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23 de enero de 2015

Un monumento a la chancleta vieja en Camagüey

Un monumento a la chancleta vieja en Camagüey

Por Alejandro Rodríguez Rodríguez*

A Camagüey le falta una estatua, una máquina de café y un buen nombre para el crematorio.

Aun tratándose de una de las ciudades más grandes y viejas de Cuba, su espíritu es de pueblo… como el espíritu de La Habana, o el de Buey Arriba en Granma. El espíritu pueblerino consiste en que todo el mundo se entera de lo mismo, casi de la misma manera.

No puede ser de otra forma en una ciudad con  un periódico semanal de ocho páginas, dos funerarias (una para cada muerto de la noche), dos casas de cambio de divisas, 10 cajeros automáticos, un crematorio que oficialmente se llama “Incinerador de Cadáveres”, y medio centro comercial que tiene la mala costumbre de coger candela a cada rato (El Encanto).

El adjetivo “pueblerino” puede resultar doloroso a esa parte de la población que insiste en no bajar la nariz por más que haga una pila de años que el fausto oropel camagüeyano es solo una metáfora de la Colonia, pero es verdad: lo que una vez fue -según los libros y los viejos intelectuales católicos que los escriben- una ciudad circunspecta, ahora es cosa loca, llena de situaciones extrañas.

Por ejemplo, tenemos una tienda famosa donde venden carnes “exóticas” como la de langostas, camarones y vaca, a la que el choteo popular llama “El Museo de la Carne”, pues su función no parece ser vender carnes, sino proporcionar cierto amparo legal a la comercialización de platos con estas carnes en los restaurantes privados.

Déficit de carnes

El déficit de carnes se debe a que la estampa más común del ganadero camagüeyano ahora se reduce al guajiro flaco, con camisa verde olivo, que vende queso de contrabando a la orilla de la Carretera Central; o cuida una manada de chivos a quienes toca comerse las arrobas de marabú sembradas por los burócratas que trabajan en el rascacielos del Ministerio de la Agricultura.

Previo a los festejos por los 500 años de esta ciudad, la prensa anunció que el gobierno local levantaría una estatua en honor a la poetisa camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), en la esquina de las calles General Gómez y Avellaneda.

Pero el plan solo llegó hasta la parte del pedestal… En vez de estatua hoy se exhibe allí una chancleta vieja, cortesía de algún jodedor de los alrededores…

Inmortalicé con una fotografía este singular y volátil monumento, pues sé que habrá mentes agrias y desayunadores de petróleo que se apresurarán a retirar de allí esta auténtica burla popular.

La estatua que nunca fue

Hasta la fecha no hay una explicación oficial del porqué nunca se colocó la estatua de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Los rumores, sin embargo, apuntan a que alguna instancia nacional ordenó a las autoridades locales detener el emplazamiento, pues las últimas no contaban con las autorizaciones requeridas, o habían violado el debido proceso para levantar una estatua en Cuba.

Si para poner un anuncio publicitario en su propia fachada el papeleo es brutal, imagínese usted para erguir un monumento público… ¡Más fácil se yergue y sale caminando el Martí de la Plaza de la Revolución…!

Otro de los palacios provinciales del absurdo es el llamado Coffea Arábiga, diseñado originalmente para vender los mil y un tipos de café. Pero la máquina de hacer café se rompió a los pocos días de inaugurado el lugar (de lo cual hace casi un año), y ahora en el Coffea Arábiga se vende pan con croqueta aplastada, aunque lo que se anuncia es hamburguesa…

PD: Este blog ofrece sus condolencias a todos los padres camagüeyanos que deben pasar con sus hijos pequeños frente al “Incinerador de Cadáveres”;… no imagino qué les explicarán cuando los niños pregunten qué es eso que dice allí, en el cartel de la entrada…

*Periodista cubano residente en Camagüey. Tomado de su blog Alejo3399
Reproducido de cafefuerte.com

 

27 de agosto de 2012

LA NORMA


LA  NORMA

Por Eduardo F. Peláez


¡Una, Pepe! Ese era el grito que retumbaba en las paredes de La Norma, ese establecimiento situado en la Plaza de la Soledad que se cogía de las manos con la esquina del Gallo, el almacén El Camino de Hierro, las oficinas de la compañía eléctrica, la Óptica Sabatés y la vetusta Iglesia de La Soledad. “Una, Pepe” significaba que alguien había pedido una “reforzada” y parecía que el mesero no podía contener su alegría y en lugar de escribirlo y pasarle la nota a Pepe, el encargado de confeccionarla, lo anunciaba a pleno grito de júbilo como para que toda la plaza se regocijara con la buena nueva.

