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7 de diciembre de 2015

Canto a Maceo

 

Canto a Maceo

Alfredo Cepero

Antonio de la patria,
arcángel de la Guerra,
general de esperanza
de mi indómita tierra.
Hay un sueño frustrado
en los campos fecundos,
donde yacen sepultos
tus antiguos soldados.

Hay un pueblo que busca
su camino y su estrella,
sin más norte en su brújula
que el fulgor de tu huella.
Antonio del pasado
glorioso de mi pueblo,
jinete en el caballo
del patriótico empeño,
que escribiste en los campos
tu leyenda de acero.

Corazón de paloma
bajo piel de león,
que esperabas la aurora
con un canto de amor.
Que infundiste a la tropa
enemiga el terror,
y a tu tropa bisoña
sembraste valor
para que una colonia,
se hiciera nación.

Antonio del presente
terrible del destierro
en la Cuba doliente
con atuendo extranjero.
Antonio de la angustia
de un pueblo esclavizado
por la bota y la fusta
de un tirano alquilado.

Cadáver sin descanso,
Antonio idolatrado
que gritas en el trueno
en busca de soldados,
que libren nuestro suelo
del odio de los malos
y lleven a la patria
el reino de los buenos.

Antonio del eterno
trabajo libertario.
Tu voz llega en el viento
como un golpe de látigo,
castigando el silencio
y rompiendo el letargo
de tus hijos cansados
de horizontes sin puertos.

Regresa de tu sueño
general obstinado,
y recluta tu ejército
de múltiples soldados
entre los obreros
y los acaudalados,
para que se oiga de nuevo
en La Habana y Bayamo
el grito guerrero
del pueblo cubano.

*

Washignton. D.C.  9 de noviembre de 1976.

7 de diciembre de 2014

Antonio Maceo

 
Antonio Maceo
 
(14 de junio de 1845
7 de diciembre de 1896)

Vino de las montañas del indomable Oriente,
descendió a las llanuras del bravo Camagüey,
y como alud que tala, cual bramador torrente,
cayó sobre las tropas de la española grey.

 
Erguido sobre el blanco bruto de piel luciente
cruzó en pos de la gloria el suelo siboney,
y en las Villas, Matanzas, La Habana y Occidente,
derrotó a los heroicos defensores del rey.

 
Tenía el alma hecha para domar leones,
invencible en Mal Tiempo, batió los escuadrones
aguerridos y bravos de la inmortal nación.

 
Y cayó en Punta Brava, ungido por la gloria,
y héroe que escribiera de América en la historia
el capítulo heroico, ¡la Invasión!

Juan Guerra Núñez, 1908

7 de diciembre de 2012

ANTONIO MACEO



Antonio Maceo
(1845-1896)

Vino de las montañas del indomable Oriente,
descendi
ó a las llanuras del bravo Camagüey,
y como alud que tala, cual bramador torrente,
cay
ó sobre las tropas de la española grey.

Erguido sobre el blanco bruto de piel luciente
cruz
ó en pos de la gloria el suelo siboney,
y en las Villas, Matanzas, La Habana y Occidente,
derrot
ó a los heroicos defensores del rey.

Tenía el alma hecha para domar leones,
invencible en Mal Tiempo, bati
ó los escuadrones
aguerridos y bravos de la inmortal naci
ón.

Y cayó en Punta Brava, ungido por la gloria,
y h
éroe que escribiera de América en la historia
el cap
ítulo heroico, ¡la Invasión!

Juan Guerra Núñez, 1908



2 comentarios:

  1. No conocía esta poesía, pero me encanta. Gracias.
     
     
  2. Casi tan desconocido como esa poesía es su autor, Juan Guerra Núñez. De este poeta cubano nada se ocupa Wikipedia ni otra página en la red. Anuncios sí, -hay varios- de su novela "Vae soli!" que se vende tanto en Amazon, como en Barnes & Noble y otras librerías. Pero sin ningún dato biográfico del autor.

    "Vae soli!", novela romántica si las hubiere, puede leerse en Internet gracias a Google. Solo se escribe el nombre de esta novela-poema como la llama su autor, y el libro, editado en La Habana a principios del siglo XX, aparece íntegro a nuestro disfrute. Es un volumen de la biblioteca de José Augusto Escoto, de Matanzas, Cuba, que ahora pertenece a la Colección Cubana de la Biblioteca de la Universidad de Harvard.

