14 de marzo de 2015

El "Rastro" de Madrid

 
El Rastro de Madrid

La tradición popular cuenta que la denominación de “El Rastro” tiene que ver con los mataderos que se ubicaban en la plaza del General Vara de Rey y los curtidores que se instalaron en Ribera de Curtidores durante sus orígenes, en el siglo XV y XVI.  

Cuando Felipe II estableció su Corte en Madrid, en el año 1561, la villa no alcanzaba los cien mil habitantes. Desde finales de aquel siglo XVI, las principales calles y plazas de Madrid se vieron invadidas por baratillos (mercados públicos) donde los ropavejeros vendían ropa usada, siendo la Plaza mayor y la Puerta del Sol los lugares favoritos. Esto dio lugar a  la persecución por las autoridades de los baratillos, y buhoneros, que se extendió hasta bien entrado el siglo XVIII.

Con el paso del tiempo estas prohibiciones fueron debilitándose. De todos los barrios, el de Lavapiés  era el más poblado y con mayor industria. Se sabe que era zona de mataderos[] y que en sus aledaños se realizaban tareas relacionadas con el curtido de las pieles. Estas actividades quedaron reflejadas en el callejero madrileño: calles del Carnero, Cabestreros, Ribera de Curtidores… Y empieza a surgir el nombre de “El Rastro” porque al transportar arrastrando las reses, ya muertas y aún sin desollar desde el matadero cercano al Manzanares hasta las curtidurías, se dejaba un rastro de sangre aumentado por el desnivel de Ribera de Curtidores.

El Rastro, tal y como lo conocemos hoy en día, con la venta de productos de todo tipo, se remonta al siglo XIX. Mesonero Romanos describe en su obra «El antiguo Madrid» (1861) que ya entonces se vendían allí «utensilios, muebles, ropas y cachivaches averiados por el tiempo, castigados por la fortuna o sustraídos por el ingenio a sus legítimos dueños». Al lugar, acudían, según el escritor «clases desvalidas, los jornaleros y artesanos».

El último capítulo de su pasado truculento, la tradicional matanza del cerdo   (en los meses de invierno), continuó realizándose junto al Rastro[ hasta a comienzos del siglo XX, cuando se inauguró el nuevo matadero de paseo de la Chopera junto al río Manzanaresl   en el año 1928.

A pesar de la eclosión a lo largo del siglo XX de las tiendas comerciales y de los Grandes Almacenes, el Rastro continuó creciendo aportando nuevas mercancías y atracciones: músicos callejeros, organilleros y pianos am- bulantes, titiriteros  o prestidigitadores. Las tabernas y las tascas rodean el Rastro, proporcionando sus servicios a los visitantes.

En las tres primeras décadas del siglo XX, el Rastro se extendió por diversas calles adyacentes y atrajo la mirada de intelectuales, artistas y escritores.

En 1902 el soldado Eloy Gonzalo fue declarado héroe del asedio de Cascorro en Cuba.  Se levanto una estatua en su honor     en la Plaza del Rastro, que a partir de entonces adopta el nombre popular de Plaza de Cascorro  En 1928  los dos mataderos de la zona fueron trasladados al nuevo Matadero Municipal de Madrid, en el barrio de Legazpi.   Lo que se ganó en salubridad se perdió en casticismo.

Durante la Guerra civil la cercanía del Rastro al frente de Madrid  no supuso sin embargo un cese real de actividades. Tampoco el periodo posterior.   En los años setenta  se incremen- tan y estimulan sus actividades. Hasta que, en 1998, el Ayuntamiento madrileño empieza a reducir y controlar su expansión por las calles adyacentes.[   

El Rastro en el siglo XXI posee una regulación municipal establecida en el año 2000  Esta regulación permite al Ayuntamiento de Madrid controlar el número de puestos, el tamaño de los tinglados, lo que puede venderse, y las calles donde puede celebrarse. Está prohibida la venta de animales vivos y alimentos en puestos callejeros.

Reproducido de abc.es
Santa Teresa, andariega y fundadora


https://www.youtube.com/watch?v=wcFflbjdmkc

13 de marzo de 2015

Y de repente, Teresa

 

Y de repente, Teresa

Jesús Sánchez Adalid

Primera parte:

Teresa de Jesús y la Inquisición

«Vínome un arrebatamiento tan súbito, que casi me sacó de mí... Fue la primera vez que el Señor me hizo esta merced de arrobamiento. Entendí estas palabras: ‘‘Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles’’... Desde aquel día quedé yo tan animosa de dejarlo todo por Dios.»

Así explica Teresa de Cepeda y Ahumada (Ávila, 28 de marzo de 1515-Alba de Tormes, 4 de octubre de 1582) lo que sintió en Pentecostés de 1556 mientras rezaba el Veni Creator. Ella lo llamó su desposorio espiritual. Una fuerza interior que le llevó a fundar la orden de las carmelitas descalzas; y que, al ponerla por escrito, convertiría a la religiosa en una de las cumbres de la mística española.

Pero sus obras también situaron a Santa Teresa de Jesús en el punto de mira de la Inquisición, que la consideró sospechosa de pertenecer a la secta de los alumbrados. «Váyase con tiento»: al principio fue sólo una advertencia, porque sus escritos, con Libro de la vida a la cabeza, podían contener engaños muy graves para la fe cristiana. Después, lupa en mano, los censores tacharon párrafos, arrancaron páginas y la obligaron a rehacer Camino de perfección. Hasta que en 1575 compareció ante el Santo Oficio en Sevilla.

A Jesús Sánchez Adalid (Don Benito, Badajoz, 1962) no le cabe la menor duda: «Fue interrogada, molestada, amenazada y estuvo a punto de ir a prisión». Lo cuenta en “Y de repente, Teresa”, libro que nace de un encargo de la comisión del V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa. Con su autor nos adentramos en aquellos «años peligrosos» y recorremos una biografía –casi– de novela.

Teresa tenía  una mente muy lúcida con una serie de capacidades que se manifestaron prácticamente desde la infancia; también después, en la adolescencia y en la edad adulta. Además, era una persona insatisfecha: con su mundo, con la realidad que le tocó vivir. Es algo que se iría manifestando a lo largo de toda su vida.

Escribió muchas más cosas que desconocemos. Siempre he pensado –aunque no lo digo yo, lo dicen sus biógrafos– que lo más probable es que no empezara a escribir directamente el Libro de la vida. Habría otros escritos anteriores que, por desgracia, no han llegado hasta nosotros.

Por su condición, por su clase social de hidalga, lo más seguro es que pensara que estaba llamada a vivir la vida de una mujer de su tiempo: casarse con algún caballero. Pero, como ya he dicho, su propia insatisfacción con la realidad que le rodeaba le llevó a buscar otros mundos. Cambia de opinión y decide hacerse religiosa, en contra de la voluntad paterna, tras leer las Cartas de San Jerónimo, cuyo realismo le impacta.

Santa Teresa escribió cuatro grandes obras: «Libro de la vida», «Camino de perfección», «Moradas del Castillo Interior» y «Libro de las fundaciones».

¿Qué aportan? «En el "Libro de la vida" lo que está desnudando es su alma». El Libro de la vida, por ejemplo, es la primera autobiografía de la Historia de nuestra literatura; eso tiene un valor intrínseco enorme. Es verdad que hay un precedente: las Confesiones de San Agustín. Estamos totalmente seguros de que Teresa las había leído; también de que estaba bastante influida por ellas. Aunque no es una conversa, como el obispo de Hipona, sí sufre, en cierto modo, una catarsis, una conversión interior –entendida la conversión como un cambio de mentalidad–: pasa de ser una dama hidalga de una familia de clase privilegiada en Ávila a intentar cambiar el mundo conocido.

En el Libro de la Vida descubre sus motivos interiores, su alma. De hecho, cuando le da el Libro de la vida a su confesor, dice: «Aquí le entrego mi alma». Porque es su alma, su personalidad, lo que está desnudando. A ello hay que sumar una lírica portentosa. Si a la lírica de Santa Teresa le ponemos música, uno se queda fascinado, porque su obra va mucho más allá de lo que es la pura poesía.

En “Las moradas” Santa Teresa hace psicoanálisis, aunque la palabra “psicoanálisis” no se puede aplicar al tiempo en el que Santa Teresa escribe ni a las categorías que ella utiliza. Pero en Moradas del Castillo Interior presenta diversos estados del alma, como la psique o como la mente. Hay expresiones suyas muy reveladoras, muy intuitivas; por ejemplo, cuando dice que la loca de la casa es la imaginación. Es cierto que la imaginación trastoca nuestros sentimientos muchas veces, que nos pone la vida patas arriba.

Santa Teresa fue investigada por la Inquisición. El Santo Oficio estaba en guardia por casos anteriores, como los de Magdalena de la Cruz, María de San Domingo y Catalina de Cardona. El codicilo del testamento de Carlos V es bastante explícito. Obliga moralmente a su hijo y heredero, Felipe II, a perseguir la «herética pravedad», una herejía de génesis española: el “alumbradismo”.

Hay focos de luteranos y de protestantes en España, claro que los hay, pero ya Alonso Cano, una de las mentes más privilegiadas de la época, había advertido de que la herejía española no iba a ser la luterana. Se empieza a temer entonces que lo sea el alumbradismo. Por eso la Inquisición se perfecciona en la persecución de los “alumbrados”, que más que una herejía intelectual o teológica, eran una seudomística. Toda la sociedad estaba muy sensibilizada: había habido casos flagrantes de engaño y falsedad, como el de la diabólica y falsaria Magdalena de la Cruz, o el de la beata de Piedrahita, sor María de San Domingo, o el de Francisca de los Apóstoles.

En aquella España nadie estaba libre de sospecha. Ni siquiera Fray Luis de León. Los alumbrados no buscaban nada en concreto. El alumbradismo surgió de manera espontánea; no tenía detrás la racionalidad que pudo tener el luteranismo. El alumbrado lo que quería era presentarse como un santo, ganar relevancia en la sociedad, crearse fama y después, con esa fama, hacer lo que le diera la gana: obtener una buena posición, acercarse a los grandes de España, sacar beneficios económicos e incluso cosas más obscenas y bastardas, como lograr favores sexuales.

La sombra del alumbradismo alcanzó a Juan de Ribera y sus discípulos, fray Luis de Granada y Juan de Ávila.  En aquella España nadie estaba libre de sospecha. Quién iba a estarlo, si incluso Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo y primado de España, había sido encarcelado. Él era, por decirlo de alguna forma, el patriarca de todas las Españas, pues al territorio de la Península Ibérica había que añadir América, Nápoles, Sicilia, Génova... Ni siquiera estaba libre de sospecha fray Luis de León, uno de los teólogos más eminentes de la época.

Los primeros problemas de Santa Teresa con la Inquisición datan de 1559, cuando se publica el Índice de Libros Prohibidos de Fernando de Valdés: la obra de Santa Teresa podía resultar peligrosa. Para los inquisidores, sí. Era una mujer cuyo abuelo, Juan Sánchez de Toledo –no un antepasado lejano, no: su abuelo paterno–, había sido condenado por criptojudío. Una mujer que, además, escribía y contaba sus intimidades en un libro sobre su propia vida que podía ser considerado un ideario. Claro que era peligrosa.

El «Libro de la vida» fue la obra de Santa Teresa más cuestionada por la Inquisición. Y a él se unieron, además, una serie de circunstancias accesorias que lo hicieron todavía más sospechoso. El hecho, por ejemplo, de que la princesa de Éboli, esposa del privado de Felipe II e íntima amiga del rey y de los secretarios del monarca, tuviera claro desde el primer momento que aquella obra era el ideario de una alumbrada. La princesa de Éboli se mofó del Libro de la vida, se lo leyó a sus criadas y a sus amistades, y lo puso en manos de los inquisidores, acusándolo directamente de hereje.

Santa Teresa es interrogada por la Inquisición y está a punto de ir a prisión después de ser denunciada por María del Corro, una beata expulsada de su convento. «Por fin muero hija de la Iglesia», dijo Santa Teresa. Se había visto en peligro»

María del Corro era una mujer de la sociedad sevillana, lo que en aquel tiempo se conocía como una beata. El concepto, con el tiempo, ha adquirido otras connotaciones. Una beata, en el siglo XVI, era una mujer que quería vivir en la pureza de costumbres, que quería consagrarse y adoptar un género de vida acorde con el Evangelio. En otras palabras: María del Corro no había encontrado su sitio en la vida.

Entre todos los lugares en los que podía ingresar como monja, opta finalmente por el convento de Santa Teresa. Y cuando entra allí no se siente a gusto, nota que ese no es su lugar, cree que no ha sido tratada con la deferencia que se merecía... y termina acusando a Santa Teresa de hereje, de alumbrada.

Es el momento más peligroso en la vida de la santa, porque además dos grandes inquisidores de Sevilla, Carpio y Páramo –el primero de ellos, tío de Lope de Vega–, están plenamente convencidos de que es alumbrada. Se acababa de publicar en Sevilla un edicto contra los alumbrados y ambos convencen al arzobispo de que Santa Teresa lo es. Si no llega a ser por Diego de Espinosa, inquisidor general, Teresa seguramente hubiera ido a la cárcel.

“Cuentas de conciencia” son los escritos en los que Santa Teresa hizo su defensa ante la Inquisición.  Son unos escritos muy sinceros. En ellos Teresa no está dirigiéndose al común de los lectores, como cuando escribe «Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta». No. En este caso está dirigiéndose a unos letrados muy incisivos. En sus Cuentas responde a unas preguntas de la Inquisición bastante elocuentes y concretas: ¿qué experiencias místicas ha tenido?, ¿qué ha sentido?, ¿ha visto verdaderamente a Cristo?, ¿por qué ha hecho la obra fundadora?, ¿por qué ha escrito el Libro de la vida?

Frente a Santa Teresa, el inquisidor Rodrigo de Castro Osorio, un personaje renacentista nato: gran mecenas de las artes y las letras de su tiempo; un hombre que se pasó la vida viajando... Le tocaron unas responsabilidades tremendas; entre otras, meter en la cárcel a fray Luis de León y nada menos que al arzobispo de Toledo y primado de España, Bartolomé de Carranza. Ir a Torrelaguna a detener al arzobispo primado de España, en el siglo XVI, ¡ahí es nada! Todos los ojos estaban puestos en él. Un hombre frío, calculador, absolutamente aséptico, racionalista. Hizo lo que ni siquiera se atrevió a hacer el inquisidor general.

No existe ningún documento que atestigüe que el Libro de la vida llegara a sus manos, pero yo estoy seguro de que lo leyó. La suerte de Santa Teresa también la tuvo en sus manos el inquisidor Rodrigo de Castro Osorio, sí, porque era el responsable de actuar contra los alumbrados en España, y Santa Teresa había sido acusada de eso, de alumbrada. Era él quien debía decidir no si Santa Teresa era condenada –eso lo tenía que decidir el Consejo de la Suprema Inquisición–, sino si era encarcelada.

No la absolvieron exactamente. El sobreseimiento –otra palabra que tampoco sirve–, el archivo de la causa contra ella no le correspondió a Castro Osorio, fue una decisión que tomó Diego de Espinosa, alguien bastante proclive a Santa Teresa. Lo que ocurrió fue una coincidencia histórica muy interesante: el hecho de que muriera el inquisidor Quiroga, que tenía absolutamente claro que Teresa era alumbrada, e inmediatamente nombraran a Diego de Espinosa, un hombre mucho más espiritual. Él comprendió no sólo que aquella mujer no era una hereje, sino que era una bienaventurada. También fue él quien nombró a un ministro plenipotenciario que se encargó de todo el proceso de Sevilla. Muy pocos años después murió ella. Lo hizo pronunciando unas palabras absolutamente reveladoras: «Por fin muero hija de la Iglesia». Eso quiere decir que se había visto en peligro.

Bobby Fischer, el héroe nacional de EE.UU. que celebró el 11 de septiembre

 
Bobby Fischer, el héroe nacional de EE.UU.
que celebró el 11 de septiembre

César Cervera  
ABC, Madrid

No es casualidad que, coincidiendo con el dominio español del mundo, Felipe II organizara el primer torneo internacional de ajedrez de la historia, como no lo es que durante la Revolución francesa el mejor ajedrecista del periodo, François-André Danican, fuera francés. El ajedrez es una escenificación perfecta de la situación política y también lo fue durante la Guerra Fría.

