24 de julio de 2016

Albert Rivera: un político que da pena

 


La tara de Rivera:

un político que da pena

rodeado de una tribu de vengadores


Carlos Dávila
@ESdiario.com

España no puede pasarse todo el verano sin un Gobierno en efectivo. Sin un Ejecutivo que mande y pueda tomar decisiones trascendentales. Por ejemplo: ¿qué ocurriría aquí si sucediera un atentado como el del viernes en Munich? Ya, ya sabemos: condenas irrefutables, horror, indignación general… Las generales de la protesta, pero todo sin un gobierno en condiciones de adoptar medidas como las que sin duda alguna adoptará Alemania en horas.

Un Gobierno en funciones firma cuatro documentos de trámite y poco más, pero no tiene atribuciones para mandar, ordenar y, siquiera, pactar, políticas de represión tan duras como exigiría una situación parecida. Por tanto, ese rumor muy extendido de que agosto prolongará la excepción causa espanto. Y más espanto aún produce el comportamiento de quienes no tienen otro mandato electoral que hacer posible una legislatura política sin ambages y en toda regla.

Es esta que comienza una semana decisiva que, la verdad, no pinta bien. Ahora hablan en el PSOE los veteranos de otras guerras que se temen que su jefe actual se haya convertido en un irresponsable histórico. A su lado, más que en el costado del PP, se mueve un presunto líder, Albert Rivera, corriendo de micrófono en micrófono incapaz de callar ni debajo del agua, un presunto líder que, a medida que pasan los meses, parece una lechuga verde, verdísima, sin madurar.

Rivera se está arreando patadones sin fin en su propio tafanario, despistando a su propio electorado, aquel que le votó hace un mes esperando de él otra conducta, no desde luego ésta de urgir al Rey a que arregle Su Majestad la penosa situación de inestabilidad en que nos hallamos. Al margen de que este hombre inmaduro y procaz en sus manifestaciones políticas no se haya leído la Constitución, la pregunta es: ¿un presunto líder de este jaez puede condicionar la vida de un país de casi cuarenta y cinco millones de habitantes?

Lo peor que puede causar un político no es rechazo, sino pena, lástima por su indocta preparación, y esa sensación es la que destila un Rivera que, además, se ha rodeado de una tribu de vengadores que, una vez que les fue mal en otros partidos, el Popular sobre todo, quieren ahora hacérselas pasar canutas a quien presumen que fue su ejecutor: Mariano Rajoy. Siete meses después de la primera vuelta electoral aquí ya nadie traga con ese: “Rajoy, no; los demás, ya veremos” que parece la consigna inveterada de Ciudadanos, nada original por cierto porque es idéntica a la que sigue pregonando Pedro Sánchez a quien ya no le quedan alrededor más que cuatro o cinco paniaguados que sin su jefe al frente, volverán a sus territorios de origen sin más cargo que una modesta secretaria o sección en el partido local .

Tanto que PSOE y Ciudadanos hablan, aún con sus pírricos resultados de junio, del pueblo y se arrogan su representación, ¿están cayendo de verdad en la cuenta de lo que el país en general está sintiendo hacia su comportamiento? Hace unos días que Rubalcaba apoyaba sin meandros el manifiesto de ministros que en su tempo fueron importantes y que ahora tiemblan ante cada decisión que toma su todavía líder, y advertía, por activa y pasiva, que así no se puede seguir.

Rubalcaba conoce, porque fue titular de Interior, que un país débil, sin un Gobierno fuerte y consensuado generalmente, es toda una tentación para la pléyade de miserables yihadistas que ahora mismo invaden Europa sin que muchos se atrevan a considerarles los enemigos brutales que ellos mismos han declarado. Aquí, en España, donde aún quedan algunos partidos, los estalinistas de Pablo Iglesias en cabeza, sin condenar la actividad criminal de estos terroristas: ¿qué harían en el caso nada improbable de que España volviera a ser la víctima de la brutal sinrazón de estos asesinos?

España ahora mismo se parece más a una broma política que a una Nación estable, seria, con fundamentos. En cinco días volverán a desfilar por el despacho de Felipe VI una procesión de políticos que, si hacemos caso, y hay que hacérselo, de sus manifestaciones, no tienen la menor intención de apoyar un Gobierno, corto en su representación parlamentaria, pero amplísimo, porque así lo depara la Constitución, en su capacidad para trabajar sin la provisionalidad de un asterisco.

Esta monserga pertinaz de que Rajoy no se mueve, ya no cala; lo que sí ha calado es que a Podemos, a Ciudadanos y desde luego al PSOE, les molesta Rajoy. Si este, tras haber agotado su flema galaica, se marchara a ganar dinero a su Registro de la Propiedad, sus tres oponentes acometerían la tarea de desgastar a su sucesor. O sea, al PP. Ocurrió cuando Suárez tiró la toalla y a Calvo Sotelo apenas se le dio un segundo de respiro.

España no está para ocurrencias, ni, mucho menos para las chanzas pesadas de unos políticos arrogantes que sin  haber ganado nada en su trayectoria, están dispuestos a colocar a todo un país en almoneda o lo que es aún más grave: en grave riesgo. La semana, ya lo digo, es decisiva, pero no hay mucho que esperar de ella.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario