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3 de noviembre de 2014

Si pregunta por Frank Domínguez...

Si preguntas por Frank Dominguez...

Armando López, El Nuevo Herald

Si usted llega a La Habana y pregunta por Frank Domínguez, nadie le dirá dónde encontrarlo. Nadie lo sabe. Una cortina de silencio se tendió sobre su nombre. El poder no quiere a los artistas genuinos. Esos seres espontáneos resultan un peligro. A Frank Domínguez trataron de moldearlo, comprarlo, moderarlo, y por último, decidieron silenciarlo durante 40 años sin grabarle un disco, sin apenas ofrecerle programas de radio y televisión, sin permitirle firmar contratos del exterior.

Cuando la voz de México, Toña la Negra, llegó a La Habana en 1980, y preguntó por el autor de Tú me acostumbraste, no le respondieron. Pero la intérprete preferida de Agustín Lara insistió. Cuando vio la estrechez con que vivía el autor de la canción cubana más cantada de todos los tiempos, exclamó ¨se me estruja el corazón¨. Toña prometió no volver a Cuba, y cumplió su promesa.

Frank terminó en el exilio. Vivió por veinte años en Mérida, Yucatán. A veces iba hasta el litoral del Golfo, y seguía con la mirada las gaviotas agoreras que volaban hasta La Habana, esperando que alguna regresara, con la noticia que todos los cubanos esperaban. Pero no fue así. La muerte le llegó, mientras dormía, el 29 de octubre.

Este poeta de la canción aprendió a caminar en Matanzas, ciudad de poetas. José Jacinto Milanés, Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), Agustín Acosta y Carilda Oliver Labra. “Matanzas siempre me curas después que el amor me enferma¨, escribió la rubia que se teñía los labios con pececitos rojos. Un día, Carilda, ardorosa, tomó a Frank de la mano y lo llevó hasta el oscuro parque de Las Alturas de Simpson, justo donde Miguel Failde compuso su danzón. Pero Frank ya estaba flechado por uno de esos amores prohibidos que se enquistan, y volvió al parque para soñar a solas. Allí, bañado por la brisa fresca del Yumurí, con apenas quince años, escribió en la libreta del colegio su opera prima: Cuando te bese la brisa, y ya no esté junto a ti, ven que mis brazos te esperan, refúgiate en mí .

Y regresaría una y otra vez al parque de los cipreses, y nuevas canciones llenarían su libreta de colegial enamorado: Me recordarás, dondequiera que escuches mi canción, porque al fin fui yo, quien te enseño todo, todo, todo lo que sabes de amor. Y así, un día, obsesionado por su extraño amor, escribió la canción que sería su punta de lanza: Yo no concebía, cómo se quería, en tu mundo raro, y por ti aprendí… Pero ese amor quemante quedaría atrás. Frank debería hacer las maletas, embarcar para La Habana. Su madre había decidido que fuera farmacéutico, y a Panchita, alma de mambí, había que hacerle caso.

¨Pasé cuatro años con olor a cloro, vivía entre el laboratorio y la casa de huéspedes¨, me confesaría Frank años después, cuando ya había colgado en la pared el título de Doctor en Farmacia. Se había presentado en un programa radial de aficionados, donde había ganado el primer premio, y Olga Guillot y Fernando Albuerne se disputaban su libreta de canciones.

La fama le vino como la espuma. En menos de dos años, diez de sus temas se convirtieron en hits. Era portada de revistas. No salía de la televisión. Grabó un long play para el sello Gema (de Álvarez Guedes). A dondequiera que llegaba lo rodeaban sus admiradores. Y humorista como era, se reía de si mismo, y de su fama, que sin proponérselo ya atravesaba el mar.

A un tiempo, los exclusivos cabarés Capri y Parisién del Hotel Nacional ofrecían shows con su música, y los estelares de CMQ Televisión, Jueves de Partagás y Casino de la Alegría, le dedicaban programas completos. ¡Era el autor de moda! Mi corazón y yo, en la voz de oro de Beny Moré; Cómo te atreves, Pedacito de cielo y Refúgiate en mí, por el romántico Lucho Gatica; Me recordarás, por Fernando Álvarez y Orlando Vallejo; Imágenes, por Doris de la Torre, Pacho Alonso, Cheo Feliciano y Bertha Dupuy.