En 1972, Bobby Fischer, un joven neoyorquino se enfrentó al soviético Borís Spassky, campeón del mundo de ajedrez entre 1969 y 1972. Tras superar la interminable lista de extravagancias y problemas generados por el norteamericano, que reclamó repetidas veces que se apagaran todas las cámaras para acabar con el imperceptible estruendo que provocaban las máquinas, la partida terminó con la victoria de Bobby Fischer, el cual se convirtió en un héroe nacional y un icono mediático.

Pocos de los que entonces celebraron su genialidad, incluidas sus rarezas, podían imaginar que el gran maestro del ajedrez fuera acabar sus días viviendo en el ostracismo y odiado profundamente por EE.UU.

Hijo de la enfermera judía de origen ruso Regina Wender y el físico de origen alemán Hans-Gerhardt Fischer (aunque posiblemente su padre biológico era un físico húngaro), Bobby Fischer se crió en un pequeño apartamento en Brooklyn, Nueva York, junto a su madre y su hermana.

Su increíble memoria –llegó a aprender cinco idiomas– le permitió moverse con facilidad desde muy pequeño en el ajedrez, que se convirtió en una obsesión para el joven desde que su madre le regalara un tablero de este juego, a medio camino entre el arte y el deporte. Pero ni siquiera la influencia del psicólogo al que acudió su madre al advertir que su hijo se había obsesionado con el ajedrez, pudo evitar que Bobby Fischer se inscribiera en un prestigioso club de Mathatam y avanzara en su aprendizaje. A los 12 años ya se enfrentaba a los mejores jugadores de EE.UU.

«Ha sido el jugador que más cerca ha estado de la perfección. Dicen que Fischer no tenía estilo, que simplemente elegía la mejor jugada», afirmó Magnus Carlsen poco después de proclamarse campeón del mundo de ajedrez a los 22 años. Fischer, como Carlsen, empezaron a competir al más alto nivel desde la más temprana adolescencia. A los 13 años, el americano ya era capaz de anticiparse 6 o 7 movimientos a sus oponentes y se alzó como ganador del Campeonato Junior de Estados Unidos. Su vida académica, no obstante, iba en declive, puesto que, como otros chicos superdotados, se aburría en las clases y abandonó los estudios a los 16 años para dedicarse completamente al ajedrez.

Al precio de colocar el ajedrez por encima de su vida académica y sus relaciones sociales, Fischer se hizo con el campeonato de EE.UU. tres veces y con el título de Gran Maestro antes de llegar a la mayoría de edad. Fue entonces cuando empezaron a aparecer las primeras extravagancias y salidas de tono que harían célebre a Fischer, quien en 1960 amenazó con abandonar el campeonato nacional de su país alegando una infinidad de quejas.

Quería la luz apropiada, que no le fotografiaran, que no hubiera el mínimo sonido… y si no se daban las circunstancias adecuadas abandonaba la competición. Estas exigencias impidieron que pudieran alcanzar mejores resultados en los siguientes años de su carrera. Hoy, muchos médicos psiquiatras han apreciado en el ajedrecista rasgos del síndrome de Asperger, un tipo de autismo que lleva a los afectados a obsesionarse con un campo concreto y a tener problemas para relacionarse socialmente.

La partida del siglo: el patriota

Cuando la comunidad ajedrecista empezaba a cuestionar el talento de Fischer, que en 1968 hizo la primera de sus sorprendentes desapariciones y se fue a vivir tres años a la costa oeste para escribir un libro sobre ajedrez, el neoyorquino regresó por sorpresa y anunció sus intenciones de disputar el título mundial. Tras vencer por aplastamiento a tres de los mejores jugadores del mundo, Fischer desafió al soviético Borís Spassky, que mantenía un balance a su favor de 4 victorias sobre el americano y solo 2 derrotas.

Pero no solo se enfrentaba a un rival estadísticamente superior a él, el estadounidense aspiraba a derribar el mito de la invencibilidad de la escuela de la Unión Soviética, dirigida por el Comité de Educación Física y Deportes, que había producido a todos los campeones y subcampeones mundiales desde 1948. En medio de la Guerra Fría entre la URSS y EE.UU, la partida trascendió a nivel político.