Este local tenía un mostrador de unas diez banquetas donde nos sentábamos a saborear esta delicadeza mientras que en otro salón estaba Pepe al frente de su lonchera y una barra donde se vendía todo tipo de licor, desde una Casalla, pasando por un Agustín Blázquez o un Vat 69, hasta una Cristal bien fría.

También tenía una vidriera donde se compraban billetes de la lotería, cigarros, tabaco, chicles Adams, sugar candy, africanas, melcochas y demás chucherías.

Aunque ahora nos parezca increíble, toda esa diversidad de clientes funcionaba de una manera armónica. El bebedor ocasional compartía con el borracho, con el pepillo adolescente, con la señora un poco beata que salía de la iglesia, con el profesional y con el obrero. Todos iban a disfrutar de la variedad de productos que ofertaba este lugar.

La “reforzada” era un bocadito hecho de pan de molde sin tostar al cual se le ponía una croqueta aplastada y se “reforzaba” (de ahí viene el nombre) con una lasca de jamón y un pepinillo. Esta delicia culinaria junto con un frozen de chocolate constituía una merienda fabulosa por el absurdo precio de veinte centavos. Si añadimos que la entrada al Cine Avellaneda, a sólo unos pasos de distancia, costaba la matinée unos diez centavos, tenemos que con sólo treinta centavos se podía experimentar toda una tarde esplendorosa que podía culminar con el broche de oro de un paseo por la Calle Maceo a saludar a los amigos y a piropear a las bellezas camagüeyanas.

Sí, amigo lector, eso existió hasta que se le ocurrió a alguien demoler ese lugar de esparcimiento con la idea de construir un parqueo. ¿En qué mente puede caber construir un estacionamiento de carros a expensas del milagro de las “reforzadas”? 
No me acuerdo exactamente cuándo ocurrió esta torpeza y le pido al lector acucioso que me ayude para esclarecer las dudas. (1)  Me parece que cuando abandoné mi ciudad en la primavera del 62, ya habían perpetuado el crimen. Además, la hecatombe comenzaba, ya no había billeteros en la plaza, ya las gallinas habían invadido el billar de Diego el Cojo que quedaba a cinco pasos de La Norma y ya se había esfumado una guarapera en la misma cuadra, que funcionaba como una alternativa criolla al americanismo del “frozen”. 


La memoria a veces hace trampas, borra un edificio o cambia las calles. A lo mejor conviene pensar que todo fue un sueño como el que tuvo Segismundo, el héroe de Calderón de la Barca en La Vida es Sueño. Quizás el grito de “una, Pepe” se escuchó en una novela del canal 23, la “reforzada” se inventó y el precio de los diez centavos fue una alucinación. Pero no, no se debe dejar uno arrastrar por los vientos traicioneros del olvido. Hay que exigirle a la memoria, tratar de reconstruir los diálogos de nuestra juventud, arañar los cristales de la historia y volver a repasar los álbumes familiares en busca del árbol que una vez sembramos, de la pelota que se nos fue de entre las manos y de la mirada de la novia que nos decía adiós, porque de esos recuerdos nos nutrimos, nos formamos y llegamos a lo que hoy somos.

La Norma con sus reforzadas, y sus frozens existió. Pepe no es una figura mítica, sino un buen hombre de carne y hueso con una voz de barítono que anunciaba la buena vida, una vida que se nos escapó sin darnos cuenta porque estábamos más preocupados por irnos que por mirar hacia atrás.

Medio siglo de desarraigo en una vida normal es demasiado para que pase sin dejar huellas profundas. Nos duele el alma cuando nos forzamos a mirar para atrás, cuando hacemos un alto en la vorágine de lo cotidiano para intentar recuperar esas horas perdidas de nuestra juventud. Las “reforzadas” se podrán recrear en una “Carreta” o en un “Versailles” pero jamás podrán ser las mismas que hacía Pepe, porque como decía Neruda: “nosotros los de entonces ya no somos los mismos”.

