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17 de agosto de 2016

Cuenta la leyenda...

 
Una de las tantas leyendas
que se escuchan en Asturias

En la parte alta del río Porcía, próxima a la aldea de Vilarín, se encuentra la impresionante Cascada del Cioyo, de 30 m de altura.

Cuentan que un mozo de Villarin bajaba a dormir en las tardes de verano a la vera del río, pues el frescor del agua y el tenue ruido le proporcionaban una estupenda siesta. De tanto verle dormir una Xana* que espiaba sus sueños se quedó enamorada de él.

Hasta que una tarde de tormenta el caudal del río creció de repente por las lluvias llevándose al mozo aguas abajo. La Xana que lo vigilaba vio que el mozo se despeñaría matándose en las rocas del fondo de la cascada del Cioyo por lo que rápidamente hizo un encanto creando la pequeña laguna o poza que hoy vemos en la base; el mozo acabó remojau y tal fue el susto al despertarse en las aguas que nunca más volvió por allí.

Cuentan que si nadas en las aguas bajo la cascada del Cioyo todavía puedes escuchar el llanto de la xana enamorada.

*   La xana es uno de los personajes más conocidos de la mitología asturiana y leonesa. Bajo ese nombre genérico se agrupan varios tipos de hadas difundidos en los diversos folclores. Suelen habitar en zonas de aguas puras y cristalinas

*  Vilarín es un pueblo del occidente asturiano perteneciente al Concejo de Castropol.

2 de agosto de 2016

CARAVAGGIO, SANTA ÚRSULA Y LAS ONCE MIL VÍRGENES


 
Caravaggio, santa Úrsula
y las Once Mil Vírgenes

Michelagelo Merici da Caravaggio (1571-1610) fue un pintor italiano considerado como el primer gran exponente de la pintura del Barroco. La madrileña Galería Thyssen ha abierto desde el mes de junio una exposición especial de sus mejores obras, que han llegado a la capital de España desde distintos museos y colecciones particulares.

Dicha exposición la cierra “El martirio de Santa Úrsula”, cuadro que  ha viajado desde Nápoles, y no hay otro motivo para que este óleo sea el último en las salas de exhibición que otro el de ser, precisamente, el último que realizó en su vida el pintor.

Carvaggio concluyó este oscuro y lúgubre cuadro unas semanas antes de su muerte en 1610,  cuando iba camino de Roma en busca de la bula papal por sus pecados porque, según confesaba el propio artista, «todos eran mortales».

Úrsula (en italiano Orsola) fue una joven doncella martirizada en el siglo V, protagonista de una leyenda medieval que gira en torno a Atila, el rey de los hunos.  

Según esta leyenda -muy extendida en la Edad Media-, una joven llamada Úrsula se convirtió al cristianismo prometiendo guardar su virginidad. Como fue pretendida por un príncipe bretón de nombre Ereo, decidió realizar una peregrinación a Roma y así lograr la consagración de sus votos. En Roma fue recibida por el papa Siricio, que la bendijo y consagró sus votos de virginidad perpetua para dedicarse a la predicación del evangelio de Cristo.  

Al regresar a Germania, fue sorprendida en Colonia por el ataque de los hunos en 451. Atila se enamoró de ella pero la joven se resistió y, junto a otras diez doncellas que la acompañaban y que igualmente se negaron a entregarse a los apetitos sexuales de los bárbaros, fue martirizada.

En el lugar del martirio, Clematius, un ciudadano de rango senatorial que vivía en Colonia, erigió una iglesia dedicada a las "once mil vírgenes", entre ellas Úrsula. En la inscripción de dedicación de este edificio se nombra a las otras doncellas (Aurelia, Brítula, Cordola, Cunegonda, Cunera, Pinnosa, Saturnina, Paladia y Odialia de Britannia), de las cuales la última es llamada undecimilla ("undecimilla" o "undecimita", en latín).

¿Qué tendrá que ver toda esta historia con las “once mil vírgenes”? Nos preguntamos aunque no con el sarcasmo con que lo hacía Jardiel Porcela, que se extrañaba en una de sus obras teatrales si existirían alguna vez once mil vírgenes.

En honor a la verdad, las once mil de esta leyenda catapultada a la posteridad surgieron de un error de traducción.  Porque en un documento datado en el año 922 que se conserva en un monasterio cercano a Colonia, se hace referencia a la historia de Santa Úrsula y sus compañeras. En el citado documento entre otras cosas se dice: 

"Dei et Sanctas Mariae ac ipsarum XI m virginum" 

donde "XI m virginum" debía leerse como "undecim martyres virginum", o sea, mártires vírgenes. 

Pero en su lugar interpretaron mal el significado de la m y pensaron que, en lugar de martyres quería decir millia: "undecim millia virginum" (once mil vírgenes) 

Durante siglos esta confusión se extendió sin que nadie la pusiera en duda, dando lugar así a la leyenda de las "once mil vírgenes".

17 de marzo de 2015

La misteriosa isla de San Borondón

 
La misteriosa isla de San Borondón

Así lo cantan los Sabandeños:

«Tremenda mentira nos metió el patrón…  
Boguemos ligeros, con fuerza y ardor
que allá por los mares la Elvira se hundió
sin dar con la isla de San Borondón.»

La isla de San Borondón es una leyenda popular de las Islas Canarias   sobre una isla que aparece y desaparece desde hace varios siglos, originada en la leyenda de san Brandán de Clonfert, “San Borondón”. Este mito se conoce en Europa como “isla de san Brandán” desde su plasmación por los cartógrafos medievales. En Canarias la tradición fue adoptada con entusiasmo y adaptada, hasta en el nombre, a la  idiosincrasia nacional propia.

Debido a sus características y comportamientos extraños, como el aparecer y desaparecer o esconderse tras una espesa capa de niebla o nubes, ha sido llamada «la Inaccesible», «la Non Trubada», «la Encubierta», «la Perdida», «la Encantada» y algún apelativo más.

El Tratado de Alcaçovas, suscrito entre España y Portugal en 1479 para repartirse territorialmente el Atlántico aun por navegar, especificaba claramente que San Borondón («aún por ganar») pertenecía al Archipiélago Canario.  

En las Islas Canarias aun persiste la leyenda. Según los “testigos” que dicen haber visto la isla, normalmente la sitúan en el extremo occidental del archipiélago, entre las islas de La Palma, La Gomera y El Hierro.  Hay relatos desde hace siglos que narran la aparición de dicha isla, de la visión por muchos testigos y de su posterior desaparición, mientras otras personas atribuyen la extraña aparición a alguna acumulación de nubes en el horizonte o a un fenómeno de espejismo.

La leyenda de la isla de San Borondón llegó a adquirir tal fuerza en Canarias que durante los siglos XVI, XVII y XVIII se organizaron expediciones de exploración para descubrirla y conquistarla.

El origen de la leyenda

Brandán el Navegante (Irlanda circa 484) también llamado Brandano, Barandán o Borondón, fue uno de los grandes monjes evangelizadores irlandeses de siglo VI. Fue el protagonista de uno de los relatos de viajes medievales más famosos de la cultura medieval, relatado en la Navigatio Sancti Brandani, una obra que fue redactada en torno a los siglos X-XI.

De acuerdo con la citada obra, Brandán partió en un barco el 22 de marzo del 516 con otros catorce monjes, para buscar el Paraíso terrenal.    Después de un largo viaje, recaló en un mar lleno de islas. La identidad de estas islas y en particular de la mítica isla de san Brandán, ha sido motivo de controversias y se ha afirmado que posiblemente se tratara de la isla de Terranova, lo que haría de Brandán quizá el primer europeo en llegar a América. También se las ha identificado con Islandia y las islas Feroe, e incluso con las Islas Canarias.

La leyenda cuenta que los monjes celebraron una misa el día de Pascua de Resurrección en una isla que en realidad resultó ser una ballena. Tras la celebración decidieron encender una hoguera para calentarse y cuando se sentaron en torno al fuego se estremecieron al comprobar cómo la isla comenzó a moverse. Se dirigieron rápidamente a su barco y se alejaron precipitadamente de ella. Se trataba, en realidad, del pez gigante llamado Jasconius. Así nació la leyenda de la isla errante en las aguas del océano Atlántico.  

Mucho se ha discutido acerca de la historicidad de este religioso, y aunque fue eliminado del santoral en tiempos de Pablo VI no cabe duda de que se trató de un abad irlandés que llevó a cabo tareas de evangelización en las aguas del mar del Norte.

