2 de marzo de 2015

¿Dónde amor?

¿Dónde amor?

María A Colunga Olivera

Un chin en aquellos halones de trenza de Abelito y en el salpicar de sus piedritas a mis espaldas, cuando éramos novios en primer grado sin yo saberlo.

Dulcísimo y tibio, hundido en la masa de los pudines de abuela Sahara,  esperando mi alegría golosa cada fin de semana, como un rito.

A pulso en la magia de esas jabas con que mi madre iba a verme cada miércoles y domingo a la beca del pre.

Sin poses, en el acto sencillo de juntar la comida de todas en una misma taquilla (la de Lore o la de Reglín) y compartir el botín a partes iguales hasta el día de la oncena que durara.

Visceral, único, luminoso, el día en que cargué por vez primera a la hermana-hija que mi madre me parió a mis diecisiete y descubrí, sin duda alguna, que era el ser más hermoso del universo.

Apretado en el último abrazo a Sary en la terminal de Santiago por donde me voló lejos hace ya tres años demasiado largos; y luego en cada coma de un correo electrónico, en cada segundo suicida de las llamadas telefónicas,  en cada día de sentarse otra vez a la mesa y dejar su silla frente a la computadora, para que no nos arañe tanto la ausencia.

Callado y sólido, casi como una roca, en las manos y los hombros y los oídos siempre prestos de mis amigos (Yuri, Grey, Luisen, Sam, Gelsinki, Kenita…),  con su estar siempre allí para lo bueno, y sobre todo para lo malo.

Pleno de orgullo, hondo y feliz, cuando salen bien las cuartillas y cuando más que bien salen útiles. Sobre todo si alguien en la calle te para y te dice: “me gustó este trabajo suyo, periodista”.

Ingenuo y súbito, como explosión de serpentinas, cuando Clau y Manu me regalaron mi nombre-apodo garabateado en un papelito, para que viera que ya saben escribir la “te” y la “ene”; y para que entendiera algo así como que me quieren mucho.

Jovial y furtivo, cada mañana, en los buenos días de la vecindad, en el borbotear del café que se comparte a buchitos, en la cháchara breve de esquina y el saberte, más allá de la sangre, acompañado.

Sencillo y ñoño, al final del día, cuando la Musa me recibe en casa con sus ojos gatunos fijos en la puerta, adivinando el sonido de mis pasos mucho antes de que la llave llegue al cerrojo.

Desnudo y remoto, como un presagio indescifrable, la madrugada que fuimos todos juntos a ver amanecer en Valle de la Penitencia y descubrí, al borde de las lágrimas, que es una suerte estar vivo y acompañado en un mundo tan grande, tan viejo, tan insólito.

Imperecedero en esas fotos que me devuelven de golpe todas las sonrisas,   en el aroma del perfume que ahorro para salvar un recuerdo, en los libros con que aquel muchacho me enamoró.

A cada paso, debajo o encima o a un costado de las simples cosas, las simples gentes, los simples momentos. Insospechado, profundo, casual, ignoto, dormido, a gritos, sereno,… convulsamente así, el amor me pasa.


Remitido por Pancho Peláez.

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