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13 de abril de 2015

Tres años con Monseñor Román

Tres años con Monseñor Román

Daniel Shoer Roth
El Nuevo Herald, Miami

Al camarero que le sirvió la mesa y al alcalde que le otorgó la llave de la ciudad; al iletrado y al genio; al beneficiario de cupones de alimentos y al empresario de la nómina Forbes; a las mujeres, los jóvenes, los creyentes sincréticos y la comunidad gay; al taxista que lo hizo reír y al congresista que pidió sus consejos; al novicio y al cardenal… a todos, sin importar condiciones ni procedencias, Monseñor Agustín Román ofreció dosis iguales de cariño y respeto.

Fue cayado, faro y estrella de esperanzas. De hecho, su presencia aún pervive en esas almas, tres años después de que marchara tras las huellas de Henoc: “Anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó” (Génesis 5, 24).

Descuellan entre estas personas dos figuras cimeras de las iglesias de Estados Unidos y Cuba: el Cardenal Seán Patrick O’Malley –designado por el Papa Francisco para prestarle sus afanosas manos en el izamiento de la bandera de la reconquista de la fe católica– y Monseñor Dionisio García Ibáñez, custodio de la sagrada imagen de la Virgen de la Caridad en la Basílica del Cobre.

Sus testimonios, en audiencias privadas que gentilmente me concedieron, son dos de las diademas de la biografía del padre de los cubanos católicos exiliados, cuyo manuscrito –tras una inquisidora y rigurosa investigación de más de tres años– está listo para imprenta.

Con singular franqueza y apertura, el Arzobispo de Boston proclamó: «Monseñor Román era un apóstol incansable que tocaba las vidas de muchísimas personas, más que cualquier otro obispo, creo yo, pastoralmente, porque los obispos normalmente ocupan mucho de su tiempo en cuestiones administrativas. En el caso de Monseñor Román, toda su vida era el apostolado y el servicio ministerial directamente al pueblo».

Por su parte, el Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba magnificó, con extraordinaria claridad, el papel del fundador de la Ermita de la Caridad: «El cubano cuando va a la iglesia necesita ser acogido; sentirse que aquello es de uno. En Cuba, puede haber una persona que no sea ni creyente, pero, cuando mira la iglesia del pueblo, dice: ‘esa es mi iglesia’. Entonces, eso había que vivirlo aquí [en el exilio]. Y yo creo que Román fue el hombre que no solamente trató de sostener y mantener la fe y darle una guía espiritual al cubano que vivía aquí, sino que se preocupaba mucho por el que llegaba. La Ermita era la puerta que lo recibía a un lugar que era suyo».

A través de las páginas del manuscrito, fluye su apacible caridad y sentida misericordia; su voluntad de luchar por el bienestar de los más frágiles; su tarea misionera en tres países; su compromiso con la educación y la catequesis en sus múltiples formas.

En el contexto histórico actual, el libro cobra mayor vigencia por las actitudes y pronunciamientos que en vida manifestó Monseñor Román. Mientras en la Cumbre de las Américas se predica un “borrón y cuenta nueva” en las relaciones entre La Habana y Washington, es saludable perpetuar la figura del líder desterrado que denunció, en palabras colmadas de amor y perdón, las injusticias y el dolor infligidos a su pueblo. Su conciencia crítica fue el más efectivo despertador del letargo de la indiferencia y la conformidad, al igual que, en su tiempo, la del insigne sacerdote Félix Varela.

Durante meses, tuve la dicha de reunirme periódicamente con el primer cubano nombrado obispo por la Iglesia norteamericana en aras de poder volcar, con el poder de la pluma, sobre las futuras generaciones, sus ideales de vida, su valentía, cubanidad y santidad. Como depositario de esa confianza, me he aferrado al diligente compromiso de proyectar su legado en la historia –y, bañado de regocijo, fui arrastrado a dar nuevos horizontes a mi propia vida.

Cumplida mi responsabilidad de escritor, llega la hora, con la publicación de la biografía, de la “resurrección” del trabajo pastoral de Monseñor Román con miles de refugiados e inmigrantes. Sus voces se incorporan en el texto gracias a pequeñas contribuciones de sus memorias que se transforman en un fecundo patrimonio común, imitando el modelo de la Ermita, construida con diminutos donativos –kilos prietos, les decían– de miles de fieles. Aquellos pioneros regaron este suelo con el sudor de la frente. El libro narra sus penas y proezas.

