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22 de abril de 2012

LA ROCA DETRÁS DEL GENIO


 
La roca detrás del genio,
la mujer de piedra

«Hace poco hemos terminado un trabajo muy importante que hará mundialmente famoso a mi marido». Cuando se le preguntaba a Mileva Maric por qué no firmaba los artículos que elaboraba junto a su esposo, su respuesta era: "Wir sind ein Stein!" (Somos Einstein), que en alemán significa "somos una piedra".


Mileva Maric y Albert Einstein se conocieron en la Universidad Politécnica de Zurich a finales del siglo XIX. Maric era la única mujer que estudiaba matemáticas y física en aquella universidad. En 1896 iniciaron una relación sentimental y Einstein estaba fascinado por la intensa colaboración intelectual que recibía de parte de su compañera serbia. A la única persona que disgustaba aquella relación era a la madre del genio, una alemana misógina y xenófoba, que nunca vio con buenos ojos a la serbia: «Ella es un libro igual que tú, pero lo que tú necesitas es una mujer. Cuando tengas 30 años, ella será una vieja bruja».

Como sea, la pareja estaba flechada porque ambos hablaban el mismo lenguaje: ella le dio clases de matemáticas (que nunca fueron el fuerte de Einstein), preparaban juntos sus exámenes y compartían el mismo interés por la ciencia y por la música. Einstein le escribió en 1900: «Estoy solo con todo el mundo, salvo contigo. Qué feliz soy por haberte encontrado a ti, alguien igual a mí en todos los aspectos, tan fuerte y autónoma como yo».

En 1902, Einstein se trasladó a la ciudad de Berna, Suiza, donde consiguió empleo en una oficina de patentes. Tras cinco años de convivencia Albert y Mileva terminaron casándose a comienzos de 1903 y tuvieron su primer hijo al año siguiente. En sus ratos libres, Einstein desarrolló, entre otras cosas, la Teoría de la Relatividad especial  que habría de revolucionar la física moderna. Los frutos de su trabajo fueron publicados en 1905, en la -en aquel entonces- prestigiosa revista Annalen der Physik

Esta es mas o menos la historia oficial, la que todos sabemos; pero se puede ahondar un poco mas en la vida privada del genio, en sus inicios y sobre todo, en la relación con su primera esposa.

Aunque Mileva fue una sobresaliente matemática, nunca terminó formalmente sus estudios, en cambio Albert pudo defender su tesis doctoral en 1905. Para 1908, Einstein consiguió finalmente un puesto de profesor en la Universidad de Berna. En cuanto a Mileva, el matrimonio la obligó a abandonar definitivamente la universidad y la física.

Existen varias cartas del noviazgo
en las que Einstein debate con ella sus ideas de la relatividad e inclusive se refiere a “nuestra teoría” y le da un trato de colega. A partir de estas evidencias hay estudiosos que concluyen  que las ideas fundamentales de la teoría de la relatividad fueron de Mileva Maric, quien no pudo continuar con su carrera puesto que se hizo cargo del cuidado de los hijos, uno con retraso mental, lo que desde luego le exigió mas cuidados maternales. Incluso ahora se sabe que engendraron una niña en 1902, antes de casarse, de la cual se sabe muy poco, solo que la entregaron en adopción.

Mientras ella cuidaba de sus hijos y renunciaba a la ciencia, Einstein desde su puesto académico tuvo el tiempo suficiente para concluir sus estudios y desde luego para desarrollar la teoría, de la que se sabe ahora, no todo el crédito era suyo. En esa pareja de físicos alguien tenía que cuidar a los niños, alguien tenía que lavar y preparar la comida; y ése fue el papel que Einstein y la sociedad patriarcal asignaron a Mileva, quien subordinó todas sus aspiraciones a los objetivos de su esposo y puso todos sus conocimientos a su servicio.

