24 de febrero de 2014

Arrestadas ayer mas de 70 Damas de Blanco



Arrestadas ayer más de 70
Damas de Blanco en La Habana

Más de 70 Damas de Blanco fueron detenidas ayer domingo en Miramar, La Habana, después de asistir a la ya acostumbrada misa dominical en la iglesia de Santa Rita, según reporta a MartíNoticias el activista opositor y miembro del Consejo Coordinador de la Unión Patriótica de Cuba, UNPACU, Ángel Moya.

Moya relata que después de concluida la misa, las Damas de Blanco decidieron dirigirse hacia la costa para conmemorar la muerte de los 4 miembros de Hermanos al Rescate derribados mientras tripulaban dos avionetas civiles por naves MIG de las Fuerza Aérea Cubana, el 24 de febrero del 1994, y la muerte en huelga de hambre, el 23 del mismo mes pero del 2010, del opositor Orlando Zapata Tamayo.

Al intentar llegar al mar en la avenida tercera entre 26 y 24 fueron interceptadas y detenidas por la policía política y fuerzas de la Seguridad del Estado más de 70 Damas y alrededor de 10 hombres que las acompañaban, nos dice Ángel. “Los hombres fuimos esposados y trasladaos a la estación de policía del VIVAC” comenta Moya desde su casa después de ser liberado junto a los demás detenidos.

Radio Martí logró comunicarse con el celular de Daisy Ponce a pesar de que la mayoría de las Damas tienen el teléfono desconectado.  Horas más tarde se conoció por medio de Twitter de la liberación de la líder Berta Soler y del resto de las Damas de Blanco de la estación de policía de Tarará donde fueron trasladadas.

La mujer que más amó Machado



La mujer que más amó Machado


 Antonio Machado muere en Collioure el 22 de febrero de 1939. Setenta y cinco años después, continúan las polémicas sobre Guiomar, su amor de la madurez.

La historia de su matrimonio es bien conocida: en 1907, Antonio va a Soria como catedrático de Francés. Allí conoce a Leonor, la hija de su patrona, que tenía entonces 14 años. Dos años después se casan. En París, ella sufre una hemorragia que -según el poeta- «fulminó nuestra felicidad». Muere de tuberculosis el año 1912, el mismo año en que se publica «Campos de Castilla». El poeta expresa su dolor con versos conmovedores:

«Señor ya me arrancaste lo que yo más quería...  
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar».

Esta tragedia acentúa su tendencia a la soledad y la melancolía.

 En 1929, publica Machado sus Canciones a Guiomar: ¿se trata de una mujer de carne y hueso o de un puro pretexto literario, como el de tantos escritores? La respuesta llega en 1950, al publicar Concha Espina su libro «De Antonio Machado a su grande y secreto amor» incluye, mutiladas, cartas de amor del poeta y da por muerta a Guiomar, sin revelar su identidad. El escándalo, en el mundo literario, es notable.

Siguen luego libros de Justina Ruiz de Conde, José María Moreiro... La revelación definitiva llega con el libro póstumo de Pilar de Valderrama, «Sí, soy Guiomar. (Memorias de mi vida) (1981)». Finalmente, en 1994, Giancarlo Depretis publica íntegramente las «Cartas a Pilar». Aunque algunos siguen manteniendo que Guiomar era sólo un pretexto literario, o, incluso, un nombre que da ahora Machado a su recordada Leonor.

¿Quién es Pilar de Valderrama? Una mujer de carne y hueso, por supuesto: nace en Madrid en 1892 (16 años después que Antonio Machado); no es feliz en su matrimonio con Rafael Martínez Romarate, que trabaja en el teatro como luminotécnico; publica varios libros de poemas («Las piedras de Horeb», «Esencias») y de teatro («El tercer mundo»). Toda la familia es católica, de derechas: huyen a Portugal en 1936. (Mientras tanto, Antonio Machado ha reforzado su adscripción al bando republicano, a diferencia de su hermano Manuel). Muere en 1979, dos años antes de la publicación de sus memorias. Cansinos Asséns la describe con escasa simpatía: «Una mujer morena, de tipo semítico, con grandes ojos pasionales y toda ella con un exceso de ardor que se desfoga en el arte». La incluye en el grupo de «esas grandes señoras que hacen literatura por puro placer, al margen de todo profesionalismo». Más cariñoso se muestra Jorge Guillén: «Esta criatura, muy sensible, gozará y sufrirá intensamente durante su larga existencia».

Antonio le escribe cerca de 200 cartas, de las que se conservan sólo unas 40. Ella -por pudor, se supone- destruyó las restantes: una pérdida lamentable. Y las publica con mutilaciones; llega a tratarlas con productos químicos, para borrar algunos párrafos que el tiempo, paradójicamente, ha hecho reaparecer.