¡Oh, Frank, dame tu fórmula para pegar canciones!, gritaba Cataneo del Trío Taicuba. Y es que no había victrola desde La Habana a Ciudad México, donde no sonaran los poemas cantados del inquieto pelirrojo, pianista de acordes jazzísticos, que sin saberlo, revolucionaba el bolero. ¿Cuál era su formula mágica? La comunión perfecta entre letra y música, esa síntesis poética y melódica difícil de alcanzar, que hace que todos se adueñen de la canción. Los temas de Frank tienen lo que Olga Guillot buscaba, ¨la frase que agarra¨, la que impacta: yo no concebía cómo se quería en tu mundo raro, y por ti aprendí, se convirtió, desde su estreno, en suspicaz declaración de los que no podían exhibir su amor a pleno día.

Por eso me pregunto, al ver que me olvidaste, por qué no me enseñaste cómo se vive sin ti, proclamaron al mundo dos gigantes de la canción: en ritmo bossa nova, Gaetano Veloso, y en balada italiana, Domenico Modugno. El enigmático mundo raro de Frank repercutió en numerosos ritmos e idiomas: Tom Jones lo cantó en inglés como rock lento; la diva de Europa, Mina, lo lanzó como bolerazo italiano; en portugués, Gal Costa y María Bethania lo llevaron a extremos jazzísticos. En España, Lola Flores lo cantó uterinamente (como era de esperar), Gypsi King puso a bailar al tablao.

Y mientras, desde su minúsculo apartamento de La Rampa habanera, el amante del jazz escribía comedias musicales como Gira Gira, La Casa de Modas, temas para películas, como El hombre que me gusta a mí, protagonizada por Sylvia Pinal, y nos regalaba noche tras noche su piano impresionista, su voz grave y su desenfado hasta convertirse en símbolo de la loquísima Habana.

¡Oh, cómo olvidarlo! Frank con su combo en el cabaré Sans Soucí; con la divina Elena Burke en el Sherezada; con Martha Justiniani en el Monseigneur; o simplemente charlando de madrugada, a la puerta de la cafetería Maracas, “cortando leva” con su lengua hereje, y su cigarro colgándole del labio, siempre ocurrente, anecdótico, incisivo, caustico, artista, narrándonos por dónde le entra el agua al coco, en malabares de humor inigualable. Guillermo Cabrera Infante, en La Habana para un Infante difunto, nos lo pinta en el piano bar del Sherezada, envuelto por las miradas azules de los iniciados del filin, misa mayor de la bohemia cubana.

¡Oh, Frank!, qué sucedió, por qué silenciarte cuando habías alcanzado “tu definición mejor”. ¡Ya sabes, querían borrar la historia! Aspiraban a una nueva canción que cantara los logros de la Revolución. ¡Querían al hombre nuevo! Y tú significabas la continuidad y la grandeza de la canción romántica cubana: la de Sindo Garay, la de Ernesto Lecuona. Tenían que silenciarte.

Sueño que un día las gaviotas agoreras regresen con la buena nueva, y yo cruce la rampa de madera del Sherezada y te encuentre en medio del piano-bar, rodeado de luciérnagas, interpretando tus canciones. Mientras, escucho desde esta parte del mundo, la profecía que escribiste en tu libreta de colegial: Me recordarás, donde quiera que escuches mi canción.

Reproducido de Cubanet.org

 

29 de abril de 2014

Claudio Brindis de Salas, el paganini cubano


CLAUDIO BRINDIS DE SALAS:

EL PAGANINI CUBANO


Ana Dolores García
Claudio José Domingo Brindis de Salas forma, conjuntamente con el pianista y compositor Ignacio Cervantes y con el violinista y compositor José White, la trilogía de los grandes músicos cubanos del siglo XIX.