“La fiesta del exilio era ir a la Ermita”, me relató Francisca “Panchita” García, voluntaria de la primera hora de la capillita provisional que engendró un Santuario Nacional de fama mundial. “No había otra cosa; primero no teníamos los medios, ni teníamos el conocimiento, ni el idioma. Era importante tener un lugar donde encontrar a la Madre porque éramos un pueblo desterrado, un pueblo que esperaba constantemente regresar a Cuba; vivíamos con la idea de que esto era un tiempito, y ese tiempito se extendía y extendía”.

El Cardenal O’Malley, quien compartió una amistad de tres décadas con el biografiado, alaba ese don de servicio a la comunidad: «Era una persona de tanta paz, que inspiraba confianza por su forma de ser y tenía una gran prudencia pastoral en los consejos que daba a la gente, siempre dispuesto a acompañar a las personas en sus sufrimientos –afirma–. Claro, aquí, sobre todo en los primeros años de la diáspora en Miami, en Florida, la comunidad cubana había sufrido muchísimo y él entendía eso. Realmente sabía traer la fuerza de la fe a estas circunstancias tan difíciles».

Como el título de la película A Man for All Seasons, Román fue un hombre para todas las estaciones, para todas las circunstancias de su patria cubana; para la eternidad. Impulsado por su empeño apostólico, se hizo “todo a todos” (1 Corintios 9, 22).

A principios de la década de 1970, el artista del mural de la Ermita, Teok Carrasco, creó una pintura de la Virgen Mambisa para el otrora Padre Román. De espíritu generoso, este mandó a hacer vívidas litografías para sus allegados colaboradores en las asociaciones laicales.

Meses atrás, una de las devotas más queridas de la Archicofradía de la Ermita me obsequió una de esas litografías originales autografiada, a puño y letra, por Agustín Román. Tomé la libertad de reproducirla y, siguiendo el ejemplo del clérigo, regalé una copia a Monseñor Dionisio durante nuestra reciente entrevista en la Parroquia St. Brendan. Osé pedirle un favor: llevar al director espiritual del pueblo cubano fuera de la isla, representado en esta pintura, a la cuna del catolicismo cubano.

Prometió enmarcarla y ornamentar con ella su oficina en la Arquidiócesis de Santiago de Cuba. Cuatrocientos años después de su milagroso hallazgo, “Cachita” recibe en su hogar a Monseñor Román. Esperemos que pronto también atesore su biografía.

15 de abril de 2014

El anillo del Obispo cubano




EL ANILLO
DEL OBISPO CUBANO


Por Daniel Shoer Roth

Hace dos años, Monseñor Agustín Román limitó su cena a un puñado de uvas gentilmente desprendidas de un delicioso racimo. Urgido por el Padre Fabio Arango a alimentarse mejor, respondió que sentía desazón. Como acostumbraba, con diligencia ayudó a su compañero a lavar y secar la vajilla de la casa sacerdotal. Era hora de dirigirse a dar la catequesis nocturna que, con apostólico fervor, impartía en la Ermita de la Caridad desde 1968. Por primera vez no llegó.

Sujeto de la mano de Jesús, el Obispo se marchó hacia la casa del Padre. Murió con la cruz del pectoral sobre su corazón enfermo y el anillo episcopal grabado con la silueta del manto protector de la Virgen de la Caridad del Cobre.

Campesino en origen y espíritu, mantuvo el estilo de vida frugal y humilde que experimentó en su juventud en un bohío sin electricidad ni agua corriente en una finca arrendada por su afanoso padre Rosendo. Vivió “solamente con lo necesario”, recordaba. Pero entre sus escasas pertenencias, atesoraba con celo el anillo episcopal del que fuera su obispo en Cuba, Monseñor Alberto Martín Villaverde, quien lo consagró al ministerio del servicio a la Iglesia.

La crónica del anillo de oro con una piedra semipreciosa azul –mudo y solitario testigo de incalculables bendiciones impartidas por Monseñor Martín–, el envío clandestino de la joya a Miami a través de canales diplomáticos y eventual traspaso a la custodia del Obispo Román conforma un capítulo inédito en la prodigiosa historia del padre espiritual del exilio cubano.