Fuente: Este artículo de Eduardo F. Peláez apareció publicado en la revista “El Camagüeyano Libre”. A continuación, la aclaración que el propio autor reclama de algún “lector acucioso”


(1)      El “lector acucioso”, en este caso el Dr. Hatuey Agüero, miembro del consejo de redacción de esta revista, me aclara lo siguiente:

Querido Pancho: Tu crónica sobre La Norma está muy buena, pero creo debo aclararte algo. La demolición del edificio de La Norma, no fue para construir un parqueo, eso fue el resultado de la revolución.

La historia es la siguiente, de la que puedo dar fe ya que intervine como abogado y notario en todo el proceso: Don Federico Castellanos, donó al asilo Amparo de la Niñez, la suma de $100.000.00 (equivalente hoy a un millón) para que los invirtiera y asegurara su obra social. Con ese dinero, el Asilo procedió a comprar toda la propiedad existente en la esquina de las calles República y Estrada Palma, y luego de obtener el desalojo de los inquilinos (el Bar La Norma, propiedad del señor José Guarch; el estanquillo de tabacos y billetes, propiedad del señor Arniella; la dulcería y heladería, propiedad de los hermanos Freixas; la tienda de víveres La Norma, propiedad de Zayas y Ribet; la Peluquería Leonor y la Farmacia del Dr. Goicoechea) se negoció con Sears Roebuck and Co. un arrendamiento, con una renta en los miles mensuales, por 30 años y por la que Sears fabricaría un edificio de tres plantas para abrir una gran tienda regional, que daría empleo a más de 100 personas, quedando el edificio propiedad del Asilo, al terminar el arriendo. Una vez firmado el contrato, y con los planos de la edificación aprobados, se procedió por la compañía constructora, a derrumbar el antiguo inmueble para la construcción del nuevo edificio. En eso llegó Fidel, con sus intervenciones de las firmas americanas, y todo se vino abajo. El terreno fue ocupado por el Estado. Durante un tiempo, se mantuvo como un gran solar yermo, pero luego pusieron un estacionamiento de autos y finalmente un parque, que creo es lo que hay hoy.

Esa es la historia de cómo nuestra ciudad perdió, no sólo las croquetas preparadas, sino la oportunidad de tener una gran tienda Sears… pero ganó primero un estacionamiento de autos y luego un parque. Un abrazo, HATUEY. 

21 de agosto de 2012

LA ESQUINA DE LA NORMA

La esquina de La  Norma, hoy convertida popularmente en Parque del Gallo

 La esquina de La Norma

Ana Dolores García

Regino Avilés Marín en una crónica aparecida en un boletín Diocesano de Camagüey, evoca  con cierta   nostalgia el tris-tras de los rieles al rodar sobre ellos los  viejos y ya lejanos tranvías agramontinos y el repiquetear acompasado  de los cascos de los caballos que tiraban de coches, carretones y  carrozas fúnebres.  Evoca también los muchos comercios, cafés, tiendas de ropa, de víveres, talabarterías, que subsistieron por décadas en nuestra ciudad.

Estuve leyendo su crónica y como la nostalgia parece ser contagiosa, me animo a rebuscar  entre recuerdos y papeles viejos, y profundizar en el pasado de los comercios más emblemáticos del Camagüey que se ha ido.   Sobresale entre ellos el establecimiento "La Norma", -uno de los más populares durante las primeras décadas del pasado siglo-, y no estaría de más remontarse  a sus orígenes. 

El amplio espacio que media entre las calles Avellaneda y República, frente por frente al costado izquierdo de la iglesia de la Soledad, era, en las postrimerías del siglo XIX, el de una gran plaza en la que se ofrecían de vez en cuando ferias, y hasta se presentaban rústicamente  obras de teatro. Con anterioridad había sido incluso cementerio dada su proximidad con la mencionada iglesia, lo que no dejaba de producir a todos cierto temor y recelo supersticioso.