Editado de Wikipedia.com

11 de marzo de 2015

Leyendas de Sevilla: "la fermosa fembra"

 
LEYENDAS DE SEVILLA:
LA FERMOSA FEMBRA

Sucedió en Sevilla allá por el siglo XIV. Los judíos sevillanos, tras la persecución de que fueron objeto, habían obtenido la protección de la Autoridad Real, y vivían con ciertas garantías, pero no por ello se sentían del todo seguros, y soportaban innumerables vejaciones. Esto despertó en algunos de ellos un rencor que pronto había de convertirse en afán de venganza.   Así comenzaron en casa de Diego Susón, un judío converso, a celebrarse reuniones secretas para estudiar el plan de la que sería la gran sublevación judía de España.
Tenía Diego Susón una hija, a la que por su extraordinaria hermosura se llamaba en toda Sevilla “la fermosa fembra“. A espaldas de su padre, se dejaba cortejar por un mozo caballero cristiano, uno de los  más ilustres linajes de Sevilla, que tenía en su palacio un escudo de gloriosa heráldica.  

Cierto día, cuando Susona dormía en su habitación, se reunieron en la casa los judíos conjurados para ultimar los planes de la sublevación. Pero Susona no dormía porque, como todas las noches, aguardaba a que su padre se acostase para verse con su hifalgo pretendiente.
 
Susona escuchó palabra por palabra toda la conversación de los conspiradores, y mientras tanto, su corazón latía angustiado, pensando que entre los primeros a quienes darían muerte estaría su amante, que era uno de los caballeros principales de Sevilla.

Aguardó a que terminase la reunión de los judíos y cuando todos se marcharon y su padre se acostó, la bella judía abandonó la casa, marchó por las calles de la Judería hacia la actual Mateos Gago, por donde se salía del barrio. Desde allí se dirigió a casa de su amante y entre sollozos le refirió todo lo que había oído.

Inmediatamente el caballero acudió a casa de la principal autoridad de la ciudad  y le contó cuanto la bella Susona le había dicho. Acto seguido, los alguaciles recorrieron las casas de los conspiradores, y en pocas horas los apresóçaron a todos. Pasados unos días fueron condenados a muerte y ejecutados en la horca de “Buena Vista“, en Tablada, donde se ajusticiaban a los malhechores.

El mismo día que ahorcaron a su padre, la fermosa fembra reflexionó sobre su triste suerte. Aunque su denuncia había sido justa, no la había inspirado la justicia, sino la liviandad, pues el motivo de acusar a su padre fue solamente para librar a su amante

Atormentada por los remordimientos, acudió Susona a la Catedral, pidiendo confesión. El arcipreste la bautizó y le dio la absolución, aconsejándole que se retirase a hacer penitencia a un convento, como así lo hizo y allí permaneció varios años, hasta que sintiendo tranquilo su espíritu volvió a su casa, donde en lo sucesivo llevó una vida cristiana y ejemplar.

Finalmente, cuando murió Susona y abrieron su testamento encontraron una cláusula que decía: “Y para que sirva de ejemplo a las jóvenes y en testimonio de mi desdicha, mando que cuando haya muerto, separen mi cabeza de mi cuerpo, y la pongan sujeta en un clavo sobre la puerta de mi casa, y quede allí para siempre jamás.”

 
Se cumplió el mandato testamentario, y la cabeza de Susona fue puesta en una escarpia sobre el dintel de la puerta de su casa, que era la primera de la calle que hoy lleva su nombre. El horrible despojo secado por el sol, y convertido en calavera, permaneció allí por lo menos desde finales del siglo XV hasta mediados del XVII según testimonios de algunos que la vieron ya entrado el 1600. Por esta razón se llamó calle de la Muerte, cuyo nombre en el siglo XIX se cambió por el de calle Susona que ahora lleva.

Ésta fue la triste historia de una mujer que movida por el amor,  entregó a su propio padre al patíbulo, y que después, acosada por los remordimientos, no pudo vivir en paz con ella misma.  

6 de diciembre de 2013

El puente del beso



El puente del beso

Ana Dolores García

Todas las ciudades tienen su puente –o más de uno- cargado de leyendas, simplemente atractivo o con alguna peculiaridad exclusiva. 