Los dos anillos episcopales, juntos, encadenan a la Iglesia cubana separada por un largo exilio. El Padre Román es heredero del valeroso episcopado cubano de la época pre-revolucionaria y alma de la misión patriótica, cultural y espiritual de velar por el rebaño cubano esparcido por todo del orbe. Como tributo al segundo aniversario de su partida al “segundo piso”, comparto con los lectores este episodio, testimonio que a todas luces fluye en un torrente de humildad.

“Monseñor Martín fue mi padre espiritual”, me comentó el Padre Román en grabaciones exclusivas para la elaboración de su biografía semanas previas a su muerte –sus últimas palabras, como afirman algunos de sus fieles. “Tuvo mucha influencia en mi vida espiritual, primero por su visión –tenía una visión muy preciosa de la realidad–, y me orientaba muy bien, con un gran respeto”.
Su faro luminoso
Con apenas 33 años, Monseñor Alberto Martín fue el obispo más joven de las Américas en su tiempo. Su sentido de la pobreza lo manifestó cuando recién investido en su Diócesis de Matanzas regaló el automóvil del obispado a un vecino para usarlo como taxi. En su cotidiano vivir no llevaba los símbolos distintivos que muestran la dignidad de los obispos. Únicamente el anillo, el cual solía acariciar al hablar.

Fundó un seminario en Colón que dio cabida a “vocaciones tardías” como la de un guajiro de las filas de la Acción Católica llamado Agustín Aleido. Es el Obispo quien personalmente le abrió la puerta del obispado y lo incentivó a continuar sus estudios de Teología en el frío Montreal, abrigado por la Sociedad de Misiones Extranjeras de Quebec. En el verano de 1959, regresó a Cuba en aras de recibir el sacramento del Orden Sagrado. Con el anillo puesto, el Obispo realizó la imposición de manos. La ilusión del Padre Román se cristaliza.

Monseñor Felipe Estévez, Obispo de la Diócesis de San Agustín, Florida, y ordenado para la Diócesis de Matanzas, comentó que Monseñor Román admiraba a su Obispo por su liderazgo en la renovación de la Iglesia, el impulso a la educación católica y la atracción de vocaciones juveniles.

“Monseñor Martín buscaba iniciar equipos sacerdotales que compartieran sus dones y vivieran juntos para la oración en común y el apoyo mutuo, y así fue la primera vivencia del Padre Román”, me explicó Estévez. “También Monseñor Martín quería impartir la catequesis de una forma atractiva y dinámica adaptada a la edad del oyente”.

En el ámbito político, Monseñor Martín intuyó rápidamente las amenazas que el nuevo régimen comunista suscitaba en la nación cubana y fue una de las voces eclesiales más vigorosas en denunciar el abuso de poder y engaño político de los revolucionarios. Tuvo a su cargo el discurso de clausura de uno de los mayores acontecimientos católicos en la historia de Cuba: el Congreso Nacional Católico –un grito de fe voceado en La Habana por un millón de personas contra la ideología del gobierno que pretendía arrancar del pueblo el concepto de Dios.

Al año siguiente, la muerte lo sorprendió temprano. Su cuerpo se expuso en la Catedral de San Carlos de Matanzas y sus dos hermanas –que residían en una casa en los predios del obispado– notaron que las manos del difunto se estaban ensanchando. Luego sería imposible retirar el anillo. Consultaron con miembros de la familia y sacerdotes, quienes acordaron sustraerlo. El símbolo del desposorio del Obispo con la Iglesia será resguardado por ellas.

Salvar el anillo
Una punzante campaña antirreligiosa nacional en Cuba estaba en sus albores. Templos, conventos y colegios católicos fueron allanados, ocupados y profanados. Enviados del gobierno jugueteaban con ornamentos litúrgicos e incluso los robaban. Las hermanas Martín Villaverde temían por el destino del sagrado anillo.

Para entonces, el Vicario capitular de Matanzas, Monseñor Manuel Trabadelo, se sumaba al éxodo del clero –pastores que en un santiamén perdieron sus parroquias, su fértil labor evangelizadora y la calidez humana de sus feligreses– a la entonces Diócesis de Miami, donde el Obispo Coleman Carroll lo designó a la parroquia St. Patrick en Miami Beach.