Junto a esa esquina, por la calle Avellaneda y marcado actualmente con el Nº 120, un agencioso catalán, don Juan Guarch, poseía un establecimiento que era medio café, medio tienda de víveres, al que puso por nombre  "La Norma", el mismo de una quinta de su propiedad junto al río Hatibonico, donde funcionaba una fábrica de velas que también poseía. 

Juan Guarch decidió comprar el terreno aledaño a su café y financiar la construcción de un teatro en la esquina de Avellaneda y Estrada Palma, (más conocida entonces como "Soledad" por la iglesia).  Al teatro se le llamó "Avellaneda" en honor a nuestra gran poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda, nacida en esa calle, y fue inaugurado el 13 de mayo de 1913. 

El éxito en los negocios acompañó a Guarch por un tiempo y se animó a levantar un amplio y moderno local en la otra esquina de aquel terreno, o sea, en la esquina de República, (la antigua calle Reina), y Soledad o Estrada Palma (hoy Ignacio Agramonte). Se trataba de un espacioso salón para familias, con toda la exquisitez propia de la época, donde se saboreaban deliciosas pastas entre sorbos de té o café, o se degustaban helados y batidos de fruta.   

Sin embargo, la bonanza no duró mucho para el esforzado Juan Guarch. El 26 de diciembre de 1926, un incendio, ocasionado por unas velas que envolvieron en llamas las cortinas del escenario, redujo el teatro a escombros y cenizas. El edificio no estaba asegurado. 

No se amilanó por ello Juan Guarch y prosiguió trabajando y luchando en el café "La Norma", ya instalado en su definitivo emplazamiento y convertido en el más "chic" salón de familias para una elite social  que también disfrutaba de su belle époque, aunque fuera tardía y provinciana.  Le ayudaron en ello nuevos socios, todos catalanes o valencianos.  Personalmente, "La Norma" me llega de modo especial aunque no conociera su elegante salón de familias: fue el primer trabajo de mi padre en Camagüey al comienzo de la década de los años treinta, en la sección que administraba uno de los socios de Guarch, un señor valenciano de apellido Badía.

Con el devenir de los años "La Norma" se fragmentó. Del salón de familias no quedó nada, convertido el local en comercios independientes: la tienda de víveres finos del mismo nombre, de Zayas y Ribé; el café, de los Guarch. La vidriera en la esquina, para venta de tabaco, cigarros, billetes de lotería y revistas, y la dulcería y heladería "Delicias", de otros catalanes, los Freixas, con sus estantes repletos de dulces y su amplia barra. 

Ya cuando eso, mi padre había establecido su propio café, y lo que quedaba del Teatro Avellaneda había sido comprado y reconstruido por don Alberto Mola. Los comercios que integraban aquel amplio espacio que abarcaba "La Norma" original, e incluso los aledaños,  fueron adquiridos en la década de los años cincuenta por don Federico Castellanos, millonario y benefactor, para construir un nuevo edificio. 

Este edificio sería rentado a Sears por treinta años, y el usufructo lo disfrutaría una institución caritativa de Camagüey, el Asilo Amparo de la Niñez.  Pero terminaba ya la decada de los cincuenta llevándose con ella todo lo que constituía progreso y prosperidad.  

Aquel terreno pasó varios años sirviendo como estacionamiento de vehículos y ahora, de nuevo, como en aquellos años de finales del XIX, vuelve a ser una plaza o parque donde, de vez en cuando, se celebran ferias y se presentan rústicamente obras teatrales.

5 de marzo de 2012

EL GRAN HOTEL DE CAMAGÜEY, SU HISTORIA


El Gran Hotel de Camagüey, 
su historia

Regino Avilés Marín

El Gran Hotel, situado en el centro de la ciudad, otrora Villa Santa María del Puerto del Príncipe, Patrimonio cultural de la Humanidad desde el 2 de febrero de 2010, posee una larga historia que data de principios de 1826, cuando don Feliciano Carnesoltas compra el solar marcado con el número 15 (actual 65) en la calle del Comercio (actual Maceo). Carnesoltas en ese tiempo desempeñaba el cargo de alcalde ordinario de Puerto Príncipe.

