14 de marzo de 2011


Un temblor como 10 Hiroshimas

- Ángel Villarino

La devastación provocada  en Japón por la escalofriante combinación de un terremoto de magnitud 8,8 frente a las costas del Pacífico y su posterior tsunami dejó imágenes sacadas de la imaginación de un pintor surrealista: coches incrustados en las paredes, cañerías de plomo retorcidas saliendo de la tierra, o casas navegando, arrastradas por el agua, junto a avionetas y autobuses

Los japoneses, que sufren alrededor del 20% de los temblores con capacidad destructiva que se producen en el planeta, están acostumbrados a sentir que las paredes crepitan y las bombillas flojean. Sin embargo, jóvenes y ancianos insistían  en que nunca, en toda su vida, habían vivido algo así. Se trata, según la Agencia Meteorológica nipona, del peor terremoto que se registra en territorio japonés (y uno de los cinco más graves a escala global) desde que se empezaron a medir las magnitudes, incluso más potente que seísmos históricos como el de Gran Kanto, que acabó con las vidas de casi 150.000 personas. Científicos estadounidenses aseguraron que la energía descargada fue diez veces superior a la de la explosión atómica de Hiroshima. El gobierno nipón reconocía un número «extremadamente alto» de víctimas y el ministro de Defensa indicó que la cifra podría superar el millar.

El epicentro se registró en el océano Pacífico, a 130 kilómetros de las costas japonesas y a 10 metros de profundidad, generando un tsunami que tuvo consecuencias mucho más catastróficas que el propio seísmo. Kilómetros de costa en el noreste del país, en la región de Tohuku, fueron engullidos por una muralla de agua que avanzaba tierra adentro cargada de escombros, pedruscos y arena. La televisión japonesa retransmitió en directo cómo olas de 10 metros de altura se llevaban por delante coches, casas, barcos, e incluso avionetas. De acuerdo con la prensa «on-line» japonesa, la alarma llegó tarde a muchas localidades pesqueras. A las pocas horas, los servicios de rescate empezaron a amontonar cadáveres en las playas, mientras cientos de personas seguían desaparecidas.

En Tokio, las ondas sísmicas resquebrajaron cientos de edificios, prendieron cerca de una veintena de incendios y dejaron barrios enteros sin electricidad, agua corriente, ni teléfono. Los cerca de 10 millones de personas que transitan por el centro de la capital en días laborables salieron a la calle, en orden, con la increíble disciplina de la que es capaz esta sociedad, incluso en situaciones de pánico y extremas.

El desastre habría sido infinitamente más dramático de no ser por que Japón es un país construido a prueba de terremotos, que durante décadas ha dedicado recursos millonarios en investigar e implementar tecnologías capaces de amortiguar los efectos de cualquier tipo de temblor. Los japoneses, conscientes de vivir sobre una de las partes más inestables del «cinturón de fuego del Pacífico», apuntalan sus rascacielos con los cimientos más sólidos que existen; y diseñan y ensayan protocolos de evacuación con un celo que raya el fanatismo. Para tener una idea de lo que hubiera pasado si, en lugar de en el país del Sol naciente, se hubiese producido en otra latitud, basta entender que el peor terremoto en suelo europeo de los últimos años (L’Aquila, 2009) fue, según dijo ayer el Instituto de Vulcanología italiano, «miles de veces menos violento». Y es que la escala Ritcher es logarítmica y un aumento de un solo grado significa que la intensidad se multiplica por más de cien.

Reproducido de La Razón, Madrid

No hay comentarios:

Publicar un comentario