El campeonato del mundo de 1972 se celebró en Reikiavik, capital de Islandia. Allí se desplazó Fischer, declarado anticomunista, no sin antes exigir a la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) que elevara el premio en metálico y no sin que el propio Henry Kissinger, el secretario de Estado, le suplicara ir por el honor de su patria. «Este es el peor jugador del mundo llamando al mejor jugador del mundo», anunció al descolgar el teléfono Kissinger. Una vez en Islandia, se quejó de absolutamente cada detalle, incluso de las vistas de la habitación del hotel.

Todavía absorto en sus exigencias –entre ellas que hubiera alguien dispuesto a jugar con él al tenis y a los bolos las 24 horas del día– Fischer perdió la primera partida. Y en la segunda partida, el neoyorquino no se presentó porque el sonido de las cámaras grabando, prácticamente imperceptible para el oído humano, no le dejaba pensar. Fue declarado perdedor por no presentarse.

Fischer venció a su rival tras 21 partidas y se coronó campeón mundial el 1 de septiembre de 1972.

Con dos derrotas como losas, nadie creía posible que Fischer remontara, salvo él. A diferencia de su rival, que había acudido con un enorme séquito de grandes maestros rusos, el neoyorquino se encontraba prácticamente solo y sin la asistencia de otros ajedrecistas americanos. Solo ante el peligro. Finalmente, Bobby Fischer volvió a la competición a condición de jugar sin público.

Venció en la tercera. La cuarta partida fue tablas, y desde la quinta se impuso rotundamente el gran maestro estadounidense. Fischer superó a su rival tras 21 partidas y se coronó campeón mundial el 1 de septiembre de 1972. Había presumido que ganaría al ruso, y lo hizo, convirtiéndose en un auténtico fenómeno mediático a su regreso a EE.UU. No obstante, el triunfo sobre Spassky fue el comienzo del fin para este genio del ajedrez.

La condición de héroe de Fischer duró muy poco tiempo. No quiso defender su corona ante la joven estrella rusa Anatoly Karpov y, además, el estadounidense perdió una demanda del productor Chester Fox, por dos millones de dólares, por negarse a que se grabasen imágenes del encuentro de Islandia.

Fischer, que se había vuelto todavía más retraído tras su victoria, desapareció por completo de la vida pública y dejó de competir para siempre. Sin estudios ni experiencia más allá del juego de los cuadrados blancos y negros, el gran maestro apareció muchos años después, en 1981, en Pasadena, California, involucrado en un incidente con la policía. El ajedrecista se negó a mostrar su identidad cuando un policía se lo pidió al encontrarle cierto parecido con un atracador en busca y captura. Las autoridades le tuvieron 48 horas detenido, donde afirmó haber sido maltratado y humillado, dando origen al celebrado texto «Fui torturado en Pasadena», firmado por Robert James.

El incidente con la policía sacó a la luz que un desmejorado Fischer dedicaba su tiempo a pegar carteles antisemitas por los coches. Criado en una familia judía, el ajedrecista había desarrollado un violento y público antisemitismo –años después su guardaespaldas afirmó que siempre acompañaba la palabra judío de un insulto–, que posiblemente procedía de la mala relación con su madre o bien del proceso de aislamiento social derivado del trastorno de Asperger.

En 1992, Fischer aceptó jugar un encuentro amistoso de exhibición contra su antiguo adversario Spassky, de entonces 55 años de edad, por una gran cifra económica. El match comenzaría en Sveti Stefan, a orillas del Adriático, y acabaría en Belgrado, enclaves ambos de la República Federal de Yugoslavia, nación procedente del desmembramiento de la antigua Yugoslavia.

Sin embargo, Estados Unidos prohibió a Fischer involucrarse en la partida a causa de las restricciones en el comercio impuestas a la República Federal de Yugoslavia por su intervención en la reciente guerra de Bosnia. El encuentro se celebró igualmente y acabó con la victoria del estadounidense, que había convocado a los medios para escupir frente a las cámaras la orden enviada por EE.UU, aunque la calidad de las partidas y el desarrollo general del acontecimiento despertaron escaso interés en el mundo del ajedrez. Después de la competición, las autoridades de Estados Unidos dictaron orden de búsqueda y captura contra el genio, lo cual podía llegar a costarle hasta 10 años de cárcel.