Se conocen los dos en Segovia, el 2 de junio de 1928. Ella acaba de sufrir un gran dolor al confesarle su marido que se ha suicidado una joven con la que él mantenía relaciones. Le lleva a Antonio un libro de poemas; cenan, juntos, en el Hotel Comercio; pasean de noche, hasta el Alcázar. Ahí comienza su relación epistolar. Ella tiene 36 años; él, más de 50. Uniendo los poemas dedicados a Guiomar con las cartas de Antonio, se puede seguir la historia de un amor (como el título del bolero) que cada uno calificará como prefiera.

El banco de los enamorados

Hay que partir del hecho de que el poeta se siente prematuramente envejecido:

«Cuando murió su amada,
pensó en hacerse viejo...».

El tiempo va apaciguando los dolores pero él no cree que pueda ya enamorarse de nuevo. La aparición de la joven poetisa rompe su idea; para expresar su asombro, recurre al verso inicial de la «Divina Comedia»:

«Nel mezzo del camin pasóme el pecho
la flecha de un amor intempestivo...».

La posición, al final del verso, subraya la palabra: «intempestivo»; es decir, «lo que llega fuera de tiempo o de sazón». Pero que ha llegado... Está viviendo ahora el poeta lo mismo que él cantó del

«olmo viejo, hendido por el rayo /
y en su mitad podrido»

al que, en primavera, «algunas hojas verdes le han salido». Se siente sorprendido pero feliz: «Porque, en amor, locura es lo sensato».

Ella vive en Madrid, con su marido; Antonio, en Segovia: se escriben cartas de amor. El fin de semana, él va a la capital. Pasean juntos, ese verano, por los jardines de la Moncloa (cerca de la actual residencia del Presidente del Gobierno): lo bautizan como «El jardín de la Fuente» y «el banco de los enamorados», donde se sientan. En el otoño, se refugian del frío en un café de Cuatro Caminos, el Franco-Español: «nuestro rincón». Para consolarse de la separación, como dos chiquillos, se inventan un recurso: todas las noches, entre 11 y 12, se encuentran, con la imaginación, en su «tercer mundo» (ése será el título de una obra de teatro de ella).

Lo mismo que cualquier joven enamorado, Antonio le escribe cartas que terminan con una ristra de piropos: «¡Adiós, preciosa, encanto, milagro, maravilla, reina, diosa de mis entrañas, adiós! (...) Escribe a tu loco. Tuyo, tuyísimo, archituyo...».

Alguna noche, en Madrid, Antonio va al teatro solamente por verla, de lejos. Y sufre de celos, como cualquier mortal: «Mi corazón tiene cada día más amor. Y, aunque sea absurdo, más celos».

Sueña él con los mil detalles de la vida cotidiana, en pareja. Por ejemplo, acompañarla, cuando ella está acatarrada: «Quieta, arropadita en tu cama, porque allí está -a tu cabecera- tu poeta, dándote el calor de su corazón (...) Te aconsejo mucho abrigo y, para sudar un poco, tomar un ponche con una copita de coñac. Es mano de santo».

No es éste el Machado trascendental, filosófico, sino un hombre maduro que se ha enamorado de una mujer más joven y que sueña con ella. Hasta el recuerdo de su mujer se ha ido borrando: «El secreto es, sencillamente, que yo no he tenido más amor que éste. Ya hace tiempo que lo he visto claro. Mis otros amores sólo han sido sueños, a través de los cuales vislumbraba yo la mujer real, la diosa. Cuando ésta llegó, todo lo demás se ha borrado. Solamente el recuerdo de mi mujer queda en mí, porque la muerte y la piedad lo han consagrado».

¿Hasta dónde llega este amor? Parece claro que es ella, por sus criterios religiosos, la que impide su consumación. Suele él quejarse de unas barreras que no entiende... pero acepta. Todo parece quedar en un «amor cortés», como el de los trovadores. Aunque algunos detalles apuntan a algo más. Una vez, ella va a Hendaya, para reponerse. Hasta allí acude Antonio. Contemplan el río Bidasoa y, al fondo, Fuenterrabía; pasean por la playa y el cuerpo parece reclamar sus derechos:

«¡Y, en la tersa arena,
cerca de la mar,
tu carne rosa y morena,
súbitamente, Guiomar!».

Antonio, como cualquier novio que se precie, le ha traído un regalo, unos zarcillos de oro, que acaban de un pendiente de nácar:

«En el nácar frío
de tu zarcillo en mi boca,
Guiomar, y en el calofrío
de una amanecida loca».

¿Qué llegó a pasar en esa «amanecida loca»? Nunca lo sabremos.