Venecia tiene muchos, pero dos de ellos son especiales: uno por su belleza y leyenda, el de los suspiros, el otro, el Rialto,  por su belleza y porque cada dos años lo escogen para promocionar en afiches un famoso festival de cine. París también tiene varios, todos bellísimos y algunos con historia propia. Nueva York el de Brooklyn, cargado de bombillas, San Francisco su “Golden Gate” repleto de oro cuando se pone el sol, y Tampa un “Sunshine Skyway Bridge” con complejo de montaña rusa. Sevilla se enorgullece de su saleroso Puente de Triana.  No importa que algún pueblo no tenga puente, porque aunque no lo posea la televisión le inventa uno y trata de que usted averigüe su secreto, como el del  culebrón de Antena3 que ya va por su capítulo 709. (Y el secreto del puente viejo sigue sin descubrirse). 


Este es otro puente: "El Puente del Beso", que es uno de los siete que sobre el río Negro se encuentran en Luarca, Asturias, permitiendo el paso entre los distintos barrios de la Villa. 

Allí se les ofrece a los forasteros que la visitan en el verano, la trágica leyenda que le ha dejado tan romántico nombre. Leyenda que nos llega desde tiempos medievales y, de la que como tal, ya no podemos separar lo que  en un principio fuera realidad y lo que a través de los siglos se le ha ido agregando o alterando. Modernos juglares del siglo XX y del XXI la han incluido en sus temas, no ya cantándola por las polvorientas rutas de Castilla, sino contándola, sin laúdes ni tamboriles, por las retorcidas y empinadas calles luarquesas.

Se le encuentra también en libros, como el de “Historias y Leyendas de Asturias”, en el que su autor Miguel I. Arrieta cuenta la historia de un bereber llamado Cambaral, figura que fue de tal resonancia en la historia de Luarca, que ha dado nombre a uno de sus barrios más característicos.

Pues bien, procedente de África, el moro Cambaral –que se dedicaba a la piratería-, con su pequeña flota se adentró en el Atlántico hasta estacionarse al norte de la península ibérica para asolar sin clemencia a los pescadores del Cantábrico. Los de Luarca, al igual que los de otros puertos pesqueros de la región, llevaban ya tiempo sufriendo la crueldad de sus ataques y la codicia de sus saqueos, porque poco podían hacer contra las ágiles barcazas que los embestían. Las rústicas embarcaciones con las que   ellos faenaban en las costas no eran aptas para combates de esa naturaleza y ellos -duchos en el uso de las redes-, poco sabían hacer con un mosquete en sus manos.   A la inversa, los buques de la flota real, de gran tamaño y lento movimiento, no eran capaces tampoco de dominar  las rápidas y ágiles embarcaciones de los piratas.

Pero es mejor que sea el propio Miguel Arrieta el que nos narre la leyenda con toda la melosidad de un relato romántico:

«Cansado de las tropelías que cometían los berberiscos, el señor de la fortaleza de Luarca, también conocida como La Atalaya, decidió que ya era hora de acabar con ellas y que, dado el fracaso de la flota real, se hacía necesaria una nueva estrategia que facilitara su captura. 

Embarcando a sus más fuertes y aguerridos guerreros en sencillas barcazas de pesca, bien disimulados entre sus aparejos y artes, salieron a la mar a esperar que apareciese la flota berberisca. A pocas millas de Luarca, se pusieron a pescar con la intención de que los moros les viesen como un botín fácil y  confiadamente les asaltaran.

Efectivamente, en cuanto aparecieron los barcos berberiscos y vieron las barcas de pesca, se lanzaron a su ataque. Pero cuál no sería su sorpresa, en cuanto se acercaron   y vieron que de ellas salían decenas de guerreros perfectamente armados y preparados para el abordaje, y que eran las inocentes barcas las que les atacaban a ellos y no al contrario, como tenían previsto. El combate fue largo y cruento, pero la sorpresa y maniobrabilidad de las barquillas dieron toda la ventaja a los luarqueses.

Cambaral fue hecho prisionero, cargado de cadenas y conducido a la fortaleza de La Atalaya, en cuyas mazmorras lo encerraron sin curarle siquiera las heridas.

Mientras el señor de Luarca y sus aliados festejaban el triunfo y preparaban los despachos para anunciarle al rey la buena nueva, la hija del señor, una bella doncella de espíritu generoso y gran corazón, pidió permiso para curar las heridas de Cambaral y se dirigió a las mazmorras.

