto, no quedan escondidos en el jardín, permanecen en el hogar junto a conejos de todos los tamaños hechos también de chocolate.  

Y las madres siguen escondiendo los huevos rellenos con caramelos, y sus hijos buscándolos.

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