Negacionista del Holocausto y favorable a un golpe militar en su país, seguido de la destrucción de sinagogas y la ejecución de cientos de miles de judíos, Fischer volvió a dar señales de vida en una entrevista a una radio filipina, donde trabajaba como pinchadiscos a tiempo parcial, el 12 de septiembre de 2001, con motive del ataque terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York.
 
El otrora héroe nacional proclamó su satisfacción por el atentado y se pronunció en durísimos términos contra EE.UU. Entre unas extrañas carcajadas que le daban un aire de demente, el neoyorquino aseguró: «El que la hace la paga, incluso EE.UU. Quiero ver el país borrado del mapa».

En julio de 2004, fue detenido en el aeropuerto de Narita, en Tokio (Japón), por utilizar un pasaporte no válido, pues Estados Unidos lo había anulado. Con un aspecto de vagabundo, el que había sido genial ajedrecista permaneció ocho meses detenido hasta que en marzo de 2005 Islandia le concedió la ciudadanía islandesa, con lo que las autoridades japonesas le autorizaron a que viajase a ese país.

Con graves problemas renales, su esposa Miyoko Watai se acercó desde Japón para pasar las Navidades de 2007 con él. Volvió a Japón el 10 de enero, justamente antes del fallecimiento de Fischer. Miyoko, al llegar a Japón, prácticamente tuvo que coger el siguiente vuelo de vuelta para acudir al funeral.

A los 64 años, el genio del ajedrez falleció en Reikiavik (Islandia) –la ciudad donde se había proclamado vencedor de la partida del siglo– y fue enterrado en una tumba sencilla en un cementerio cercano a Selfoss, pequeña localidad costera al sudoeste del país. Fischer vivió sus últimos días en un apartamento en el mismo edificio que su mejor amigo y portavoz, Gardar Sverrisson.

Vía Crucis de la mano de Teresa de Jesús

 

VIA CRUCIS DE LA MANO DE
SANTA TERESA DE JESÚS

Cuarta estación:

Jesús encuentra a su Madre
 
 Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS
Del profeta Isaías. 49, 5-6
«Y ahora dice el Señor, el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios. Y mi Dios era mi fuerza: “Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”».
Del Evangelio según san Lucas. 2, 34-35
Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción
—y a ti misma una espada te traspasará el alma—,
para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».
TEXTO DE SANTA TERESA
De Las Moradas de santa Teresa de Jesús: 6. 7. 13
«Es larga la vida, y hay en ella muchos trabajos, y hemos menester mirar a nuestro dechado, Cristo, cómo los pasó. Es muy buena compañía el buen Jesús para no apartarnos de ella, y su sacratísima Madre, y Él gusta mucho de que nos dolamos de sus penas».
ORACIÓN
Jesús, salvador del mundo, que, muriendo, has destruido la muerte y, resucitando, nos has devuelto la vida; por intercesión de tu Madre, consoladora de los afligidos, consuélanos en tu divina consolación, para que, confortados por Ti, infundamos la alegría a los que sufren el dolor. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos.  Amén

Todos juntos, dicen el Padre nuestro.

Ecclesia Digital –www.revistaecclesia.com

 

12 de marzo de 2015

El ayuno que agrada a Dios


El ayuno que agrada a Dios

Ayuna de juzgar a otros. Descubre a Cristo que vive en ellos.
Ayuna de palabras hirientes. Llénate de frases sanadoras.
Ayuna de descontento. Llénate de gratitud.
Ayuna de enojos. Llénate de paciencia.
Ayuna de pesimismo. Llénate de esperanza cristiana.
Ayuna de preocupaciones. Llénate de confianza en Dios.
Ayuna de pasiones. Llénate de una oración continua en acción.
Ayuna de quejarte. Llénate de aprecio por la maravilla que es la vida
Ayuna de amargura. Llénate de perdón.
Ayuna de darte importancia a ti mismo. Llénate de comprensión por los demás.
Ayuna de ansiedad sobre las cosas. Comprométete en la construcción del Reino.
Ayuna de desaliento. Llénate del entusiasmo de la fe.

Llénate de todo lo que a Él te acerque.
Ayuna de todo lo que te separe de Jesús.

Revista Ecclesia.www.revistaecclesia.org

11 de marzo de 2015

Leyendas de Sevilla: "la fermosa fembra"

 
LEYENDAS DE SEVILLA:
LA FERMOSA FEMBRA

Sucedió en Sevilla allá por el siglo XIV. Los judíos sevillanos, tras la persecución de que fueron objeto, habían obtenido la protección de la Autoridad Real, y vivían con ciertas garantías, pero no por ello se sentían del todo seguros, y soportaban innumerables vejaciones. Esto despertó en algunos de ellos un rencor que pronto había de convertirse en afán de venganza.   Así comenzaron en casa de Diego Susón, un judío converso, a celebrarse reuniones secretas para estudiar el plan de la que sería la gran sublevación judía de España.
Tenía Diego Susón una hija, a la que por su extraordinaria hermosura se llamaba en toda Sevilla “la fermosa fembra“. A espaldas de su padre, se dejaba cortejar por un mozo caballero cristiano, uno de los  más ilustres linajes de Sevilla, que tenía en su palacio un escudo de gloriosa heráldica.  

Cierto día, cuando Susona dormía en su habitación, se reunieron en la casa los judíos conjurados para ultimar los planes de la sublevación. Pero Susona no dormía porque, como todas las noches, aguardaba a que su padre se acostase para verse con su hifalgo pretendiente.
 
Susona escuchó palabra por palabra toda la conversación de los conspiradores, y mientras tanto, su corazón latía angustiado, pensando que entre los primeros a quienes darían muerte estaría su amante, que era uno de los caballeros principales de Sevilla.

Aguardó a que terminase la reunión de los judíos y cuando todos se marcharon y su padre se acostó, la bella judía abandonó la casa, marchó por las calles de la Judería hacia la actual Mateos Gago, por donde se salía del barrio. Desde allí se dirigió a casa de su amante y entre sollozos le refirió todo lo que había oído.

Inmediatamente el caballero acudió a casa de la principal autoridad de la ciudad  y le contó cuanto la bella Susona le había dicho. Acto seguido, los alguaciles recorrieron las casas de los conspiradores, y en pocas horas los apresóçaron a todos. Pasados unos días fueron condenados a muerte y ejecutados en la horca de “Buena Vista“, en Tablada, donde se ajusticiaban a los malhechores.

El mismo día que ahorcaron a su padre, la fermosa fembra reflexionó sobre su triste suerte. Aunque su denuncia había sido justa, no la había inspirado la justicia, sino la liviandad, pues el motivo de acusar a su padre fue solamente para librar a su amante

Atormentada por los remordimientos, acudió Susona a la Catedral, pidiendo confesión. El arcipreste la bautizó y le dio la absolución, aconsejándole que se retirase a hacer penitencia a un convento, como así lo hizo y allí permaneció varios años, hasta que sintiendo tranquilo su espíritu volvió a su casa, donde en lo sucesivo llevó una vida cristiana y ejemplar.

Finalmente, cuando murió Susona y abrieron su testamento encontraron una cláusula que decía: “Y para que sirva de ejemplo a las jóvenes y en testimonio de mi desdicha, mando que cuando haya muerto, separen mi cabeza de mi cuerpo, y la pongan sujeta en un clavo sobre la puerta de mi casa, y quede allí para siempre jamás.”

 
Se cumplió el mandato testamentario, y la cabeza de Susona fue puesta en una escarpia sobre el dintel de la puerta de su casa, que era la primera de la calle que hoy lleva su nombre. El horrible despojo secado por el sol, y convertido en calavera, permaneció allí por lo menos desde finales del siglo XV hasta mediados del XVII según testimonios de algunos que la vieron ya entrado el 1600. Por esta razón se llamó calle de la Muerte, cuyo nombre en el siglo XIX se cambió por el de calle Susona que ahora lleva.

Ésta fue la triste historia de una mujer que movida por el amor,  entregó a su propio padre al patíbulo, y que después, acosada por los remordimientos, no pudo vivir en paz con ella misma.