El amor insatisfecho se sigue refugiando en los sueños. Una vez, sueña él que les casa en Segovia, en el monasterio del Parral, al son de La Marsellesa, un fraile que resulta ser don Miguel de Unamuno. Otra vez, algo semejante tiene un final feliz:

«Soñé, sencillamente, que me casaba contigo (...) Mi estado de espíritu era, en esta ocasión, de una alegría rebosante, todo lo contrario de lo que fue, en mis nupcias auténticas. La ceremonia fue entonces, para mí, un verdadero martirio. Y, ahora, salía yo contigo, del brazo, lleno de alegría y de orgullo. Se diría que, en el sueño, tomaba yo el desquite de nuestro secreto amor, pregonándolo a los cuatro vientos... El resto del sueño, no te lo puedo contar. Es demasiado feliz, aun para contarlo».

Luego,la guerra los separa: ella, con su familia, se va a Portugal, después de haber destruído muchas de sus cartas; él, a la Valencia republicana:

«De mar a mar, entre los dos, la guerra,
más honda que la mar...».

En sus «Canciones a Guiomar», insiste Machado en la trama misteriosa que enlaza la realidad con el ensueño:

«Todo amor es fantasía:
él inventa el año, el día,
la hora y su melodía;
inventa el amante, y, más,
la amada. No prueba nada
contra el amor, que la amada
no haya existido jamás».

Algunos han utilizado estos versos para concluir que Guiomar fue solamente un sueño poético: las cartas que conservamos indican otra cosa. Otros la han enjuiciado con dureza: quizá no amó de verdad a Machado, quiso aprovecharse de su fama... En todo caso, él sí sintió renacer, con ella, sus viejas ilusiones. Cuando Antonio Machado muere, en Collioure, hace exactamente 75 años, su hermano José encuentra, en su chaqueta, un papelillo arrugado. En él ha escrito la cita del Hamlet
(«To be or not to be») y el último verso que ha escrito, con sus más dulces recuerdos sevillanos: «Estos días azules y este sol de la infancia...»

Pero también guardaba allí una variante de una de sus Canciones a Guiomar:

«Y te daré mi canción:
«Se canta lo que pierde»
con un papagayo verde
que la diga en tu balcón:
se canta lo que se pierde».

Es difícil imaginar mejor definición de la poesía: «Se canta lo que pierde».

Reproducido de abc.es

El asesinato de cuatro hermanos al rescate


Aquel glorioso 24 de febrero



Aquel glorioso
24 de Febrero

El 24 de febrero de 1895 comenzó una nueva guerra emancipadora en Cuba. Se renovó el heroísmo de aquella Guerra Grande que había durado diez años, y de la posterior Guerra Chiquita que no logró tampoco alcanzar la independencia de nuestra Patria de la metrópoli española. Esta vez sí se logró el ansiado propósito.

El 24 de febrero la tea incendiaria de la lucha se hizo llama incandescente que no se apagaría hasta que el cansancio de España cediera a la intransigencia mambisa y al acoso de último momento por parte de los Estados Unidos.

El siguiente trabajo nos habla de aquel heroico día. Lo publicó la revista Bohemia el 24 de febrero de 1952, con la autoría de Baldomero Álvarez Ríos, ilustrado con dibujos de Rodolfo Peña Mora. Lo reproducimos de la página web http://www.calendariocubano.com

...“El 29 de enero es firmada la orden del levantamiento por José Martí como Delegado del PRC; Mayía Rodríguez, en representación del Generalísimo Gómez, y Enrique Collazo, Comisionado de la Junta Revolucionaria de La Habana. Pero, ¿cómo se enviaría la orden a Cuba para que no la descubrieran los españoles ni aquellos norteamericanos enemigos de Cuba? La feliz iniciativa de que viniera desde Cayo Hueso envuelta en un tabaco, dirigida al representante legal y único de la Junta Revolucionaria, Juan Gualberto Gómez, resultaba certera.

Entregada por Martí a Gonzalo de Quesada en New York, este viene con ella al Cayo y la hace llegar a Miguel Angel Duque de Estrada, que rebasa satisfactoriamente el viaje con la trascendental misión, saliendo en el barco "Mascotte" en la noche luminosa del 21. En pocas horas, al amanecer del 23, está en La Habana.

Pronto el valioso tabaco llega a poder de Juan Gualberto. Este sabe, está consciente, que la atención de Cuba irredenta se concentra en el diminuto papel impregnado de la aromosa hoja y de las ansias libertadoras de un pueblo que no quería continuar soportando la pesada carga y el doloroso vía crucis absolutista con su vejaminosa intransigencia; ni arriesgarse a un autonomismo sumido a la España colonial, y a las falsas reformas políticas anunciadas. Juan Gualberto no demora su rol en la conspiración. Corre a la residencia de López Coloma, en el número 74 y medio de la calle Trocadero.