«Mi gran Albert ha llegado a ser célebre, físico respetado por los expertos que se entusiasman por él. Trabaja incansablemente en sus problemas. Puedo decir que solo para eso vive. Tengo que admitir, no sin vergüenza, que para él somos secundarios y poco importantes», escribía Mileva a unos amigos. Einstein a su vez admitía: «Nuestra vida en común se ha vuelto imposible, hasta deprimente, aunque no sé decir por qué».

Con el paso del tiempo la relación se tornó disfuncional. Ella ya no le resultaba divertida y tampoco le aportaba nuevas ideas ni conocimientos. Las "Reglas de conducta" 
que Albert Einstein le impuso por escrito en 1914 son una cruda muestra de su autoritarismo y, a su vez, del machismo y violencia sicológica que ejerció en contra de Mileva:

“A. Te encargarás de que:
  1. mi ropa esté en orden,
  2. que se me sirvan tres comidas regulares al día en mi habitación,
  3. que mi dormitorio y mi estudio estén siempre en orden y que mi escritorio no sea tocado por nadie, excepto yo.
B. Renunciarás a tus relaciones personales conmigo, excepto cuando estas se requieran por apariencias sociales. En especial no solicitarás que:
  1. me siente junto a ti en casa,
  2. que salga o viaje contigo.
C. Prometerás explícitamente observar los siguientes puntos cuanto estés en contacto conmigo:
  1. no deberás esperar ninguna muestra de afecto mía ni me reprocharás por ello,
  2. deberás responder de inmediato cuando te hable,
  3. deberás abandonar de inmediato el dormitorio o el estudio y sin protestar cuanto te lo diga.
D. Prometerás no denigrarme a los ojos de los niños, ya sea de palabra o de hecho.”

Con este tipo de imposiciones obviamente que las cosas no funcionarían nunca, por lo que los Einstein terminaron separándose en 1914. Einstein volvió a casarse en 1915 con una de sus primas, Elsa Einstein, quien también era divorciada y tenía dos hijas. Esta nueva relación marital fue como un necesario soplo de vida para el aún desconocido físico, ya que apenas un año después y con una inusual lucidez y energía dio a conocer su famosa Teoría General de la Relatividad.

Elsa fue la mujer sumisa que Einstein buscaba. En silencio y total sumisión supo mantenerse a prudente distancia, dedicada al hogar y facilitándole el trabajo de investigación. Su doméstica obediencia dio un paso mas cuando aceptó organizarle la agenda y restringirle el número de visitantes que aspiraban hablar con él, a medida que crecía su fama.

De los hechos se desprende que Einstein nunca necesitó una esposa sino una secretaria, y que no quiso formar una pareja científica ni conceder crédito alguno en su teoría a su ex esposa Mileva. Quizá por eso, de alguna manera le pagó por su aporte, al otorgarle el dinero que ganó por el Premio Nobel de Física.

Un detalle bastante revelador aportado por la feminista alemana Senta Trömel-Plözt 
es que, cuando Albert y Mileva se separaron oficialmente en 1919, el documento del divorcio incluyó una cláusula de que, en caso de recibir Einstein algún premio por los artículos publicados en 1905 en los Annalen der Physik, debía entregárselo íntegramente a Mileva. ¿Tenía la esperanza Mileva que ese trabajo revolucionaría al mundo? ¿Cómo pudo saberlo si no fue parte del mismo? Fue en los años de su vida conjunta, hasta 1914, cuando nacieron las obras más importantes de Einstein, por lo que algunos creen que el papel de su mujer era significativo, sobre todo en matemáticas, materia en la que alguna vez brilló en su Facultad.

Y fue así que en 1921 Albert Einstein ganó el Nobel de Física por sus publicaciones de 1905, y un año después le entregó la totalidad del dinero del premio a su ex-esposa. Y también hay que decirlo: Einstein era un misógino empedernido. Estaba convencido de que «muy pocas mujeres son creativas. No enviaría a mi hija a estudiar física. Estoy contento de que mi segunda mujer no sepa nada de ciencia». Decía también que «la ciencia agría a las mujeres», de ahí la opinión que tenía de Marie Curie: «nunca ha escuchado cantar a los pájaros». Aun así, dentro de ese machismo recalcitrante, fue quien acuñó la célebre frase: «¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio».