Al igual que la venerada imagen de la Virgen de la Caridad acogida en Miami después de una travesía secreta desde la parroquia de Guanabo, en la década de 1960 las hermanas remitieron, a través de una sede diplomática, el anillo a Monseñor Trabadelo para ser resguardado en su iglesia. Transcurrieron los años y en 1979 aquel seminarista –conocido por su segundo nombre: Aleido– que recibió el amor de su Obispo por su caridad fraterna y servicio a los humildes, fue nombrado por el Papa Juan Pablo II Obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Miami, convirtiéndose en el primer obispo cubano de la Iglesia Católica en Estados Unidos.

Monseñor Trabadelo llegó a la conclusión de que el heredero natural del anillo debía ser el discípulo de su dueño quien, como él, ascendió a uno de los más altos rangos de la jerarquía de la Iglesia y, no obstante, ambos mantuvieron la sencillez, pobreza e iniciativas pastorales pregonando el evangelio social –un modelo de sacerdote que el Papa Francisco propone hoy para toda la Iglesia–.

Precisamente por su humildad y respeto al maestro que le proporcionó la formación religiosa, Monseñor Román prefirió no usar la reliquia. ¿Cómo iba a hacerlo, si consideraba a Monseñor Martín un santo sabio? Además, una joya no reflejaba su persona. El suyo es un anillo de plata (ni siquiera dorada) sencillo, austero y fácil de llevar, con un único elemento: la Virgen de la Caridad, tan arraigada en el alma cubana que es símbolo de la nacionalidad. Con su signo de alianza con su Iglesia, el Padre Román también compartió el espíritu de los mambises durante las guerras por la independencia de Cuba.

La herencia derrocha simbolismo. La conducta episcopal de Monseñor Román fielmente siguió las líneas de evangelización, desprendimiento de los valores materiales y patriotismo de la Iglesia cubana pre-revolucionaria. Al igual que los obispos de aquellos tiempos, que se mantuvieron en lucha contra la filosofía atea del gobierno de Castro, el Obispo Román nunca se plegó a la idea de visitar una Cuba dominada y avasallada –ni siquiera en ocasión de la presencia pastoral de dos Sumos Pontífices–.

Con la mirada puesta en el sol de su querida Diócesis de la cual fue separado a golpe de ametralladora, dejó junto al anillo, de su puño y letra, un deseo por escrito: “Este anillo fue de Monseñor Alberto Martín Villaverde el día que yo muera enviárselo a la Diócesis de Matanzas”. En su corazón, era el lugar para atesorar la santa reliquia.

Reproducido de El Nuevo Herald, Miami

18 de julio de 2013

LOS KILOS PRIETOS Y LA BIOGRAFÍA DEL OBISPO ROMÁN

Los kilos prietos
y la biografía de Mons Román

Daniel Shoer Roth
El Nuevo Herald

En mis múltiples diálogos/entrevistas en los que Monseñor Agustín Aleido Román me narró su vida, una de las experiencias que permanecía más arraigada a su corazón fue la colaboración de todo el exilio cubano para construir el hogar de la Virgen de la Caridad en Miami y velar por la difusión del mensaje mariano.

De "kilo prieto en kilo prieto" -de centavo en centavo- los cubanos, que con dificultad podían sobrevivir, ordeñaron sus miserias y contribuyeron con sus kilos prietos para ver cumplido un sueño. Un manantial de generosidad que se derramó abriendo un nuevo cielo, con el anhelo de que la Caridad los cubriera bajo su manto.

"Creamos un comité de construcción con un esfuerzo tremendo, y recogiendo dinero se pudo construir la capillita que sirvió por seis años hasta la construcción del santuario", me relató Monseñor Román semanas antes de su fallecimiento el año pasado. "La gente guardaba mucha ilusión de poder tener una casa con la Virgen. Con esa generosidad se fueron sumando los 'kilos' ".

Como escritor a quien él confió la delicada tarea de su biografía, honraré ese espíritu de cooperación que entronó a la Ermita de la Caridad como una magnánima obra de la comunidad, en aras de que el libro se construya de palabra en palabra -de frase en frase- con el testimonio y aportaciones de las personas que formaron parte de su vida, fueron fruto de su ministerio pastoral y también contribuyeron a levantar la Ermita.