El señor alcalde era muy vanidoso, ya que bastó que un vecino suyo comprara el solar número 17 de esa misma calle  y comenzara a construir un edificio de dos plantas y a su terminación lo inaugurara con una peletería llamada "La Principal", para que de inmediato determinara construir también otro edificio comercial que aspiraba a convertirlo en el más alto de la ciudad, en contraposición de las parroquias de Nuestra Señora de la Soledad, erigida en 1701, y la de San Pablo. 

Carnesoltas, natural de Cataluña y funcionario del gobierno español, poseía el escudo otorgado por su reconocida fidelidad a la Corona.

En 1828 se hizo construir un edificio de cuatro plantas que durante más de un siglo sería el más alto de la ciudad. En dicho edificio ubicó varios departamentos comerciales en los bajos, y  los pisos altos los dedicó a viviendas rentadas y de forma ocasional alquilaba habitaciones a viajeros de paso.

En 1894 aparece en los archivos el nombre de don Juan Alemañy, quien a partir de ese año abrió con nuevos bríos el local, ahora con el nombre de Hotel Refrigerador, convertida en residencia de oficiales superiores del Ejército Español que operaban en Puerto Príncipe durante la Guerra de Independencia. En los bajos funcionaba un expendio de café y se encontraban la cocina y el amplio comedor, habilitado con muebles de madera preciosa, finamente tallada y barnizada. Otra área la ocupaba como oficinas y despacho el batallón de Cazadores Voluntarios de Puerto Príncipe. 

Al término de la guerra, en 1898, abandonan la isla los colonialistas españoles,  integrados por militares y funcionarios del gobierno, y quedó el hotel prácticamente abandonado, siendo utilizado solamente como sastrería en algunas áreas de los bajos.

A principios del siglo XX, abrió nuevamente sus puertas con el pomposo nombre de "Gran Hotel"

En 1925 se cierra de nuevo. Las obras de reconstrucción y restauración adicionan el quinto piso y el elevador, y se trasladan  la cocina y  el comedor al último piso.

En 1938 abre nuevamente sus puertas el flamante Gran Hotel con su fachada restaurada, la que hoy admiramos rejuvenecida.

Fuentes:
Sección "Panorama, periódico Adelante.
Marcos Tamames Henderson: De la Plaza de Armas al Parque Agramonte, editorial Ácana, Camagüey, 2003
M.T.H.: La Ciudad como texto cultural, Camagüey: 1514-1837, editorial Ácana, Camagüey, 2005.

Reproducido de Boletín Diocesano Camagüey. 

 

5 de octubre de 2011

CAMAGÜEY: CHARLES A DANA

La Plaza Charles A Dana o de la Merced, ahora Plaza de los Trabajadores


Charles A. Dana

Ana Dolores García

Si preguntáramos en Camagüey, el de antes y el de ahora, quién fue Charles A Dana, ¿encontraríamos a alguien que pudiera respondernos? Sin embargo una plazoleta de la ciudad,  -en su mismo centro-, ostentaba su nombre. Si pudiera servir de consuelo, podríamos decir que también nos sería muy difícil encontrar a alguien en Estados Unidos que supiera que este nombre le había sido dado a una plaza en una ciudad extranjera  cuya existencia ni siquiera conocerán. Ello es de suponer porque en ninguna biografía de Charles A Dana de las que vienen en Internet, se relaciona que  hubiera estado en Camagüey, ni siquiera en Cuba. 

Charles A. Dana era el nombre oficial que, en los inicios de la República, le dio el Ayuntamiento a la Plaza de la Merced, aunque esta se siguió llamando como el pueblo quiso: Plaza de la Merced o de las Mercedes. Al arribo del régimen castrista la plaza cambió de nombre, y el de Charles A Dana se sumergió aún más a fondo en el olvido de los camagüeyanos. 

No fue el único representante del imperio que sacaron de la plaza, porque allí también había en uno de sus extremos –el que apuntaba a la calle Popular- un modesto busto a Franklin Delano Roosevelt. Ahora la plaza se llama “De los Trabajadores” y el busto de Roosevelt ya no acompaña a la escuálida ceiba que ha logrado permanecer, no sin alguna penuria, en el centro tal plaza.