12 de septiembre de 2012

MI AMIGO EL FRAILE


Mi amigo el fraile

Homenaje en el primer aniversario de la muerte del sacerdote, pintor y poeta Miguel Loredo

Por Alejandro Anreus
Roselle Park (New Jersey) | 10/09/2012

Para Jorge Moya y Ricardo Viera

“Yo nunca he escrito un poema que
no brotara de la necesidad y del amor.
Nunca he dicho una cosa que no estuviera
disparada de dentro
y decidida hasta en sueños.”
Miguel Loredo, O.F.M.

Este 10 de septiembre es el primer aniversario de la muerte de Miguel Loredo, O.F.M. Sus restos mortales descansan en el cementerio franciscano de Totowa, New Jersey. Fraile, poeta y pintor, preso político y activista en pro de los derechos humanos, Miguel Ángel Loredo fue un cubano ejemplar y como escribió Unamuno, “nada menos que todo un hombre”.

Su ficha biográfica es sencilla: nació en la Habana de origen español e italiano en 1938. Fue un joven típico de su época, mas siempre tuvo pasión por las letras y la plástica. Su vocación espiritual lo llevó a los franciscanos cuando descubrió que necesitaba a Dios más que a las mujeres, la poesía y la pintura. Sus estudios culminaron con su ordenación religiosa en el monasterio franciscano Aránzazu, en el país vasco, lugar de gran resistencia al franquismo desde la guerra civil española.

En 1964 fue enviado a Cuba a ejercer su ministerio, y eventualmente es asignado como párroco asistente en la iglesia de San Francisco en la Habana Vieja. Conecta con la juventud, se enfrenta al ateísmo oficial del nuevo estado marxista-leninista, demanda justicia social y el cumplimiento de las promesas de una revolución que prometió ser democrática y abierta.

En 1966, el gobierno utiliza la fuga del ingeniero de Cubana de Aviación, Ángel María Betancourt, crean una “conspiración” artificial y arrestan a Loredo y al Padre Serafín. Al franciscano vasco lo expulsan de la Isla y a Loredo lo condenan a 20 años de presidio. Su heroica trayectoria en el presidio es legendaria y existen muchísimos testimonios de compañeros que lo atestiguan. Por intervención del Vaticano es liberado en 1976 y asignado a la parroquia franciscana de Lawton; donde continúa su labor pastoral y se enfrenta al Gobierno.

Es expulsado de Cuba en 1984, va a Roma donde continúa y termina sus estudios teológicos, y entonces comienzan los duros tiempos del exilio, su activismo pro-derechos humanos, su ministerio en Puerto Rico y New York. Nos legó cuatro hermosos poemarios, óleos, tintas y acuarelas, y ante y sobre todo, su alegre y vital amistad franciscana.

Lo conocí en el verano de 2004 en una comida organizada en casa de Ricardo Viera, el director de galerías de Lehigh University en Bethlehem, Pensilvania. La idea del encuentro venia del coleccionista y documentalista Jorge Moya. Ambos querían que yo conociera a Loredo a ver si me gustaba su pintura y escribía sobre ella. Hacía tiempo que tenía noticias del fraile; en 1994 en Puerto Rico, Carlos Franqui me habló de Loredo y me aconsejó conocerlo: “Ya que tú eres católico e historiador de arte, creo que harán buenas migas”, y así fue. En fin, esa tarde de verano en casa de Ricardo Viera y la pianista Marta Marchena, conocí al fraile. Presentes estaban también mi mujer Debra, Jorge Moya y su mujer Lucía, y el fotógrafo Luis Mallo y su esposa.

Nos tratamos con cautela, pero eventualmente me mostró una acuarela que había traído de regalo a Ricardo y Marta, y entablamos una conversación. Desde el primer momento aprecié que me hablara en inglés, como cortesía hacia mi mujer que no es hispana. Al final de la noche quedamos en que yo lo visitaría en la iglesia de Saint Francis en Manhattan para ver su obra. Y así fue. Desde el primer momento me gustaron sus obras en papel; tintas, acuarelas y dibujos en grafito.

Encontré en ese momento que sus óleos eran muy densos y le recomendé que lograra en el óleo la soltura que tenía en su obra sobre papel. El me habló de sus influencias directas: su maestro Rolando López Dirube, sus amigos René Portocarrero y Raúl Milián; y de las indirectas de Gauguin, Rothko y Marioni. Nos pasamos casi tres horas conversando sobre pintura.