Aunque la carátula lleve mi firma, ustedes serán los colaboradores del ejemplar que mantendrá vivo el legado de este patriota cubano, faro del exilio que siguió con esmero las huellas del Padre Félix Varela, el fundador de la identidad nacional cubana.

"La biografía debe ser reflejo de la persona y, abriéndola a la participación de todos, terminará siendo un gesto de comunión como fue su vida", comentó Ondina Menocal, coordinadora de los movimientos apostólicos de la Arquidiócesis de Miami. "Monseñor Román no fue individualista en su hacer, sino que se disminuyó para que todos pueran los protagonistas en las obras que él nos ha dejado".

"El libro tiene que convertirse en algo vivo, no en una memoria, sino en un estímulo de acción", auguró.

Ondina Menocal integró el grupo fundador de las Comunidades de Reflexión Eclesial Cubana en la Diáspora (CRECED) inspirado por Monseñor Román a finales de los años 70. Esta semana fue una de las primeras en apuntarse como voluntaria para contribuir a la elaboración de la biografía durante una celebración en honor del aniversario de la ordenación sacerdotal, el 5 de julio de 1959, del padre espiritual que podía unir al exilio cubano más allá de sus diferencias políticas y generacionales.

Durante el encuentro en la Casa Bacardí, uno de los que más asistencia ha convocado en la historia de la institución, se distribuyeron docenas de formularios para recoger la información personal de los fieles ávidos de colaborar, así como una breve descripción del aporte de la trascendencia universal que pudiera hacer a la biografía auspiciada por la fundación Familia Bacardí.

Las respuestas abarcan desde los años de formación de Aleido -como lo llamaban sus parientes, amigos y maestros en Cuba- y la ceremonia de ordenación en la Iglesia San José, en Colón, Matanzas, hasta su consagración como obispo de la Arquidiocesis de Miami y su proyección nacional e internacional.

Tony Díaz, miembro del secretariado diocesano del Movimiento Cursillos de Cristiandad, dedicado a promover dirigentes cristianos en el seno e la Iglesia católica, se anotó para cooperar en lo que respecta a la participación de Monseñor Román en dichos cursillos desde su llegada a Miami en 1966.

En febrero de 2008, Díaz coordinó el Cursillo 241 de Hombres en la otrora Casa Emaús, en el suroeste de Miami-Dade. "Una sorpresa fascinó a los participantes: la súbita aparición de Monseñor Román a vivir la jornada educativa y de reflexión interior como cualquier otro integrante".

"Estuvo con nosotros los próximos tres días, animando, entisuasmando, confesando candidatos", recordó. "Esa era la vida de Monseñor Román: una actitud pastoral constante".

El período para ofrecerse de voluntario en la investigación biográfica apenas comienza, ahora que ésta avanza a toda máquina bajo la égida de la Ermita. Las personas que deseen aportar información valiosa pueden enviarme sus datos, años en lo que estuvieron apegados a su líder espiritual y un resumen de lo que sería su experiencia personal a mi correo electrónico: dshoer@elnuvoherald.com.  Si prefiere usar correo postal, haga llegar su misiva a la Casa de los Cursillos de Cristiandad Monseñor Román, en 16250 SW 112 Ave., Miami, FL. 33157.

Una de las anécdotas favoritas de Monseñor Román era el conteo de los "kilos" por parte de los miemros de la Archicofradía de la Ermita, el ejército de servidores que ha sido el motor de efificación del santuario nacional y lo ha mantenido de pie como resplandeciente símbolo de la fe católica para miamenses de todas las nacionalidades.

En los comienzos, en cada saco se juntaban $50 en centavos que él mismo cargaba para llevarlo a depositar en el banco.

"Siempre he dicho que el deporte que más he podido hacer es las pesas, porque he  cargado tantas pesas, tantos "kilos", me contó con su prodigioso sentido del humor. "Después era tan humillante, porque cuando iba al banco, me hacían esperar de último".


11 de abril de 2013

MONS AGUSTÍN ROMÁN




Primer Aniversario

Daniel Shoer Roth
El Nuevo Herald

En la tarde del 11 de abril hace exactamente un año, Monseñor Agustín Román terminó de lavar y secar los platos de su frugal cena en la casa sacerdotal de la Ermita de la Caridad. Se dirigía al santuario a impartir una clase de catecismo. Encendió el motor de su automóvil, pero su corazón se apagó. El Padre Román había muerto con las boas puestas, trabajando por el reino de Dios.