Mileva vivió hasta el último de sus días en Zúrich, en un apartamento con vista a la facultad en la que estudiaron juntos. El piso fue comprado justamente con el dinero del Premio Nobel.

Sirva este pequeño retrato de Mileva Maric como homenaje a esas miles, millones de abnegadas esposas y madres, que han sacrificado sus sueños, carreras e ideales, porque el instinto maternal y el amor han sido más fuertes que el estatus.  

http://www.sentadofrentealmundo.com

18 de marzo de 2012

BASILEA, SUIZA



Basilea, Suiza

El río Rin es la vena por la que transcurre la vida de la segunda ciudad de Suiza, Basilea, ya que brinda espacios abiertos para pasear o para otras actividades tan populares entre los habitantes de esta urbe como bañarse en él. Comer, cenar o simplemente tomarse una copa con vistas a las aguas fluviales del Rin forma parte de la buena vida en esta ciudad, no importa si en invierno o en verano.
Una de las 3 puertas de la muralla de Basilea

Uno de los puntos más destacados para gozar de una vista inolvidable sobre el Rin, la ciudad y al fondo las colinas de los países vecinos, Alemania y Francia, es el mirador llamado «Pfalz», al pie de la catedral de Basilea, punto más elevado sobre el río. Los callejones más pintorescos se encuentran subiendo y bajando las dos pequeñas colinas que caracterizan el centro de la ciudad, cuyo corazón es la plaza del mercado. Cada mañana de lunes a sábado se montan aquí los puestos de mercado en los que los lugareños ofrecen sus productos.

 Aquí se encuentra también uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, el «Rathaus». El histórico Ayuntamiento destaca no sólo por su torre, sus almenas y sus murales, sino también por su color rojo. Esta misma piedra arenisca también caracteriza la ya mencionada catedral de Basilea, el «Münster», con sus dos torres de más de 60 metros de altura.

La Razón, Madrid

30 de julio de 2010


 Lucerna,
el lago más fotografiado de Suiza

Javier Carrión
Europa Press

Situada en un hermoso paraje alpino, a orillas del Lago de los Cuatro Cantones, Lucerna enamora por su belleza y el encanto medieval de su coqueto casco viejo que preside el célebre puente de madera de la Capilla. Hay que callejear para descubrir sus placitas y sus casas históricas adornadas con llamativos frescos y acercarse a su famoso león de piedra para conocer la leyenda de los soldados de la Guardia Suiza. 

Lucerna es ciudad de puentes, plazas e iglesias, aunque lo que más impresiona al descubrirla lleva los nombres de Uri, Schwyz, Unterwalden y Lucerna, que corresponden a los cantones lindantes con su hermoso lago de 114 kilómetros cuadrados. 

El lago más conocido de Suiza debe su fama a la leyenda y el mito de Guillermo Tell, con el juramento de fidelidad legendario realizado durante la fundación de la Confederación Helvética. Este hecho, más el descubrimiento de la ruta “romántica” de San Gotardo, dio a conocer el lago en todo el mundo y ahora son muchos los turistas que lo recorren en cinco vapores nostálgicos y más de una quincena de elegantes barcos de motor que parten de la vieja Lucerna. Una delicia de paseo a la que no hay que renunciar. 

El lago recoge las aguas del río Reuss, las que penetran en la histórica ciudad a través de sus cuatro puentes más famosos, construidos entre los siglos XII y XV. El más célebre, de madera y de 200 metros de longitud, 'Kapellbricke', se incendió en 1993 con la pérdida de 83 pinturas, pero fue reconstruido a semejanza del original y sigue luciendo hoy sus magníficos frontones triangulares pintados, pues algunos de ellos estaban guardados en dependencias municipales. 