   Murió en Buenos Aires, indigente y desconocido, el 2 de junio de 1911. Sin embargo, su vida estuvo marcada por el éxito y la fama.

    Había nacido en La Habana, cincuenta y ocho años atrás, el 4 de agosto de 1852 en el Nº 822 de la calle Águila.  Una sencilla tarja en su fachada señala el acontecimiento, homenaje rendido en 1929 por la Orquesta Sinfónica de La Habana. Su padre, de igual nombre, violinista, contrabajista, compositor y director de orquesta, y de quien indudablemente heredó su gran talento musical, le inició en el estudio del violín.    
    Brindis de Salas -padre-, era el director de la orquesta “La Concha de Oro”, la más popular de las orquestas habaneras que, según un cronista de la época, llegó a contar alguna vez con casi cien músicos para la interpretación de contradanzas, rigodones y otras piezas bailables de aquellos años. 

   Claudio Brindis de Salas -hijo-, con apenas 11 años ofreció su primer concierto en el Liceo de La Habana. En él también tomó parte Ignacio Cervantes. Apenas un año después realizó junto a su padre y un hermano –igualmente violinista-, una gira por las ciudades de Matanzas, Cárdenas, Cienfuegos, Santa Clara y Güines, causando asombro y admiración por su temprana edad.  

   Fue enviado a París para continuar allí sus estudios de violín con los más prestigiosos maestros, entre ellos Camilo Ernesto Sivori, alumno de Nicolo Paganini, con quien perfeccionó su técnica.  Se le abrieron de par en par las puertas del Conservatorio de París, donde obtuvo, por su depurada ejecución, un codiciado Primer Premio.

   Después de cosechar clamorosos éxitos en la capital francesa, se lanzó a una gira por las principales ciudades de Europa. Italia, Alemania, España, Rusia e Inglaterra se rindieron a su virtuosismo, por el que los críticos comenzaron a llamarle “El Paganini Negro” y también “El Rey de las Octavas”.

   El diario "Le Temps" de París señalaba “que nadie como Brindis de Salas, sabía apoderarse de su auditorio y dominarlo tan completamente”. Y en Florencia, "Courriere Italiano" decía: "... el joven negro maravilló y llenó de entusiasmo al auditorio: es violinista de actividad admirable, tiene un “portamento” de arco ligerísimo y al mismo tiempo una energía que lleva impreso el ímpetu, característico de su raza: siente, y siente con una pasión que le chispea en las pupilas, que son de una expresión electrizante".

   Francia le concedió la Legión de Honor y el Emperador Guillermo II de Alemania le otorgó la ciudadanía alemana y el título de Barón de Salas, lo condecoró con la Cruz del Águila Negra y lo nombró Violinista de Cámara del Emperador. Allí casó con una dama de la nobleza alemana.

   Brindis de Salas regresó a América en 1875, coronado ya con la aureola de la fama. Actuó en varios países de la América Central y en Venezuela, y regresó a Cuba en 1877, realizando una gira por las principales ciudades de la Isla y actuando en La Habana en los teatros Tacón y el actual Payret.  De Cuba saltó a México para presentarse en Veracruz, Ciudad México y otras ciudades. Fue nombrado Director del Conservatorio de Haití, cargo que desempeñó por poco tiempo, y en la República Dominicana ofreció varios conciertos para recaudar fondos a favor de la causa independentista cubana.

    Lo encontramos de nuevo en Cuba en 1886 de regreso de otro viaje a Europa, deleitando al público habanero con sus magistrales conciertos.  Lázaro Rodríguez Corrales,

(http://www2.glauco.it/vitral/vitral26/memcult.htm) relata un incidente  sucedido a Brindis de Salas durante su estancia en La Habana:

   “A la salida de una de sus memorables apariciones, penetró "el rey de las octavas", haciéndose acompañar de unos amigos blancos admiradores suyos, en uno de los cafés más exclusivos que había en La Habana.