Charles A Dana fue un afamado periodista que había nacido en Hinsdale (New Hamshire) en 1819. Estudió durante dos años en la Universidad de Harvard, pero tuvo que abandonar los estudios al estar confrontando problemas con su visión.  Luego de trabajar durante algún tiempo en diversos periódicos, comenzó a escribir para el “Tribune”, un importante periódico neoyorquino en el que colaboró hasta 1858.

Posteriormente, en 1867 se convirtió en editor de "The Sun," de Nueva York, un rotativo al que estuvo ligado durante muchos años y que fue uno de los principales diarios de toda la costa este del país.

Durante los turbulentos años de la Guerra Civil aceptó el difícil cargo de Secretario asistente de Guerra, y desempeñó esa posición durante gran parte de 1863 y 1864. 

A partir de esto, sus biografías relatan solamente su regreso al “Sun” de Nueva York, en el que permaneció hasta su muerte, y al que confirió su estilo personal, recto, claro, directo, implacable contra  los políticos corruptos, tanto Demócratas como Republicanos. 

Los méritos para el homenaje recibido por parte del Ayuntamiento camagüeyano al dedicar una plaza a su nombre, deben referirse a un probable y favorable apoyo a la causa republicana desde las páginas de su poderoso periódico. Es notorio que la prensa norteamericana en general se encargó de caldear los ánimos de la opinión pública para apoyar la intervención norteamericana en la guerra que Cuba sostenía por su independencia.

Charles A Dana falleció el 17 de octubre de 1897. Su nombre figura en los anales del periodismo norteamericano como una de las figuras más importantes y sobresalientes de la prensa escrita estadounidense. 

Foto:   http://www.geolocation.ws
 

7 de noviembre de 2009

MI CALLE



  Mi calle

Ana Dolores García

Mi calle, la calle en que nací y en la que viví todos mis años en Cuba, disputa, con la calle de San Ramón, (Enrique José Varona), el título de la más larga de Camagüey. Sinuosa a veces, muy recta otras, paralela a República por lago trecho la atraviesa en otro de sus extremos, apenas cuando acaba de nacer.

Nació en la mismísima Plaza de San Juan de Dios, en los vericuetos más rancios de la villa de Santa María del Puerto del Príncipe. Entonces era sólo un conjunto marginal de chozas y bohíos, colocados en línea no muy rectas que bordeaban charcos y fango, mientras ella hacía lo propio y a distancia con la corriente del Hatibonico. Comenzó a llamársele la calle de los pobres porque, al decir del historiador Torres Lasqueti, «eran personas pobres la mayoría de sus habitantes», y el nombre la ha acompañado hasta nuestros días, aunque desde 1897 el Ayuntamiento decidiera que debía llamarse Padre Olallo y, antes de ello, en 1785 tenía el nombre de «Purísima Concepción».

Cargando con la pobreza que albergaba, fue capaz de cruzar calles que ya desde entonces contaban con casonas de grandes ventanales de madera, anchas cocheras e impresionantes aleros. Así, en su orden y dando giros, atravesó la calle Mayor (Cisneros), Contaduría, (Independencia), San Pablo (Torres Lasqueti), y Reina (República). Se fue alejando del río y en nueva curva de casi noventa grados pasó cerca de la antigua plaza e iglesia de San Francisco, a la par que se asomaba a angostos callejones y se burlaba de la estrechez del de «Funda del Catre»

Allí vio nacer a la calle de San Fernando, (Bartolomé Masó), con la que se volvería a reunir una decena de cuadras más adelante. Siguiendo su camino hacia el Norte, al llegar al Callejón y la Plazoleta de Triana, (Cruz Olivera) disfrutaba en cada san juan de la coronación de la reina que los esclavos celebraban al toque de tambores. El callejón conectaba también con el «Paso de Triana» del Hatibonico, que antiguamente era la salida de Puerto Príncipe para el camino de Nuevitas.

Para entonces ya se le veía enmarcada, como a las demás calles, por quicios de amplia variedad de diseño y tamaño y siempre de ladrillos, y de casas de mampostería al uso principeño: sala amplia de alto techo que se inclinaba hasta casi la altura de un hombre al llegar a la cocina. Cochera o zaguán, si no para algún coche, al menos para que pudieran pernoctar los caballos, y argollas en columnas o paredes para atar caballos o hamacas.