Padre espiritual de los cubanos exiliados y primer obispo cubano en la Iglesia de Estados Unidos, Román dejó un vacío en el alma de decenas de miles de personas que veían en él al patriota que mantenía despierto el sueño de regresar con dignidad a una Cuba libre y democrática.

Para conmemorar el aniversario, sus feligreses se unirán en oración este fin de semana en diversas ceremonias religiosas en las cuales, más que sollozar por su ausencia, ofrecerán plegarias de gratitud por su legado como faro de luz que dio la bienvenida y ayudó a adaptarse a miles de refugiados cubanos y latinoamericanos que transformaron Miami cultural, política y económicamente.

Para la Misa dominical se espera la presencia de Rosa María Payá, hija del fallecido opositor y activista Oswaldo Payá Sardiñas, fundador del Movimiento Cristiano de Liberación. Román y Payá Sardiñas mantuvieron un a relación cercana de amistad y, a través de los años, le brindó su apoyo a ese hijo de la Iglesia cubana.

Gina Nieto, una de las fundadoras de la Archicofradía de la Ermita, entidad laica con más de 50,000 devotos inscritos, confesó que los fieles todavía no se acostumbran a la ausencia física de su abnegado líder espiritual, quien también ayudó a preservar la cultura cubana a través de los Municipios de cuba en el Exilio, las folclóricas romerías y el Centro Padre Félix Varela.

«Hay momentos que digo: '¡Que falta nos hace monseñor para esto!'... '¡Si monseñor estuviera aquí!'», comentó Nieto, de 87 años. «Es un vacío que se siente».

El rector de la Ermita, padre Juan Rumin Domínguez, coordinador de las actividades conmemorativas, explicó que el objetivo es mantener viva la memoria de Román.

«Quisiéramos que su ejemplo permanezca vivo en quienes le conocimos y en las futuras generaciones», apuntó Rumín. «Es un momento de fe y esperanza sabiendo que su presencia se hará sentir de manera especial».

Los actos de recordación comienzan el sábado a las 3 pm con una peregrinación en el cementerio Our lady of Mercy, donde se realizará una procesión con la imagen de la Virgen de la Caridad, Patrona de Cuba, desde la entrada del Camposanto hasta el lugar de su reposo.

El domingo a las 3 pm, en los jardines de la casa de oración, consuelo y superación humana frente a la Bahía de Biscayne que los mismos fieles nombraron Ermita, se celebrará una misa multitudinaria presidida por el arzobispo de Miami Thomas Wenski.

Posteriormente se bendecirá un nuevo mural con la imagen de Román superpuesta a una representación del a Ermita. Estará junto a los murales del beato Juan Pablo II, el papa polaco que marcó el rumbo de la Iglesia cubana con su visita de cinco días en 1988, y san Antonio María Claret, arzobispo de Santiago de Cuba en el siglo XIX.

También se inaugurará una exposición sobre la vida y obra del hombre espiritual que cuidó las almas de su rebaño, el confesor y consejero que ofició innumerables bautizos, primeras comuniones, confirmaciones, matrimonios y misas fúnebres. También se preocupó por los enfermos, los presos, los pobres y siempre elevó sus oraciones especialmente por aquellos que estaban en Cuba.

Entre los objetos exhibidos se encuentra la bula papal que designo a Román, en 1979, obispo auxiliar de Miami; sus libros de oraciones, vestiduras de coral, fotos y escritos, informó Rogelio Zelada, curador de la imagen de la Virgen de la Caridad traída a Miami hace más de cinco décadas desde la parroquia de Guanabo.

«La gente se va a llevar un recuerdo nostálgico de la presencia de Román en la historia nuestra», indicó Zelada. «No es algo abrumador, más bien simple, como lo era él».

En esta última semana, los devotos has participado en una novena pidiendo por el eterno descanso de Román y evocando facetas importantes de su vida como su decisiva mediación durante los motines de los presos del Mariel a finales de los años 80. La novena culmina este sábado a las 8 pm con una misa en el santuario a los pies de la Virgen, cuya devoción ayudó a propagar incansablemente.

Será un hermoso homenaje a un hombre de Dios y de Cuba.

Remitido por Rogelio Zelada.