   Pidió cada quien qué tomar, y cuando lo hizo Brindis, el dependiente, que no le conocía, le respondió con aspereza: "Yo no sirvo sino a los caballeros, no a los negros". Brindis de Salas se irguió como picado por un tábano, y ya en pie, esbelto y colérico, se llevó la mano a la solapa del frac, y señalando un botón rojo que llevaba en ella, exclamó lleno de ira: "¡Pues yo soy Caballero de la Legión de Honor, y no hay aquí tal vez ninguno que pueda decir lo mismo!"  A pesar de que, advertido el dependiente acerca de quién era aquel negro trató de excusarse, Brindis rehusó ocupar su puesto, y abandonó el café”.

   Siguieron sus giras de conciertos por Europa y América del Sur. Mientras, su esposa demandó el divorcio en 1898, incapaz de soportar una vida tan andariega y excéntrica, y quedó en Alemania con los tres hijos habidos del matrimonio, también violinistas.

   Entonces comenzó el declive, provocado además por la miseria, la edad y una incipiente tuberculosis que lo llevó a la muerte en Buenos Aires, recluido en una Casa de Asistencia Pública, el 2 de junio de 1911.

   Sus restos fueron trasladados a Cuba diecinueve años más tarde, el 26 de mayo de 1930, y descansan en la ciudad que lo vio nacer, en el Mausoleo de la Solidaridad Musical del Cementerio de Colón.

   Eduardo Manet, novelista y dramaturgo cubano residente en Francia, obtuvo  en París el Premio Telegramme por su novela  “Maestro”,  sobre la vida  de Claudio José Brindis de Salas.



Fuentes:

Tony Évora, “Orígenes de la Música Cubana, los Amores de las Cuerdas y el Tambor”.

Elena Pérez Sanjurjo, “Historia de la Música Cubana”.

Reinaldo Cosano Alén, “Brindis de Salas Sigue Olvidado”, Lux Info Press

(www.cubanet.org)

Lázaro Rodríguez Corrales, “Brindis de Salas, Raíz de Nuestra Cultura Nacional”,  http://www2.glauco.it/vitral/vitral26/memcult.htm

http://www.elateje.com/0309/entrevistas030905.htm

Ana Dolores García ©



2 de septiembre de 2013

Jorge Bolet, un virtuoso cubano


 

DER KUBANISCHE LISZT:
HOMENAJE A UN VIRTUOSO CUBANO

 

 Por Javier de Castromori

"Aristócrata del teclado", "gran señor", "pianista de maneras joviales de gran propietario o señor feudal", son unas de las tantas descripciones que le proporcionaron su elegancia y prestancia a la hora de tocar el piano…  

Nacido en La Habana el 15 de noviembre de 1914 y fallecido en Mountain View, California, el 16 de octubre de 1990, Jorge Bolet supo brindar un arte de gran virtuoso, arte que como él mismo decía, no era forzosamente siempre mantenido en el respeto incondicional de las notas musicales, pero que debía más bien tocar el corazón y el alma del artista y su público. 

Actitud tal vez forjada por una larga y brillante carrera que tuvo sus comienzos con las lecciones de piano que le proporcionaba su hermana mayor a la edad de siete años. 

Sus primeros pasos en la escena los realizó con el Concierto en ré menor de Mozart, acompañado por la Orquesta Sinfónica de La Habana a la edad de doce años.

Entre 1927 y 1934 realizó estudios con David Saperton en el Curtis Institute de Filadelfia y al final de sus estudios parte hacia Europa para ofrecer recitales en La Haya, Viena, Londres, Madrid, Berlín y París. A su regreso de esta gira en 1936, se convirtió en el asistente del gran pianista y pedagogo Rudolf Serkin en el mismo Curtis Institute.

Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Bolet regresa a Cuba donde, en 1942, es llamado a ocupar el puesto de agregado cultural de la embajada cubana en Washington en la que permanecerá hasta el fin de la guerra. Un año más tarde se alista en el ejército norteamericano y es enviado a Japón como director musical del Estado Mayor norteamericano en esa ciudad. Allí dirige la primera audición japonesa del "Mikado" de Gilbert & Sullivan.

