10 de septiembre de 2019

LA LITURGIA: EL ARTE DE CELEBRA LA FE




La liturgia:
El arte de celebrar la fe

Rogelio Zelada

En una reunión de pastoral y vida parroquial, un grupo de laicos se quejaba ante el párroco porque la celebración dominical de la Eucaristía, “era demasiado larga, insípida, monótona y aburrida”. El párroco, que era quien siempre la presidía, muy molesto, les contestó:

«Pues, prepárense, ¡Que el cielo es una Misa que no se acaba nunca!» Una justificación no excenta de ambigüedad ya que, si bien la Misa no es un espectáculo para entretener  a los creyentes, la forma de celebrar los sagrados misterios de Cristo debe ser el lenguaje con que la Iglesia vibra y hace vibrar la experiencia vital de la comunidad. Un lenguaje articulado en la más profunda convicción cristiana que saca de la historia y de la teología los signos para celebrar y vivir la Fe que ha recibido del mismo Cristo, de la tradición fundante de los apóstoles  y del enriquecimiento que la reflexión a lo largo de siglos ha ido aportando a las formar litúrgicas.

Todo lo que es objeto de la Fe tiene su lugar en la oración de la iglesia. Celebramos aquello que creemos, y toda celebración es una reafirmación en la comprensión de las verdades a las que somos llamados a adherirnos desde adentro. La liturgia no sólo celebra la Fe dentro de un modelo de iglesia, sino que lo manifiesta. No sólo celebra los acontecimientos (el recuerdo del pasado), sino también todas las afirmaciones que brotan de las experiencias importantes que ha vivido y vive actualmente. La ley y las formas de oración, celebración y culto, no son únicamente la ley de la Fe sino también la ley del ser y el hacer de la comunidad creyente, porque hay una relación directa en la manera de entender  el presente en que se vive y, desde esa experiencia compartida, asumir una determinada imagen de Dios, de Cristo de la iglesia y también de la liturgia y de la acción pastoral.

El antiguo lenguaje de la liturgia ha adquirido expresiones más actuales a partir de la gran renovación del Concilio Vaticano II. San Juan XXIII advertía a los padres conciliares que la mejor forma de conservar el tesoro de la tradición y la Fe no era “guardarla en un museo”, sino devolviéndole la vitalidad propia y la necesaria comprensión de los signos y ritos por parte del pueblo de Dios, válido y verdadero celebrante de la liturgia.

En los primeros siglos de la Iglesia se accedía al bautismo a través de una auténtica conversión consolidada por el proceso del catecumenado, que demoraba el tiempo que fuera necesario; una vez que el candidato, después de la cuaresma y en la noche de la vigilia pascual, era plenamente iniciado a través de los sacramentos del bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, el obispo los convocaba a todos durante las siete semanas de pascua para iniciarlos en la comprensión de los contenidos y el lenguaje sagrado de la liturgia. Estas catequesis, llamadas mistagógicas, completaban la instrucción recibida durante el catecumenado y permitían a los neófitos entender el significado de los ritos, signos y símbolos que podían encontrar en las celebraciones comunitarias.

La catequesis Mistagógica era imprescindible para que el creyente accediera al entendimiento del lenguaje litúrgico y pudiera entender los sagrados misterios de Cristo y disfrutar de ellos a plenitud. Con el paso de los siglos y el devenir de la iglesia, estas catequesis fueron abandonadas y la celebración de la asamblea creyente se convirtió  en un rito misterioso al que había que asistir en silencio, sin participación,      exterior, separados por la barrera  del latín, exento  de visibilidad, con el altar ahogado por inmensos retablos, en el que la más importante liturgia, la de la Eucaristía, aparecía como asunto exclusivo  del sacerdote o del obispo, y que nos obligaba a “oír Misa los domingos y fiestas de guardar”, con una actitud pasiva y al menos, aunque tardíamente, siguiendo lo que pasaba ante nosotros con la ayuda de un misal bilingüe.

La renovación litúrgica nos hizo saltar desde la extremada pasividad a la que estábamos reducidos en la liturgia preconciliar a la extrema exteriorización en una participación  plena, activa y consciente de los ritos del culto católico, pero con la deficiencia de la ausencia de una catequesis simbólica que ayudara a la comprensión de la rica tradición celebrante de la Iglesia. Nos queda el reto de asumir el entendimiento del sentido de los ritos del año litúrgico, del valor de las fiestas, de la apropiación de los gestos que se realizan y la palabras que se pronuncian, de asimilar los textos que se proclaman, se recitan y se cantan y en definitiva de dejarse penetrar por las imágenes que se observan y los perfumes que se huelen. Se nos invita a celebrar bien para dar la mejor imagen de una iglesia que, alimentada en el espíritu, manifiesta su verdad en la calidad de los signos.

San Juan Pablo II nos recordaba que «la asamblea litúrgica es el signo de la hospitalidad a Cristo y a los que El ama». Hay que cuidar de la calidad de la liturgia, de los signos, las personas y el lugar  de la celebración de la Fe, para que éstos hablen por sí mismos, catequicen, manifiesten y guíen a Cristo. De esta manera la asamblea de los fieles se transforma en el gran signo de la Palabra de Dios, escuchada y asumid, expresada en la oración, el canto, la música, las personas, los colores, las vestiduras y el silencio, se trata de manifestar la conexión entre lo humano y lo divino para transparentar la presencia de Cristo en el hermoso centro de la liturgia».

Tal como pedía el Papa Pablo VI al comienzo de la aplicación de la reforma litúrgica:«dediquen sumo cuidado al conocimiento y la aplicación de las normas con las que la Iglesia quiere celebrar el culto divino». Y también reconocía en su alocución que esto «No es cosa fácil, es una cosa delicada, requiere asistencia personal. paciente, amorosa, verdadera- mente pastoral».

Y en eso estamos…

Reproducido de “La Voz Católica”, revista mensual de la Arquidiócesis de Miami. Rogelio Zelada es Director Asociado de la Oficina de Ministerios Laicos.