Había poca luz allí, pero parece no les hizo ninguna falta, pues fue verse, siquiera entre las sombras, para que sugiera entre ellos el más puro amor. A pesar de las heridas, o quizá por ellas mismas, Cambaral comenzó a sentir lo que todas sus correrías le habían ocultado: que era huérfano de corazón,  y que al fin podía hallar descanso y sosiego  en este amor que se le ofrecía. 

La hija del señor, que nunca había sentido las punzadas del amor noble, curó las heridas casi con veneración, pero también con una congoja que la atenazaba, pues conociendo bien a su padre, sabía cuál iba a ser el destino de Cambaral y, por ende, más que probablemente, el suyo.

En aquella semioscuridad se declararon su amor mutuo y se hicieron las promesas grandilocuentes con que los amantes noveles adornan la adversidad. 

Pero cuando Cambaral se recuperó de sus heridas, volvió a emerger en él su audacia y su ingenio, que tan bien le habían servido en sus correrías por todas las costas desde Argel hasta el Cantábrico, y planificó la fuga de ambos.

Fue una huida alocada, sin posibilidades de éxito, prácticamente, pero los ojos de los amantes no veían sino el momento en el que su amor podría al fin desplegarse, herirse con sus besos, consumarse en su pasión. No veían otra cosa que esa determinación cuando bajaban hacia el puerto desde la fortaleza, escondiéndose en las esquinas, corriendo atropelladamente y buscando, ya en los muelles, el barco de Cambaral. 
Sin embargo, el señor de la fortaleza ya había sido avisado de la fuga y, con un destacamento de tropas, esperaba a los amantes en el puerto. Allí acabaron sus sueños y pusieron a prueba todas aquellas promesas que se habían hecho. 

Viendo imposible la huida, Cambaral abrazó a la hija del señor de Luarca; ambos se miraron como si estuvieran diciendo algo que no se puede decir (amor que nace a oscuras, oscuro muere); ambos se besaron como si ya nunca más se pudieran besar (ya nunca los labios volverán a soñar)...

Y así fuera que el señor de Luarca, loco de ira, incapaz de soportar aquel beso que para él era blasfemia, de un solo tajo cortó ambas cabezas, las cuales fueron a escabullirse, en su beso final, a las frías aguas del puerto, justo donde años después se levantaría el llamado Puente del Beso.


La leyenda de Cambaral ha dejado una gran huella en la villa de Luarca. El barrio de pescadores lleva su nombre y se suele distinguir dentro de él el Cambaral Alto, que es donde habría estado la fortaleza (hoy, en su lugar, hay un monumento, llamado, precisamente, la Mesa de Mareantes), y el Cambaral Bajo, que es donde está el muelle».

Otras leyendas hacen del nombre Cambaral el de un pirata normando que habría desembarcado en Luarca y que habría sido muerto en combate por un tal Teudo Rico de Villademoros.

Restos de la vieja fortaleza en el Alto Cambaral

12 de junio de 2013

El mito de Melusina



El mito de Melusina


Melusina entra en la Historia escrita al final del siglo XIV, gracias a Jean DArras   y su novela La Noble Historia de Lusignan” o “La historia de Melusina”.   El otro nombre que da a su novela, “Lusignan”, corresponde al castillo en el que se desarrolla la historia que cuenta el novelista. La familia Lusignan reinó durante mucho tiempo en el Poitou (antigua provincia francesa), y se le ocurrió explotar el mito haciendo de “Melusina” o mejor de la “Mère Lusigne”, es decir, la mère des Lusignan, la fundadora de su línea genealógica. La recuperación de las hadas por parte de las familias aristocráticas era algo habitual en los siglos XI y XII.   En aquel “País de Poitou” estas criaturas —habitualmente nocturnas, llamadas luciérnagas, damas blancas o hadas— se aparecían en distintos lugares a diferentes personas.

Sin embargo, la verdadera historia de Melusina se remonta más atrás, y es la de un hada nacida en un pasado muy remoto. Algunos ven en ella una deidad celta  protectora de la Font de Sé (Fuente de la Sed), mientras otros creen que fue una superviviente de la Meluciena de los escitas, nombre dado en la antigüedad a los miembros de un pueblo de origen  iranio caracterizados por una cultura basada en el pastoreo nómada y la cría de caballos de monta.  