En lo adelante, el pianista cubano-americano retomará sus actividades como solista en conciertos y grabaciones, principalmente dentro del repertorio romántico.

En 1960, graba la banda sonora de la película “Song withour end, the story of Franz Lizt”, dirigida en un principio por Charles Vidor y terminada por Georges Cukor como consecuencia del fallecimiento durante el rodaje en Viena, de su primer director. El rol principal estuvo en las manos de Dirk Bogart. El filme retrata la vida amorosa del compositor austro-húngaro con Caroline SaynWittengenstein y Marie d'Agout. Paradógicamente, la crítica musical de este filme, juzgó la interpretación de Bolet "demasiado virtuosa".

De Bolet se solía decir que interpretaba Liszt "con los dedos de un Horowitz y la sonoridad de un Lhévinne"; y sus interpretaciones de las grandiosas transcripciones de Liszt fueron muy célebres.

Jorge Bolet estuvo fuertemente ligado a la gran tradición del piano romántico del cual él se decía legatario. Cierta vez, un periodista le interrogaba sobre sus modelos pianísticos a lo que éste citó en primera instancia a Josef Hofmann y Sergei Rachmaninoff: «En realidad -decía Bolet- los he amado y admirado a todos, pero en materia de interpretación, yo sólo he querido acercarme más a Rachmaninoff.» Esta pasión por el pianista y compositor ruso lo llevó a grabar en 1984, una serie de programas televisivos, especie de masterclass, en que Bolet interpretaba el célebre Concierto para piano y orquesta Nº 3 en re menor Op 30   de Rachmaninoff.

Este virtuoso cubano se hizo imponer en toda Europa y en el mundo entero por sus magistrales interpretaciones de Liszt llegando a ser considerado como un "Lisztiano por excelencia o un Lisztiano predestinado". En concierto, sus interpretaciones eran dominadas por una atmósfera que no encontramos en los discos; al mismo tiempo que sus grabaciones reflejan un toque mucho más disciplinado, más controlado que en sus conciertos, donde, al decir de él mismo, se sentía más libre y buscaba una mayor espontaneidad en el modelado musical. No veía Bolet por lo demás, ninguna incompatibilidad entre el rigor de la disciplina y un toque relajado. Pero algunos le reprocharon a veces el dejarse embriagar por la velocidad, al punto de no hacer justicia a la idea poética de Liszt, de perderla de vista y de sumirse en un virtuosismo concebido como un fin en sí mismo.

Joseph Manhart escribió así del virtuoso cubano:
"Jorge Bolet desde 1935 había hecho sus comienzos europeos en Amsterdam y se hizo conocer en Berlín en los años 1950 por sus notables interpretaciones de Debussy. Pero hubo que esperar los años 1980 para que su carrera se apartara de los caminos relativamente confidenciales que seguía aún y que le permitiera acceder a las grandes avenidas de la gloria.

Lo pudimos escuchar varias veces en Francia y Alemania, pero no es hasta 1988 en que haría sus comienzos en Suiza, en la Tonhalle de Zurich. Hacia finales de los años 1980, en el momento en que Bolet se producía cada vez con más frecuencia en las grandes salas de concierto de Europa, pudimos notar una evolución en su interpretación: eso que llamamos corrientemente el estilo depurado de la edad, comenzó en efecto a hacerse sentir. Teníamos la impresión de poder leer entre las notas de su toque una mayor impasibilidad, una melancolía, quizás cierta resignación. Pero lo más flagrante era que el sorprendente virtuosismo de Jorge Bolet aún estaba presente, pese a que algunos falsos pasos no tenían nada de un fin en sí mismo. Todo eso en adelante le servía de substrato a la representación de ideas poéticas expresadas en cada composición.

Reproducido de
Javier de Castromori

Jorge Bolet interpreta la Balada Nº 1 de Federico Chopin: