7 de enero de 2014

Platero y él



Platero y él
Ana Dolores García

Platero

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: ¿Platero?, y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...

Así es Platero, el pequeño burro idealizado por Juan Ramón Jiménez y hecho inmortal por la poesía que brota de la prosa que lo describe.  Tan inmortal, que sus trotes ya centenarios continúan deleitando a quienes siguen sus travesuras, subyugados por el encanto de la sencillez con que Juan Ramón las narra.    

El poeta publicó la primera edición en 1914. Luego hubo otras con más aventuras de Platero, las que llegaron a llenar 138 capítulos, mas tres últimos que se agregaron en la década de 1920. Quedaron en sueños otros proyectos como el de una segunda parte que se llamaría Otra vida de Platero. Al cabo, la vida y muerte de Platero quedaron encerradas en los breves capítulos de Platero y yo.  Ellos bastaron para hacer más brillante aun la aureola de poeta grande que alcanzó Juan Ramón Jiménez.  

Platero, más que para niños, fue escrito para adultos, a los que no escaparía la sensibilidad del autor.  Juan Ramón lo advertía  «Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren».

En el libro dedicado «a la memoria de Aguedilla, la pobre loca de la calle del Sol, que me regalaba moras y claveles», Juan Ramón escribe este prologuillo:

Advertencia a los hombres que lean este libro para niños:

Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para… ¡qué sé yo para quién!... para quien escribimos los poetas líricos. Ahora que va á los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien!

«Donde quiera que haya niños –dice Novalis-, existe una edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón de poeta, y se encuentra allí tan á su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca».

¡Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y, á veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en un sol blanco del amanecer!
El poeta


Él

«Nací en Moguer, la noche de Navidad de 1881. Mi padre era castellano y tenía los ojos azules; y mi madre, andaluza, con los ojos negros. La blanca maravilla de mi pueblo guardó mi infancia en una casa vieja de grandes salones y verdes patios. De estos dulces años recuerdo que jugaba muy poco, y que era gran amigo de la soledad…»


Óleo de Joaquín Sorolla
Fue depresivo y taciturno gran parte de su vida, por lo que se vio internado varias veces en sanatorios y clínicas para enfermos mentales. Aun así, no fue nunca ajeno a reuniones con otros poetas y escritores. En 1911 se decide a vivir en Madrid y poco tiempo después conoce a Zenobia, con quien contrae matrimonio y comparte el resto de su vida.  

Durante los convulsos años de la Guerra Civil española se traslada a Washington, y allí se desempeña como Agregado Cultural de la Embajada de la República Española. Al finalizar la Guerra Civil no considera el regreso a España y opta por el exilio. Vive en Puerto Rico hasta su muerte en 1958, totalmente desolado a partir  del fallecimiento de su amada Zenobia, ocurrida en 1956, el mismo año en que le fuera otorgado el Premio Nobel de Literatura.

"...Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando,
y se quedará mi huerto con su verde árbol
y con su pozo blanco.
Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las esquilas del campanario.
Se morirán los que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;..."

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