Del lado del río ya surgían otras líneas de casas humildes: eran la calle del Rosario (Enrique Villuendas) y la de Palma (Ciro Betancourt). Anduvieron juntas por un trecho, pero la calle de los Pobres tenía otras ambiciones, y decidió alinearse a San Fernando y a otra de más renombre: San Juan (Avellaneda). Eso se hizo más notorio al cruzar la calle Soledad (Estrada Palma > Agramonte).

Antes de llegar a Soledad y después de pasar Triana, Pobres atravesó el callejón del Tío Perico (Vate Morales) y el de Montera (Félix Caballero). Recuerdo bien estos nombres porque precisamente fue entre ellos, en esas tres cuadras de la calle Pobres, donde viví siempre en Camagüey.

Pobres prosiguió su paso y, no se sabe como, decidió permanecer derecha. Se trazó una línea recta que cada vez la separaba más de Rosario y la acercaba a San Fernando y Avellaneda y, muy intencionalmente, a República, que había sido testigo de su humilde origen.

Así fue como se enteró que san Fernando y Avellaneda habían decidido unirse después de haber cruzado san Martín. No pocas calles habían atravesado ya: el callejón de Jaime (Coronel Aguilar), san Juan Nepomuceno, o simplemente Nepomuceno (Coronel Labrada) y San Esteban (Oscar Primelles).

Al Pobres cruzar San Martín, evocó que el nombre que ya llevaba esa calle por poco se lo daban a ella a pedido de los Veteranos, porque el patriota Fidel Céspedes había sido vecino de Pobres y en su casa habían tendido su cadáver cuando fue muerto por los españoles en un encuentro armado.

Y al cruzar San Martín fue también que se dio cuenta que la línea que se había trazado la llevaba indefectiblemente a unirse con San Fernando y Avellaneda… Lo hizo un poco más allá de atravesar San José (Manuel Ramón Silva). Ganó anchura pero perdió identidad. De esa forma, sin ya saber quién era, llegó a la calle Van Horne y al paradero del ferrocarril. Allí murieron también junto con ella, San Fernando y Avellaneda, y más allá, del otro lado del paradero, la Reina, República.

A pesar de que un mismo final las igualara, mi calle siempre fue la parienta pobre que miraba con envidia los adoquines de República, Cisneros y aquellas calles importantes que había encontrado en su camino. Ella permanecía siendo de tierra, o de fango cuando llovía. No fue hasta la década de los cuarenta del siglo pasado que pudo tener alcantarillado, aceras y un piso de asfalto. Fue cuando un Ministro de Obras Públicas del Gobierno Central, a quien el pueblo apodó Pepe Plazoleta, acometió la pavimentación y el alcantarillado de todas las calles de Camagüey que no formaban parte del exiguo y selecto circuito de las calles principales.

En Pobres nació Luis Casas Romero, mambí, músico e innovador, autor de una pieza inmortal de nuestra música: «El Mambí». En Pobres vivió Fidel Céspedes, patriota y mártir. En Pobres estaba el «Campo Garay» donde mucho se jugó al baloncesto y adonde iba nuestro colegio «San Agustín» a hacer calistenia. En Pobres estaba la Escuela Pública Nº 11, Félix Varela. En Pobres había Logias Masónicas y Centros Espíritas. Y también una fábrica de mosaicos. En Pobres vivieron profesionales y obreros, ricos, clase media y pobres. Casas de bien y casas malas que muchos recuerdan. En Pobres quedan algunas casas antiguas restauradas por su edad, casas en derrumbe, casas siempre poca cosa. En Pobres me quedan aún algunos amigos, vecinos que fueron desde mi niñez.

Creo que en un pueblo tan aferrado a sus tradiciones como lo es Camagüey, los principeños del siglo XXI le seguirán llamando Pobres a mi calle. Aunque su nombre oficial desde hace más de un siglo sea el de un hombre que esparció su bondad y el amor de Cristo entre los pobres y enfermos de aquella villa a la que llegó para servirles y que hoy, transformada por el progreso y convertida en patrimonio histórico de la humanidad, ya le venera como santo junto con la Iglesia: Fray Olallo Valdés. 



Ana Dolores García
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