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1 de marzo de 2018

CALLES DONDE SE ESCRIBEN VERSOS



En Madrid, calles donde se escriben versos

Como decía García Lorca, «la poesía es algo que anda por las calles». ¿Y qué es la poesía sino vida? Así es el Barrio de las Letras de Madrid, un sitio que intenta interpretar la vida de manera distinta. En la Plaza de Santa Ana, una escultura en bronce representa al poeta a tamaño natural, levemente inclinado para dar impulso al vuelo de una alondra que entre sus manos se dispone a volar.

 Conocido como Barrio de las Letras, de los Literatos o de las Musas, crea con su arquitectura un espacio que se asemeja a un pequeño pueblo en cuyo interior todo tiene cabida: arte –en la fachada de sus edificios y esculturas–, moda –en pequeños comercios que muestran un estilo bohemio atribuido a los artistas–, gastronomía... Se trata de un barrio en el que, ante todo, late la vida, permitiendo así tomar el pulso a una capital única.

La mayoría de sus edificaciones pertenecen al siglo XIX y XX, aunque conserva algunas construcciones del Siglo de Oro español, periodo en el que el barrio dio hospedaje a reconocidos escritores y artistas como Quevedo, Lope de Vega, Góngora o Cervantes, quien habitó de alquiler al menos en tres casas de las calles que lo conforman, muriendo empobrecido en una de ellas.

Cada una de las citas literarias incrustadas en el suelo de una de sus vías, la Calle de las Huertas, es como un capítulo abierto a experiencias que tientan por las emociones que implican: amor, valentía, esperanza, ternura... Como la buena literatura, pasear sobre las letras doradas que caracterizan al barrio desvela otros mundos... y hasta a pensar estimula.

Con anterioridad a ser bautizado como Barrio de las Letras, era conocido únicamente como “Huertas. Aunque la razón de esta denominación recibe explicaciones muy variadas, probablemente fuera debido a la existencia de huertos en la zona. Barrio pobre y poco poblado, el aumento de la población hizo que habitaran en él aquellos personajes poco pudientes que no podían vivir en los aledaños del Palacio Real, pero que querían estar cerca de la Corte. Entre estos ciudadanos se encontraba, como ya apuntamos, un gran número de escritores y dramaturgos de gran fama como Francisco de QuevedoLuis de GóngoraLope de Vega o Miguel de Cervantes. Los restos de estos dos últimos descansan en la zona, el primero en la Iglesia de San Sebastián y el segundo en el Convento de las Trinitarias Descalzas.



 En el número 11 de la calle Cervantes se encuentra la Casa-Museo Lope de Vega. Evidentemente, en vida del escritor este no era el nombre de la calle, ya que, a buen seguro si hubiera sido así no habría vivido en el edificio, habida cuenta de la mala relación entre ambos. En este inmueble habitó Lope de Vega durante los últimos 25 años de vida, y en él se recrea la vida del madrileño, descubriendo sus secretos y centrando su mirada en su obra. Paradas obligatorias son también los edificios religiosos de Convento de las Trinitarias, lugar de descanso de Miguel de Cervantes, y la Basílica de Jesús de Medinacelli.

Además de por sus habitantes, el barrio alcanzó gran fama debido a la existencia en sus calles de dos importantes Corrales de Comedia, el de la Cruz y el del Príncipe (actual Teatro Español), y del llamado Mentidero de Comediantes, lugar de encuentro de los dramaturgos donde se leían y discutían sus nuevas creaciones. Además, en la calle Atocha se encontraba una de las imprentas más famosas de la historia, la de Juan Cuesta, lugar donde se editó por primera vez la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. Sus calles en la actualidad homenajean a sus antiguos inquilinos con placas y versos repartidos por edificios y asfalto de toda la zona.

El epicentro del emblemático barrio se sitúa en la Plaza de Santa Ana. Aquí, bajo la atenta mirada de un Federico García Lorca convertido en estatua, se sitúa el Teatro Español en el número 25 de la calle del Príncipe.