Todos ellos narran escenas de la historia de Suiza y de sus santos patrones Leodegar y Mauricio. En realidad, el único puente de madera original que queda en Lucerna es el de Spreuer, terminado en 1408 y que formaba parte, al igual que el de la Capilla, de la muralla de la ciudad. Es menos largo y también muestra 67 pinturas originales del siglo XVII que representan la "Danza de la Muerte". 

Si se quiere gozar de una buena vista aérea de Lucerna hay dos opciones recomendables: la subida al Monte Pilatus, visible habitualmente en las fotografías del Puente de la Capilla, siempre rodeado de la colonia de cisnes de la ciudad, o el paseo por la muralla Museggmauer que, con excepción de una torre, ha conservado su carácter fortificado.

Luego, descendiendo por las callejuelas próximas a la muralla, se llega al casco viejo con las plazas medievales, como la del Vino ('Weinmarkt'), donde destaca la preciosa fachada de la farmacia más antigua de Lucerna (1530), o Hirschenplatz con un bello rincón, el de la primera casa de huéspedes de la ciudad que frecuentó Goethe, y, sin duda, la plaza del Trigo ('Kornmarkt') que luce la esbelta torre del Ayuntamiento.


Sin embargo, la atracción más visitada de los turistas no se encuentra en esta zona vieja repleta de casas gremiales, restaurantes y modernas tiendas de recuerdos y de relojes. La podemos descubrir muy cerca de Denkmalstrasse y es el Monumento al León, erigido en memoria de la muerte heroica de los 700 soldados mercenarios de la Guardia Suiza en Las Tullerías cuando defendían al rey de Francia, Luis XVI, en 1792. El león moribundo, tallado sobre la piedra viva con los escudos de la flor de Lis y de Lucerna, fue definido por Mark Twain como «la roca más triste y emotiva del mundo». 

Se inauguró en 1821 y los habitantes de Lucerna le tienen un profundo respeto, pues muchos de aquellos miembros de la Guardia Suiza construyeron sus casas y sus familias en la ciudad defendiendo en la mayoría de las ocasiones a Francia y El Vaticano. 

No todo es tradición e historia en Lucerna. La apuesta moderna de la ciudad está encabezada por el KKL, el futurista centro cultural y de congresos que lleva la firma del famoso arquitecto francés Jean Nouvel. Se asoma al lago con una enorme ala cubierta de hierro que alcanza 35 metros sobre el lago -Nouvel pretendía construir su obra en el lago pero le fue denegado el permiso. El Centro ha alcanzado fama mundial sobre todo por el festival que se organiza todos los años en verano la ciudad. 

Su sala de conciertos, que acoge actuaciones de música clásica y moderna, ha sido elogiada por sus magníficas condiciones acústicas. Desde cualquiera de sus 2.840 butacas el sonido que se percibe es siempre perfecto. En su interior también hay un interesante Museo de Arte Moderno. 

EXCURSIÓN AL MONTE TITLIS
Lucerna es un punto de partida ideal para todo tipo de excursiones en la Suiza Central. Una de las más populares es la subida al Monte Titlis al que se puede acceder en tren (una hora) por un espectacular paisaje alpino, o en coche, por carretera, a unos 35 kilómetros. Hay que llegar a Engelberg, donde se toman tres funiculares; el último de ellos, el Titlis Rotair, es el primer teleférico giratorio del mundo y permite disfrutar de una vista panorámica sobrecogedora de las montañas.

En la cima, a 3.200 metros de altitud y con nieves perpetuas, hay que visitar la Cueva Glaciar, con 3.000 metros cúbicos de hielo, juegos de luces y de sonido musical a la carta, y una temperatura constante de -1/-2 grados. Los más pequeños pueden disfrutar en el Parque Tiflis deslizándose con hinchables por un canal natural de nieve o lanzándose en trineo por las pendientes de la zona. Para el regreso, una sugerencia: Se puede descender por la montaña como un "trotti biker", conduciendo una especie de bicicleta y patinete que solo dispone de freno. El  "nuevo deporte" causa furor en esta región.

Fotos y texto: Europa Press


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