Su buen humor, su ingeniosa manera de hacer un cuento, y sobre todo su generoso espíritu franciscano, me afectó. Vino a mi casa de New Jersey unas semanas después e hizo muy buenas migas con mi mujer, mis hijos David e Isabel, y hasta con nuestro perro Fellini. A partir de entonces, hasta que dejó la ciudad de New York en 2009 para trasladarse a St. Petersburg, Florida, yo lo visitaba cada cinco o seis semanas, comíamos en el monasterio y después íbamos al Museo de Arte Moderno, casi siempre a ver los mismos cuadros y ser sorprendidos por su vitalidad y frescura: Gauguin y Seurat, Matisse y Mondrian, Orozco, Rothko, Rauschenberg.

Un día le mostré mis poemas y a partir de entonces fue un agudo crítico y maestro mío. Yo le decía que, después de Philip Levine, él era el único que me había dado “talleres” de poesía.

Sus gustos poéticos eran clásicos: San Francisco, San Juan de la Cruz, Machado, Cernuda y Jorge Guillén. Los míos eran algo opuestos: Quevedo, Santa Teresa de Ávila, Vallejo y Miguel Hernández. Quizás debido a estas diferencias estéticas, me inculcó la importancia de la palabra precisa, y que esta fuera una palabra audaz. Insistía en que el poema era un ritmo de palabras, no una idea, ni un cuento. En inglés nos gustaban los mismos poetas: Auden y Elizabeth Bishop.

Llegué a escribir dos artículos sobre su labor pictórica que fueron publicados en El Nuevo Herald. Vi como sus óleos comenzaron a tener la audacia de sus acuarelas. Su último texto publicado fue el prefacio para un libro de acuarelas del pintor Arturo Rodríguez con poemas míos. Nos apoyábamos mutuamente, pero siempre con honestidad y lucidez. Recuerdo su voz diciéndome: “Alejo, ese poema es una mierda. Vuelve a empezar”.

En 2005 pasé por una terrible crisis espiritual y el me ayudó a superarla. Gracias a él, volví a leer a Chesterton y a Leonardo Boff. Yo lo introduje a las novelas de Vicente Leñero y a la poesía de Juan Gelman. Compartíamos entusiasmos estéticos: Mozart, Celia Cruz, Eliseo Diego y Fra Angélico. En un congreso dedicado a la presencia china en la cultura cubana, disertamos juntos sobre Wifredo Lam. Me encantaba escuchar sus cuentos sobre sus amigos, fueran estos plásticos como Lucio Muñoz y Guido Llinás, o escritores como Cabrera Infante y Carlos Alberto Montaner. Pocas veces hablaba de su tiempo en el presidio, pero sí me dijo una vez que “en la cárcel pasé los momentos más vitales y solidarios de mi vida”. En un poema como su extraordinario “Cigarros”, escrito en presidio encontramos claves de esa solidaridad:

“Un testigo letal a largo plazo
recuérdalo: 'daña la salud' –
pero perfectamente imprescindible
en nuestro urgente intento
de situar las cosas.
Ellos nos dan azul su niebla fugitiva
para la descampada y agria luz que nos
invade a ratos.
Te propondría un brindis a la presencia
permanente de los cigarros en nuestras
descargas.
Lo haremos encendiendo un 'Veguero'
(completo
sin miserias.”

Como buen habanero de su época, sabía bailar bien y tararear las canciones de Olga Guillot. Le gustaba el whisky y admirar a una mujer hermosa. Hasta en momentos de enfermedad, expresaba su alegría franciscana.

La última vez que hablamos, creo que fueron unas cuatro semanas antes de su gravedad y eventual muerte. Me llamaba para decirme que un matrimonio amigo de él me enviaría por correo dos dibujos enmarcados; uno era para mí y el otro para “la polaca”, mi mujer. Al final de nuestra conversación me dijo que nuestra amistad había sido una bendición. En joda, le contesté que a él siempre le gustaba andar con pecadores. Ambos nos reímos.

Con su conducta digna y corajuda, mi amigo el fraile fue uno de los que redimió a la Iglesia Católica cubana, la cual ha sido generalmente tan temerosa y mediocre frente al castrismo. Fue un magnifico poeta y un buen pintor. Y un gran amigo de sus amigos.

Sobre él y su actitud frente a la vida, podemos citar a Ralph Waldo Emerson: “Los grandes hombres comprenden los terrores de la vida y por eso se crecen y la abrazan cantando de alegría”.

No pasa un día en que no lo recuerdo y doy gracias.