En general,  el barrio provoca la añoranza de una época  pretérita.  En una pintoresca  callejuela,  la  de Álvarez Gato, conocida como el Callejón del Gato, un suceso curioso dio origen a que el escritor Valle-Inclán alumbrara un nuevo estilo teatral y narrativo: el esperpento.  Hoy el callejón evoca esa historia en su fachada. Con la intención de atraer clientes, una ferretería colocó dos espejos, uno cóncavo y otro convexo. El resultado fue que se convirtiera en un entretenimiento popular el contemplar las figuras deformes que proyectaba el reflejo. Inspirado en aquella reacción, Valle-Inclán plasmó en su obra “Luces de Bohemia” una «deformación grotesca de la realidad». 

Mucho  se ha escrito acerca de esos dos espejos. Hay quien asegura que el cóncavo reflejaba a Don Quijote –afilado cual espíritu justiciero– y el convexo a Sancho Panza, figura más oblonga y terrenal. Lo cierto es que el mundo puede ser percibido de muchas maneras y que se trata de una elección personal el cristal con el que se mire. Así es el Barrio de las Letras, un sitio que intenta interpretar la vida de manera distinta.

Otro lugar que no debe pasarse por alto es la  floristería conocida como El Jardín del Ángel, antiguo cementerio en el que estuvo enterrado Lope de Vega. En su centro, un anciano  olivo  habla de  otras  vidas y un  viejo pozo profundiza en una tierra que a la muerte pertenecía... 

No sólo conmueven los versos y las citas escritas en las calles, también asombra mirar hacia lo alto. Un inolvidable impacto visual es el que causa el jardín vertical de CaixaForum, ya en el Paseo del Prado, pues en él las plantas crecen y se agarran a la pared, alegoría de las alas que por aquí otorgan las musas. En la Plaza de las Cortes, sujetando al tiempo, un carillón goyesco ofrece con sus figuras un pequeño espectáculo cuatro veces al día. 

Además de por su oferta cultural e histórica, el Barrio de las Letras se ha ganado un hueco en la oferta de ocio y gastronomía de Madrid. Por sus calles se respira uno de los mejores aromas de tapeo en la capital, además de destacar la presencia de varios restaurantes con una carta muy recomendable, como es el caso del Restaurante Terramundi ubicado en el número 32 de la calle Lope de Vega. El ambiente nocturno es también uno de los más frecuentados de la ciudad. 

Tiendas de antigüedadesmoda o literatura no podían faltar en una zona tan cultural, pero además todas ellas se reúnen cada mes en el Mercado de las Ranas, un reclamo para los comerciantes de la zona que sacan sus productos a las puertas de sus establecimientos, repitiendo este ritual el primer sábado de cada mes.

En el Barrio de las Letras de Madrid, las calles rinden homenaje a sus ilustres y antiguos vecinos  con placas y versos para perpetuar su memoria conservándola en añeja y evocadora pátina. 

BarrioLetras.com


21 de marzo de 2015

El negocio póstumo de Miguel de Cervantes


El negocio póstumo
de Miguel de Cervantes
Jorge S. Casillas  
ABC, Madrid

Después de varios días de especulaciones, los investigadores que han trabajado
en busca de los restos de Miguel de Cervantes explicaron qué es lo que han encontrado.  

Exponer los restos del padre de «El Quijote» dará al mapa turístico de Madrid un nuevo punto de interés. Aunque es “economía ficción”, supondrá para la ciudad una nueva fuente de ingresos, como ya ocurre en otros países con sus escritores más conocidos. De momento hay dos premisas muy claras: los huesos no saldrán del Convento de las Trinitarias y el nuevo régimen de visitas no afectará al día a día de las religiosas que habitan en el templo.

El ejemplo a seguir dentro de esta modalidad de turismo necrológico sería William Shakespeare, cuya lápida está entre las más visitadas de todo el mundo. Su tumba se encuentra en la iglesia de la Santa Trinidad de Stratford, donde dejó sus últimas líneas en forma de epitafio: «Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos».

La sepultura de Shakesteare recibe cada año a unas 250.000 personas, lo que supone un impacto brutal para la ciudad de Stratford. Si una localidad de apenas 25.000 habitantes al sur de Birmingham recibe tal cantidad de turistas, parece razonable pensar que –estando tan próximo al Museo del Prado– el Convento de las Trinitarias estará en condiciones de alcanzar o incluso superar esa cifra.

En el Reino Unido también destaca la esquina de los poetas de la Abadía de Westminster, donde el autor de «Romeo y Julieta» no ingresó porque así lo dejó escrito. Sí descansan en ella escritores como Charles Dickens, Rudyard Kipling, Robert Browning o Alfred Tennyson. Las cifras oficiales dicen que unos dos millones de personas se acercan cada año a la Abadía. No todos acceden a su interior, pero si el precio de la entrada ronda los 28 euros... hagan cuentas.

Francia, citada muchas veces como ejemplo a la hora de cuidar la cultura, ha hecho de sus cementerios auténticos museos al aire libre. En el Père-Lachaise reposan los cuerpos de escritores como Molière, dueño de una tumba de lo más ornamental; Marcel Proust, que descansa bajo un techo de mármol negro entre lápidas de piedra gris, y también Óscar Wilde, que cuenta con uno de los monumentos más llamativos de todo el Père-Lachaise.

El autor de ”El retrato de Dorian Gray” o “La importancia de llamarse Ernesto”, fallecido en 1900, reposa bajo una inmensa esfinge de piedra. Lo más espectacular de la sepultura es que está cubierta por las marcas de pintalabios de sus admiradoras. Sobre la roca convivieron besos y palabras escritas con carmín hasta el año 2011, cuando limpiaron la tumba y protegieron la lápida principal con una urna de cristal. Los trabajos de limpieza duraron cerca de tres meses y dicen que fueron financiados por la comunidad irlandesa.

A siete kilómetros de allí, algo parecido le ocurre a la tumba de Charles Baudelaire, cuya piedra también está pigmentada con restos de carmín. Su lápida está en el cementerio del Montparnasse, uno de los más grandes del mundo –tiene una extensión similar a la de 30 campos de fútbol–. En él descansan desde el irlandés Samuel Beckett al mexicano Carlos Fuentes, que tomó dos años antes de morir la decisión de ser enterrado en París.

De entre todas las tumbas del Montparnasse llama poderosamente la atención la que guarda el cuerpo de Julio Cortázar. Su lápida está junto a la de Carol Dunlop, su mujer, y ambas recogen todo tipo de textos de sus seguidores. Aunque de forma artesanal, es posiblemente la sepultura más adornada de todo el cementerio. Está permanentemente cubierta de fragmentos de literatura escritos a mano, piedras y, cómo no, rayuelas pintadas sobre papel.

Italia, país orgulloso como pocos de sus raíces, guarda en el cementerio protestante de Roma la tumba del poeta británico John Keats, conocida por su epitafio «Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua». El cuerpo de Ezra Pound –poeta estadounidense de la llamada “Generación perdida”– reposa junto al de otros autores en el cementerio de San Michele de Venecia, al que solo acceder en vaporetto cuesta unos 8 euros por persona. En Alemania, Goethe y Schiller llevaron su amistad hasta los últimos días. A pesar de fallecer con casi 30 años de diferencia, la ciudad de Weimar acoge el archivo y los ataúdes de estos dos dramaturgos.

Al contrario que el Reino Unido, España no ha sabido monetizar el interés generado por sus principales autores. No ha sabido cultivar la memorias, y conflictos internos como la Guerra Civil han hecho imposible conformar un lugar de descanso común al estilo de la esquina de los poetas de la Abadía de Westminster. Sí hubo un intento a mediados del siglo XIX, con el Panteón de los Hombres Ilustres, pero fracasó.

La intención era que algunos de los nombres imprescindibles de la historia de España –aquellos elegidos por las cortes generales– fueran enterrados allí. El edificio, situado en el paseo de la Reina Cristina, solo acoge algunos políticos del periodo de la Restauración como Canalejas, Sagasta o Cánovas del Castillo. La falta de medios en aquella época para dar con los restos de autores como Lope de Vega o el propio Cervantes acabaron tumbando el proyecto.

Una honrosa excepción de la España actual la representa la Casa Museo de Antonio Machado, en Segovia, que sin contar con el cuerpo del escritor ha incrementado el número de visitantes en un 200% desde el año 2011. Aproximadamente, unas 14.000 personas al año recorren –a cambio de 2,50 euros– las habitaciones por las que Machado ingenió sus mejores obras.

14 de marzo de 2015

El "Rastro" de Madrid

 
El Rastro de Madrid

La tradición popular cuenta que la denominación de “El Rastro” tiene que ver con los mataderos que se ubicaban en la plaza del General Vara de Rey y los curtidores que se instalaron en Ribera de Curtidores durante sus orígenes, en el siglo XV y XVI.  

Cuando Felipe II estableció su Corte en Madrid, en el año 1561, la villa no alcanzaba los cien mil habitantes. Desde finales de aquel siglo XVI, las principales calles y plazas de Madrid se vieron invadidas por baratillos (mercados públicos) donde los ropavejeros vendían ropa usada, siendo la Plaza mayor y la Puerta del Sol los lugares favoritos. Esto dio lugar a  la persecución por las autoridades de los baratillos, y buhoneros, que se extendió hasta bien entrado el siglo XVIII.

Con el paso del tiempo estas prohibiciones fueron debilitándose. De todos los barrios, el de Lavapiés  era el más poblado y con mayor industria. Se sabe que era zona de mataderos[] y que en sus aledaños se realizaban tareas relacionadas con el curtido de las pieles. Estas actividades quedaron reflejadas en el callejero madrileño: calles del Carnero, Cabestreros, Ribera de Curtidores… Y empieza a surgir el nombre de “El Rastro” porque al transportar arrastrando las reses, ya muertas y aún sin desollar desde el matadero cercano al Manzanares hasta las curtidurías, se dejaba un rastro de sangre aumentado por el desnivel de Ribera de Curtidores.

El Rastro, tal y como lo conocemos hoy en día, con la venta de productos de todo tipo, se remonta al siglo XIX. Mesonero Romanos describe en su obra «El antiguo Madrid» (1861) que ya entonces se vendían allí «utensilios, muebles, ropas y cachivaches averiados por el tiempo, castigados por la fortuna o sustraídos por el ingenio a sus legítimos dueños». Al lugar, acudían, según el escritor «clases desvalidas, los jornaleros y artesanos».

El último capítulo de su pasado truculento, la tradicional matanza del cerdo   (en los meses de invierno), continuó realizándose junto al Rastro[ hasta a comienzos del siglo XX, cuando se inauguró el nuevo matadero de paseo de la Chopera junto al río Manzanaresl   en el año 1928.

A pesar de la eclosión a lo largo del siglo XX de las tiendas comerciales y de los Grandes Almacenes, el Rastro continuó creciendo aportando nuevas mercancías y atracciones: músicos callejeros, organilleros y pianos am- bulantes, titiriteros  o prestidigitadores. Las tabernas y las tascas rodean el Rastro, proporcionando sus servicios a los visitantes.

En las tres primeras décadas del siglo XX, el Rastro se extendió por diversas calles adyacentes y atrajo la mirada de intelectuales, artistas y escritores.

En 1902 el soldado Eloy Gonzalo fue declarado héroe del asedio de Cascorro en Cuba.  Se levanto una estatua en su honor     en la Plaza del Rastro, que a partir de entonces adopta el nombre popular de Plaza de Cascorro  En 1928  los dos mataderos de la zona fueron trasladados al nuevo Matadero Municipal de Madrid, en el barrio de Legazpi.   Lo que se ganó en salubridad se perdió en casticismo.