Los miembros de la Junta Revolucionaria, convocados con el apremio que la situación requería, toman el acuerdo de que sea el 24 la del inicio de la gesta heroica, fecha en que, por celebrarse los festejos del Carnaval, despistaría a las autoridades españolas […]

…En otras ciudades y localidades de la Isla se desarrollaba también la lucha por la independencia; en todas con gran patriotismo, con incomparable entusiasmo y valentía; por eso el lógico criterio que se tiene de la injustificada denominación del Grito de Baire, concediéndole a esta localidad el privilegio que también podían tener Bayate; Jiguaní, Guantánamo y otras regiones de Cuba. Pero veamos sucintamente lo que ocurre en aquella fecha histórica.

En Bayate, por ejemplo, de acuerdo con los datos que al respecto se conocen, parece que se registró uno de los levantamientos más vigorosos del 24. Al General Bartolomé Massó hay que atribuirle una gran parte del éxito. Le ordena a Miró que se traslade a Holguín y avisa telegráficamente a los hermanos Sartorius. Con la experiencia que le daba la graduación de General del 68 y su vida en el destierro, laureles tenían que coronar su decisión heroica. Massó abandona una buena situación económica como colono azucarero para irse a la manigua.

Sus órdenes de que al alborear el 24 se levantaran los insurrectos en los centrales "Tranquilidad" y "El Salvador", son rigurosamente cumplimentadas. Y como para completar su gestión libertadora, redacta dos valientes y sensatas proclamas, dirigidos una a los españoles y a los cubanos la otra.

A los compatriotas les dice que está muy próxima la incorporación a los campos de batalla de los Generales Máximo Gómez, José Martí y Antonio Maceo, terminando: "A todos los esperamos con los brazos abiertos". A los adversarios les recuerda la justicia de la causa cubana significándoles que, mientras no fueren hostiles a la causa, se les considerará como a los cubanos.

Las interesantes proclamas lanzadas en Bayate por Massó; la circunstancia de haber sido las únicas que se hicieron y el hecho de que a las seis de la mañana, ya los hombres a su mando estuvieran dispuestos a la pelea, han sido motivos suficientes para que se haya considerado a Bayate, el lugar donde en realidad comenzó la verdadera Revolución de Martí.

Otros hechos ocurren el 24. Al atardecer, el General Moncada, responsable de la conspiración, cede el mando en Guantánamo al General Periquito Pérez. El valeroso soldado de la guerra, a quien el pueblo guantanamero recuerda con un monumento en su parque principal, cumple las instrucciones. Sus hombres se levantan desde el Ingenio La Confianza, en Santa Cecilia, Matabajo y Boca de Jaibo. La sangre ha teñido los campos del generoso pueblo oriental; toma de un Fuerte español y un combate, concluyen en Guantánamo la jornada de ese día.

Jiguaní. En un pequeño caserío a sólo dos leguas de este lugar llamado Baire, se produce otro levantamiento ordenado por el General Moncada. El Jefe lo es el Coronel Florencio Salcedo y los hermanos Lora sus valiosos acompañantes. Uno de éstos, Saturnino, con los disparos de su revólver, anuncia que la guerra con España ha comenzado en esa región.

De Colón a Jagüey Grande, en Matanzas, se tienen noticias de acontecimientos similares, animados y propiciados por el doctor Martín Marrero, Alfredo Arango, Joaquín Pedroso, los hermanos Aguirre y otros.

En Santiago de Cuba, Moncada y Rafael Portuondo empuñan las armas y alientan a los insurrectos. En el Cobre, lo hacen Quintín Banderas y Victoriano Garzón. En Holguín, los hermanos Sartorius. En Bayamo, Enrique Figueredo; y en Camagüey, Salvador Cisneros Betancourt.


Sobre Martí, que en carta memorable al difunto Federico Henríquez y Carvajal dijera: "Yo evoqué la guerra; mi responsabilidad comienza con ella", caía desde luego, la más alta responsabilidad de este movimiento hoy conocido con justicia como "La Revolución de Martí"; y sobre otros tres hombres recaía, de momento, el peso militar de las tres zonas en que quedaba dividido el movimiento. En Oriente, el Mayor General Guillermo Moncada; en Las Villas o Centro, el Mayor General Francisco Carrillo; y en el Occidente, el Mayor General Sanguily.

No todo, sin embargo, resultó satisfactorio en la fecha. Repetimos que varias razones hicieron que los señalamientos de Centro y Occidente fueran condenados al fracaso. Oriente mantuvo su calor y el son de guerra con España, gracias a lo cual se fue dando oportunidad a que se coordinaran todos los planes de dentro y fuera, concebidos por Martí, allegando los recursos suficientes para que la Revolución se extendiera a todo el territorio y concluyera, al fin, con la independencia de Cuba, dejando atrás una lista de heroicos mambises que han formado, para la posteridad, el Cuadro de Honor de la patria.