31 de mayo de 2011

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Lección de amor a un niño cubano

Gerardo Rodríguez Miranda

La patria no es tan sólo un simple nombre
con el que se conoce nuestra tierra;
es también el hogar de nuestros padres,
escenario de goces y de penas…

Está presente en ríos y montañas
y en los serenos valles y en la espesa
vegetación, que surge prodigiosa
como un venero de eternal belleza.

Es la brisa ligera y refrescante
que entona melancólicas endechas,
y el pueblecito quieto y silencioso,
o la ciudad erguida y vocinglera.

Es el cielo de azul esplendoroso,
es el mar que se duerme en las arenas,
es el batir de alas de las aves,
es la música propia y sus cadencias.

Es el pregón de humildes vendedores,
tipificando escenas callejeras,
es el dulzor de una sabrosa fruta,
es la magia de un chiste… de un poema.

Es la urdimbre de múltiples costumbres
de propia y singular naturaleza,
es el clima y el idioma, y el recuerdo
evocador de incomparables gestas

La patria se refugia silenciosa
en la entrañable, inolvidable tierra
donde duermen los muertos más queridos
el sueño interminable de su huesa.

Ella es la propiedad que no se compra,
manantial de recuerdos y quimeras,
y en la mente de cuantos la queremos,
es obsesión tremendamente terca.

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