20 de marzo de 2016

Domingo de Ramos



Asciende y entra, Rey y Señor, a Jerusalén,
porque si no lo haces, tampoco nosotros
podremos ascender a la gloria que nos prometes.
Déjate aclamar,
aunque suenen a hueco y flameen estériles
muchos de nuestros ramos y palmas.
Adéntrate camino de la Pasión, porque sin ella
estaríamos descorazonados.
No mires, Señor,
a la tiniebla que mañana te espera,
pues necesitamos de Ti
para que la nuestra no sea eterna.
 Te esperábamos, Señor,
aunque hoy te digamos ¡viva!
y mañana gritemos ¡muera!
Hoy nos adherimos a Ti, Señor,
para luego aun siendo los mismos
decir no conocerte.
Sube humildemente, Rey, amigo y Señor,
y si te escandaliza este triunfo
cuando tanta sangre espera,
perdónanos, Señor.
Somos así, incluso los que te queremos,
los que en la intimidad
mas hemos convivido contigo:
No entendemos esta entrada
en humillante pollino, no comprendemos
el por qué una cruz al mejor hombre,
nos resistimos al triunfo
si ha de pasar primero por la muerte.
¡Cómo no bendecir tu nombre, Señor!
Si eres Palabra cumplida al detalle.
Esperanza de los profetas.
Manos apropiadas y valientes para el madero.
Cena que, en Jueves Santo, esperamos gustar.
Frases que, en Viernes Santo,
estremecerán todavía más nuestro llanto.
¡Cómo no exaltar tu nombre, Señor!
Cuando sabemos que al final,
después de las espinas y del dolor,
del vértigo y de la muerte,
gritaremos lo que Tú tantas veces nos repetiste:
hay que morir para dar abundante fruto.
               Javier Leoz, betania.es

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