Es decir, que para muchos Melusina es de origen real. Su madre, el Hada Presina había encantado a su padre Elinas, rey de Escocia,   no sin hacerle prometer que nunca la iría a ver mientras dormía. El rey Elinas, incumplió su promesa y Presina tuvo que refugiarse con sus tres hijas Melusina, Mélior y Palestina en la isla perdida de Ávalon. Cuando las niñas crecieron y se enteraron, usaron sus poderes de hadas y decidieron vengarse y encerrar a su padre en la montaña mágica de Northumberland. Presina las acusó entonces de ser unas malas hijas y de carecer de corazón, por lo que envío a Melusina un conjuro: «Tú, Melusina, que eres la mayor, la más sabia y la más culpable, por este encantamiento te convertirás en serpiente todos los sábados de cintura para abajo (....)»

Si Melusina encontraba un hombre para desposarse, éste nunca debía descubrir su secreto, y así Melusina podría vivir el resto de su vida como una mujer normal, pero si el hombre lo descubría, Melusina  quedaría condenada a sufrir ese tormento hasta el día del juicio final.

Cierta noche, cuando Melusina caminaba por un bosque de Francia encontró a Raymondin de Poiteu, hijo del Conde Forez, desesperado por haber matado accidentalmente (mientras cazaba un jabalí) a su tío Aymeric de Poiteu y por no saber cómo explicar el asesinato a sus familiares. El encuentro se dio en la “Fuente de la Sed” y fue ahí donde Melusina dio consuelo a Raymondin y le aconsejó la mejor forma de explicar la muerte de Aymeric a sus hijos.

Raymondin se sintió completamente agradecido por los consejos de aquella bella mujer de la cual se enamoró inevitablemente; le pidió matrimonio y Melusina aceptó y, temerosa del conjuro de su madre, le hizo prometer a Raymondin que nunca intentaría verla durante los sábados. El matrimonio se llevó a cabo y Melusina con ayuda de otras hadas construyó el castillo de Lusignan en el que vivieron a partir de entonces. Melusina dio a luz a 10 niños. Uno de ellos, Urien, llegó a ser rey de Chipre y se dice que “estaba bien formado salvo que tenía un ojo rojo y el otro garzo y las orejas más grandes jamás vistas en un niño”.

El tiempo transcurría sin mayores sobresaltos  para la pareja y los hijos,   y Melusina emprendió la construcción de varios castillos y fortalezas. Sin embargo el hada parecía más ducha en el arte de construir que en el de engendrar: Guion tenía un ojo más alto que otro, Antoine llevaba en las mejillas una garra de león, Geoffroy nació con un diente más grande que un pulgar, Fromont que se hizo monje tenía sobre la nariz una pequeña mancha peluda.

Un sábado, empujado por los celos de su hermano el Conde de Forez, Raimondin transgredió la regla y haciendo con su espada un agujero en la sólida puerta de hierro, fue esto lo que encontró:

Melusina se bañaba en una gran cuba de mármol, metamorfoseada como sirena: mujer hasta el ombligo peinándose los cabellos y del ombligo para abajo con una gran cola de serpiente como la de un gran arenque y la movía con tanto brío que salpicaba hasta el otro extremo de la estancia. Raimondin de sintió avergonzado por haber roto su promesa y decidió no contarle nada a Melusina.

Tiempo después, Geoffroy, el sexto hijo, entró en disputa con su hermano Freimond y le mató.   Raymondin se sumergió en una rabia que lo cegó y acusando a Melusina de traer la desgracia a su familia la llamó serpiente; fue en ese momento que Melusina se dio cuenta que Raymondin había roto su promesa y conocía su secreto, lo que la hizo sentirse profundamente ofendida, y furiosa huyó volando del castillo de Lusignan, dejando la promesa de que volvería sólo a llorar la muerte de cada uno de los Lusignan.

El hada Melusina ha sido recreada en varias formas: En la literatura, Manuel Mujica Lainez, en su novela El Unicornio; Hugo von Hofmannsthal le dedicó un hermoso poema.  Felix Meldenssohn también se inspiró en esta mítica mujer-serpiente para componer su obertura “El hada Melusina”. Y en la música de nuestros días, la agrupación Leaves’Eyes, de metal sinfónico, gótico  y folk, compuso una canción titulada “Melusine”.

Fuentes
Wikipedia.org
lascosasquenuncaexistieron.com