Durante la Guerra civil la cercanía del Rastro al frente de Madrid  no supuso sin embargo un cese real de actividades. Tampoco el periodo posterior.   En los años setenta  se incremen- tan y estimulan sus actividades. Hasta que, en 1998, el Ayuntamiento madrileño empieza a reducir y controlar su expansión por las calles adyacentes.[   

El Rastro en el siglo XXI posee una regulación municipal establecida en el año 2000  Esta regulación permite al Ayuntamiento de Madrid controlar el número de puestos, el tamaño de los tinglados, lo que puede venderse, y las calles donde puede celebrarse. Está prohibida la venta de animales vivos y alimentos en puestos callejeros.

Reproducido de abc.es

6 de febrero de 2014

Bitácora de viaje, Madrid




Bitácora de viaje

Madrid
Mayra Montes

Hoy domingo diciembre 29 del 2013 partimos de Miami a las 4:00pm en un vuelo de Air Berlín a Madrid vía Berlín.  Tuvimos que volar a Berlín primero y esperar un par de horas en el aeropuerto. Esto es lo que sucede cuando se utilizan millas para viajar. Nuestro vuelo fue agradable y sin percances; tomó nueve horas. Yo no pude dormir en toda la noche y vi dos películas. Ahora son las 7:00am hora de Berlín y estamos en el aeropuerto esperando por el vuelo que nos llevará a Madrid.

Una vez que arribamos al aeropuerto de Madrid, que es espectacular, tomamos un taxi para nuestro hotel,  el   Mercure Santo Domingo. Esta es la primera vez que nos hospedamos en este hotel de cuatro estrellas.  Las habitaciones y áreas recreacionales son buenas pero lo mejor que tiene es la ubicación. Estamos a solo 3 o 4 cuadras  del centro de la ciudad: La Puerta del Sol.
   
Después de una merecida siesta, nos encontramos con mi prima Marian, la hija menor de mi prima hermana María Herminia. Marian llegó de Cuba hace un par de años como estudiante y se quedó. Ella es joven, bonita y educada; está llena de vida y por el momento trabaja de camarera en un restaurante de alta categoría. Vino acompañada de su novio argentino, Leo. Celebramos el cumpleaños de Leo en un restaurante local llamado La Botillería del Café de Oriente, en la Plaza de Oriente.  Mas tarde Tony y yo fuimos a la Plaza Mayor. La atmósfera y ambiente que se respiraba a pesar del frío era sorprendente: parecía un carnaval; había kioscos, vendedores ambulantes, malabaristas, estatuas humanas, etc. Todos los años hacen este tipo de feria en la Plaza Mayor para la época de Navidad.  

Al día siguiente, diciembre 31, caminamos alrededor de tres horas hasta la Plaza de Colón. La mayor parte de los edificios públicos estaban cerrados o cerraban al mediodía. Por la noche, decidimos cenar en un bufet cerca de nuestro hotel llamado Topolino’s. Fue una ganga; por 35 euros por persona cenamos varias ensaladas incluyendo camarones fríos, también como plato principal, había salmón, cordero y pollo, turrones, uvas, y toda la cerveza, vino y cava que quisiéramos. Había una mesa con mas de 20 turistas italianos cantando y gritando. Teníamos a tres americanas en la mesa contigua a la nuestra, una madre con su hija y una amiga de la hija. Las muchachas jóvenes eran soldados del ejército americano destacadas en Ronda, España. 

Alrededor de las 11:00pm cerraron el restaurante y todo el público incluyendo nosotros, caminamos hacia la Puerta del Sol para esperar el Año Nuevo. La plaza estaba repleta con miles de personas gritando, portando espejuelos gigantes, pelucas de colores y guardando 12 uvas para comer a las 12:00am en punto. Nos hicimos amigos de una pareja de Bolivia con una niña pequeña de unos 6 años, los cuales nos ofrecieron sidra para beber.  Después de comer las uvas, empujar y ser empujados, apretar y ser apretados, caminamos hacia nuestro hotel. Es cómico ver como las personas mayores se alejaban de la plaza mientras que los jóvenes trataban de acercarse a la plaza después de la medianoche.